Parte 1
Otoño 1979
— Mi señor, yo... —musitó, con las mejillas habitualmente pálidas ligeramente sonrojadas, desviando la mirada.
— Bella, mírame. Por favor.
Obedeció, porque esa voz suave era irresistible. Lo miró, o más bien se lo bebió con los ojos porque no había nada más hermoso que su señor, con sus iris oscuros, su piel perfecta y ese maravilloso pelo azabache peinado haciendo ondas. Ella quería acariciar ese pelo y extendió la mano despacio, hasta rozar con la punta de los dedos las hebras con tacto de seda.
Voldemort le sonrió, acariciando a la vez su mejilla. Despacio, se acercó a ella, sin dejar de mirarla a los ojos, y, tras una pequeña sonrisa, la besó. En respuesta, ella cerró los ojos y se sumó al beso.
Él no dejó de besarla mientras la ropa caía. Bellatrix sentía que el corazón le iba a explotar. Ese hombre, que había ocupado todos sus pensamientos desde que lo había conocido, ese hombre iba a hacerla suya. Se sentía como si no llevara casada años, como si esa fuera su primera vez.
Bellatrix no era consciente del alarde de poder que su señor estaba desplegando alrededor de ellos. Se dejó llevar en el sexo, feliz, sin darse cuenta de que lo que estaba viendo, lo que estaba sintiendo, estaba todo en su cabeza.
Tom entró en su gran dormitorio y tuvo ganas de dar un portazo al cerrar la puerta. Ese era su terreno, su espacio privado, el único en que dejaba de ser Lord Volvemort para ser solo Thomas Riddle Jr. Se despojó de la túnica a tirones y entró a largas zancadas al cuarto de baño, sin detenerse hasta estar debajo del grifo. Apoyó la frente en la pared de azulejos, con el agua cayendo fuerte sobre la cabeza, el cabello aplastado contra el cráneo. Y bramó, el grito haciendo eco en el amplio cuarto de baño.
— ¿Ya está? —preguntó una voz a su espalda mientras unos brazos le abrazaban y unas manos grandes le abarcaban el pecho.
— No lo sé —respondió, dejándose caer contra el pecho fuerte tras él.
— ¿Volverás a intentarlo?
— ¿Seguirás tú intentando engendrar con tu mujer? —contestó entre dientes, con los ojos cerrados — Quiero un hijo, necesito un heredero.
— Mi señor...
— Lávame, Lucius. Quítame de encima su olor.
Sumiso, Lucus inclinó la cabeza y tomó la esponja y el jabón. Frotó la delgada espalda, arriba y abajo. Siguió hacia abajo, las delgadas piernas, los huesudos tobillos, los pequeños pies. Ese hombre que atemorizaba a una nación, ese mago increíble que mostraba a su gente una imagen imponente, en la intimidad era un hombre menudo y guapo, su pequeño tirano personal. De rodillas en el suelo de la ducha, se movió para frotar la parte delantera de sus piernas. Al llegar a la zona de la cadera apoyó la mano izquierda allí, acariciando el hueso sobresaliente y miró hacia arriba, buscando la mirada de Tom. Era el único que podía llamarle así, pero no lo hacía.
— Hazlo, Lucius —le dijo, con un tono más suave, acariciándole el pelo.
El joven Malfoy se pasó la lengua por los labios antes de acercar la boca a ese hueso que acariciaba y lamer. Trazó una línea, un intrincado zigzag en realidad, de besos y caricias de una cadera a otra y luego siguió hasta el pubis libre de pelo. Acarició ambas piernas, deslizando las manos hacia arriba desde las rodillas, dando la vuelta hasta colocar ambas manos sobre sus nalgas.
— Lucius... —murmuró Tom, cerrando los dedos entre su cabello.
El rubio volvió a mirarle y sonrió mientras acercaba la nariz para acariciar el pubis y seguir hacia abajo. Entonces sacó la lengua, y continuó hacia abajo, usándola para acariciar el pene que ya estaba semiduro. Al llegar a la punta, puso sus labios alrededor de la corona y absorbió levemente antes de empezar un movimiento oscilante con la cabeza para introducírselo en la boca.
Tom apretó los dientes, sin despegar la mirada de los ojos grises fijos en los suyos. Ese hombre, apenas un crío comparado con él, era la única debilidad que se permitía. Sentirse así, totalmente a su merced a pesar de que el que estaba de rodillas era Lucius, era lo único que le recordaba que aún era un humano nada más.
Apretó un poco más su mano entre el largo cabello, empujándose de paso más profundo en su garganta. Necesitaba recuperar el poder en ese momento, necesitaba sentir que controlaba eso, ya que su poder aún no le permitía controlar la posibilidad de fecundar a una mujer. Supo que Lucius había captado lo que necesitaba porque sintió como relajaba la garganta y colocaba las manos con las palmas hacia arriba sumisamente sobre sus firmes muslos.
Aumentó la velocidad, consciente de que a Lucius le costaba respirar, de que le caían lágrimas por la cara, de que su rostro se enrojecía. Sintió el poder, sintió esa sensación que siempre le acometía cuando tenía la vida de otra persona entre sus manos. Y eyaculó, directo a su garganta, cortándole el flujo de aire hasta que su amante puso los ojos en blanco y supo que iba a desmayarse.
Lucius despertó en la gran cama. No era la primera vez que el sexo con Tom terminaba con él recibiendo un Enervate y luego despertaba en su cama, firmemente envuelto por sus brazos.
— ¿Cuál es el problema con Bellatrix? —preguntó con voz ronca por la garganta inflamada.
— Que no me excita. No me excita nada.
— Podemos buscar a otra —sugirió esperanzado, no había estado para nada de acuerdo con la elección de su señor, basada en la pureza de sangre. Su cuñada le ponía nervioso, no compartía el carácter dócil y tranquilo con su hermana menor.
— Será lo mismo. —Tom movió la cabeza negativamente, con un atisbo de frustración en sus ojos oscuros— Tuve que ponerla en trance para poder hacerlo porque no soportaba que me tocara o que me mirara. Parece que solo puedo ponerme duro contigo.
— Y eso te molesta porque te hace sentir vulnerable.—Se atrevió a aseverar Lucius.
Los brazos delgados apretaron un poco más y sintió un pequeño mordisco en su nuca.
— Cuidado —le advirtió su señor.
— Perdón, mi señor.
— Gírate, Lucius —le ordenó.
El joven se giró en sus brazos y le miró.
— Es cierto, tú eres mi debilidad —admitió—. Lo has sido desde la primera vez que te vi.
Lucius sonrió suavemente. Había conocido al amigo de su padre el día de la fiesta de su mayoría de edad. Entonces ya sabía que se casaría con Narcissa, ya sabía todo lo que su padre esperaba de él, pero Tom Ryddle era irresistible. Carismático, culto, versado en todas las ramas de la magia, y guapo, muy guapo. Le había entregado su virginidad aquella misma noche y ya no se había separado de él.
En los ocho años transcurridos lo había acompañado, lo había visto crear un movimiento hasta ser el líder que era en ese momento. Habían tenido sus más y sus menos, él se había casado, había sufrido por celos conforme otros mortífagos más jóvenes se unían al círculo íntimo, siempre caminando un paso por detrás de él, siempre siendo su compañero sumiso en la sombra. Y había tenido que superar el hecho de que, igual que él buscaba un heredero, presionado por su padre, Tom lo hacía también.
— Mi señor, soy tuyo —Levantó la mano y le miró pidiéndole permiso.
Recibió un pequeño asentimiento y completó el movimiento hasta acariciarle la cara.
— Antes en la ducha me has abrazado —le riñó con gesto severo.
— He pensado que lo necesitabas.
No respondió, se limitó a un pequeño movimiento de cabeza.
— ¿Puedo besarte? —pidió Lucius, sabiendo que podía estirar un poco más los límites, pero era mejor preguntar.
— Puedes—le concedió, acariciándole el pelo.
Le besó, con suavidad, poniéndole la mano en la mejilla.
— Dilo, Lucius.
Tanto tiempo juntos suponía saber cuando darle a Lucius un poco más de lo que tenía habitualmente. Sabía que lo de los herederos le estaba afectando aunque no se quejara, porque nunca se quejaba.
— Tom —le murmuró entre besos— mi Tom.
Estaba muy tentado, muy muy tentado de atarla. O de ponerle un saco en la cabeza. El estúpido enamoramiento que tenía Bellatrix con él y su cara de adoración le ponían enfermo. Sentía sus ojos siguiéndole a todas partes, ella no dejaba pasar la oportunidad de sentarse cerca y rozarlo con la pierna o el brazo.
— Bella le ha contado a Narcissa que eres su amante.
Tom levantó los ojos del fuego de la chimenea. Acababa de mandar a todo el mundo fuera del salón después de una reunión en la que había sacado su frustración cruciando a uno de sus mortífagos.
— Lo sé, va gritándolo mentalmente a todas horas.
— ¿Es necesario... dejarle creer que lo eres? —preguntó Lucius con voz temblorosa a unos pasos, a su espalda.
El señor oscuro soltó aire entre los dientes, su frustración ardiendo todavía dentro de él.
— ¿Sabe tu mujer que en realidad tú eres mi amante?
Lucius no contestó. El silencio hizo que Tom acabara de perder los nervios y se levantara del sillón. Con un movimiento de varita hizo que Lucius cayera de rodillas, porque en ese momento no podía tolerar que le mirara desde su altura física superior.
— Contesta, Lucius. ¿Sabe tu preciosa esposa que yo estaba antes, que aunque te casaras con ella, es ella la que se lleva las migajas de algo que en realidad es mío?
— Narcissa sabe cual es su sitio, mi señor.
— ¿Y tú lo sabes? ¿Recuerdas que tu lugar está a mis pies y no cuestionando mis actos?
— Sí, mi señor.
— Creo que no, que no lo recuerdas. Creo que he sido muy blando contigo últimamente y que te he dejado armar la estúpida idea de que eres mi igual, Lucius, y no lo eres. Eres mío, de mi propiedad, como mi varita o mi casa.
Supo que eso le había dolido. Lo tomó de la barbilla y le obligó a mirarle y contempló con desprecio las lágrimas en los ojos grises. Una de las cosas que había amado de Lucius nada más verlo era su orgullo. Era un sangrepura educado para estar por encima de los demás. Y él lo había domado, él era un mestizo que había domado a un mago que podía presumir de ser descendiente de generaciones de magos, sin un muggle en su árbol genealógico. Soltó su barbilla y se retiró con pasos airados de nuevo hacia la chimenea.
— ¿Qué más le ha dicho Bellatrix a tu esposa? —preguntó al cabo de unos minutos, dándole la espalda al hombre arrodillado tras él.
— Que tiene una falta. Y Narcissa también.
En ese momento, Tom no supo qué le molestaba más: el hecho de que Bellatrix se lo hubiera ocultado, lo que implicaba que ella sabía que leía su mente cuando la tenía cerca y había protegido ese pensamiento, o que Lucius fuera a ser padre.
Así había empezado toda esa locura de la paternidad, en realidad, como una reacción de enfermizos celos porque su amante tenía que acostarse con su mujer para engendrar. En el fondo temía que tener una familia podía ser lo único que alejara a Lucius de él, aunque jamás lo reconocería más allá de sus más recónditos y oscuros pensamientos.
— Enhorabuena, Lucius, vas a ser padre —le dijo con suavidad, sentándose de nuevo en su sillón.
El peligro en su voz era como una cuchilla.
— ¿No me vas a felicitar?
— Enhorabuena, mi señor, vas a ser padre —corrigió Lucius, aún a su espalda.
— Ven aquí y dímelo de frente —exigió Tom con voz cortante.
— ¿Puedo ponerme de pie? —susurró.
— No.
Y obedeció. Lucius Malfoy, su lugarteniente, al que no le temblaba la varita en la mano para cruciar, torturar e incluso matar en su nombre, el orgulloso sangrepura que intimidaba a otros mortífagos solamente con levantar una ceja, gateó hasta él y se postró de rodillas delante de su sillón.
— Enhorabuena, mi señor, vas a ser padre —repitió, con la mirada fija en la alfombra entre sus rodillas abiertas y las manos sobre los muslos con las palmas hacia arriba.
— Tu cuerpo va a volver a ser solo mío, Lucius.
— Sí, mi señor.
Ni tan siquiera necesitó usar su varita para lanzar un hechizo que lo desnudara. El joven no varió la postura ni alteró la cara cuando la punta de su bota acarició la entrepierna desnuda. Lo vio excitarse mientras presionaba sus testículos y su pene y se sintió endurecer también.
— Quítame la bota.
Obedeció, con los ojos bajos, desabrochando con habilidad los cordones y dejando la prenda de piel a un lado.
— Lame mi pie.
La lengua húmeda lamió su planta, sus dedos.
— Puedes mirarme mientras lo haces —lo autorizó, magnánimo.
Los ojos grises se conectaron con los suyos mientras lamía despacio el empeine y luego volvía a los dedos y se los metía uno a uno en la boca.
— Basta.
Rápidamente Lucius volvió a su posición, dejando con cuidado que el pie de su señor volviera a colgar. Tom aprovechó la saliva para deslizarlo de nuevo por su entrepierna, excitando más y más a su muchacho.
— Estoy disgustado contigo, Lucius, así que hoy no vas a poder correrte. Ponte de pie.
Obedeció, poniéndose recto con las manos a la espalda, las piernas ligeramente abiertas y la mirada de nuevo en el suelo.
— Acércate para que pueda chuparte mientras me miras.
Lucius dio un par de pasos hasta él, todavía con las manos en la espalda.
— Ofréceme tu pene —le ordenó.
La mano fuerte levantó el pene duro hasta ponerlo a la altura de los labios de su señor.
— Humedece los dedos de tu otra mano y úsalos para estirarte.
Con los ojos grises clavados en él, lamió los dedos de su mano izquierda y los llevó hacia atrás para introducirlos en su agujero. Lucius sabía que ese sería todo el estiramiento que obtendría y toda la lubricación, porque no se trataba de su primer castigo, era incluso generoso que le dejara usar su saliva. A Tom no se le escapó que su amante se concentraba en su respiración cuando comenzó a chuparle, húmedo y profundo, apretando mucho los labios al subir y bajar como sabía que le gustaba.
Usó sus manos libres para abrirse la túnica. Ahí estaba la guinda de su alarde de dominio, sabía que Lucius odiaba que se lo hiciera vestido estando él completamente desnudo.
— Sobre tus manos y rodillas, Lucius. Y recuerda que no puedes correrte.
— Sí, mi señor.
Entró en él de un solo empujón. Eso no era para el disfrute de ambos, era un castigo, era dominio, era recordarle a Lucius que por encima de cualquier otra alianza o matrimonio, siempre sería suyo y solo suyo. Y en el fondo, muy en el fondo, era castigarse un poco más a sí mismo negándose la intimidad y convirtiendo lo que compartían en algo frío. Mientras golpeaba sin piedad dentro de su amante, Tom reflexionó por un momento, un breve momento, acerca de lo importante que era ese joven para él, acerca de cuánto lo amaba en realidad.
Ese pensamiento intrusivo le hizo apretar los dientes. Eso era debilidad. Amar es de débiles. El poder era lo que contaba y ese era el momento de mostrar poder, así que eyaculó con fuerza dentro de Lucius mientras lo agarraba del pelo con violencia.
Se salió de él, jadeante, y lo observó. Un hilo de esperma y sangre salía de su aristocrático culo. Tenía los dedos engarfiados, aferrados a la alfombra, y los ojos cerrados.
— Vete, Lucius. Vuelve con tu esposa y duerme con ella. Y dile que es la última noche que lo harás. Cuando amanezca te quiero encontrar en mi habitación, con esa erección aún ahí, y entonces te permitiré correrte.
El sangrepura se levantó despacio. No lo miró, no tenía permiso, ni tenía permiso para vestirse, así que caminó desnudo, con una gran erección, hasta la puerta, y salió.
Dos noches, ese era el tiempo que Lucius llevaba lejos de él. Su esposa había dado a luz y había obligaciones, tradiciones sangrepura alrededor del nacimiento que debía cumplir. Tom lo sabía, Lucius le había explicado cómo sería, en uno de esos raros momentos de conexión que habían tenido los últimos meses.
El embarazo de Bellatrix había sido una pesadilla. Conforme pasaban los meses, ella dejaba atrás el recato para dejar claro cada vez más a menudo que era la favorita de su señor, incluso por delante de su lugarteniente. Realmente solo le había faltado gritar que el hijo que llevaba dentro era el heredero de los Ryddle, y eso que ella no sabía que era mucho más que eso, que era el heredero de Salazar Slytherin y parte del plan del Señor Oscuro para ser inmortal.
La situación había generado un nivel de frustración en Tom que rozaba el límite de su salud mental. No solo era Bellatrix, era la guerra que se aproximaba, era la profecía. Tenía todos sus planes hechos y solo necesitaba que su hijo naciera para completarlo. Entonces Bellatrix moriría en el parto y le dejaría en paz, pero mientras era Lucius el que pagaba por sus bruscos cambios de humor, de nuevo sin emitir una queja.
Aquella noche, más bien madrugada, la puerta de su dormitorio se abrió despacio. No estaba en la cama, sino sentado en su sillón frente al fuego, así que Lucius directamente se postró a sus pies. Los ojos de Tom, que habían cambiado de su color castaño de nacimiento a un rojo vibrante en los últimos meses, lo miraron largamente antes de que su voz, más ronca de la habitual, sonara dentro de la cabeza de su joven amante en lugar de en sus oídos.
— Buenas noches, Lucius. ¿Cómo está tu hijo? —preguntó, obviando a posta preguntar por Narcissa.
— Todo está bien, mi señor.
— ¿Has terminado con todos los ritos?
— Sí, mi señor.
— Muy bien. Ponte de pie y quítate la ropa.
Lucius obedeció y se desabrochó la costosa túnica, que calló con un susurro de seda a sus pies. No llevaba nada debajo.
— Ven aquí —exigió, señalando su regazo.
El joven se sentó en sus rodillas sin dudar. Si esperaba un castigo, su mente no lo gritaba, tampoco su lenguaje corporal. Pero desde luego no esperaba lo que recibió.
Tom lo abrazó, con un suspiro de cansancio, apoyando la frente en su hombro. Lucius se quedó quieto, apenas respirando para no romper el delicado equilibrio del momento.
— Abrázame, Lucius.
Obedeció, incluso se atrevió a besar suavemente su frente. Hacía meses que Tom no tenía un gesto así con él. Aún así, no lo sintió relajarse. Lucius podía ser sumiso y servil, pero no era estupido. Lo leía perfectamente y sabía que estaba muy cerca de explotar. Las vidas de los que convivían en la casa corrían peligro.
— Presiento que algo va a salir mal —le escuchó murmurar contra su hombro.
Lucius no se atrevió ni a respirar. Escuchar a su señor admitiendo debilidad era inusual y el aire se estaba cargando de estática. Por una vez, no sabía cómo reaccionar.
De repente, Tom movió la cabeza y miró con el ceño fruncido hacia la puerta de su habitación, unos segundos antes de que se abriera con el ruido de una Bombarda .
Allí estaba Bellatrix, bajo el marco de la puerta, con una mano sujetándose el gran vientre y la varita en la otra, los ojos desorbitados y un aura de locura a su alrededor que hizo que ambos hombres se pusieran en guardia. Pero ella fue más rápida.
— ¡Maldito! Él es mío —gritó, empuñando la varita contra Lucius, que aún completamente desnudo se había puesto de pie y escudaba a su señor con su cuerpo.
Bellatrix era aficionada a los hechizos clásicos, los que había que sentir para que realmente dañaran. Y en ese momento había muchísimo odio rugiendo desde su interior, así que Lucius sintió el impacto del Crucio en medio del pecho como si se tratara de una flecha que le atravesara. El dolor le hizo caer de rodillas, entre la risa desquiciada de su cuñada y la maldición mascullada entre dientes de su señor.
Aún así tuvo fuerzas para estirar el brazo y tirar de la túnica oscura.
— El bebé, ten cuidado con el bebé —consiguió articular a pesar de que sus músculos se estremecían como si estuviese siendo electrocutado por un rayo.
Vio la mirada sorprendida de Tom. Y escuchó el grito de Bellatrix mientras sentía el impacto de un segundo hechizo sobre él.
— Tuuuu, sucia puta arrastrada, aquí desnudo intentando ganarte los favores de mi señor, no te atrevas a hablar de mi hijo.
De repente una membrana opaca cubrió sus ojos y su boca. Manoteó desesperado, agobiado por la falta de aire hasta que un tercer hechizo le derribó y sintió que sus órganos comenzaban a sangrar.
Horrorizado, Tom cayó de rodillas junto a él, ignorando el repentino silencio, ignorando su ira y cualquier alarde de poder. Tantos años dedicados al estudio de la magia más oscura, a las artes de matar, y en ese momento miraba impotente como su amante comenzaba a sangrar por nariz y oídos mientras se ahogaba en su propia sangre.
Ese era el precio de la debilidad, el precio del amor, sentir como se desgajaba por dentro mientras observaba impotente a Lucius morir, incapaz de revertir los hechizos.
“Severus” pensó, angustiado, “Te necesitó, Severus”, gritó mentalmente mientras Lucius comenzaba a agitar manos y piernas. Podía escuchar en su mente claramente la voz de su amante suplicando ayuda, gritándole que no podía respirar. Y lo único que acertaba a hacer era pensar y pensar en Severus.
La puerta se abrió de nuevo justo en el momento en el que Lucius dejó de luchar y su mente se quedó silenciosa.
— ¡Mi señor! —casi gritó Severus, arrodillándose sobre el charco de sangre alrededor de su mejor amigo.
— Ayúdale, Severus, por favor —rogó entre dientes, incapaz de dejar de mirar el rostro amado, tomando una de las manos que ya no se estremecía, que estaba laxa, tratando de transmitir por una vez lo más blanco y puro de su energía mágica al cuerpo inerte.
El muchacho parpadeó varias veces mientras su privilegiada mente barajaba hechizos a toda velocidad.
— Hay que hacer que deje de sangrar, mi señor.
— ¡Pues hazlo! A qué esperas.
Severus sacó la varita del bolsillo y comenzó un hechizo como una lenta canción en un idioma que reconoció como arameo. Una pequeña parte de la mente de Tom, la del líder siempre preocupado porque nadie hiciera sombra a su poder, se preguntó en qué momento ese joven de apenas veinte años había aprendido hechizos como ese. Pero el resto de su mente estaba atenta a Lucius, pendiente del corazón que se detenía.
— ¿Qué haces? —preguntó furioso, la varita temblándole en la mano mientras apuntaba a la cabeza de su joven mortífago.
— El corazón tiene que dejar de latir, mi señor, para que el sangrado se detenga. Sé lo que hago.
— Si muere te desollaré, Snape.
El joven apretó los labios y siguió con su hechizo. Tom sintió como el amado corazón dejaba de latir y a la par un enorme vacío. Cerró los ojos un momento, tratando de concentrarse en su energía mágica para no seguir llamando con su mente a Lucius.
Entonces se escuchó un grito, un grito agudo y desgarrador en otra parte de la casa, junto a varias explosiones. Y al mismo tiempo un pequeño apretón en su mano le hizo abrir los ojos. Severus había revertido el hechizo que tapaba boca y ojos y había hilillos de sangre saliendo de ambos, pero Lucius le miraba, moviendo los labios, mientras su corazón volvía a latir lentamente.
Un segundo grito hizo que Lucius apretara su mano una segunda vez y Tom acercó el oído a los labios que se movían, tratando de darle un mensaje desesperado.
— Mi hijo, Tom. Por favor.
Tom miró a Severus, que seguía concentrado en curar los órganos mientras mantenía el corazón latiendo al mínimo y de vuelta a Lucius, que le miraba suplicante. Un tercer grito y el llanto agudo de un bebé fueron el detonante que hizo moverse por fin al señor oscuro y alzarse en toda su imponente estatura.
— Lo dejo en tus manos, Severus. Si muere no quedará pedazo de ti para que tu madre lo entierre.
El muchacho no contestó, no se inmutó por la amenaza que sabía que su señor cumpliría, se limitó a asentir mínimamente sin apartar la mirada de la figura caída empapada en sangre.
Tom se apareció en la puerta de las habitaciones que ocupaban los Malfoy con una nube de oscura energía a su alrededor. Todo lo que había estado contenido en esos minutos junto a Lucius explotó en un momento al ver la puerta del dormitorio colgando de los goznes. El llanto de Draco era lo único que se escuchaba. Delante de su cuna, el cuerpo de Narcissa aún se estremecía mientras una planta la desgarraba desde dentro. Por la boca y los ojos asomaban ramas como las patas de un pulpo, sinuosas y llenas de pinchos y pequeños trozos de carne.
Asqueado, apartó la vista y entonces la vio: a unos metros Bellatrix estaba tirada en el suelo, tratando de incorporarse. Aún sostenía la varita con firmeza y sus ojos mostraban que estaba más allá de cualquier pensamiento racional. Y en ese momento trataba de apuntar a la cuna en la que lloraba su sobrino.
Disparó un hechizo a esa mano asesina, vaporizándola. Ignoró el grito agudo que salió de la garganta de la parturienta, e ignoró también el géiser de sangre que lo manchó todo a su alrededor, incluido su propio rostro. Le dio la espalda y se acercó a la cuna. El bebé movía las piernas y los brazos, los ojos cerrados y el rostro congestionado por el llanto.
Lo contempló unos momentos. Esa cosita pequeña y llorona era lo que había temido, lo que podía separarle de Lucius. Podía acabar en ese momento con esa incertidumbre y culpar a Bellatrix, nadie lo sabría nunca. Pero entonces Draco abrió los ojos y lo miró. Tenía los mismos ojos que su padre y su mirada, mientras dejaba de llorar simplemente por su presencia, le transmitió que el pequeño sabía que estaba allí para protegerlo.
No pudo evitar una pequeña sonrisa mientras trazaba un fuerte escudo protector alrededor de la cuna antes de girarse y caminar hacia Bellatrix, que se desangraba entre estremecimientos.
Toda la ira reprimida salió de su cuerpo en forma de ola de magia. Escuchó el último suspiro de Bellatrix cuando el golpe de energía le paró el corazón. Pero eso sería demasiado fácil, se dijo, volviendo a mirar el cadáver de Narcissa mientras recordaba el charco de sangre en el que había abandonado a Lucius.
— Enervate —masculló, colocándose junto ella.
Los ojos oscuros y enloquecidos volvieron a abrirse y se clavaron en él.
— Mi señor... —murmuró casi sin aire.
Tom la miró un largo minuto, analizando su respiración cada vez más trabajosa y su palidez. Finalmente se agachó junto a su cabeza y le apartó el cabello de la cara.
— Has querido arrebatarme algo que es mío, Bellatrix —le habló, con un tono dulce, casi cariñoso—. Traicionar a tu señor se paga con la muerte, a poder ser lenta y dolorosa, tú mejor que nadie deberías saberlo.
— Eras mío —insistió, sin ceder, con el ceño fruncido.
Su señor sonrió, ampliamente, una mueca que habría aterrorizado a cualquiera que lo conociera como Bellatrix lo hacía. Volvió a apartarle el pelo de la cara y la sujetó con fuerza por la mandíbula, clavando sus ojos en ella.
— Nunca he sido tuyo, mujer. Y lo que llevas dentro tampoco, es mío, y ahora lo voy a recuperar. —La soltó con desprecio, haciendo que su cabeza se bamboleara. Se incorporó y caminó hasta situarse junto a sus pies descalzos, manchados de la sangre de su hermana y su cuñado— Despídete, Bella, porque en unos minutos tu vida será innecesaria.
Ella aún intentó proteger su vientre con los brazos, pero a esas alturas su cuerpo era un amasijo de huesos rotos que apenas respondía. Narcissa podría no tener su poder o su maldad, pero había dado batalla por proteger a su hijo.
Con un suspiro de hartazgo, Tom movió la varita y los brazos de Bellatrix fueron colocados violentamente contra el suelo, haciendo a la bruja gritar de dolor entre crujidos de huesos rotos. Solo necesitó tres movimientos más de varita para sujetar sus piernas del mismo modo y hacer desaparecer la túnica.
Apoyó la mano en el vientre descubierto y cerró los ojos para concentrarse en la magia de su bebé. Aún estaba allí, aún podía sentir el tirón de la energía familiar, aunque apagándose lentamente.
No lo pensó, empuñó la varita y rajó el gran vientre de arriba a abajo sin importarle los gritos de Bellatrix, que se debatía contra los hechizos que la fijaban al suelo.
Ignoró la sangre, ignoró la viscosidad de la carne, los músculos y la grasa, unos minutos después tenía en sus brazos un pequeño bebé que apenas respiraba, su magia se estaba apagando rápidamente fruto de las maldiciones que su madre había recibido. Por segunda vez en el mismo día, observó desesperado a un ser amado apagándose despacio, impotente.
— ¿Qué demonios...? —escuchó una voz a sus espaldas.
Se dio la vuelta y ahí estaba su viejo amigo, observando la habitación con una expresión de espanto en el rostro aristocrático. Seguía siendo alto y fuerte, como su hijo, con ese aire de poder conseguir que el mundo estuviera a sus pies solo con chasquear los dedos. El patriarca Malfoy no era un hombre impresionable, pero en ese momento boqueaba intentando dar con las palabras para preguntar qué había ocurrido.
— Abraxas... tienes que ayudarme.
Los ojos oscuros de Severus se abrieron más de lo habitual cuando vio entrar a su señor unos minutos después, ensangrentado, seguido de la alta figura de Abraxas Malfoy, cada uno con un bebé en brazos.
— ¿Vive? —fue lo primero que le preguntó, sin mirarle a él, los ojos de iris color borgoña clavados en la figura tumbada en la cama.
— Sí, mi señor. Ahora descansa, le he dado pociones para reponer la sangre perdida y para curar los músculos desgarrados por el Cruciatus —respondió el muchacho, apartándose hasta la pared, en un vano intento de pasar desapercibido para esos dos hombres poderosos.
— Necesitamos hablar con él —intervino la voz también imponente de Abraxas Malfoy.
— Mi señor...
— Ahora, Severus —insistió su amo, depositando con cuidado el bebé que portaba sobre la cama.
Sin acercarse, Severus pudo sentir la energía mágica de la pequeña niña y miró a Voldemort aún más sorprendido. Con los labios apretados, se acercó a la caja llena de viales con pociones que había dejado sobre el tocador y tomó uno. Lo acercó a los labios de Lucius con cuidado y se las arregló para dejar caer unas gotas en su garganta.
— Tienen un par de minutos —les dijo a ambos hombres, preparándose para salir de la habitación.
— No te vayas —le dijo Abraxas, avanzando hacia la cama con su nieto dormido entre los brazos —. Si Lucius accede, necesitaremos tu ayuda.
Callados, vieron como Tom se sentaba en el borde de la cama del convaleciente. Para su sorpresa, su amo besó despacio la frente de Lucius y luego se agachó un poco más hasta apoyar la suya en el mismo punto, con los ojos cerrados.
— Draco está bien, Lucius —escucharon que murmuraba—. Pero mi hija no vivirá. Te necesito.
Los dos hombres se estremecieron. Jamás nadie había escuchado a Voldemort hablar así, con ese tono rendido y suplicante. Ni siquiera ellos, que pertenecían a su círculo más cercano, conocían la relación entre Tom y Lucius o que el bebé de Bella no era de su marido. Volvieron a estremecerse al ser conscientes de que sus vidas peligraban a causa de esa información.
Lucius parpadeó, luchando con el cansancio que le aplastaba como una losa. Lo primero que consiguió distinguir fue el bello rostro muy cerca del suyo, con los ojos fuertemente cerrados.
— Mi señor... —susurró con labios resecos.
Tom abrió los ojos y se retiró lo justo para poder revisarlo visualmente, tomando una de sus manos entre las suyas.
— Hay un ritual. Necesito que me des permiso para que, cuando muera, el alma de mi hija pase a Draco.
Su compañero parpadeó varias veces, tratando de procesar la información.
— Es peligroso —advirtió Abraxas, haciendo que su hijo detectara por fin su presencia y a Draco entre sus brazos.
— Y aunque salga bien, eso cambiará el destino de tu hijo —continuó Tom.
— ¿Tus planes? —preguntó, volviendo de nuevo la mirada hacia su señor.
— Seguirían adelante.
— De acuerdo —susurró sin duda.
Tom miró unos segundos a Lucius, sus ojos conectando como hacía meses que no conectaban. Y sonrió como solo le sonreía a él.
— Será mi hijo y lo protegeré con mi vida, Lucius —prometió.
El mortifago no contestó. Cerró los ojos y volvió a caer en un profundo sueño mientras los otros tres hombres se movían para preparar el ritual.








