𝕻𝖗𝖔𝖑𝖔𝖌𝖔. La carta que nunca te entregue.
Ahora estoy en mi habitación. El té se enfría a mi lado mientras me paso una mano por el pelo. Exhalo, intentando reunir las palabras en mi cabeza. Los papeles desperdigados por la mesa, revueltos y algunos tirados por el suelo. Hay mil cosas inútiles que debería estar haciendo ahora mismo, pero en cambio, estoy escribiéndote esta carta.
Una que probablemente nunca llegue a tus manos.
Lo siento. Sabes que nunca he sido bueno diciendo lo que siento. Ni siquiera en algo tan absurdo como una carta. Pero, por cursi que suene, necesito que sepas algo...
Ayer en el establo, ajustaba las correas de mi caballo. Le acaricié el hocico con una mano. Resopló suavemente y me miró, como si supiera que estaba huyendo de algo.
Como si supiera que ese algo eras tú.
A veces uno necesita tener las manos ocupadas para no pensar.
Esa vez no funcionó.
Porque mientras le pasaba la mano por el lomo al caballo, no podía dejar de pensar en ti.
Siempre me convencí de que el amor era una tontería para quienes aún creían que este mundo podía ofrecer algo más que la muerte. Un lujo que la gente como yo no podía permitirse. ¿Para qué sentir algo así, cuando la realidad te obligaba a endurecerte hasta los huesos? Con los años, reforcé esa idea.
Cuanto menos sintiera, menos perdería.
Cuanto menos me atara, menos dolería.
La vida te lo arrebataba todo tarde o temprano, y yo no estaba dispuesto a seguir entregando partes de mí.
Y lo más jodido es que, mientras pensaba todo eso, tú ya estabas allí...
Yo tenía trece años. Tu, once. Una niña pequeña. Fragil. Con esos ojos azules que parecían haberlo visto todo. Eras solo otra huérfana más en la Ciudad Subterránea: sucia, asustada, con la expresión perdida y la espalda cargada de algo que no entendí hasta mucho después. No eras nada especial. Nada de lo que debía preocuparme.
O eso me esforcé en pensar.
Porque había algo en ti que me desconcertó desde el primer momento.
No era tu rostro. Ni tu voz. Ni tus ojos. Ni siquiera esas diminutas pecas en tu nariz.
Era lo que despertabas en mí.
Me acostumbré a mirarte sin querer. A notar tu ausencia antes que tu presencia. A necesitar escuchar tu voz al final del día. Y cuando quise darme cuenta, ya formabas parte de los recuerdos que me quedaban.
Como un dolor leve que no notas hasta que desaparece.
No te buscaba, pero tampoco me alejaba. Y sin entender cuando, pasé de verte con indiferencia a preocuparme si volvías tarde, si comías, si alguien se atrevía a ponerte una mano encima.
ncluso cuando Kenny te enviaba a robar sola, no podía evitar vigilarte de cerca.
Y no entendía por qué mierda lo hacía.
Kenny se habría reído en mi cara. O me habría dado un puñetazo por imbécil. "Eso del cariño no es para nosotros, mocoso. Es para los que tienen un futuro. No para los que nacimos en la mierda", solía decir.
Y le creí.
Porque creí que tener corazón era perder.
Hasta que llegaste tú.
No me ofreciste cuentos ridiculos. No prometiste quedarte para siempre. Solo estabas. Silenciosa. Real. Insoportablemente tú.
Sabías cuándo marcharte. Y cuándo no dejarme solo. Me enseñaste a dejar de huir de lo que sentía, aunque sentir siguiera doliendo.
Cuando llegó el momento, crecimos. La vida nos moldeó a golpes. Perdimos personas. Pedazos de nosotros mismos. Nos separamos... pero tú seguías ahí. Y yo seguía volviendo a tu lado como quien vuelve a casa después del infierno.
Nunca dijimos demasiado. Nunca nos hizo falta. Lo nuestro era crudo, difícil, imperfecto. Nos entendíamos en las miradas. En el silencio después de cada expedición.
Lo que teníamos era solo nuestro.
Y eso bastaba.
Tú me aceptaste como era. Yo también a ti. Nos aferramos con miedo. A lo nuestro. A nosotros. Con esa intensidad que solo tienen los que han estado al borde y han decidido no caer.
Sacudí la cabeza, como si eso bastara para arrancarte de ella. Guié a mi caballo con las riendas apretadas entre los dedos y, al salir del establo, te vi. Regañabas a Hange, seguramente por alguna de sus locuras. Como siempre. Con esa expresión seria y obstinada que te resaltaba.
Y entonces lo sentí. Ahí, en el centro del pecho.
Pequeño.
Molesto.
Jodidamente real.
Me quedé viéndote. Más de lo que debería. Y aunque no lo dijera en voz alta, lo sabía: si alguna vez fui libre, fue el día que entendí que tú, eras lo único que no podía controlar.
A mi lado, un montón de papeles arrugados descansan junto a mi taza de té. Perdí la cuenta de cuántas veces he empezado esta carta y la he roto a la mitad. Pero esta vez no. Esta vez voy a terminarla. Porque es para ti. Y con eso me basta.
Porque eres el único refugio donde mis demonios descansan, Cyra.
L.
Wattpad: Dryllss_ACK