Prologue: Bug
Mientras caminaba por los pasillos del palacio de Shuten Doji, el joven furi podía sentir las miradas confusas de los sirvientes. Nadie se esperaba que Rias volviera tan pronto de su «aventura» fuera de la montaña Oe— y es que no él mismo pensaba encontrarse con aquel niño humano que ahora dormía en la habitación de la señora Hoshiguma.
Curioso se encamina hacia allí, solo para confirmar que ese niño seguía durmiendo, suspira repasando un poco cómo es que las cosas terminarán así— Él no se negó cuando le sugerí traerlo aquí —murmura para sí mismo, Rias era incapaz de entender la mentalidad humana. Pero sí era consciente de que no estaba en la más mínima capacidad de cuidar de este chiquillo, por muy cercano que se haya vuelto con él en el cortísimo tiempo de conocerse.
El niño se despierta confundido, obviamente no iba a reconocer la habitación que ocupaba en lo más mínimo.
—Es cálida, ¿no? —Rias le dedica una pequeña sonrisa al ver que el muchacho había tomado su peluda mano, aferrándose a algo conocido— Esta habitación y la misma Hoshiguma, me sorprende que el Don te haya asignado a la persona correcta. No se le da bien eso de tomar decisiones importantes en la embriaguez. —menciona en un tono burlón, viendo que el niño se llena de lágrimas, algo con lo que ya se había familiarizado— ¿Por qué lloras ahora, dulce niño?
El pequeño se abraza al torso del furi. Esta habitación emana una sensación desconocida que le causaba cierto dolor en el pecho. Era descortés rechazar la hospitalidad de todos esos yokai que conoció ayer, especialmente luego de un viaje tan largo hasta aquí— c... cálido... —su tímida voz pronuncia. Aunque era verano sus manos sentían frío.
Por supuesto, el muchacho seguía asustado por aquello que Rias era incapaz de comprender, sin muchas opciones le devuelve el abrazo— no pasará mucho hasta que el anciano Mumei se entere de sus acciones.
Probablemente planeará guiar a este niño de vuelta a su hogar. Rias es consciente de la posibilidad de que su estancia en este palacio sea corta— ojalá me dijeras tu nombre... —murmura acariciando su cabeza hasta que sus abrumadores sentimientos dejaran de acosar.
El niño levanta la cabeza, sus ojos eran celestes y profundos como un despejado cielo. Como siempre, se mantiene en silencio— Tú... —pronuncia, quizás se lo dirá otro día.
—Rias. —se presenta, era corto y fácil de recordar. Realmente no esperaba que el niño usara su nombre, como un viajero es suficiente con que le llamasen «furi» pues eso es lo que era— Levanta ya, Hoshiguma ya ha de tener tu desayuno listo. —el yokai se pone en pie, ofreciéndole su mano pues no quería que se perdiera en los muchos caminos del palacio— si lo hacía aquella oni era capaz de invocar un infierno en su nombre, así que debía asegurarse de que este pequeño estuviera seguro.
Él la toma, dejando que lo guíe fuera de la habitación hasta donde se encontraba la cocina. Si Rias recibía incertidumbre, a este niño le ofrecían ternura— recordando las palabras de uno de sus amigos «has salvado a alguien, siéntete orgulloso de eso» le había dicho.
Rias sacude la cabeza— es demasiado pronto para declarar algo así... —murmura para sí.
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Ese mismo par celeste abre los ojos, su vista borrosa en un primer momento se llena de pánico, pues confunde el techo con aquel blanco puro del hospital— No, no puede ser, ya son varios años desde que dejó de estar atrapado allí.
—Despertaste, buenos días —una voz familiar le saluda— aunque ya es de noche —la persona deja ir una risa.
—Ru… —sus ojos gélidos se encuentran con unos cálidos orbes marrones, su vista más clara.
La habitación tenía un estilo tradicional, con un tocador, un par de kimonos y varios accesorios de geisha.
—Tu padre te dio un calmante luego de que te diera un ataque de pánico, la casa de mis padres estaba más cerca así que le dije que podíamos descansar aquí.
¿Un ataque?
¿Qué fue está vez?
—Mis padres siguen trabajando, así que no saben que estamos aquí —la mujer acerca su mano para checar su estado— parece que ya no estás tan pálido como cuando salimos a prisa del terapeuta. —asiente— si no te sientes tan mareado podemos hablar de lo que pasó.
—Pa…dre….
La mujer acerca una silla.
Espera en silencio a que el joven termine de despertar y recordar lo que había pasado antes de llegar aquí.
—Odio...
—Sí, no planeamos volver —asegura— luego de medicarte oí a tu padre ir con el supervisor, creo que le puso una advertencia.
«Yo le hubiera gritado en la cara directamente» es lo que observa señalar con sus manos.
—Después de revisar sus papeles con la información que le proveyó él, me sugirió que debería intentar comunicarme con mi familia —empieza a hablar con sus manos aún temblorosas por un nerviosismo fantasma— intenté explicar que era una pérdida de tiempo, ellos nunca escucharon.
Otro más, otra vez.
¿Cómo es posible que tenga tan mala suerte?
La muchacha asiente con calma.
—Por supuesto que primero preguntó por datos importantes como mi edad y profesión— al menos intentó verse profesional —suspira— no le podía tomar en serio luego de que me llamara tonto y dijera «al menos ellos pueden escuchar, no como tú».
Se sentía como si estuviera escupiendo veneno de sus manos.
—Pero ella continúa con su protocolo cuestionando si alguien en mi familia me había golpeado—sus ojos se ablandaron— intenté con tanta fuerza no perder la calma… cuando me di cuenta estaba balbuceando y el corazón me dolía. —era muy consciente del poco control que tiene sobre todas esas emociones embotelladas. Sintiéndose culpable pues una parte de él juraba que su infancia no había sido tan dolorosamente confusa.
Personas como aquella terapeuta intentaban convencerlo de que quizás estaba exagerando en respecto a su familia. Porque era normal que se preocupasen por su bienestar.
Si eso era verdad, ¿Por qué todos los miembros de su familia le hablaban como si estuviesen insatisfechos con algo? No necesita de estos ojos para saber que algo no estaba bien. Pero explicar por qué era imposible para él, en lo único que puede confiar son sus ojos.
Pero si aquella deidad que nunca se apartaba de su sombra estaba en lo correcto, algo de mucha importancia se le había sido arrebatado durante su infancia— una pieza de rompecabezas que su mente ansiosa no puede hallar.
Un suspiro lo saca de su enredada cabeza— y cuando empezaste a gritarle es que entramos a ver qué pasaba —claro, ese era el tema de conversación.
—Soy mucho más que esto… ni… ni siquiera pude hablarle sobre qué clase de música hago, tenía pensado mostrarle al menos un par de mis canciones.
—Haru…
—Nunca.. nunca puedo hablar de esto… estoy tan… harto…
No importa cuántos meses pasen, nada es compresivo en su cabeza. Por qué era tan doloroso haber sido echado de casa si nunca…
—Oye.
Sus gentiles brazos lo envuelven, buscando confortar su ansioso corazón.
—Vamos por algo de comida afuera, ¿te parece? —sugiere— luego decidimos si volver a casa o pasar la noche aquí.
El chico asiente, algo inseguro.
—Tranquilo, no estamos decepcionados de nada —acaricia su mejilla— tampoco esperaba dar con la persona correcta a la primera, pero supongo que debería tomar nota y ser más cautelosa con lo que dicen las reseñas— ¿Tienes en mente algo de comer?
—Ga… galleta.
—Bien, conozco una tienda donde venden pastel de galletas —toma su mano— parece popular, podemos probarlo.
Al salir de la casa una fuerte ventisca fría los golpea, ¿Qué estación era? no lo puede recordar ahora mismo.
Sus ojos se fijan en cómo ambos iban de las manos; éstos guantes que llevaba ahora, habían sido un regalo de su hermana. Y la manera en cómo la persona frente suyo sujetaba su mano le recordaba a aquella noche.
A veces no puede evitar preguntarse, ¿Qué habría sido de él si aquella persona no lo hubiera encontrado?
¿Estaría sujetando esta pequeña mano, estaría vivo? No era algo que sabría responder— Éstos guantes, éste abrigo… Este conjunto era lo único que guardaba de su familia. Sus ojos divagan, exactamente ¿Quién era esa persona que tenía en mente?