Trafalgar Law x lectora | short stories |

Sinopsis

Historias cortas con Torao♡

Genero:
Erotica/Romance
Autor/a:
Kagamy
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

En la guerra

Metí rápidamente un pedazo de pan a mi boca; sabía a tierra, moho, y a gloria. Era la primera comida que encontré después de tres días. Una lata de frijoles, con una etiqueta que señalaba su vencimiento, posiblemente de mas de tres años, pero poco me importó, porque sin pensarlo, lo comí desesperadamente.


La guerra había arrasado con todo. Con suerte, había logrado escapar; los demás no corrieron con la misma suerte.


Habían pasado semanas enteras ocultándome de los soldados alemanes. Cinco años habían transcurrido desde que invadieron mi amado país, Polonia. Cinco años... no sé si resistiré vivir más tiempo así.


Un estruendoso sonido me hizo poner en alerta; me deslicé suavemente por el suelo, tratando de no hacer ningún ruido para llegar a la ventana. Eran soldados alemanes.


Mierda.


Traían consigo a un hombre; no se escuchaba desde aquí, pero podía ver claramente el miedo y la desesperación en él. Lo iban a matar. En el momento en que el soldado levantó el arma, dejé de observar. No quería presenciar cómo asesinaban al pobre hombre, sin poder hacer nada.


Luego de un minuto, volví a fijarme por la ventana. Solo pude observar el charco de sangre y el hombre muerto sobre él. Solo podía significar una cosa: eran prófugos, como yo, y los estaban buscando.


Debía salir de allí, ya.


Esta vez, no me había alejado mucho de casa, o lo que quedaba de ella. Salía cada día a buscar comida porque en el búnker de mi casa, se había terminado todo. Recogí unas cuantas latas más de frijoles que había en ese pedazo de construcción, colocándolas en mi pequeña mochila vieja y desgastada que traía conmigo.


Antes de salir, observé a mi alrededor en busca de posibles soldados. Cuando todo estuvo despejado, me aventuré entre los escombros de lo que alguna vez fueron edificios. Mi casa aún quedaba a cuatro cuadras; tenía que llegar.


—Hände hoch und beweg dich nicht! —Paré inmediatamente y giré, levantando las manos en rendición. Eran los mismos soldados de hace unos momentos, solo que ahora eran dos, apuntándome con sus armas. —Komm näher, und pass auf, nichts Dummes zu tun.


¿Sobreviví durante cinco años en este infierno para esto?


Estaban a diez metros de distancia, acercándose lentamente, y entonces, corrí.


Escuché los disparos, agradecí a los escombros que, en estos momentos, eran mi salvación. Me escabullí entre ellos y divisé un agujero en una edificación; me colé dentro, tratando de controlar mi respiración. Oí sus voces, no tan lejos. Mi corazón latía con rapidez, tanto que temía que los soldados lo escucharan.


—¿La encontraste? — pude escuchar al soldado, molesto. Al parecer, el otro negó, porque inmediatamente comenzó a soltar maldiciones y se alejaron.


Cuando dejé de escuchar algun tipo de ruido, por fin pude respirar, liberando todo el aire acumulado en mis pulmones. Pero aún no me atrevía a salir. Pasaron exactamente diez minutos cuando asomé mi cabeza para asegurarme de que no hubiera nadie y poder salir. No me arriesgué a regresar a casa; lo último que quería era que descubrieran el búnker que guardaba en mi hogar, mi único refugio sostenible. Así que retrocedí por el mismo camino. Sabía que era el último lugar donde buscarían, así que podía estar a salvo, por ahora.


Después de un par de horas, me di cuenta de que ya no podían haber soldados cerca, pero no podía confiarme. En el camino, me encontré con un charco de sangre; seguramente habían arrastrado un cadáver. Mi curiosidad fue fuerte, así que me dirigí en esa dirección y, efectivamente, encontré a un hombre en el suelo. Reconocí la vestimenta. Era un soldado alemán.


Quise correr de ahí, pero escuché un quejido; estaba vivo. Me acerqué un poco más, tal vez tendría alguna arma que pudiera ser útil. Cuando estuve lo suficientemente cerca, pude observarlo mejor; era uno de los tres soldados de hace un rato, el que faltaba.


Di la vuelta, lista para abandonarlo, pero no tuve el coraje suficiente para avanzar.


Es un enemigo, es un enemigo, es un...


Yo no soy un monstruo.


Con decisión, armé una pequeña camilla improvisada. Como ya estaba oscureciendo, lo arrastré cuadras hasta llegar al búnker de mi casa. El tipo era pesado, y yo tenía de todo, menos energía suficiente, así que llegar fue un maldito logro.


Le quité el uniforme de la parte dorsal para tratar sus heridas. Tenía un enorme tatuaje en el pecho, también en los brazos, espalda y hombros. Era raro; ¿por qué un soldado que mata gente a sangre fría tendría tatuado un corazón en el pecho y hombros? Suspiré y procedí a curarlo; tenía una herida atravesada de bala por el hombro, no parecía ser grave, la que si parecía grave, era la herida en el abdomen, y los golpes en su cuerpo.


Transcurrieron exactamente tres días, y el soldado no parecía dar indicios de despertar pronto, así que volví a aventurarme en busca de comida. Esta vez tuve suerte a la primera; encontré muchas latas de sopa y atún en buen estado. Con esto, no tendría que salir en semanas. Agradecí a Dios y volví de vuelta al búnker.


Bajé con cuidado las escaleras; el focito siempre lo dejaba encendido, pero aún así se veía oscuro, así que encendí algunas velas.


Dejé la mochila en donde traía la comida para girar a ver a mi paciente. Pero no había nadie allí.


Di un pequeño grito cuando sentí unos brazos rodeando mi cuello, aplicando una llave con firmeza.


—¿Quién eres? —me habló, con su acento alemán. Apretó más fuerte al ver que yo no respondía —¿Qué es lo que quieres?


Inhalé y exhalé, tratando de no entrar en pánico; era un soldado herido y seguramente sin muchas fuerzas. O bueno, esto último no mucho.


—Y-yo te encontré herido y te traje aquí —respondí en su mismo idioma.


El soldado alemán apretó aún más la llave al escuchar mi respuesta. Mientras yo luchaba por mantener la calma.


—¿Traerme aquí? —susurró con incredulidad, y pude sentir la tensión en sus músculos. —¿Por qué?


—No tengo una razón en específica, solo lo hice y ya.


Hubo un momento de silencio tenso antes de que él aflojara la llave y finalmente me soltara. Me miró con suspicacia, evaluando mis palabras.


—¿Por qué debería creerte?


—Porque si quisiera matarte, no estarías aquí ahora. — Respondí con firmeza. —Además, no tengo fuerzas para pelear contigo.


Lo observé fijamente, sus ojos grises me miraban incrédulos. Luego, su mirada descendió por mi cuerpo, inspeccionándolo.


—¿V-vas a matarme? —me atreví a preguntar, con la voz temblorosa. Él solo me miró, luego suspiró dio la vuelta y se recostó en la pared de hierro.


—No —respondió con frialdad—. Pero eso no significa que confíe en ti.


—Yo tampoco confío en ti —respondí al instante, ostil— y aún así me arriesgué a traer a un enemigo hasta aquí.


—¿Eres polaca?


En estos momentos incluso ya había perdido el miedo, o tal vez era porque luego de años, esta era la única persona con la que mantenía una conversación.


—No es obvio. —respondí, recibiendo un gruñido de su parte. —¿Cómo... Cómo te llamas? —pregunté luego de unos minutos, rompiendo el silencio.


—¿Eso importa?


—No, pero al menos ya no serás un desconocido para mí.


Como no recibí respuesta, empecé a abrir una lata de sopa que había logrado conseguir.


—Law.


—¿Eh?


—Mi nombre es Trafalgar Law. —me miró por unos instantes, ojalá saber lo que pasaba por su cabeza en esos momentos. —¿Y tú?


Quise responderle con un "¿Eso importa?" Cómo el lo había hecho conmigo, pero mejor desistí de esa idea.


—_____. A secas.


Logré escuchar un rugido, el giro la cabeza y pude observar un pequeño rubor en sus cachetes. Claro, había estado por tres días inconsciente, a de tener hambre.


Abrí una lata de sopa y le pasé una pequeña cuchara.


—Toma —ofrecí—. Es lo mejor que pude conseguir.


Law me observó con cautela antes de hablar de nuevo:


— ¿Por qué me ayudas? ¿Cuál es tu juego?


— No hay juego. Solo... no pude dejar que murieras. No soy como ustedes.


Law simplemente tomó la comida, sin mostrar una expresión clara. Estábamos atrapados en una especie de tregua incómoda, en la que la necesidad de sobrevivir superaba nuestras diferencias.


Después de dos días, cuando desperté, él ya no estaba. Tenía miedo de que volviera con soldados y me matara, pero eso no ocurrió. Inesperadamente, en el transcurso de las semanas, aparecía comida fresca en el búnker, sabía muy bien de quién era obra. Así que esperé a que los días pasaran para encontrarme con él y agradecerle.


Las siguientes semanas transcurrieron con Law recibiendo comida a escondidas. Cada vez que venía, nuestras conversaciones eran breves y tensas. Aunque no lo admitiría, comenzaba a notar un cambio en la forma en que nos mirábamos.


Un día, mientras compartíamos un momento de silencio incómodo, Law se acercó repentinamente y me besó apasionadamente. Fue un choque emocional, pero me dejé llevar. En ese fugaz instante, las barreras entre nosotros parecieron desmoronarse.


Después del beso, nos separamos, mirándonos con sorpresa y confusión. Sin decir una palabra, Law se alejó, pero su mirada reflejaba algo más que desconfianza. A partir de ese día, nuestra relación tomó un rumbo impredecible en medio de la guerra.


Así transcurrieron algunos días, no había un día en que él no viniera; era como una rutina, venía, nos entregábamos el uno al otro, cuerpo y alma, volviéndonos uno solo.


Pero ese día fue diferente.


Law llegó, y se notaba tenso, molesto. Se acercó a mí, y comenzó a besarme con desesperación. Nuestra danza de lenguas no era para nada sincronizada; era desesperada.


Sus manos recorrieron mi cuerpo con devoción, llevó una de ellas a mi trasero, apretándolo a su antojo, logrando que suelte un gemido que lo calentó más.


Sin más preámbulos, me tiró al pequeño colchón que había en el suelo, luego comenzó a quitarse su uniforme. Me quedé embelesada observando su perfecto cuerpo; era hermoso, él era hermoso. A pesar de haber estado con el muchas veces, siempre me hacia sentir como la primera vez.


Se acercó nuevamente para besarme, quitándome el aliento.


—No es justo —jadeó, separándose unos milímetros de mí. —Tú aún estás vestida.


Le sonreí, traviesa.


—Eso se puede arreglar. —no esperó más y me quitó el polo que llevaba puesto, dejándome en sostén, el cual duró menos de un minuto en mi cuerpo.


Solté un fuerte gemido cuando llevó uno de mis pechos a su boca, chupando y dando pequeñas mordidas que me hacían jadear de placer, con su otra mano, masajeaba mi otro pezón que pedía a gritos ser atendido, lo cual fue correspondido.


Mis uñas se clavaron en su cabeza, no quería que se separara de mí, ni que dejara de hacer lo que estaba haciendo, luego su lengua se empezó a deslizar por mi abdomen. Sin mucho esfuerzo, jaló de mi pantalón, dejándome solo en bragas.


Ambos teníamos la respiración agitada, él se tomó un tiempo en observar mi cuerpo, me miraba como una obra de arte, digna de admirar, lo cual me hacía sentir querida.


Llevó uno de sus dedos a mi vagina, que estaba siendo solo cubierta por una fina tela, gemí ansiosa, mientras sus dedos hacían un poco de presión.


En ningún momento apartó su mirada de mí, ni yo de él.


Me quitó las bragas dejándome expuesta a él. Volví a gemir fuerte cuando sentí su lengua recorriendo cada pliegue de mi sexo, su lengua rugosa, húmeda y cálida succionaba mi clítoris, recorriéndome sin pudor ni vergüenza.


Sentía mi orgasmo cerca, tan cerca que cuando se separó abruptamente de mí sexo, solté un gruñido de decepción. En este poco tiempo lo empecé a conocer mejor, estaba esperando una señal, que le dijera a gritos que me haga suya de una vez. Le gustaba jugar con mi voluntad, y para mi mala suerte eso era lo que menos tenía a la hora del sexo con él.


—L-Law...—gemí, desesperada.


—¿Qué? —dijo, mientras sonreía sinicamente.


—Por favor...


—¿Por favor qué? _____‐ya.


—Hazme tuya.


Su mirada se oscureció de pura lujuria; se separó un poco y se empezó a quitar los pantalones, quedando desnudo frente a mí, mientras yo me relamía los labios, observando su pene erecto.


Se acomodó entre mis piernas, y yo no podía estar más que gustosa de recibirlo al fin. Me volvió a devorar los labios, haciéndome probar mi propio sabor.


—¡Ah...! —gemí fuerte sobre su boca cuando entró en mí de una estocada, invadiéndome, y yo casi lloré solo por la mera satisfacción de recibirlo.


Empezó a moverse duro y crudo, dándome fuertes estocadas en mi sensible vagina.


—¿Eso te gusta? —preguntó, sin detener sus duras embestidas, y yo solo gemía en respuesta. Estaba aquí, allá, en todos lados, por el tremendo placer que sentía en esos momentos.


Otro grito brotó de mi garganta cuando me azotó el trasero con fuerza.


—Responde. —Espetó con su voz más ronca de lo normal, y tuve que luchar con la cordura para poder entender sus palabras.


—S-si... —sollocé sintiendo como entraba y salía de mi canal con fuerza y rapidez, di otro grito fuerte cuando volvió azotarme.


—¿Sí qué?


Mis piernas empezaron a temblar, haciéndome saber que estaría cerca a un orgasmo, hasta que salió de mi canal abruptamente. Por un momento temí que me dejara así, pero rápidamente se separó, me tomó de la cadera y me giró sin esfuerzo, dejando mi cara hundida en el colchón, y mi culo levantado y disponible para él.


—¿Sí qué? —repitió, inconsistentemente moví mis caderas hacía su miembro, rozandolo con mi trasero.


—S-sí me gusta...


Una terrible ola de placer recorrió mi cuerpo; cuando volvió a tomar el control sobre mí. Su pelvis chocaba contra mi trasero, haciéndome jadear fuerte.


—No puedo... resistir mucho más —musité entre gemidos entrecortados.


Law aumentó el ritmo, llevándome al borde del precipicio. Cada roce, cada contacto, era una danza desenfrenada que nos consumía a ambos.


Enredó sus dedos en mi cabello y tiró de él. En este punto, me había olvidado de todo; incluso la estúpida guerra y la gente que estaba muriendo en estos instantes. Ya nada me importaba, éramos solo él y yo.


Solo bastaron cinco embestidas más para llegar a mi liberación, el salió de mi interior permitiendo liberarme de mi orgasmo, no tardó mucho en volver a penetrarme ferozmente, mi vagina estaba tan sensible y humedad que deslizarse no le costó nada.


Finalmente, el éxtasis lo alcanzó, corriendose dentro de mí, un torrente de sensaciones desbordantes que nos dejó sin aliento. Caí exhausta, con el corazón latiendo desbocado, mientras Law yacía a mi lado, igualmente agotado.


Estuvimos así unos minutos, hasta recuperar la cordura y el aliento. Sus dedos recorrían mi espalda, su tacto era suave y delicado, mientras yo trazaba con mi dedo el tatuaje de su pecho.


—_____-ya—me llamó, elevé mi vista para mirarlo. Law trajo sus labios a los míos en un beso suave pero cargado de significado. En ese momento de conexión íntima, se disiparon las sombras de la guerra, y nos quedamos allí, envueltos en la calma temporal que solo el me podía ofrecer en medio del caos. —Te amo.


Pero yo no respondí, y no porque no fuera recíproco, sino porque no sabía cómo expresarlo. Law se había vuelto mi única compañía y, sin saberlo, la persona más importante de mi vida, la única a mi lado.


Y ese fue mi error, no decírselo. Pero, ¿cómo iba a saber que esa sería la última vez que lo vería?


Pasó un mes y él no volvió, y así transcurrieron los días, semanas, meses, hasta que la comida finalmente escaseó. Tuve que volver a salir del búnker para buscar comida, y pensar que cuando el abuelo lo mandó a construir hace años, todos lo trataron de exagerado. Mi familia... Ha pasado tanto tiempo que incluso olvidé sus voces.


Ese día lloré recordando a papá, las quejas de mamá, las bromas pesadas de mi hermano mayor, a Law... Lloré y lloré hasta que me quedé sin lágrimas, volví a sentirme sola. No sabía si era por eso o por las hormonas de mi embarazo, porque sí, había quedado embarazada la última vez que estuve con Law.


Hasta que salí del búnker, esta vez para buscar algo en el que pueda recibir a mi bebé, me sentía débil, incluso podría jurar que había bajado bastante de peso.


Pero lo que encontré arriba era todo menos lo que imaginé. Había muchas personas, entre ellos soldados polacos. Cuando uno de ellos me vio, apuntó su arma hacia mí, y yo, por instinto, cubrí mi abultado vientre. Bajó el arma inmediatamente al ver mi estado y corrió hacia mí. Me trasladaron a un lugar seguro, en el camino había cientos de personas con la mirada perdida, abatida, triste y vacía que les dejo la guerra.


Hasta que cruzamos por un gueto, pude ver a soldados alemanes, despojados de sus armas. Eso significaba una cosa. La guerra ha terminado.


Tendría que sentirme feliz por eso, pero lo único que experimenté en ese momento fue miedo. Traté de visualizar a Law entre tantos soldados, pero reconocí a uno en particular: el mismo soldado que había matado al pobre hombre unos meses atrás, aquel que hirió a Law.


—¡Oye tú! —le grité en su idioma. El hombre volteó, pero fui interceptada inmediatamente por el soldado polaco. —¿Dónde está Law?


Sin embargo, no hubo respuesta, ya que sentí un líquido caliente deslizarse por mis piernas. Estaba a punto de dar a luz.


El soldado a mi lado se apresuró a atenderme, pero lo único que quería saber era si Law estaba bien.


—¿Qué pasará con ellos? —gimoteé sin recibir respuesta. Pero volví a insistir —¡Oye!


—Esos soldados alemanes pagarán por todo el daño que han hecho. No tendrán piedad. La justicia llegará, y sus acciones tendrán consecuencias. —explicó con dureza en sus palabras —seguramente al que estés buscando ya allá sido ejecutado.


Entonces no pude más; no podía seguir soportando este dolor, tanto físico como mental, y de un momento a otro, todo se volvió negro.


Los dos primeros años fueron los peores, pero seguía de pie, gracias a mis dos preciosos bebés. Ambos tenían el color azabache de su cabello, pero sus ojos tenían un color suyo y uno mío; habían nacido con heterocromía.


Jamás llegué a reencontrarme con mi familia. Había vivido con la esperanza de que estuvieran en algún gueto, vivos, pero no fue así. También perdí la esperanza de encontrarme con Law.


Al cuarto año, había aprendido a controlar mis emociones. Seguía doliendo, pero lo fui superando. Mis dos ángeles fueron de mucha ayuda, y también la de Rebecca, una chica española, que lastimosamente también se vio envuelta en la cruel guerra, perdió a su padre, un soldado, que dio todo para que ella pueda sobrevivir.


Al quinto año, las construcciones empezaron a tomar forma, y todo estaba volviendo a ser como era antes. Volví a mi hogar, el lugar donde alguna vez resonaron risas y diversión, para luego convertirse en soledad y tristeza. Pero eso tenía que cambiar. Acomodé y arreglé todo, con la ayuda de Rebecca y mis dos bellas creaciones, Grey y Lamy.


Aunque estos dos últimos solo se encargaban de corretear y reír, lo cual me alegraba profundamente. No quería que ellos sufrieran lo que yo sufrí ni que vivieran la misma miseria que yo. La presencia de Rebecca y mis hijos llenó mi vida de nuevo con esperanza y amor.


—¡Mami! ¡Mami! —gritó Grey a lo lejos.


—¡Estoy ocupada, cielo! —le respondí mientras intentaba armar las sillas.


—¡Mami! ¡Mami! —gritaron ambos esta vez.


Resoplé y fui a ver qué era lo que querían. Se encontraban en el jardín trasero, y mi corazón dio un vuelco cuando me señalaron su descubrimiento.


—¡Mira, mami! —señaló Lamy.


—¡Es una puerta secreta! —exclamó Grey emocionado. Y yo no podía despegar mis ojos de la puerta del búnker; todos los recuerdos vividos me golpearon. Pero rápidamente me recompuse, no iba a llorar, no ya no, no delante de ellos.


—Escuchen —hablé con voz severa—, no se acerquen ahí, ¿oyeron?


Ambos asintieron, decepcionados, y cuando se fueron, yo no podía despegar la vista de ahí. Con cautela abrí la puerta, baje las escaleras y prendí el focito. Todo estaba igual como lo deje.


Mire el colchón en el suelo, el mismo en donde había compartido muchos momentos al lado al hombre que alguna vez amé.


«Te amo»


Aún podía recordar sus palabras y también el hecho de que jamás pude decirle lo que sentía.


El búnker, se había vuelto una cápsula del tiempo que conservaba los susurros de un pasado doloroso. Cauta, recorrí las paredes que alguna vez resguardaron nuestros secretos, nuestros encuentros furtivos, y el eco de su última promesa.


Me senté en el colchón, dejando que la solemnidad del lugar envolviera mis pensamientos. La llama del focito titilaba, como si también recordara los momentos compartidos en la penumbra de aquel refugio.


—Yo también te amo, Law. —murmuré las palabras que nunca pude decirle. —Te amo y siempre te amaré.


Una lágrima solitaria escapó, pero esta vez no era por la tristeza, sino por la liberación de un amor no expresado.


Cerré la puerta del búnker con cuidado, dejando atrás aquel capítulo enterrado en los recovecos del pasado.


Con paso firme, salí al jardín donde los niños jugaban, la única existencia que me recordaba que lo que vivi era real. 


—Leb wohl —pude articular, agradecida por haber encontrado la fuerza para cerrar esa puerta y avanzar hacia un nuevo comienzo.


Y así termina esta pequeña historia agridulce.

Espero les haya gustado.

Besos.