Mi Dulce Cereza

Sinopsis

El camino de la venganza nunca es fácil. No cuando el amor por el enemigo y otros sentimientos se interponen en el camino. ¿Saldría victorioso? ¿O sucumbiría ante el más dulce de los seres?. Bienvenido a Cherryville.

Estado:
En proceso
Capítulos:
5
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Clasificación por edades:
16+

Los Anderton

—¡Mamá!

El niño de diez años llamó, desesperado mientras buscaba y rebuscaba la casa en la que vivía, para finalmente encontrar a su madre en la habitación de su hermano menor.

Largos y voraces rizos adornaban su espalda. Hermosos ojos marrones miraban con adoración al pequeño niño de seis años, cuidadosamente arropado en sus brazos mientras peinaba los mechones ondulados de su hijo lejos de su inocente rostro.

—¡Mamá!—gritó el chico con un poco más de urgencia mientras tiraba de su falda, lo que le valió un gruñido silencioso por parte de ella.

—Gabriel está durmiendo, Miguel. ¡No hagas ruido!

—¡No, mamá! ¡Debes venir a la entrada! ¡Hay gente buscando a George!

Conchata rápidamente metió a Gabriel en su cuna y corrió hacia la entrada. El pánico y la bilis subieron a sus entrañas.

Los golpes en las débiles y oxidadas puertas de metal alarmaron a Conchata a medida que se acercaba a la puerta principal de la hacienda. Para sorpresa de ella y de Miguel, un grupo de hombres los esperaba afuera. Vestido con los colores azul y blanco propios de un policía del Pueblo de Santa Margarita.

Los ojos de Miguel vagaron por las armas que anidaban en las caderas de los hombres mientras montaban sus caballos con altivez. Pero prestó especial atención al hombre que los lideraba.

Rostro endurecido y desgastado, parcialmente oscurecido por su sombrero Stetson marrón, vestido elegantemente, dejando que su cinturón y el aura imponente que le rodeaba hablaran por él, al igual que su caballo y todo lo que vestía su cuerpo. Entrecerró los ojos en cuanto vio a Conchata.

—Señorita Stone. Creo que es la tercera vez que le pido que se vaya— reconoció con severidad.

Un apellido que hacía que el estómago de Miguel se revolviera en total malestar, pero su madre siempre le decía que le diera ese nombre a los desconocidos, ya que el O’Hara era sólo para la familia. Pero ni siquiera eso le sentaba bien en el corazón. No cuando el proveedor de tal apellido había desaparecido hacía mucho de sus vidas, sin intención de regresar.

Y los hombres que se encontraban ante su casa eran todo menos familiares, extraños en el mejor de los casos. Invasores. Intrusos con tendencia a la intimidación, ya que estaban todos armados hasta los dientes.

—¡¿Qué diablos quieres?!— Conchata se cruzó de brazos y le devolvió la mirada acerada que le dirigió el apuesto y poderoso hombre.

La bravuconería de su madre era ciertamente algo que Miguel podía admirar, a pesar de que la mujer no ejercía el mejor título de madre hacia él. Pero su valentía le daba coraje.

—Que dejes mi propiedad.

—¡¿De qué estás hablando?! ¡Esto no es de tu propiedad, Anderton!

Un hombre como el pastor William era difícil de ignorar, no cuando el poder y las influencias emanaban de él simplemente con su mera existencia.

—Loes. Vives en Edenton. La mitad del área es mía ahora.

—¡Tengo mis documentos de propiedad! ¡Esto es absolutamente ridículo!— Conchata resopló mientras enviaba a Miguel a buscarlos.

—Mi abogado está aquí. Así que podemos arreglar esto de una vez por todas.

—¡No hay nada que arreglar!, ¡Le dije a tu gente que no vendería mi casa y ahora estás actuando lejos de alguien que cree en Dios para conseguirla!,¡maldita rata!

William entrecerró los ojos ante las últimas palabras que brotaron con veneno de los labios regordetes de Conchata. No era un hombre que se dejara llevar fácilmente por la ira, pero su paciencia tampoco era algo que debía ponerse a prueba.

Había comprado una buena parte del territorio de Edenton, una ciudad pequeña y, para consternación de Conchata, su casa estaba justo en el medio de dicha propiedad.

El niño no perdió tiempo en recuperar las pruebas de propiedad de su madre. Conchata abrió la puerta para ver al hombre que ponía a prueba sus nervios en segundos. Cara a cara. Y cuando el policía y el abogado les echaron un breve vistazo, sólo pudieron bufar con burla al leerlos.

—No sólo están desactualizados, sino que faltan firmas importantes. Esto es falso.

—¿Qué? No... Eso no es posible, George-

—Es muy posible señora Stone. Las firmas honorarias no están hechas, lo cual significa que su propiedad no está registrada. Está habitando zona privada.

Conchata palideció y se llevó las manos al pecho. Su corazón latía tan fuerte que tuvo que agarrarse del brazo larguirucho de Miguel para sostenerse. Todo se estaba desmoronando lentamente.

¿Cómo era posible?

No se llevaba bien con George, pero definitivamente el hombre era un tanto responsable en cuanto a propiedades y demás afines se trataba.

—¿Mamá?

Su hijo la miró, con la preocupación plasmada en su rostro joven pero comprensivo.

—¡E-Eso no puede ser! ¡George lo dejó todo arreglado antes de irse!

—No lo hizo. De lo contrario, yo no estaría aquí.

William le entregó los papeles a su abogado mientras bajaba del caballo y Conchata inmediatamente intentó recuperarlos con una manotada, pero al hacerlo los rompió en el proceso.

—¡No! ¡No! ¡Eso no es cierto! ¡Mis papeles!— Ella gritó y el policía intervino apenas intentó agredir al abogado de Anderton.

—¡Alto mocoso!— Miguel fue retenido después de soltar una patada a uno de los oficiales.

Conchata se liberó del agarre del guardia, sólo para darle una fuerte bofetada en la cara a William.

—¡La vas a pagar caro,cabrón! ¡A mi nadie me sacará de mi casa. Mucho menos un pastor corrupto como tú!

Los agentes retuvieron a Conchata y a Miguel, ya que el niño intentaba defender los restos de la dignidad de su madre. Pero poco podían hacer.

La tierra de Conchata era próspera y hasta ahora proporcionaba buenos ingresos para vivir en paz y lejos del resto. Hasta ahora.

William era bastante estricto y cuidadoso con sus propiedades. Era dueño de la mitad del pueblo, y que Conchata viviera allí, justo en el lugar donde quería construir su hogar para su nueva familia, no dejaba más que un punto negro y feo para su sueño futuro.

Pero él lo borraría. Y si necesitaba superar la ley para conseguirlo, lo haría. Las influencias tenían sus ventajas. Y estas trabajaban a su favor sin problemas.

—Te daré tres días para que hagas las maletas y te vayas.

—¡¿Tres días?! ¿Dónde voy a encontrar un lugar para vivir? Mis hijos... no puedo irme-

—Estoy seguro de que los refugios locales te aceptarán con gusto. Agradece que te haya dado tiempo. —William hervía con su calma habitual, enviando escalofríos por la espalda de Miguel, mientras el niño se aferraba a la falda de su madre.

Los hombres dieron media vuelta en sus caballos y pronto comenzaron a alejarse al galope, pero William se subió al lomo de su bestia, permaneciendo alto y orgulloso. Mirándolo.

Que un hombre hiciera que Conchata se aferrara a él de manera tan protectora significaba que ella no tenía ningún poder. Que había sido derrotada. Algo que su cerebro infantil creía imposible. Le recordaba las formas en que ella a veces los protegía a él y a Gabriel de George en sus habituales ataques de borrachera.

Ese día, el pastor William Anderton quedó grabado para siempre en los recuerdos más profundos de Miguel y en la creciente rabia de su corazón.

El resentimiento no era algo que un chico tan joven como él debiera experimentar. Pero ahí estaba él, memorizando cada hendidura, poro y suave arruga de los rasgos del hombre para que su corazón y su mente no lo olvidaran.

Para no olvidar quién había sido el monstruo que obligó a su familia a irse y abandonar todo lo que había conocido hasta ahora.

Miguel O’Hara ya no tenía hogar.

Pero si había algo que William había olvidado era no despreciar nunca a una mujer. Mucho menos una con un temperamento inestable y un corazón lleno de heridas recientes.

Había rociado el corazón herido de Conchata con sal, lo había frotado y luego lo había arrojado al fuego. Dejando que se rompiera y se quemara hasta convertirse en cenizas.

William no había mostrado piedad, a pesar de que la palabra salía de su boca todos los domingos en su iglesia como parte de su discurso ante las masas.

Pero la mente de Conchata ya estaba dando vueltas y conspirando.



La crianza de Miguel fue todo menos fácil, pero eso no le impidió alcanzar cualquier objetivo que se propusiera.

Los refugios y las casas de alquiler quedaron atrás, y pronto obtuvo una beca para ingresar a una universidad, lo que le permitió obtener un título y una maestría en agronomía y gestión a gran escala.

Mientras tanto, Gabriel ayudaba a Conchata en la casa. Tenía pequeños negocios secundarios para sí mismo.

Pero a medida que crecía Miguel, también lo hacía su odio por los Anderton. No ayudó que Conchata arrojara más leña de odio al fuego vengativo con sus amargos relatos. Siempre se jactaba de cualquier pequeña cosa que los Anderton hicieran con despecho y odio en su corazón.

El rostro de William permaneció intacto en el cerebro de Miguel. Siempre endurecido y cruel, impasible ante el sufrimiento ajeno. Indiferente a las súplicas de su madre.

El día que dejaron todo lo que sabían, lo marcó hasta el día de hoy. Miguel juró que algún día sería dueño de su propio patrimonio, lleno de todo lo que siempre quiso.

Ya no tendría que pasar por refugios y hogares temporales nunca más, no tendría dificultades para dormir debido a la seguridad de su madre. No tendría que mirar hacia abajo con miedo y vergüenza cuando la gente que respiraba y exhalaba dinero le hablaba.

No tendría que ver a su madre, por muy mala que fuera a veces, derrumbándose por no poder satisfacer las necesidades más básicas de la ya rota familia. Y definitivamente no se dejaría pisotear otra vez por nadie. Ni por ricos, ni pobres.

Ahora, con una maestría en el bolsillo, un nuevo proyecto surgió en su mente. Entrenar y rehabilitar caballos profesionalmente. Un negocio emergente y floreciente dentro de Santa Margarita.

Todo por escuchar los rumores sobre William emprendiendo en un nuevo negocio. La cría y venta de caballos de raza pura.

Por supuesto, un hombre como él tenía que estar en boca de todos los habitantes de Edenton.

William dirigía la iglesia más grande de la ciudad y tenía múltiples negocios limpios y exitosos gracias a su propiedad, Cherryville. Y ahora, los caballos.

Una novedad en la ciudad. A menudo veía en los periódicos imágenes de William y su esposa, Rosaura, relatando lo maravillosos y valiosos que eran para la comunidad, y cuánto ayudaban sus tendencias filantrópicas a los más necesitados. Al fin y al cabo, aquel hombre estaba podrido en dinero.

Oh, la ironía.

Miguel a veces se preguntaba si William lo hacía por vocación genuina, porque tenía que darle algo de crédito al hombre por mantener una fachada de santo, frente al resto durante tanto tiempo. No era alguien de hacer algo a medias.

Si la gente supiera la escoria que es.

Si todos supieran realmente quién era el pastor William J. Anderton, nadie le dedicaría una mirada. Ninguno miraría en su dirección dos veces o asistirían a su congregación. Todo el mundo lo rechazaría y lo consideraría un fraude. Su mundo colapsaría. Algo que Miguel necesitaba lograr.

El negocio de entrenamientos de caballos abrió su lista de contactos, y con su inteligencia y el seguimiento de su intuición, le llevó un par de años colocarlo en el mapa de aquellos que necesitaban ayuda con urgencia y podían pagarla.

Porque si tenía la oportunidad de explotar a los ricos, no desperdiciaría la oportunidad de ganar mucho dinero. No cuando su propiedad personal estaba en construcción y renovaciones, lejos, en su propio lugar seguro, en las afueras de Santa Margarita.

Hace tiempo que dejó de presentarse como Miguel Stone. No quería tener nada que ver con ese apellido que no despertaba más que odio e ira asfixiante, hacia el hombre que dañaba aún más a su pequeña y ya rota familia. Y el O’Hara le había ganado un poco de reputación.

Un reconocimiento creíble para conocer gente que, le dio la oportunidad no sólo de aprender de los mejores entrenadores de caballos, sino que también la oportunidad de aplicar todo lo que sabía. Agregando aún más valor a su currículum.

Gabriel también se graduó de la universidad, siguiendo los pasos de Miguel. Aunque este último se inclinaba más por la producción que por la gestión. Era un hombre más práctico que el pensador excesivo de su hermano.

Juntos formaban un dúo fenomenal, pero al separarse podían pasar meses antes de que volvieran a verse.

Pero con el plan de Miguel en marcha, Gabriel le prometió permanecer lo más cercano y disponible posible para llevarlo a cabo.



Estaba listo para poner su plan en marcha. Nada menos que su enemigo número uno lo había contratado.

De hecho, William lo buscó él mismo para preguntarle si podía entrenar a sus caballos y asumir la responsabilidad administrativa de una de sus más recientes granjas.

El cuerpo de Miguel zumbaba con una mezcla de ansiedad y emoción. Ser el mejor para ser contratado era un objetivo que fue tachado de su lista de venganza.

Pronto, todo el odio que se acumulaba en su corazón hacia el hombre que destruyó su infancia y su familia se haría realidad. Pero aún quedaba una distracción suelta.

Dana.

—Recuérdame otra vez, ¿Por qué vas a una granja para que los ricos te exploten y maltraten?

La suave voz detrás de él resonó en su habitación. Miguel se sentó desnudo en la cama, mientras la morena de pelo corto y ojos azules lo abrazaba por detrás y besaba su mejilla y cuello.

—Tengo que hacerlo lo más creíble posible si quiero exponer a los Anderton.

Dana simplemente tarareó, verlo tan decidido y concentrado en resolver esta disputa familiar de una vez por todas, la divertía muchísimo.

La morena puso los ojos en blanco mientras apoyaba su barbilla en su hombro afilado y bien trabajado, —Pero no hay necesidad de ser tan serio.

Fue el turno de Miguel de rodar sus ojos y levantarse, alcanzando su ropa interior al mismo tiempo.

—No seas frío, Miggy. Sólo quiero verte de nuevo. Una vez que les hayas vencido, podremos seguir celebrando.

Miguel se rió entre dientes mientras tomaba una toalla y la envolvía holgadamente contra su cintura.

—Estoy bien, gracias. Y no hay un nosotros en esto, Dana.

—¿Estás seguro? Quiero decir, he corrido la voz con tus servicios aquí y allá, y mírate ahora. El mejor entrenador de Santa Margarita. Yo diría que también soy parte de esto.

A veces su voz se irritaba cuando se ponía así. Enfermizamente dulce y llena de mentiras. Más aún cuando escupía nada menos que verdades a medias.

En verdad, había conocido a Dana durante los últimos seis meses, todo gracias a Gabriel que la sugirió como enlace de contacto con aquellos a quienes quería llegar. Gente asquerosa y obscenamente rica que necesitaba que alguien les ayudara con sus propiedades lo antes posible, que las rescatara, aunque fuese por mero sentimentalismo.

Si bien la química inicial era innegable, ésta se había desgastado gracias a la actitud insufrible y posesiva de Dana. Y no importaba cuántas veces él le dijera un rotundo y absoluto No a sus avances, ella seguía insistiendo. Ella era la que siempre regresaba y siempre terminaba en su cama.

La única que creía que eran algo. Claro, Dana cumplía su propósito de mantener esos impulsos físicos alejados, pero aparte de eso, no había nada sustancial en ella que pudiera decir que le atraía, además de sus contactos.

—Sí, no. Mira, no quiero que te entrometas en mis asuntos. Y lo digo en serio

Las manos de Dana intentaron alcanzarlo, pero Miguel se alejó de su toque, retrocediendo apresuradamente y dirigiéndose a la ducha.

—Si me arruinas esto, te lo juro, tendremos problemas.

¿Más de los que ya tenían? Imposible.

Dana simplemente se rió, —No seas malo, tienes que recompensarme de una forma u otra por la hermosa y amplia clientela que tienes.

Dios mío... Con qué loca me vine a enredar

Murmuró mientras entraba a la ducha.

—Te veré pronto, bebé— Sus risas hicieron que sus ojos se pusieran en blanco con molestia y sus hombros se cuadraran.

Se iría en un par de horas, para comenzar lo que todo su ser había estado preparando durante años. Pronto los Anderton lo conocerían.



Al regresar al lugar donde creció, tenía el estómago hecho un nudo apretado y ansioso, más apretado que la maraña de un cabello.

Las puertas de metal, antes incoloras y oxidadas, que le encantaba cerrar con su balón de fútbol mientras jugaba con Gabriel, ahora se convirtieron en robustas estructuras de hierro que se movían automáticamente. Deslizándose hacia un lado para dejarlo entrar tan pronto como se reportó a través del altavoz de la cámara.

Una pared de piedra en forma de L sostenía letras metálicas sobre otra estructura metálica. Rancho Cherryville.

Había llegado y su corazón latía ante la incómoda sensación de ver su casa destruida y convertida en un resort estilo colonial.

Donde había una casa modesta pero firme, de un solo piso, ahora había una mansión de dos pisos que se extendía de izquierda a derecha. Un vibrante naranja atardecer vistió las paredes de la estructura, agregando suficiente color a la suntuosa grandeza del lugar.

El personal corría arriba y abajo, moviéndose como hormigas ocupadas a través del hormiguero, obedeciendo a la reina. O más bien monarcas.

Su Chevrolet Silverado negra estacionó afuera, siguiendo las instrucciones de un hombre que le dio el visto bueno con una buena sonrisa.

Había llegado diez minutos antes, por si acaso. Miguel salió y se puso el sombrero.

Una franela negra y marrón cubría su torso cómodamente, un par de jeans que hicieron un trabajo maravilloso al contener sus bien trabajadas piernas, el cinturón simplemente abrazaba su estrecha cintura, acentuando su físico esculpido por sus años de arduo trabajo.

El hombre le ofreció ayuda con su maleta, pero Miguel se negó con una educada sonrisa.

—Siga derecho y llegará a la oficina del Sr. Anderton. Es la única puerta marrón en este piso.

Sus manos fuertes se apretaron ante el nombre de su enemigo.

—Gracias.

Miguel tuvo que tomarse un momento para respirar y observar su entorno.

Todo lo que recordaba de su infancia, desaparecido. Su corazón sintió como si estuviera regresando a la casa de un extraño. Invadiendo territorio ajeno y enemigo.

Se había borrado cada fragmento de su infancia, cada recuerdo que creó con Gabriel, desaparecido y enterrado para siempre. Reemplazado con decoraciones exageradas, una falsa sensación de comodidad, mentiras escondidas incrustadas en las paredes fulgurantes y resistentes y personas a las que alguna vez se esforzó por imitar y ser.

Conchata siempre alimentó su cerebro para que creyera cosas más grandes, siempre lo animó a mantener vivo el odio.

¿Estaría orgullosa de ver hasta dónde había llegado su plan? Probablemente. Incluso si estaba ocupada con su nuevo novio que le proporcionaba todo.

Pero esta tierra, su hogar alguna vez olvidado y abandonado, volvería a ser suyo.

Con paso firme se aventuró en territorio enemigo, pasando por habitaciones y personas que inevitablemente lo observaban con breve curiosidad.

Algunas mujeres se callaron y cuchichearon cuando él pasó, dejando presencia hablar por sí misma ante el efecto que sabía que tenía con las mujeres. Pero todos esos pensamientos arrogantes desaparecieron tan pronto como sus ojos entraron en contacto con la puerta.

Un escalofrío de emoción y ansiedad recorrió su espalda al escuchar la voz escueta de su enemigo jurado, dando órdenes a alguien en particular. La garganta de Miguel se sentía árida.

Su corazón latía a una velocidad de kilómetros por segundo, su respiración se aceleraba y sus ojos seguían parpadeando, preparándose para enfrentar a su némesis.

—Adelante.

Obedeció y su nariz se ensanchó, soltando una temblorosa exhalación al ver a William. Tenía el mismo rostro frío, la única diferencia era que lucía un poco más envejecido y sus cabellos blancos aún más prominentes. Pero por lo demás, era el mismísimo hombre altivo y despiadado que echó a su familia a la calle.

Era como si el tiempo apenas hubiera pasado sobre él.

Se necesitó cada célula y fibra de su cuerpo para controlar el impulso de darle un puñetazo en la cara. Pero la satisfacción de tener los roles invertidos por un momento le produjo una satisfacción como ninguna otra.

Esta vez William tuvo que levantar la cabeza para verlo, y un escalofrío le recorrió la espalda al encontrarse con los ojos marrón rojizo de Miguel. Perforando y juzgando con toda la intención de hacerlo, como si el mismo hombre que tenía delante conociera sus secretos más profundos.

La puerta se cerró con un suave clic y Miguel se acercó.

—Señor O’Hara.— William se levantó para recibirlo con un breve y firme apretón de manos.

—Señor.

—Debo decir que lo que la gente dice de usted, le hace justicia.

—Cosas buenas, espero.

William asintió con una breve sonrisa y le indicó que se sentara frente a él.

—Ahora. Yendo al grano. La propiedad de la que estará a cargo está en un pequeño percance, apenas he tenido tiempo de arreglarla y-

—Está bien. ¿Es parte del granero que me mencionó?

—Efectivamente. Sus funciones están detalladas en el contrato, el pago es cada quincena, a menos que quiera elegir otro tipo de plazo de pago.

—Cada quincena está perfecto.

William le pasó el contrato a Miguel, y este no perdió tiempo en leerlo y tomar una fotografía de cada página.

—Cualquier duda, puede llamarme y le responderé lo antes posible.

Miguel firmó y le devolvió el papel. William lo puso en una carpeta y luego en un archivo. Apagó su computadora y se dirigió hacia los establos. Le hablaba de su más reciente compra y la razón por la cual necesitaba de su presencia en el rancho.

—Lo he intentado todo y nada funciona. La gente me ha dicho que sacrifique el caballo, pero no puedo hacerlo.

Miguel deambuló detrás de William por los interminables pasillos de la finca, no quedaba nada de su casa. Ni siquiera el horno de piedra, donde veía a Conchata preparar la cena y él le ayudaba con las tortillas.

Ahora lleno de equipos modernos y lleno de gente cocinando cosas diferentes que no podía nombrar.

Miguel tuvo que admitir que los establos eran su parte favorita de toda la casa de fantasía. William no conocía el concepto de presupuesto. Pero eso estaba bien, porque cada caballo que había allí valía cada centavo y el área se había convertido en un hermoso pasillo de establo.

Cada caballo tenía su propio recinto fortificado, bien cuidado y limpio. No había malos olores, suciedad o barro. Nada de eso. De hecho, sus ojos parpadearon al ver a unos caballos nadando en una piscina gigante hecha a medida para ellos y su rehabilitación.

Todo en Cherryville rezumaba poder y dinero.

El relincho enojado de un caballo lo sacó de sus pensamientos. El semental frisón negro pateó y mordisqueó a otro caballo marrón que estaba cerca. Los cuidadores inmediatamente los separaron a ambos.

William suspiró derrotado. Y Miguel se acercó a inspeccionar el caballo mustang marrón.

—Ese es Joaquín. El negro es Agustín.

Miguel arqueó el ceño ante la elección de nombres, pero se alegró de tener algo con lo que estaba familiarizado.

—¿Sabe usted español, Sr. Anderton?

—La cantidad suficiente para entender cuando mi esposa estaba enojada al inicio, pero fue necesario aprenderlo si quería mis negocios a flote.

Miguel se rió entre dientes y asintió.

—Ya veo.

Por mucho que quisiera soltar una serie de insultos aquí y allá para poner a prueba sus palabras, se guardaría su lengua afilada.

—Puede empezar mañana, le dejaré instalarte. El granero está en buenas condiciones para satisfacer sus necesidades. Si falta algo, pregunte a cualquiera de los ayudantes que hay alrededor”.

Con un último y firme apretón de manos, William se fue.

Miguel se dio un recorrido. Quería familiarizarse con la propiedad tanto como pudiera. No le gustaba depender de otros para las tareas más sencillas.

Incluso el camino hasta el granero estaba pavimentado y bien iluminado. Ya no era el camino fangoso y oscuro en el que le encantaba chapotear, incluso si eso significaba que Conchata le tirara de la oreja más tarde.

El granero, como el resto, le dejó sin aliento. Parecía una casa para él.

No perdió tiempo en admirar el trabajo y el esfuerzo puesto en él. El cuarto de aperos era una buena opción, pero su dormitorio y oficina estaban aún mejor acondicionados. Era un lugar digno de sus habilidades y conocimientos.

Miguel comenzó a desempacar e instalarse. Desde su ventana podía ver otra extensión de la propiedad. Bodegas y las viviendas del personal, supuso.

Y otra entrada a todas las instalaciones adyacentes a un par de cuadras de su granero.



Una cosa que había olvidado del lugar, eran las lluvias torrenciales que siempre se filtraban. A veces los apagones eran tan comunes que prefería estar iluminado con velas.

Había terminado de ducharse después de pasar la noche tratando de conocer a Agustín y al resto de sus ayudantes. En general y hasta el momento parecía el lugar perfecto para trabajar, pero también un desafío.

Afuera rugían los truenos y la lluvia seguía azotando todas las superficies que podía, penetrando hasta los huesos. Estaba listo para hacer su cama y llamar a Gabriel cuando se apagaron las luces.

Un fuerte zumbido resonó, antes de que la iluminación regresara, el generador no tardó en funcionar.

Lo que lo alertó fue la entrada principal abriéndose y cerrándose.

¿Se había colado algún trabajador?

Otro apagón ocurrió cuando se acercaba a la puerta solo para encontrar a una hermosa y empapada mujer temblando en la entrada.

—¿Señorita?



Tus amigos habían prometido una fiesta tranquila y casual entre los solteros de la ciudad, nada más y nada menos. Pero el tiempo y las bebidas continuaron, como la diversión.

Hasta que tuviste suficiente. Como una Anderton, tenías una reputación que mantener, pero te alegrabas de que tus amigos te hicieran sentir una mujer normal, libre de miradas entusiastas y expectantes y de las etiquetas sociales. Libre del modelo autoritario que tenías que ser, sólo por el hecho de ser hija del Pastor.

Pero ahora lo único que te importaba era entrar al granero para que tu cuerpo descansara del frío.

El hermoso vestido que usabas, ahora te abrazaba con un agarre tremendo, sofocando tus curvas como una segunda piel. El cárdigan rojo y corto sobre tus hombros hizo poco o nada para protegerte de la lluvia implacable. El cabello estaba pegado a tu rostro tembloroso, los dientes castañeteaban mientras mirabas por la ventana. La lluvia no tenía intención de parar.

Tus manos quitaron el cárdigan y luego arrojaron la prenda al suelo, mientras frotabas un poco de calor.

—¿Señorita?

La voz varonil y profunda te hizo saltar en tu lugar del susto

—¡Oh, Dios mío!— Tragaste saliva al ver al apuesto hombre frente a ti, vestido con nada más que sus pantalones deportivos grises y unas pantuflas. Una toalla colgaba holgadamente sobre uno de sus enormes hombros.

Su ceja se arqueó mientras su rostro permanecía sereno.

—Lo siento, no sabía que el granero estaba ocupado.—Seguiste frotándote los brazos, esperando que aminorara la lluvia. Un fuerte trueno te hizo retroceder de la puerta, mientras las gotas que escurrían de tu cuerpo rodaban hasta el suelo, formando un charco bajo tus sandalias de tacón rojo.

Si no fuera por tu cabello pegado a tus mejillas, el hombre definitivamente vería el profuso rubor emerger en ellas. Los hombres sin camisa no eran parte de tu día a día y mucho menos hombres guapos y altos con ojos hermosos que te atrapaban el alma con sólo verte.

Una sonrisa apareció en el rostro de Miguel, mientras sacaba otra toalla del baño y se acercaba.

—Me instalé hoy, está bien.

Él te dio la toalla y tú la tomaste con una sonrisa agradecida. Secaste inmediatamente tu cara, cuello y brazos con palmaditas.

Miguel te observó con ojos penetrantes, siguiendo el movimiento de tu mano mientras se peinaba el cabello hacia atrás.

Eras preciosa. Y empapada hasta los huesos. Ese pequeño vestido hizo poco para evitar que sus ojos vagaran por tus muslos, maravillándose de su suavidad y curvas. Tuvo que apartar la mirada tan pronto como sus ojos se detuvieron en tu pecho. El contorno de tus pezones sobresaliendo del vestido, le dio suficiente distracción por un momento.

No parecías tener más de veinte y tantos.

—Uhm...—Tu voz dulce le hizo sentir curiosidad.

—¿Sí?

—¿Puedo usar el teléfono del granero, por favor?

Qué chica tan educada.

—Por supuesto.

—Disculpa la intrusión

Sacudió la cabeza suavemente y abrió su oficina. Dejándote entrar.

Tus brazos cruzados sobre tu pecho, le dieron un fugaz vistazo a tu escote. Luego fuiste a buscar el teléfono, pero el número en la pantalla le hizo fruncir el ceño, ya que era el número de contacto personal de William.

—¿Hola? ¿Papá? ¿Puedes enviar a alguien al granero con un paraguas, por favor?

Papá

Miguel parpadeó mientras te miraba desde el marco de la puerta. Esto era incluso mejor de lo que esperaba.

Estaba tan metido en sus intrigas que se olvidó de la familia de William. Hasta donde él sabía, el hombre Anderton sólo tenía un heredero. Y ahora estaba mirando a dicha persona.

Pudo ver algunos fragmentos de William en ti, especialmente en tu nariz y pómulos. El resto era obra de tu madre.

Y qué buen trabajo habían hecho.

—Lo sé, lo siento. Me quedé demasiado atrapada en la fiesta.

La suerte de Miguel realmente no podría ser mejor. Incluso podía saborear su venganza a través de su boca. Era dulce como tu perfume.

—¡Gracias, te amo!

Colgaste la llamada y le sonreiste.

—Gracias Señor...?

—O’Hara. Miguel O’Hara.

Le diste tu nombre con una dulce sonrisa mientras él te estrechaba la mano amablemente.

—Correcto. ¿Entonces, eres el nuevo entrenador?

Su laxo marco se inclinaba contra la puerta, bloqueando tu camino desde la entrada con su forma. Sus ojos te apreciaron con una enigmática sonrisa.

Tu nerviosismo estaba haciendo que tu mente fuera un caos simplemente por estar cerca de él. Los hombres y hombres semidesnudos en general estaban fuera de la lista. Principalmente por las estrictas creencias de tus padres. Y el hombre que te atraparía sería tu futuro marido. Sin discusión.

—Lo soy. Sí. Es bastante impresionante el lugar.

—Ah, bueno. Papá se toma en serio sus negocios y necesita toda la ayuda que pueda conseguir. Así que, gracias por venir.

—Es un placer ayudar,señorita.

Su labio se curvó, casi imperceptible ante tu reacción nerviosa. Se te puso la piel de gallina.

—Ven. Vamos a calentarte un poco.

Lo seguiste hasta la chimenea y pronto tomó otra toalla ya que la que tenías estaba empapada.

Te sentaste frente a la fuente de caloe y él te cubrió los hombros con la toalla seca y acogedora para luego sentarse frente a ti.

—Gracias— Tragaste saliva y extendiste tus manos hacia el fuego, ganando una muy necesaria ola de calor.

Miguel no podía esperar a que te fueras y llamaras a Gabriel para contarle todo lo que había visto hasta ahora. Todo era más que perfecto, como si el universo mismo hubiera entregado su venganza en bandeja de plata.

Pasaron un par de minutos antes de que una voz familiar para ti resonara desde fuera del granero.

—¡Mi niña!¡Vamos!

La voz de tu nana llamó y tú te pusiste de pie.

—Gracias por la ayuda, Miguel.

—Cuando quieras, hermosa.

Él asintió con una sonrisa suave, que no llegó a sus ojos y te vio partir.

—¡Nos vemos pronto!— Saludaste y regresaste a las puertas principales. Tus talones haciendo clic en el suelo.

—¡Vicky!— Te metiste debajo del paraguas después de que tu nana aseguró la toalla.

Quisiste darle un último agradecimiento a Miguel pero éste ya había cerrado la puerta. Te fuiste a la mansión.

Miguel corrió a buscar su teléfono e inmediatamente llamó a Gabriel. Descolgó después del tercer timbre. Éste hablaba y divagaba sobre todo lo que había visto y Gabriel sólo podía escuchar. Expectante.

—Deja que pasen algunos meses y luego podrás venir. De esa manera reuniremos más pruebas.

—¿Qué pasa con esa mujer? La hija de Anderton.

Suspiró con un jadeo soñador.

—Es la pieza perfecta para todo este asunto. —Sonrió con orgullo el entrenador.

—Úsala a tu favor. Golpéales justo donde duele.

—Lo haré. No te preocupes. Ella es muy amable y dulce. No lo verá venir.

Con este nuevo dato, Miguel podría hacer muchísimas cosas. Pero su objetivo era claro. Arremetería contra William justo donde se atrevió a atacar a Conchata hace mucho tiempo. La familia.

Él iría tras de ti. Y si eso significaba actuar como si él te adorara de verdad, que así fuera.

Su venganza finalmente estaba en marcha.