Cartas al Cielo (Good Omens - Aziracrow)

Sinopsis

Cuando Aziraphale escogió irse con Metatrón, empezó a dudar. ¿Estaba haciendo lo correcto? Un desesperado Crowley intentará recuperarlo a toda costa... A medida que el Cielo y el Infierno van tomando medidas, Crowley deberá volver a ver a viejos enemigos y unir fuerzas con ellos. ¿Serán Aziraphale y Crowley capaces de volver a estar juntos tras tomar malas decisiones? . . Esto es una continuación directa del final de la temporada 2 de Good Omens. ATENCIÓN: Esta historia contiene escenas violentas, palabras malsonantes, sexuales y crueles que pueden incomodar o molestar a algunos lectores. La historia está centrada en la relación de Aziraphale y Crowley.

Genero:
Romance/Action
Autor/a:
LCrafty7
Estado:
Completado
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Reencuentro

Nadie sabe cómo acabaron así. Se suponía que ambos iban a empezar una nueva vida juntos cenando tranquilamente esa noche en el Ritz y bebiéndose hasta el agua de los floreros. Tal vez fuese por cosas del destino que no alcanzaban a la comprensión de Crowley. O tal vez todo era parte del plan de la Todopoderosa para separarlo de Azirafel. Fuera como fuese, Crowley era incapaz de entender lo que había ocurrido en los últimos doce minutos.

—Joder… —susurró cuando un semáforo se puso en rojo—. No sé ni para qué me esfuerzo.

Ni siquiera se molestó en utilizar sus poderes para cambiar a luz verde como ya había hecho muchas otras veces conduciendo por el centro de Londres. En aquel momento se dirigía hacia su apartamento para poder pensar en todo lo ocurrido y decidir qué sería lo siguiente que haría. Se quitó las gafas y las dejó a un lado. Le daba igual que lo vieran, ¿qué más podía perder? En uno de los espejos retrovisores se reflejaba cómo su mirada se sumía en la más profunda tristeza y una lágrima empezó a brotar. Crowley se frotó los ojos para quitarla y agitó la cabeza, intentando mantener la mente fría y centrarse en la carretera hasta llegar a casa. Encendió el reproductor de CDs y empezó a sonar “Who Wants To Live Forever” de Queen, su grupo favorito.

—Por supuesto, la canción perfecta para el momento perfecto —se quejó. Apagó el reproductor—. Ahora mismo precisamente me entran ganas de morirme. O descorporizarme. Lo que sea peor.

Volvió a arrancar, se puso otra vez las gafas y continuó su camino hasta llegar a su apartamento. Aparcó el Bentley en un sitio libre que quedaba cercano -al menos algo había salido bien ese día- y subió en el ascensor hasta su piso. Abrió la puerta y nada más entrar lanzó las llaves con furia a un pequeño recipiente en el que guardaba diferentes tipos de llaves. Estaba muy cabreado y tenía ganas de gritar, aunque no lo hizo porque no le apetecía dejar al vecindario sin luz. Apretó los puños y atravesó el pasillo principal, hasta las plantas que había a los lados se estremecieron y daba la sensación de que habían empezado a temblar. No era bueno ver enfadado al amo Crowley. Nunca era bueno ver enfadado al amo Crowley.

—¿¡Y vosotras qué miráis, joder!? —gritó a las plantas. Por supuesto que no contestaron. Crowley se había tomado demasiado en serio aquello de gritar a las plantas de hace unas décadas atrás—. ¡Vosotras no acabáis de perder al amor de vuestra vida! ¿A que no? ¡Pues dejad de sonreír y mirarme y meteos en vuestros malditos asuntos!

Se giró y continuó su camino. Entró al salón que también hacía las de despacho y cerró dando un portazo. Ni siquiera le importaba si los vecinos le oían gritar o hacer ruido. Nunca le importó. Se tiró en el sofá como hacía habitualmente, sólo que la diferencia era que ahora mismo ardía más que el propio Infierno. Se quitó las gafas otra vez, las lanzó al otro lado de la sala y se desabrochó la corbata. Pensó en qué hacer. Por el momento no podía hacer absolutamente nada salvo esperar. Y pensar, que también era muy importante. Pensó, entonces. No quería volver al Infierno, ni volvería a ir ni aunque le pagaran, ya le habían hecho daño suficiente tanto a él como a Azirafel y seguía manteniendo su opinión de que eran tóxicos.

Crowley se levantó y rebuscó en varios de los armarios que había en su apartamento intentando encontrar algo que había guardado para una ocasión como esa en caso de que ocurriera algo de gravedad parecida. Finalmente sacó una botella de Whisky destilada en Escocia haría unos cuarenta años la cual compró cuando Azirafel y él viajaron hasta allí para hacer sus respectivos trabajos. La imagen del ángel aparecía en su cabeza constantemente y no desaparecía, imaginándose lo peor que le podría pasar. Abrió la botella con los dientes y dio un buen trago. Ni siquiera se molestó en coger un vaso. Su intención no era compartirla con nadie. Ni esperaba a nadie, de hecho. Se volvió a lanzar al sofá y continuó bebiendo. Con un poco de suerte su hígado no aguantaría tales cantidades de alcohol y moriría de una intoxicación. Se sentía muy desgraciado con el mundo, pero especialmente frustrado consigo mismo porque sentía que podía haber impedido que Azirafel se fuera con Metatrón al Cielo. Si tan solo hubiera aceptado sus sentimientos… Si tan solo se lo hubiera dicho unos minutos antes… Si tan solo… Le hubiera dejado habl…


Azirafel, por su parte, subía en el ascensor que conectaba la Tierra con el Cielo y el Infierno y había activado Metatrón para llevarlo de vuelta al Cielo. Ambos estaban subiendo sin altercado alguno. Azirafel aún estaba analizando mentalmente lo que acababa de ocurrir en los últimos doce minutos: La propuesta de Metatrón, su discusión con Crowley y… El beso. Inconscientemente se llevó una mano a los labios, como si éstos desearan los del demonio. A pesar de haber estado muchos años enamorado de Crowley jamás se había esperado que él sintiera lo mismo, sino que aquellos pequeños momentos íntimos que habían compartido a lo largo de la historia eran simples pequeñas muestras de amabilidad por parte del demonio respecto a él que indicaban que aún quedaba algo de ángel dentro de él. Pero, ¿amor? Tonto de él que se había dado cuenta de esos sentimientos demasiado tarde. Demasiado tarde…

Sin duda, aquel beso le había pillado por sorpresa.

—¿Y bien, Azirafel? —la voz de Metatrón rompió el silencio y Azirafel retiró rápidamente la mano de sus labios, deseando que Metatrón no se hubiese percatado de ello—. ¿Sabe ya a quién elegirá como su segundo al mando?

Azirafel no contestó y lo pensó por un momento. La verdad es que no se lo había planteado hasta ahora.

—No —contestó finalmente—, no, aún no.

Y sin embargo, las palabras de Crowley aún se repetían en su cabeza en bucle: “Estamos por encima de eso. ¡Tú estás por encima, angelito! No los necesitas, ¡y yo menos aún! Mira, a mi me pidieron que volviese al Infierno. ¡Y dije que no! ¡Paso de volver con esa panda!” Pero lo que le preocupaba aún más fue lo siguiente: “Cuando el Cielo aniquile la vida en la Tierra la palmarán igual que si hubiese sido el Infierno”. ¿Habría tomado la decisión correcta? Pero, en su defensa, no era consciente de lo que iban a hacer hasta que instantes antes se lo había revelado Metatrón, es decir, el Segundo Advenimiento. A su pesar aún creía firmemente que podía cambiar las cosas si estaba al mando. Pero lo que más rondaba en su cabeza en ese momento fue la declaración de Crowley. Tal vez hubiera sido mejor haber escapado junto a él a algún lugar lejano como Alfa Centauri, como ya le había sugerido tiempo atrás varias veces. Recordó su expresión al decirle esas palabras y sus ojos llenos de lágrimas y le entraron ganas de llorar. “Idiota, podríamos haber estado… Juntos…”. Y acto seguido, el beso. Aquel beso que tampoco abandonaba su mente y que tanto había deseado en secreto.

Continuaron subiendo en el ascensor.

—¿Está seguro de que no tiene siquiera una pequeña idea de tener a alguien a su lado? —preguntó otra vez Metatrón.

—Había alguien… —dijo Azirafel esa vez—. Pero se ha marchado.

Metatrón entendió que estaban hablando de Crowley.

—Siempre ha sido muy testarudo —dijo Metatrón—. Pero es una distracción menos para usted cuando nos ayude con el Gran Plan de Nuestra Señora.

Azirafel se giró para mirarlo directamente.

—Créeme, estarás mejor sin él —dijo finalmente Metatrón.

No se creía lo que estaba oyendo y empezó a negar con la cabeza. Iba a abrir la boca para rebatir las palabras de su superior, pero en ese mismo instante un timbre indicó que ya estaban en el Cielo y ambos salieron del ascensor. Metatrón salió en primer lugar y Azirafel lo siguió dejando una distancia prudente. Varios ángeles que estaban trabajando por allí se los quedaron mirando y cuando llegaron a la zona en la que se encontraban Miguel, Uriel y Sariel, estos hicieron una reverencia ante Metatrón.

—Bien, creo que ahora estamos en un lugar más civilizado para poder hablar tranquilamente —empezó Metatrón—. Quisiera informarles de que tras la destitución y escapada de Gabriel con Beelzebub —hizo una pausa y le dedicó una mirada llena de circunstancias a Azirafel—, he tomado la decisión como portavoz de la Todopoderosa de elegir a alguien como nuevo arcángel que tome el testigo que dejó Gabriel para continuar con el Gran Plan.

Les dirigió una mirada a los tres.

—Quiero que el nuevo arcángel sea Azirafel —dijo directamente.

Miguel y Uriel abrieron mucho los ojos. Sariel no parecía impresionade.

—¿Quiere decir que él será quien lleve a cargo la siguiente fase del Gran Plan? —preguntó Miguel—. Oh, vamos, señor. Será imposible que Azirafel lo haga todo él solo, ¿no cree?

Azirafel no dijo nada. Metatrón le dedicó a Miguel una mirada que le decía que se callase la boca y escuchase.

—Por supuesto que no lo hará todo él sólo. Azirafel tiene el permiso para elegir a alguien que le ayude con todo, como un segundo al mando. ¿Cómo es esa expresión que utilizan los seres humanos? Ah, sí, su mano derecha.

Azirafel no sabía hacia dónde mirar. Se sentía algo avergonzado.

—¿Podemos hablar un momento en privado, señor? —preguntó Uriel arrastrando a Metatrón al otro lado de la sala—. Sí, será solo un momento.

Miguel miraba severamente a Azirafel y él le devolvía la mirada y sonreía de forma irregular.

—Oiga, ¿de verdad cree que Azirafel es el mejor para esto? ¿En serio? Sabrá usted que ha colaborado más de una vez con el Infierno y con el ángel caído Crowley, ¿verdad? —preguntó Uriel bajando el tono de voz.

Azirafel agudizó el oído.

—Pues claro que sí. Sé lo que me hago. Además tarde o temprano Azirafel será todo nuestro y no tendremos que preocuparnos por ese maldito demonio. Ya bastante daño ha hecho. Ahora solo podemos esperar que se pudra en lo más profundo del Infierno o pase el resto de sus días bebiendo como un cosaco —contestó Metatrón.

No le gustó lo que había oído. Tragó saliva y evitó hablar de ello y fingir que no había escuchado nada cuando Metatrón y Uriel regresaron.

—Bien, como iba diciendo —continuó Metatrón—. He tomado la decisión de nombrar a Azirafel nuevo arcángel del Cielo y mañana será la ceremonia. Quiero que reunáis a los ángeles con cargos poco importantes y encargarlos que preparen todo lo necesario para la ceremonia. ¿Queda claro?

Asintieron y se fueron. Metatrón y Azirafel se quedaron solos en la sala.

—Oye, Metatrón… —empezó Azirafel—. Entiendo que no le guste Crowley y que sean enemigos desde hace eones, pero…

—¿Pero? —Metatrón alzó una ceja y se quedó mirando al ángel.

Azirafel lo pensó mejor.

—Es igual. No era nada importante —acabó Azirafel.

—Bien, eso creía —Metatrón suspiró—. Tiene tiempo libre hasta mañana. Quiero que vaya pensando quién será su segundo al mando.

Metatrón abandonó también la sala y Azirafel se quedó solo.

—Mierda… —musitó Azirafel—. Qué he hecho…

Sariel entró en la sala de nuevo y se acercó a Azirafel.

—Es por tu amigo. Es normal que no le acepten —dijo.

Azirafel levantó la mirada y abrió mucho los ojos.

—Pero, ¡¿qué decís de él?! Ni siquiera lo conocéis realmente y ya lo estáis juzgando.

—Claro que lo conocemos. Recuerda que antes fue uno de nosotros. Pero ya no. Es normal que nadie se fíe de él.

—¿Cómo puedes decir eso? Eso… Eso.. Es terrible…

Sariel no contestó al principio.

—Es difícil volver a confiar en alguien que te ha traicionado. Pero yo confío y creo firmemente que Crowley no es tan malo como los ángeles dicen —dijo Sariel—. Coincidimos un par de veces y siento que está en una zona gris, como si no quisiera ayudar ni al Cielo ni al Infierno. Crowley está siempre en una especie de limbo que hace que su mente y sus acciones sean incomprensibles.

Azirafel recordó que había tenido una conversación con Crowley de ese estilo un tiempo atrás y habían llegado a la conclusión de que ni él era totalmente bueno y perfecto como se esperaría ni Crowley era totalmente malo y despiadado como esperaban que fuera la gente del Infierno.

—Pero yo entiendo su forma de actuar y pensar —se excusó Azirafel—. Lo estáis juzgando injustamente. Siempre lo he dicho y siempre lo diré. Y no toleraré que se hable o trate así, porque no se lo merece.

Acto seguido abandonó la sala, dejando a Sariel sole. Su primera idea fue ir a su despacho en el Cielo para organizar todo y prepararlo para cuando empezase a trabajar como arcángel. No lo hizo así y volvió a meterse en el ascensor para viajar a la Tierra.


Crowley despertó tras un rato y miró a su alrededor. Seguía en su apartamento. Parecía que se había quedado dormido tras beber alcohol descontroladamente. Lo primero en lo que pensó fue en Azirafel. Se frotó los ojos y los abrió mucho para desperezarse de una vez. Aún tenía la botella de whisky al lado, la cogió y pegó un sorbo. Se quedó un rato más mirando al techo de su apartamento sin pensar en nada. No quería hacer nada porque ya nada valía la pena. A un lado de la mesa se acumulaban sobres llenos de facturas de cuando Shax estuvo viviendo allí. Al otro lado, papel y bolígrafo. Papel y bolígrafo. Crowley se inclinó y los observó mejor, una idea se le había pasado por la cabeza.

—No, es… Es imposible. Ya me ha rechazado. No quiero contactar con él. Estoy mejor solo —dijo.

Lo miró un poco más y meneó la cabeza. ¿Seguro que estaba mejor solo? Fuera como fuese, no iba a desperdiciar una oportunidad así. Cogió el papel y el bolígrafo, se apoyó en un cojín y dudó antes de empezar a escribir.

—Que maldita cursilada. Parezco Azirafel cuando escribía en su diario muchos siglos atrás —se quejó con media sonrisa.

Lo pensó bien y empezó a escribir. Azirafel escribía en su diario para no olvidar momentos importantes. Así lo hizo él, pero en vez de dirigirse a la hoja de papel, se dirigió directamente a Azirafel para, de alguna forma, contarle su experiencia sin estar a su lado.


Querido Azirafel,

sé que llevamos mucho tiempo juntos. Lo sé muy bien. Y tú también lo sabes. Y ahora te has ido de mi lado y ya no estamos juntos. Ya sé que a veces hemos fingido que no éramos amigos o que no nos apreciamos. Pero no es esa la realidad. La realidad es la que te he mostrado. No puedo evitar pensar en ti, en nosotros y en lo felices que podríamos ser si no hubieses tomado una decisión tan estúpida. Ahora mismo podríamos estar en Alfa Centauri, cogidos de la mano y observando el espacio y las nebulosas que una vez creé para ser destruidas. ¿Fue el jodido beso, verdad? No tenía que haberlo hecho. Fui un idiota por creer que te importaba. No sé ni lo que estaba haciendo. No sé por qué pensé que yo te importaba más que el Cielo.


Se detuvo un instante. Lo leyó todo y pensó que sonaba muy cursi para alguien como él. Pero el daño ya estaba hecho y solo le quedaba continuar.


Si vuelves algún día o lees esto… No me arrepiento de lo que hice. Me cuesta mucho decir las palabras que quiero. Me cuesta expresarme. En papel todo parece más fácil. Así que lo diré aquí. Te quiero. Y quiero que ambos seamos felices juntos. Adiós, Azirafel.

Crowley.


No se molestó en leer todo otra vez, pensó que se iba a arrepentir y se iba a poner a cambiar cosas. Estaba en un momento de lo más vulnerable, a veces pasaban esas cosas y era inevitable. Dobló la carta varias veces y en uno de los pliegues escribió “Azirafel”. Entonces se levantó y dejó el papel bajo el resto de cartas que había sobre la mesa, bajo las facturas. Así pasaría desapercibida y nadie se daría cuenta, si se suponía que alguien iba a entrar en su apartamento.

Crowley bebió otra vez de la botella y le entraron ganas de llorar otra vez. Abrió las puertas del salón para que se ventilara y miró a las plantas.

—No, no voy a enviar la carta. Que sea para Azirafel no quiere decir que la tengo que leer. Si él leyera semejantes cursiladas, ¿en qué lugar me dejaría eso? —dijo a las plantas—. Es la idea más estúpida que me habéis planteado hasta ahora. Calladitas estáis mejor. Eso, como debe ser —Se agachó y recogió las llaves para colocarlas en su sitio—. La próxima vez que hagáis una sugerencia así ya os podéis ir despidiendo.

Encendió su teléfono móvil y miró la hora. Eran las ocho y media de la tarde. Se había pasado durmiendo y llorando varias horas. Había perdido la cuenta por culpa del alcohol, pero no le importó. No tenía intención de hacer nada del otro mundo. Ni ganas. Se sentía como aquella vez en la que Azirafel fue descorporizado y él creyó que le habían matado. Ah, sí, aquel día bebió como un loco intentando olvidar lo sucedido o hasta verlo de la forma que él quería. Sabía que esa vez no funcionaría. Azirafel se había ido delante de sus narices y no había podido hacer nada para impedirlo. Ni siquiera aquel beso.

Aquel beso… Era la primera vez que besaba a alguien. No era un problema ni le preocupaba. Se llevó una mano a los labios. Echaba de menos los de Azirafel, tan suaves y que tanto tiempo había deseado, y ahora no podían ser suyos. Nada estaba de su lado ese día.


Azirafel llegó a la Tierra otra vez. La última vez que vio a Crowley allí fue en su Bentley fuera de la librería. Supuestamente la librería había quedado en manos de Muriel. Un escalofrío recorrió su espalda al pensar en la idea de que alguien poco experimentado como Muriel se pusiera a vender libros a diestra y siniestra sin conocer siquiera su verdadero valor material. Se ajustó el cuello de la camisa, se puso bien su chaqueta y empezó a cruzar la calle en dirección a su librería. Estaba abierta y supuso que aún había alguien dentro. miró desde fuera pero no vio a nadie. Entonces se acercó a la puerta y la empujó, pero ésta no se movía.

—Habrase visto… —dijo, molesto—. Ya han atascado la puerta. No se puede dejar a nadie solo ni por unas horas.

Hizo un movimiento con la mano en el aire y la puerta se abrió hacia dentro como era habitual. Entonces algo resbaló dentro y se escuchó un golpe y un grito. Azirafel abrió mucho los ojos y entró a la librería, miró a su alrededor y pudo ver a Muriel con una mano en la cabeza, como si se hubiera dado un golpe.

—¡Muriel! ¿Qué haces aquí? Se supone que la librería debería estar cerrada a estas horas —le regañó Azirafel—. Si dejas la librería abierta la gente pensará que puede entrar y tendrás clientes.

—Perdón señor Azirafel, pero… ¿Qué hay de malo en que una librería tenga clientes? —preguntó Muriel.

—TODO —contestó Azirafel—. Absolutamente todo. No debes vender ni un solo libro. Los libros son sagrados y las personas no deben tenerlos así como así. Jamás vendas un libro. Es una fuente de conocimiento importantísima —Azirafel hizo un movimiento un tanto curioso con las manos, como si buscara dar énfasis a sus palabras—. ¿Me has entendido? Nunca vendas un libro.

—Pero, ¿y si el comprador realmente quiere ese libro?

—NO. No lo vendas. Invéntate cualquier cosa para no venderlo. Di… Di que… —Azirafel pensó en una excusa—. Di que está reservado para otra persona. O utiliza tu magia. Ya sabes, un pequeño milagro para evitar venderlo.

Muriel no sabía qué decir. Siempre le habían dicho que mentir estaba mal; y aún peor hacer milagros sin un fin benévolo.

—Además —continuó Azirafel—. Ya es la hora de cerrar. Mañana será otro día.

Empujó a Muriel hasta fuera y se aseguró de que todos los libros estaban en su sitio. Entonces cambió el cartel de “abierto” a “cerrado” y cerró con llave. Miró a Muriel. Sabía que no estaba liste para tener a cargo una librería como la suya. Además le preocupaba que vendiese libros. O que no estuviese preparade a tiempo en el momento de abrirla por las mañanas. O perdiera los papeles de las facturas. O…

Se quitó la idea de la cabeza.

—Muriel, escucha —dijo Azirafel—. Acabas de empezar en esto y sé que estás poniendo todo tu empeño, pero aún no te puedo dar la llave de la librería para que te encargues al cien por cien de ella. No es que no me fíe de ti, pero es la única llave que tengo y no quisiera que la perdieras y tuvieras toda la culpa así que…

Muriel asentía continuamente sin entender una sola palabra.

—Vendré todas las mañanas a abrirte la librería y volveré a última hora para cerrarla. Si necesitas algo puedes llamarme a mi número de teléfono y…

Se detuvo un instante. ¡El teléfono! Aún había tiempo. Abrió la puerta y entró otra vez en la librería. Muriel asomó la cabeza y pensó que Azirafel ya se había vuelto loco del todo. Azirafel había cogido el teléfono de la librería y había marcado un número en concreto. Su corazón dio un bote cuando se puso el auricular y esperó a que contestaran en el otro lado de la línea.


Crowley estaba preparándose para salir y coger comida preparada (porque no tenía el mejor humor para cocinar y además le sobraba el dinero) cuando de repente sonó su teléfono móvil. Lo sacó y miró el contacto: era Azirafel llamando desde la librería. Alzó una ceja y rechazó la llamada. Debía evitar el contacto directo con el ángel si quería alejarse de los problemas que daba el Cielo.


Nadie contestó al otro lado de la línea y el corazón de Azirafel dio otro bote cuando notó que Crowley había rechazado la llamada. Le dolía el corazón. Sentía que algo no iba nada, nada bien. Decepcionado, dejó lentamente el auricular y salió de la librería, cerrando la puerta tras de sí.

—¿A quién ha llamado? —preguntó Muriel, curiose—. Has ido como alma que lleva el… bueno, el de abajo.

—A… Bueno, a nadie en especial —mintió Azirafel—. Sólo quería probar una cosa. Y ha salido mal.

—Vaya, lo siento.

Ambos se alejaron de la librería. Muriel activó el ascensor y entraron. Estaban empezando a subir cuando Azirafel se dio cuenta de la razón principal por la que había viajado a la Tierra: Buscar a Crowley y estar a su lado. Un escalofrío recorrió su espalda pensando que lo había dejado todo aún peor. Salieron y aparecieron en el Cielo.

—Yo voy a mi oficina a acabar de hacer unas cosas que me asignó Miguel —dijo Muriel— si necesita algo, ya sabe dónde puede encontrarme. ¿Usted estará en su habitación?

—¿Habitación? —repitió Azirafel.

La verdad es que no tenía ni idea de eso. Ni siquiera se lo había oído mencionar a Metatrón.

—Pues no sabía nada. Hablaré con Metatrón o con la Todopoderosa acerca de ello —dijo Azirafel—. Nos vemos mañana. Ten cuidado.

Muriel agitó la mano en señal de despedida y Azirafel se alejó por el pasillo buscando la puerta de la habitación de Metatrón. Cuando la encontró, llamó tres veces y tras recibir el permiso de Metatrón y poder abrir la puerta, éste la abrió por él y Azirafel entró.

—Azirafel, amigo mío —dijo Metatrón—. ¿Qué le trae por aquí?

Azirafel carraspeó antes de hablar.

—Pues verá, ahora que voy a pasar mucho tiempo en el Cielo me preguntaba si tengo una habitación propia para dormir o tendré que volver a la Tierra para hacerlo —preguntó.

—¿Tenía un lugar para dormir en la Tierra? —preguntó Metatrón.

—Pues… Pues claro. ¿Dónde cree que he vivido todo este tiempo?

—Con Crowley. O en su librería. Una de dos. O las dos.

—Bueno, vivía en la librería, pero viví un tiempo con Crowley también, ambos tenemos un piso en Soho que solíamos compartir.

—Pues ya sabe qué hacer. Vaya a la librería. ¿No?

—Bueno, hay un pequeño problema —dijo Azirafel—. Resulta que ahora la librería está en manos de Muriel y dudo que le haga gracia que duerma en un lugar así.

Intentó engañar a Metatrón.

—Es cierto… —Metatrón barajó las opciones que tenía y pensó por unos instantes—. Bien, en ese caso lo mejor que puedo hacer es un pequeño milagro para crearte una habitación propia para que puedas dormir allí y utilizarla como despacho o lo que tú quieras.

Azirafel alzó una ceja. Le parecía bien.

—Bien pues… No se hable más. Viviré allí a partir de ahora —acabó.

Metatrón asintió y chasqueó los dedos. En tan solo un instante había creado una habitación enorme sólo para él. Acompañó a Azirafel a la puerta y le mostró la ubicación.

—Está en este mismo pasillo, no tiene pérdida —indicó Metatrón—. Espero que te adaptes rápido y bien, Azirafel, no espero menos de ti.

Le dio una palmada en la espalda y se despidieron. Azirafel se dirigió a su nueva habitación y entró. Sentía que estaba bastante vacía y lo que más echó en falta eran unos libros, su taza de té y a Crowley. Al maldito Crowley.


Crowley salió de su apartamento y buscó un sitio para recoger comida y llevarla a casa. Tampoco le hacía gracia comer en el restaurante que fuera en ese estado. Al final acabó yendo al restaurante de sushi más cercano y esperó a que la cola se moviera para poder pedirlo.

—¿Qué va a pedir? —preguntó la cajera.

Crowley se apoyó en el mostrador, miró hacia un lado, como si estuviera en una reunión clandestina.

—Verás, llevo un día de mierda y lo último que me apetece ahora es esperar una hora para recibir sushi —se ajustó las gafas y miró a la cajera—. Ponme tres nigiris de salmón y aguacate, cuatro makis de gambas con aguacate… —se detuvo un momento para ver el menú—. Un rollo grande de salmón y cuatro makis california de pepino y lubina. A ver qué tal sabe.

La cajera tecleó varias cosas y le dijo lo que tenía que pagar. Entonces Crowley le tendió un billete y esperó.

—Quédate el cambio. Tal vez así… —miró a la cajera con cara de paciencia—. Tal vez así mi pedido vaya más rápido. Entiendes lo que quiero decir, ¿verdad?

La cajera asintió y Crowley dio una palmada.

—Bien, pues está todo dicho.

Crowley cogió un papel que indicaba su turno para recoger su comida. Se alejó y esperó apoyado en la pared del establecimiento a que le llamaran. Sacó su teléfono móvil e hizo tiempo. Había registrado la llamada que había recibido antes y había rechazado. Pensó que era lo mejor que podía hacer. Así era, al menos en su mente. No se imaginaba lo mucho que Azirafel le echaba de menos y lo preocupado que estaba por él y por todo lo sucedido. Pasó un rato y miró su reloj. Su pedido estaba tardando más de lo esperado. Crowley se acercó al mostrador, lo golpeó con los nudillos y cuando la cajera se dio la vuelta, chasqueó los dedos. La cajera entró en un estado de trance y el demonio aprovechó para darle órdenes.

—Te comento —empezó Crowley—. Llevo aquí esperando un buen rato. Y mi pedido aún no ha salido. ¿Qué te parece si me lo entregáis ya mismo?

La cajera asintió lentamente, dijo algo ininteligible y luego se dirigió a Crowley.

—Entendido, señor.

Se giró para ir a la cocina y Crowley chasqueó de nuevo los dedos. Parecía que había funcionado. En poco más de un minuto, apareció la misma cajera con dos grandes bolsas de papel y se las tendió.

—Gracias por esperar. Aquí tienes tu pedido. ¡Vuelve cuando quieras! —dijo finalmente.

Crowley le dedicó una mirada severa, cogió las bolsas y salió de la tienda. Volvió a su apartamento, por suerte no hubo ningún altercado por el camino. Entró en casa y dejó las bolsas en el salón y las llaves a la entrada del apartamento. Se dejó caer en el sofá y suspiró. Se sentía algo más calmado tras lo sucedido, pero no estaba en un estado neutral, ni enfadado, como ya era habitual en él. Se sentía… Vacío. Como si algo se hubiera ido para no volver. Ese alguien era Azirafel, por supuesto. Crowley se quitó las ideas de la cabeza.

—Es lo mejor —dijo sin más.

Abrió las bolsas y sacó la comida. Intentó comer el sushi con los palillos que habían incluido con el pedido y falló estrepitosamente. No tenía ni el tiempo ni la paciencia para aprender, así que acabó yendo a la cocina para coger un tenedor y poder comer en condiciones. Abrió otra botella de whisky, no como la que se había tomado antes, una un poco más moderna. La verdad es que el sabor era bastante distinto y Crowley lo notó. Se prometió no emborracharse otra vez por su bien, tenía que controlarse.

Puso la televisión, en el primer canal de noticias que encontró estaban hablando de lo que pasó la noche anterior y de cómo las criaturas del Infierno habían atacado la librería del señor A.Z. Fell, es decir, la librería de Azirafel. Se sintió un estúpido por no haber hecho nada al respecto, pero, ¿qué podía haber hecho? Tenía que saber la verdad sobre Gabriel. Se dio cuenta de que Azirafel no sabía lo que había pasado con Gabriel cuando le encontraron desnudo en la Tierra y aceptaron protegerlo. Algún día se lo contaría, pensó, y se reirían de aquella estúpida situación.

Continuó cenando y bebiendo hasta que se encontró demasiado cansado y sin ganas como para continuar. Llevó la comida sobrante a la cocina y dejó la botella de whisky sobre la mesa del salón. Ya tenía un plan para la mañana siguiente: Seguir ahogando sus penas en alcohol.

Fue a su habitación y se sentó en la cama. Pensó durante unos instantes y luego se tumbó. Miró al techo y pensó que todo se sentía demasiado vacío. Durante algún tiempo Azirafel había estado viviendo con él hasta que compró la librería. Echaba de menos esos días, donde todo parecía más bonito. Eran tiempos dorados.

Se metió en la cama y poco a poco fue quedándose dormido. Pero justo antes de quedarse dormido sintió que tenía una visión. Una visión de Azirafel llamándole y tendiéndole la mano para ir juntos al cielo. Luego aparecía él intentando coger su mano y ésta desaparecía, Azirafel se volvía una masa de humo inconsistente y se desvanecía al grito de “¡Crowley! ¡Crowley! ¡No me dejes aquí! ¡Crowley!”


Azirafel estaba sentado en su cama y suspiró. Miró a su alrededor. Se había pasado las últimas dos horas ordenando su nueva habitación pero aún sentía que estaba muy vacía. Supuso que no tardaría en acostumbrarse a las habitaciones vacías y nubosas que había en el Cielo. Pero faltaba algo. Tenía una espinita clavada en su corazón de un momento exacto que había ocurrido a lo largo de la tarde: La llamada de Crowley. Aquella llamada le tenía muy preocupado y no dejaba de darle vueltas al motivo por el que Crowley había rechazado la llamada. ¿Estaría ocupado? ¿Estaba peleando con alguien? Imposible, la última vez que ocurrió simplemente descolgó el teléfono y le dijo que estaba ocupado. Pero esa vez había rechazado la llamada, sin más.

Azirafel, a diferencia de Crowley, no tenía por el momento un teléfono móvil propio. Tampoco lo había necesitado, todas las llamadas que tenía que hacer las había hecho desde el teléfono fijo de su librería. Azirafel salió de su habitación con cuidado de no hacer ruido. Algunos ángeles se acostaban muy temprano. Él no estaba en ese grupo, por suerte. Se dirigió al ascensor de puntillas, pulsó el botón y mientras esperaba escuchó una voz varonil detrás de él.

—¿A dónde va, Azirafel? —preguntó Metatrón detrás de él—. ¿No es muy tarde como para ir a la Tierra?

Azirafel se giró lentamente, con los ojos muy abiertos. ¿Acaso había descubierto sus verdaderas intenciones? Miró su reloj para ganar algo de tiempo mientras pensaba en una excusa viable.

—Se supone que en la Tierra ahora mismo son las once de la noche —dijo Azirafel—. Tengo un pequeño problema con mi habitación y creo que sé como solucionarlo así que…

—¿Problema? ¿De qué se trata?

—La siento muy vacía a pesar de que he estado colocando cosas. Supongo que al haber estado tanto tiempo viviendo en la librería rodeado de libros y más libros me está costando un poco adaptarme a este nuevo espacio —contestó—. Así que mi intención era ir a la Tierra, concretamente a mi librería para coger algunos y colocarlos.

Metatrón se quedó mirando unos segundos sin decir una sola palabra. Le pareció extraño que tuviera ese problema a esas horas de la noche, pero decidió darle el beneficio de la duda.

—Muy bien. Puede salir e ir a la Tierra EXCLUSIVAMENTE para coger algunos libros —dictó Metatrón—. Si mañana no está en su habitación va a tener problemas.

Azirafel asintió varias veces y entró en el ascensor. Vio cómo Metatrón lo observaba mientras se cerraban las puertas. De repente se sintió muy aliviado. ¡Había conseguido tener algo de libertad hasta la mañana siguiente! Dio un pequeño saltito de alegría y cuando el ascensor anunció que estaban en la Tierra, se ajustó su ropa y salió.

Recordaba a la perfección el camino hasta el apartamento de Crowley, no sin antes detenerse a mirar con tristeza su librería. Sin duda, la iba a echar mucho de menos. Siguió su camino. El apartamento no quedaba muy lejos de allí. Caminó durante un rato mientras se iba cruzando con gente que iba aquí y allí, algunos habían salido de trabajar, otros iban con sus amigos tranquilamente… Azirafel no solía prestar demasiada atención a la vida nocturna en la Tierra.

Llegó, pues, al apartamento de Crowley y ni siquiera se planteó llamar al timbre. Hizo un gesto con la mano y aparecieron dos llaves.

—Supongo que un pequeño milagro por una buena causa no es un problema —musitó mientras abría la puerta del portal.

Entró y subió al cuarto piso, en el que se encontraba el apartamento de Crowley. Tras guardar la otra llave, con sumo cuidado abrió la puerta y entró. Cerró tras de sí y guardó la otra llave. ¿Aquello se consideraba allanamiento de morada? Al fin y al cabo él también había estado viviendo allí tiempo atrás…

Cruzó el pasillo en silenció y entró en el salón. Allí solo yacía la botella de whisky que había estado antes bebiendo Crowley. Vio también las facturas amontonadas en la mesa y se acercó para verlas mejor hasta que tropezó y cayó al suelo, haciendo un ruido sordo.


Crowley se despertó tras escuchar el golpe. Su cuerpo había reaccionado solo y se había incorporado. Sus ojos volvieron a estar entrecerrados cuando se tranquilizó y, en vez de levantarse para ver lo sucedido, se volvió a tumbar, se giró e intentó dormir de nuevo. A la porra el ruido, incluso si era un ladrón ya lidiaría con él a la mañana siguiente.

Azirafel se levantó y su cuerpo se congeló. Tal vez no había despertado a Crowley, si se suponía que estaba dormido. Tras ver que no pasó nada en los siguientes treinta segundos, soltó el aire que tenía contenido y continuó moviéndose por la casa. Lo de las facturas había desaparecido de su cabeza. Se asomó a la cocina y una sonrisa se dibujó en su cara cuando vio que había sushi sobre la encimera. Sushi. Le encantaba el sushi. Le tentó coger un maki, pero se contuvo. Exploró un poco más hasta llegar a la habitación de Crowley. La puerta estaba entreabierta y no hizo ningún ruido. En ese momento Crowley le estaba dando la espalda mientras dormía en una de las camas más grandes del mercado. Azirafel todavía se preguntaba cómo diantres podía haber cabido la cama por la puerta. Su corazón dio un bote y empezó a acelerarse cuando vio que Crowley se movía. Por suerte no se giró. Azirafel fue hasta el otro lado de la cama y se sentó. Admiró a Crowley durante unos segundos y sonrió.


Se dio cuenta de que era él quien faltaba en su nueva vida.


Azirafel se tumbó a su lado dejando una distancia prudente y lo miró. Curiosamente dormía sin las gafas puestas. Admiró todas y cada una de sus facciones y notaba como su cuerpo se aceleraba al pensar que estaba a su lado, tumbado. Estiró su brazo e hizo ademán de acariciar su pelo.

Crowley abrió los ojos de repente y se topó con los de Azirafel. Al principio no hizo nada. Luego se incorporó rápidamente y lo miró.

—Buenas noches —dijo Azirafel—. ¿Cómo estás?

Crowley se tomó unos instantes mientras pensaba en sus palabras y cogió aire.

—¡¿Cómo se te ocurre entrar en mi apartamento a las once de la noche y sin siquiera decirme nada?! —le reprimió Crowley.

—¡Perdón! —se disculpó Azirafel—. Pero es que no me cogías la llamada y estaba muy preocupado por tí.

—¿Por mí?

Crowley alzó una ceja y Azirafel se sonrojó, avergonzado. Haber tomado la decisión que había tomado le estaba trayendo consecuencias. Crowley le decidió dar el beneficio de la duda y dejó que continuase hablando. Por aquel entonces ya se había destapado y se limitó a estar tumbado mientras hablaba con el ángel.

—No sé cómo decirlo, pero —empezó Azirafel—. ¿Estás molesto conmigo? ¿Fue por lo del beso? No sé por qué no puedo dejar de pensar en ello. No sé lo que me pasa. Metatrón me ha dado una habitación en el Cielo y estaba tan vacío… Quise bajar a la Tierra a por unos libros, pero, claro, la librería… Ya no es mía —Crowley lo miró, extrañado mientras susurraba un “joder”—. Y desde entonces me arrepiento mucho. Tenía que haberte elegido a tí. Pero la oferta de Metatrón… Me hice a la idea de cambiar todo, absolutamente todo y…

Azirafel siguió balbuceando cosas sin sentido durante un minuto entero y Crowley susurró otro “joder”. Estaba empezando a perder la paciencia.

—Ya no sé si me quieres o si me odias por no haberte escogido a tí. Haber vendido hasta tu apartamento ha sido una idea pésima, te prometo que no lo volveré a hacer. Pero si quieres que me vaya, me iré en un abrir y…

Y Azirafel se calló repentinamente porque no tuvo otra opción. Sus labios se encontraron de nuevo con los de Crowley porque éste había decidido hacerlo callar con un pasional beso. Azirafel notó cómo Crowley lo atraía hacia él y acompañó el movimiento agarrando con fuerza su ropa. Ahora Azirafel estaba también en el centro de la cama. Intentó controlarse. Se separaron y miró a los ojos de Crowley. Se dio cuenta de que no eran los de siempre, esta vez estaban sumidos en una profunda tristeza.

—Idiota… Eres tan listo y tan tonto… —dijo Crowley. Acarició la cara de Azirafel—. Siempre acabo volviendo a ti, incluso cuando no quiero.

—Rechazaste la llamada.

—Pensé que lo mejor que podía hacer era perder el contacto contigo de todas las formas posibles.

—Pero, ¿por qué hacer algo así? Oh, yo te quiero, Crowley.

Crowley se incorporó un poco y se apoyó en la cama con los codos.

—¿Entonces por qué te fuiste con Metatrón?

Azirafel no contestó. La verdad es que estaba muy arrepentido de haber tomado esa decisión, pero ahora no había vuelta atrás.

—Te quiero, tonto. Y me preocupo por ti. Siempre lo he hecho y siempre lo haré. Pero no quiero que sufras ahí arriba a manos del resto de ángeles —explicó Crowley—. Tanto tú como yo hemos visto lo que son capaces de hacer.

Azirafel no dijo nada y le dejó continuar.

—Mira… Cuando nos intercambiamos cuerpos, Gabriel dijo unas palabras… Dijo algo que no me gustó nada. En aquel momento creían que tú eras tú y yo era tú porque teníamos los cuerpos cambiados. “Ahora cállate y muere” dijo.

El ángel se sentó en la cama y lo miró asombrado. Es cierto que Gabriel había hecho cosas horribles. Pero, ¿llegar a ese extremo? Por supuesto, creía en las palabras de Crowley. A pesar de que muchas veces le había recordado que era un demonio y los demonios mienten, esa vez le creyó. Además lo había visto con sus propios ojos cuando ocurrió todo lo relacionado con Job.

—¿Era eso? —preguntó Azirafel. Vio que Crowley no contestaba y desvió la mirada—. No, hay algo más, ¿verdad?

Primero Crowley negó con la cabeza y miró hacia otro lado. Azirafel sabía que había algo más. Cogió su mano e hizo que Crowley le mirara de nuevo.

—Cuéntamelo todo. Sé que hay algo más. Los demonios mentís y ahora me estás mintiendo.

Crowley suspiró y se giró. Ahora su cuerpo estaba frente al de Azirafel.

—¿Recuerdas cuando anoche Shax apareció con un ejército del Infierno para atacar la librería? —preguntó Crowley. Tras ver el asentimiento de Azirafel, continuó—. Bueno, pues yo hice que Muriel me detuviese, fuimos los dos al Cielo y allí descubrí la verdad.

—¿Volviste al Cielo?

—Es lo que había que hacer si queríamos saber la verdad acerca de Gabriel y su amnesia —se excusó Crowley—. Oh, vamos, era una acción desesperada. Un último recurso. Como tú con tu truco del halo.

—Bueno. ¿Qué pasó en el Cielo?

—Descubrimos que Gabriel se opuso a empezar un segundo Armagedón y le destituyeron —contestó Crowley—. Le borraron la memoria.

La expresión del ángel cambió. Abrió mucho los ojos.

—Crowley… ¿Te das cuenta de que nosotros no hemos sido los únicos que se han mantenido en una zona gris, verdad?

—Más o menos. Pero se notaba a leguas que algo pasaba entre ellos —Crowley se estiró—. Todo el tiempo Beelzebub balbuceaba cosas acerca de Gabriel… Blah, blah, blah, blah… Podríamos haber sido tú y yo, angelito…

Azirafel no dijo nada.

—Si he estado molesto todo el día contigo no es… No es porque esté molesto contigo de verdad —intentó explicarse Crowley—. Sólo me preocupo por tí porque te quiero. Eres mi mejor amigo. Me preocupa lo que pueda pasarte. Y si te pasa algo malo ahí arriba… —Crowley cogió su mano—. Créeme que no me lo perdonaría. Nunca me lo perdonaría. No quiero que te pase lo mismo que a Gabriel y no puedas recordarme a mi o todo lo que hemos pasado juntos.

—Oh, Crowley…

Ninguno de los dos dijo nada y en la habitación reinó un silencio tierno, íntimo. Azirafel se acercó más a él y ahora sus cuerpos se estaban rozando. No había espacio para electrones, ni protones, ni neutrones. Sólo ellos.

—¿Hace cuánto de esto? —preguntó Azirafel en un susurro.

—¿Hace cuánto de qué?

Azirafel enrojeció. Crowley no había entendido la pregunta.

—Es decir… Eh… ¿Hace cuánto que yo…? ¿Hace cuánto que yo, bueno, que tú estás enamorado de mí?

El demonio evitó contestar al instante. Su mirada recorrió toda la habitación hasta que se posó en la de Azirafel. Suspiró y decidió decirlo sin rodeos.

—La tira de siglos, angelito.

Azirafel enrojeció aún más y Crowley sonrió.

—Supongo que recuerdas cuando me llamaste para contarme lo de Gabriel. Aquel día supe que algo pasaba por el tono de voz. Ahora sé que algo te pasa por tu lenguaje corporal —Azirafel negó con la cabeza—. Permítame preguntarle algo… ¿Cuánto tiempo llevas enamorado de mi?

—Mucho tiempo.

Crowley lo miró profundamente, sabía que esa no era una respuesta satisfactoria.

—Sé más específico.

—Vale, vale.

Azirafel tomó aire y se preparó para revelarle cuánto tiempo llevaba enamorado de él.

—¿Recuerdas cuando me salvaste el cuello en 1793, cuando me condenaron a la guillotina? —preguntó Azirafel. Crowley asintió—. Ahí fue cuando noté que había algo… Diferente, algo especial. Porque tú no salvas a cualquiera de la guillotina.

—¿Era eso? —dijo Crowley—. ¡Ah, qué susto! ¡Pensé que sería algo más profundo como si los astros se hubiesen alineado un día y entonces había luna llena en acuario y miraste las estrellas y te recordaron a mí y…!

Azirafel soltó una carcajada y le dio un capirotazo en la oreja.

—¡No he acabado! ¡Aún hay más!

—¿Más?

—Fue un par de siglos más tarde. En la iglesia. Cuando nos salvaste de la explosión.

—Déjame adivinar… ¿1941?

—Sí, exacto. En 1941. Había ido a llevar unos libros de profecías pero luego resulta que eran unos corruptos y… Bueno, ya sabes lo que pasó. Explotó la bomba porque tú hiciste un milagro y ambos sobrevivimos.

—Y cuando ibas a estar sumido en la desesperación… ¡Paf! Un milagro más. Y mágicamente recuperaste tus libros.

—Exacto. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que te quería de verdad.

Ambos se miraron y no dijeron nada. Eran las miradas las que decían todo lo necesario y entre ellos reinaba un profundo silencio.

Azirafel, quien acariciaba la mano de Crowley, se acercó aún más. Sus narices estaban rozándose como aquella vez en el antiguo convento, pero esa vez en un contexto distinto, casi opuesto. Entonces pasó de acariciar su mano a acariciar sus labios suavemente. Crowley cerró los ojos, y disfrutó cada instante.

Los volvió a abrir lentamente y Azirafel retiró su mano de los labios del demonio. Entonces lentamente sus labios se juntaron y compartieron un beso tranquilo, deseado por ambos desde hacía muchos años atrás. Crowley le atrajó hacia sí, profundizando en el beso un poco más y Azirafel respondió con lo mismo.

—Te amo… —susurró Azirafel cuando se separaron.

—Yo también… —contestó Crowley.

Le dedicó una mirada muy profunda y en los ojos de Azirafel se mostró una duda que Crowley entendió a la perfección.

—Hoy no. Tranquilo. Sé que soy un demonio, pero sé respetarte. No haremos nada que tú no quieras.

Azirafel asintió y Crowley empezó a acariciar su pelo lentamente hasta que el ángel se quedó dormido. Entonces Crowley sonrió y cerró los ojos para dormir él también. Era la una y veinte de la mañana. Siempre se acababa acostando tarde incluso cuando necesitaba acostarse temprano.


—Azirafel no ha vuelto —dijo Metatrón mirando desde arriba la ciudad de Londres—. Le dije explícitamente que fuera a la librería y volviera.

—¿No creerá que está con ese demonio ahora mismo? —preguntó Miguel.

Metatrón se giró para mirar a Miguel directamente a los ojos.

—Espero que no sea el caso. No tenía a Azirafel por alguien tonto. Pero si resulta ser así, entonces es tonto, es pobre. Y eso le traerá problemas.

—Y para nosotros será mucho más fácil llevar a cabo el Gran Plan.

—Exacto. Será todo mucho más fácil. Un ángel ingenuo es controlable —contestó Metatrón—. Pero si resulta que está aliado con el enemigo… Entonces solo será un problema más. ¿Y qué hay que hacer cuando aparece un problema?

—Eliminarlo.

—Muy bien. Pues eso es precisamente lo que haremos. Me da igual si hay que enviar diez, cien, mil o diez millones de ángeles. Todo sea por acabar con Crowley.

Una iluminación violeta recorrió toda la habitación y ambos guardaron silencio.

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