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HONOR 01

Sinopsis

Una delicada agente del Servicio Secreto Juliana Valdez, y a la mujer que a jurado proteger Valentina Carvajal, la hija del presidente de Estados Unidos. El deber de Juliana es proteger la vida de Valentina.

Genero:
Adventure,Action
Autor/a:
Emelyvg79
Estado:
Completa
Capítulos:
16
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1





















Cuando ella se volvió para marcharse, rígida de rabia, él sintió una oleada de compasión. Verdaderamente merecía algo más que una misión que parecía un descenso. No dudaba de que la agente lo hiciera muy bien, como siempre. Pero se preguntaba dónde descargaría ella su furia.

2

***

—La cabina siete está libre — informó el supervisor de armas de fuego.

Ella asintió, cogió unos protectores de oídos y recorrió la pequeña oficina hasta el largo pasillo al que daban los puestos individuales para disparar. Vestía una camiseta gris y los pantalones de chándal azul marino con los que había hecho dos horas de ejercicio en el gimnasio, y el sudor humedecía la espalda de la camiseta. Llevaba una bolsita con su automática de servicio y las municiones. Sin mirar a los lados, se dirigió rápidamente hacia el estrecho recinto acristalado.

Había una hilera de botones para escoger el tipo de blanco y la distancia.

Empezó con una figura humana normal a media distancia y disparó un cargador a buen ritmo, alternando los disparos en la mitad del pecho y en la cabeza. A medida que apretaba el gatillo, su mente se iba vaciando de emociones, hasta que lo único que sintió fue el retroceso del arma y los latidos acompasados de su corazón. Cuando lentamente se fue calmando la rabia producida por una misión que no quería desempeñar y no podía evitar, alejó el blanco quince metros.

La precisión exigía una concentración mayor y, cuando comenzó a disparar ráfagas más rápidas y cerradas, los omnipresentes vestigios de la añoranza y la pérdida se extinguieron poco a poco.

Cuando alejó el blanco más pequeño, ya no sentía absolutamente nada.

Recién duchada, atravesó desnuda el alfombrado salón hasta el bar. Su apartamento ocupaba el piso más alto, y las ventanas que llegaban hasta el techo no tenían cortinas, de forma que se divisaba el horizonte nocturno de Washington. La vista era impresionante. Vertió un dedo de whisky escocés de malta en un pesado vaso de cristal de roca y se apoyó en la barra, contemplando cómo las luces de la ciudad se mezclaban con las estrellas. En otro tiempo la honda belleza de aquella perspectiva la había conmovido. Muchas noches había dejado que las tensiones del día se diluyesen en la gran extensión de luces parpadeantes, mientras sentía que el mundo recuperaba cierto orden. Solía ser lo último que veía antes de irse a la cama, pero entonces no estaba sola.

En aquel momento, al mirar por la ventana, vio el reflejo del pasado que volvía: inalterable, inmutable e intransigente. No deseaba contemplar lo que no podía reparar.

No quería pensar en nada. Aquella noche no. Miró el reloj. Pronto tendría que hacerlo.

Iba a ponerse la bata de seda gris que se hallaba colocada en el respaldo de una silla cuando alguien llamó a la puerta. Tenía que volar a Nueva York cinco horas después y tenía una reunión con su nuevo equipo a las ocho, y aún le quedaba por revisar el informe que le había llevado un mensajero esa noche. No tenía mucho tiempo y sabía que no podría dormir.

Volvió a mirar el reloj al ir hacia la puerta; la una de la madrugada. Su invitada era puntual, como siempre. Abrió la puerta y entró una mujer de treinta y tantos años, vestida con un costoso traje de lino beige, una camisa de seda abierta, que dejaba ver el nacimiento de los pechos, y unas botas curtidas y suaves de tacón bajo. Elegante, pero informal. La mujer la saludó con una sonrisa familiar mientras se retiraba el cabello rubio con una mano larga y fina.

—Hola.

—Hola. —Cuando cerró la puerta, preguntó: —¿Puedo ofrecerte algo de beber?

—Depende —respondió la rubia. Se quitó la chaqueta y la colocó con cuidado sobre el respaldo del sillón de piel que miraba hacia las ventanas. —¿Te apetece hablar esta noche?

—No dispongo de mucho tiempo.

—Entonces tomaré esa copa otra noche —replicó dulcemente la invitada. Con una mirada experta, se fijó en los débiles círculos que se habían formado debajo de los ojos, normalmente de color miel, de su interlocutora y en la rigidez de la mandíbula esculpida. —Siéntate delante de las ventanas.

Sin decir palabra, la mujer de ojos miel apagó las luces antes de rodear el sofá y sentarse donde la otra le había dicho. La habitación estaba casi a oscuras, salvo por las sombras que proyectaba la luz de la luna. Podría haber sido una de ellas mientras bebía su whisky y contemplaba la evolución de las estrellas en lo alto. Había estado allí antes, en la tranquilidad de la noche, pero no de aquella forma. Nunca tan desprendida, tan singularmente aislada, a pesar del calor del cuerpo apenas visible entre sus muslos.

En su distanciamiento fue consciente del suave movimiento que aflojó su cinturón y de la abertura de la seda que la cubría. Al primer leve contacto de los dedos sobre su piel, se estremeció involuntariamente.

Las excitantes caricias sobre su terso abdomen y sobre la parte interior de los muslos se volvieron más firmes, más insistentes, y reclamaron su atención. Cuando la presión de las palmas entre sus piernas la obligó a abrirse, se arqueó hacia la mujer arrodillada delante de ella en la oscuridad, tensándose casi con dolor cuando los labios se apoderaron de ella. Las caricias lentas y expertas de una suave lengua de terciopelo barrieron todas las imágenes de su conciencia, eclipsándolas con un placer casi agonizante. Soltó un gemido y dejó caer la cabeza sobre el sillón, mientras permitía que la creciente presión le hiciese olvidar sus problemas, no pensar, arrinconar los recuerdos. Los latidos de su corazón se volvieron más fuertes a medida que el aliento salía en jadeos breves que casi parecían sollozos. Con los ojos cerrados, se esforzó en reprimir aquella punzada, exquisita y penetrante, centrada en el clítoris y no lo logró. Cuando comenzó la explosión que arrastró su control, deslizó una mano entre los suaves cabellos rubios y de su garganta salieron gemidos profundos. Temblorosa, indefensa, durante unos momentos se abandonó felizmente a la inconsciencia.












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