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Hoy me ha sido difícil despertar. Parecía ser que mi subconsciente se negaba rotundamente a desprenderse de la flagrante psicosis que me envuelve cada noche; psicosis que me hace ver lo que ya no está o nunca estuvo, que me hace creer lo imposible o lo que era posible, y ya no lo es, psicosis que me desorienta, que me perturba. Psicosis que, de mis sentires, me vuelve lábil.
Cuando no estoy despierta experimento delusión, a mí me encanta tanto como me lastima. En las noches suelo encontrarme con preciosos rostros que alguna vez acostumbré a tener a centímetros del mío. Encuentro aromas exquisitos que desenmarañan recuerdos de sitios sagrados que puedo replicar a la perfección en mi realidad onírica, realidad realmente fantasiosa, fantasía fantasmagóricamente real.
Cuando sueño me libero de la existencia que vivo, pero me vuelvo esclava de la nostalgia bulliciosa que monopoliza mis ondas cerebrales, esclava de los destellos de dolor desconsolado que mi alma amorosamente vela. Cuando sueño soy prisionera de lo que fui y de lo que viví, no hay forma de desencadenarme del sufrimiento que me causa no tener el dulce beso mi madre, nunca intento romper la cadena, porque lo único que logro es romper en llanto a la mitad de la madrugada sintiendo en mis manos vacías un abrazo que no existe.
Soñar solo me disgusta cuando estoy despierta porque, mientras duermo, la voz de quienes más he amado resuena fuerte en las paredes de mi mente, y se siente tan real: puedo observar sus caras, contar sus lunares, acariciar sus cabellos, reconocer la fragancia de mi casa. Canela y café. Canela, café y el perfume de mi abuela. Olía bien, se escuchaba incluso mejor; silbidos, palabras bonitas, el ladrido de mi perro y la voz de mi abuelo imitando algún bolero.
Luego despierto. Por eso hoy me ha sido difícil despertar. Hoy, más que otras mañanas, quisiera extrañarles menos. Hoy, más que otras mañanas quisiera dormir un poco más.








