Capítulo 1
Ante la cada vez más alarmante baja de nacimientos, el ser humano cambió. Algunos expertos lo llamaron mutación; otros, evolución. Fuera lo que fuera, alfas y omegas surgieron como un método para perpetuar la especie.
Sentado en el pasillo que daba hacia un jardín tradicional japonés en la mansión Kusanagi, Kyo pensaba en la pelea que había librado contra Orochi. Extrañamente, lo que venía a su mente al rememorarla, no era el temor de estar ante un supuesto dios o la posibilidad de su derrota y muerte, sino la mirada que Iori Yagami le había dirigido en ese momento crucial, el grito casi animal que a Kyo le había aterido la garganta. La tristeza que había visto en esos intensos ojos rojos le había calado hondo, pues había visto en ellos la resolución de Iori, y su resignación a morir para sellar al dios serpiente.
Quería pensar que Iori estaba vivo en algún lugar, pero meses habían transcurrido sin verlo y sin que nadie supiera de él. Que esto lo deprimiera le parecía extraño aún, pero con reticencia admitía que el heredero de la luna se había vuelto alguien importante para él. Admiraba su tenacidad, su fuerza, y deseaba medirse con él y decidir de una vez por todas quién entre los dos era el más fuerte.
“Y no puedo hacerlo en este estado,” pensó Kyo, su ánimo decayendo aún más, mirando la palma de su mano. Sus llamas no acudían a su llamado desde ese día. ¿Sería que, al desaparecer Orochi, los tesoros divinos ya no eran necesarios?
— Kyo… —murmuró Yuki, que lo miraba desde la puerta de la habitación hacia el jardín, pero sin atreverse a entrar. Ella había notado enseguida que su novio no había regresado de esa terrible batalla siendo el mismo, que lucía taciturno y preocupado, aunque ella no sabía por qué y él no le decía nada. “Quizá no soy yo a quien necesita,” pensó triste, y algo enfadada. Kyo era un alfa, lo que representaba una desventaja para el compromiso matrimonial entre ellos. Las personas nacidas con esta designación tendían a tener problemas para formar un lazo estable con quienes no correspondían a ésta, es decir, con una persona omega. Peor aún, concebir se volvía dificultoso también, y sus padres habían expresado esta preocupación a los de Kyo; hasta había sido considerado comprometerla con Souji, el primo mayor de Kyo, pero ella se había negado y armado un drama épico. Amaba a Kyo, y haría que su matrimonio funcionara.
Su determinación vaciló al ver a su amado mirando la luna creciente en ese despejado cielo nocturno, su expresión llena de tristeza y añoranza.
Esa misma noche, en otro lugar, Iori caminaba con esfuerzo, arrastrando los pasos. Vestía un pantalón negro y la larga camisa blanca que siempre se le veía en los torneos del King of Fighters, pero su porte elegante e indiferente no estaba presente, incluso se le veía desaliñado, sus ojos nublados y lo fino de su rostro resaltado por lo delgado que se encontraba. Su sangre maldita había despertado por completo durante el último torneo, al manifestarse Orochi, y con ello su infierno había comenzado.
Desde hacía un tiempo, lo atrapaba un sueño tan profundo que, al despertar, ya no lograba diferenciar el mundo onírico de la realidad, y su vida se había vuelto una bruma sin sentido. Excepto por el odio, ése era nítido y terrible.
De pronto, su mundo se tiñó de rojo, y con ello vino el dolor. Comenzó a toser, hasta que una gran cantidad de sangre se abrió paso por su garganta, ahogándolo. Cayó de rodillas, llevando la mano derecha a su boca, y el rojo líquido de su vida escapó entre sus largos dedos, manchando el asfalto y su camisa. Cayó inconsciente luchando por respirar, bocabajo.
Despertó lentamente casi una hora después, y se puso de pie con dificultad, por más que su cuerpo no quería moverse. Limpió la sangre en su boca con el dorso de la manga, respirando en jadeos laboriosos, sus ojos intensos contrastando con su piel pálida. Alzó la mirada y contempló la luna creciente, y sintió que se mofaba de él.
— Kyo…
Un odio que no podía ser abarcado en palabras era lo único que ardía en su ser. Desde hacía meses atrás, ya no era capaz de evocar ningún otro sentimiento, ni siquiera la tristeza y la soledad que habían sido sus perpetuas compañeras desde la niñez, o sus pequeñas alegrías, su pasión por la música. Pero si dejaba que el odio lo consumiera, dejaría de ser humano, lo sentía con los últimos dejos de su raciocinio y los jirones de sus cada vez más dispersas emociones, y esto lo llenaba de una queda angustia.
Así que odiaba a Kyo, el receptáculo de sus más intensas emociones. Se aferraba a esto para no perder lo que quedaba de sí mismo, aunque tuviera que llamar odio a todo lo que sentía por él, pues solo eso se le había permitido. Era su faro en esa horrenda obscuridad que deseaba consumirlo, y la meta de encontrarlo y derrotarlo lo mantenía a flote. Se apoyó con una mano ensangrentada en el vidrio del escaparate a un lado, y miró los artículos en exhibición.
Era una tienda de instrumentos musicales, y alcanzaba a escuchar una canción desde dentro, aunque ya era tarde.
In spite of making this all I breathe
I’m sitting soulless in moments unforeseen
But I long to feel the breeze
Bound by this disease
Era una canción que le encantaba, y siguió la guitarra, pero esto solo hizo que sintiera con más fiereza el vacío en su alma. No lograba evocar el deleite del pasado, y sentía agudamente su ausencia. Tarareó la letra de la canción, pero le resultó una acción hueca, y su voz sonó terriblemente melancólica.
Siguió andando, guiado por ese impulso que no comprendía del todo, pero seguro de que lo conduciría hacia lo que más deseaba, su única luz.
Dos días después, Kyo se encontraba en una playa privada, mirando el atardecer. Shingo lo había convencido de que saliera con él y sus amigos, y había invitado a Yuki al sentirse culpable por haberla ignorado esas semanas; sin embargo, al estar ahí con ella y los demás no se había sentido mejor, y les había dicho que se quedaría ahí mientras ellos se iban a cenar a la ciudad.
Iori caminaba por la playa, apenas manteniéndose en pie. Estaba mareado, y apenas conseguía jalar suficiente aire, su pecho dolía, y se detuvo a ver el ir y venir de las olas. Eran como sus pensamientos: se acercaban como la espuma, y se alejaban de pronto antes de que pudiera sujetarlos, su cordura apenas se mantenía a sí misma…
En el límite de su visión, percibió aquello que buscaba, y lo embargó una inmensa dicha. El ahora extraño sentimiento lo llenó de vitalidad.
Kyo volteó de repente al sentir la presencia que había estado buscando por meses, y casi no pudo creerlo al ver ahí a Iori. Se halló sonriendo, aunque el gesto se borró al tenerlo a 3 metros de distancia. Yagami lucía terrible, se dijo. Sus ropas estaban manchadas de sangre, arrugadas, su lacio cabello estaba más largo de lo que estaba acostumbrado a verlo, despeinado casi casualmente, y habría perdido al menos 15 kilos de peso. Su piel, ya pálida de por sí, podría pasar ahora por papel de lo blanco que se veía. Lo único que permanecía como en sus recuerdos era ese ojo imposiblemente rojo, el otro aún cubierto por su cabello, aunque sentía que esa mirada poseía algo peligrosamente volátil ahora, intimidante en su intensidad, feroz.
— ¡Kyo! —gritó Iori, lanzándose contra él con una sonrisa maniática—. ¡Muere!
Una garra atravesó al aire, dejando un rastro de danzantes llamas púrpuras. En el último instante, Kyo detuvo esas llamas con su brazo y, como si hubieran respondido, sus llamas escarlata se elevaron por su brazo para encontrarlas.
— ¡Parece que el fuego te está llamando, Yagami! —le dijo con una sonrisa desafiante. Iori le respondió manifestando sus llamas púrpuras en ambas palmas alzadas.
— ¡Entonces que arda, como debe ser! —y se lanzó de nuevo contra Kyo, casi olvidando el dolor, la debilidad y la angustia.
Kyo contraatacó, pero no pudo seguir sonriendo al ver así a su rival. ¿Qué le había pasado? Recordaba a Iori como una figura elegante, indiferente y fuerte, feroz en una forma callada.
“¿Y qué es ese olor?,” se preguntó Kyo cuando ambos quedaron muy cerca de nuevo, empujándose mutuamente con el dorso de sus brazos y las llamas peleando por supremacía entre ellos. El aroma era algo entre vainilla y canela, pero diferente, y Kyo sintió como si algo en su interior despertara al ser envuelto por éste. Casi olvidó qué estaba haciendo y con quién y, al perder concentración, Iori logró empujarlo. Kyo se repuso a medias, y esquivó por poco un garrazo; haciendo un medio giro, sujetó la muñeca derecha de Iori en el trayecto y le hizo el brazo hacia atrás en una llave. Iori rugió, forcejeando, y Kyo no supo qué lo poseyó, pero se acercó más al otro y aspiró contra su cuello.
Iori jaló aire al sentir la nariz de Kyo rozando la sensible piel de su cuello, y un escalofrío doloroso lo paralizó, haciéndolo temblar cuando pasó. En ese momento se dio cuenta de que llevaba un rato sintiendo un calor molesto cuando antes había tenido frío, y se mareó aún más, maldiciendo su cuerpo y su sangre corrupta, tratando de pensar por encima de su malestar y la cacofonía de los clamores de Orochi en su mente.
Kyo tuvo que soltarlo para no arder en llamas púrpuras, y saltó fácilmente varios metros hacia atrás, sintiéndose confundido, y extraño. Temió que se estaba volviendo loco cuando su siguiente pensamiento fue el de sujetar a Iori de nuevo y lamer esa piel pálida, llenarse de ese olor delicioso. No era la primera vez que pensaba que su rival era hermoso, aunque tendrían que torturarlo para que lo admitiera en voz alta. Ese cuerpo tenía proporciones dignas de una escultura a la que admirar por generaciones, con sus piernas, brazos y torso largos, esbelto pero poderoso, y la pequeña cintura hacía resaltar aún más ese pecho casi demasiado amplio.
Iori miró furioso a Kyo, e iba a volver a atacar, pero se encogió al querer moverse, casi cerrando los ojos en un gesto de dolor. “Maldita sea,” pensó Iori, y se forzó a retomar su pose de batalla. ¡Tenía a Kyo enfrente, y esa debilidad no iba a arruinarlo! Avanzó hacia su rival, pero un calambre lo hizo caer de rodillas y su expresión se llenó de miedo y furiosa confusión al sentir algo húmedo correr entre sus piernas. Un nuevo calambre lo hizo gemir sin que pudiera contenerlo, y respirar se le hizo aún más difícil, lo que empeoró su mareo.
Kyo abrió los ojos como platos al escuchar ese sonido obsceno saliendo de los labios de Iori. Peor aún, le hizo cosas que no pudo negar, y su pantalón apretó de forma sumamente incómoda en segundos, nunca se había excitado tan rápido.
Iori se cubrió la boca, luciendo horrorizado, por más que la niebla aún ahogara sus emociones, pero no lo suficiente para encubrir su vergüenza, y no quiso ver cómo lo miraba Kyo. Quiso ponerse de pie, pero el movimiento hizo que más líquido saliera de su cuerpo, y se detuvo, abriendo mucho los ojos al sentir algo, justo debajo de su sexo, que se abría y cerraba…
“Duele,” pensó, aunque no solía darles importancia a sus malestares físicos. Lo habían entrenado para resistir el dolor y seguir, sin embargo, no se trataba solo de eso, y con creciente horror se dio cuenta de que estaba excitado, su cuerpo ardía por entero.
“¡¿Por qué?!,” casi le gritó a su cuerpo, temblando, su raciocinio diluyéndose más a cada segundo, haciéndolo sentir que sus pensamientos lo abandonarían por completo esta vez, dejándolo como una marioneta, vacío, dominado por el odio, o por algo más que era aún peor: deseo. De repente no soportó el roce de la tela contra su piel demasiado caliente, y casi se arrancó la camisa para quitársela, jadeando, ya sin pensar en si Kyo miraba o no. Gimió lastimeramente cuando eso bajo su sexo se cerró sobre nada, provocando más dolor, y cayó a la arena, su torso de lado, sobre sus codos, y maldijo apretando los dientes para no gemir de nuevo, su corazón latiendo demasiado rápida e irregularmente.
Kyo lo miró como hipnotizado, la idea de pelear ya olvidada y volviéndose otra cosa a la que no quiso darle nombre al ver ese torso escultural descubierto como nunca lo había visto, esa blancura cubriéndose de sudor, los pezones duros y el rostro sonrojado. Su instinto lo hizo moverse, sintiéndose dolorosamente duro, casi desesperado, y se dijo que tal vez estaba soñando cuando se hincó junto a Iori. Lo levantó jalándolo por debajo de los hombros y luego sujetó su nuca con una mano, lo atrajo hacia él y lo besó salvajemente. Su mundo explotó al contacto con esa boca, y lo dejó loco por más, su otra mano apegándolo a él aún más, y odió la ropa que no lo dejaba sentirlo de lleno.
Necesitaba más, lo quería todo.








