CAPÍTULO 01
Aquel día a principios de abril, cuando las primeras flores de primavera retoñaban, comenzó el primer trimestre en la academia de Tokio. La mayoría de los estudiantes caminaban por los pasillos en busca de sus salones, bien uniformados, sujetando algunos libros y luciendo peinados pulcros y perfilados. Era fácil identificarlos: los de primer año eran los más entusiasmados, estaban llenos de expectativas ante el inicio de su nuevo ciclo escolar.
Entre ellos resaltaba un joven estudiante cuyos ojos resplandecían más que el vivo color del cielo. Inmersos en curiosidad y determinación. O al menos era lo que él respondía cada vez que lo citaban a la oficina del director. Porque, en realidad, nada de eso le llamaba la atención.
En lo que llevaba estudiando en la academia, ya lo habían nombrado presidente de la clase. Definitivamente, esto no volvió a ocurrir para el segundo año, ya que por poco ocasionó que toda su clase repitiera de curso. También fue representante del equipo de baseball y terminó exasperando a todos con su torpe actuar en las competencias. Claramente, esto último lo hizo a propósito, puesto que mantenía una notable rivalidad con el subdirector Yaga Masamichi.
Todos, incluido él mismo, consideraban que ninguno de los de su clase estaba a su altura. Alguien de rasgos tan finos y educación supra privilegiada no era competencia para el resto, que ya eran afortunados de por sí. Todos, a excepción de Geto Suguru, un chico alto, magro, de hombros anchos y ojos rasgadamente cautivadores. Fue el único que le hizo frente al estudiante consentido cada vez que comenzaba a actuar como un tonto.
Siendo las ocho en punto de la mañana, el timbre resonó estruendosamente por los pasillos. Las conversaciones comenzaron a disminuir y la multitud terminó dispersándose. Un mar de susurros apareció en el interior de los salones de clase a medida que los últimos asientos eran ocupados por estudiantes que estaban por llegar fuera de la hora estimada. Es decir, estaban tarde.
Aun así, entre el bullicio, Gojo Satoru fue el primero en percibir la presencia de una nueva figura avanzando tranquilamente por el pasillo.
Edificio principal, segunda planta, pasillo derecho. Clase A.
Tenía las manos aferradas a las correas de la mochila y oscilaba la mirada entre las paredes, las ventanas y el techo. A pesar de ello, no estaba nerviosa en lo absoluto. Al notar que los estudiantes desaparecían de su alrededor, se quitó los audífonos que llevaba puesto desde que salió de casa. Se detuvo a leer la etiqueta que diferenciaba el salón de los otros e ingresó asomando primero un pie en la entrada.
Gojo vaciló desde su lugar al ver cómo la chica ahora inclinaba cuidadosamente la cabeza hacia el interior del salón. Su extraño comportamiento terminó por llamar la atención del resto de estudiantes, quienes dejaron de hacer lo que estaban haciendo, creando un silencio sepulcral. Si su objetivo era pasar desapercibida, había fallado.
“Hey…”
Detrás suyo, su amigo le dio un leve empujón en el brazo para que dejara de observarla, pero lo ignoró.
Sin inmutarse, avanzó por el salón. Era consciente de las miradas que la seguían, pero no parecía incomodarla; al contrario, mientras caminaba hacia el otro extremo del salón, devolvió algunas miradas, logrando que varios estudiantes bajaran la cabeza. Estaba acostumbrada a ello, a ser observada. Después de todo, era la nueva estudiante. Y, por lo que notaba, la única con un largo y sedoso cabello rubio que le cubría la espalda.
Todos apartaban la mirada, probablemente avergonzados. A menudo encontraba a las personas ligeramente aburridas o demasiado predecibles para su gusto. Pero entonces sus ojos se cruzaron, solo por un instante, con los de un chico de cabello blanco que la observaba sin disimulo.
Gojo sonrió, sintiéndose familiarizado con la situación. Recordó su primer año en aquella academia, cuando su llamativa apariencia causó un revuelo entre todos. Ni hablar de las chicas y de los cientos de novios con el corazón roto.
Finalmente, la nueva estudiante encontró un asiento vacío a su lado. Gojo escuchó con más claridad el repiqueteo de los tacones de sus zapatos de charol y observó la cantidad de finos brazaletes que adornaban su muñeca.
Algo inesperado había sucedido. Al momento en que sus miradas se encontraron, Gojo juró haber visto un brillo travieso que se reflejaba ansioso sobre los suyos, anhelando que la buscara. Fue como una chispa que recorrió todo su cuerpo, una corriente de electricidad pasando entre ellos, conectándolos de inmediato.
Gojo apoyó su rostro sobre la palma de su mano girándose hacia la izquierda.
“Idiota”
Algunos estudiantes miraban atentos a la escena. La mitad preocupados por lo que aquel idiota pretendiera decir o hacer con la chica, y la otra mitad disgustados por el no tan sorprendente comportamiento del peliblanco. Sin embargo, la chica parecía no comprender lo que estaba ocurriendo.
“¿Entonces? ¿Cuál es tu nombre?”
El pequeño público sintió desmayarse al escuchar la pregunta.
Ryuji Haruka. Aunque no le molestaba recibir mucha atención, se sintió tonta al no saber qué responder a la pregunta del chico de apariencia curiosa. Su nombre estaba allí, grabado en la placa de su chaqueta. Entonces, se señaló a sí misma repitiendo la pregunta e inclinó la cabeza para disimular la torpeza de haber olvidado su propio nombre.
“¿Mi nombre?”
Gojo asintió sin apartar la vista. Esta era una reacción que ya había visto una y mil veces, lo cual le divertía. Ella buscó ayuda desviando la mirada hacia los demás, pero estos se hicieron los desentendidos, esquivando su mirada automáticamente. Ryuji Haruka regresó en sí y bajó la cabeza mirando su pecho y leyó su placa de estudiante.
“Ryuji Haruka. Ah, está mal grabado…”
“¿En serio? Bueno, a veces estas baratijas pueden estar mal grabadas”
“Sí. Opino lo mismo”
De preferencia, había pedido que grabaran solo las dos primeras sílabas de su nombre, pero lo habían omitido. Suspiró, dejando de apreciar su placa y leyó la del chico. Sonrió al ver que su nombre le recordaba a un término budista. Pero por cómo se veía, él no tenía nada de budista.
“¿Y siempre llevan puesto baratijas como esta en esta academia?”
Podía ver ligeramente a través de esas gafas oscuras. Sus ojos eran azules y brillaban tanto como los accesorios que tenía en casa. Le parecía injusto que él pudiera llevar gafas oscuras dentro del salón de clases. Ella tuvo que luchar para que los profesores no le quitaran sus brazaletes mientras caminaba perdida por el campus.
Antes de que Gojo pudiera responder, el profesor de turno llegó para dar inicio a las clases. Los demás estudiantes se acomodaron en sus asientos dispuestos a escuchar la lección de hoy, pero ellos continuaban intercambiando miradas y sonrisas cómplices en silencio.
Tras pasar al frente para presentarse a la clase, Haru quedó satisfecha al recibir los aplausos y comentarios de bienvenida. Eso significaría que ya no la evitarían como a una extraña. Se sentía la mejor de lo mejor y puede que estuviera siendo un poco egocéntrica, pero no era su culpa sentirse así. En su escuela anterior siempre había estado en las mejores listas de estudiantes.
“¡Psst!”
Haru salió de sus pensamientos y volteó hacia la dirección de dónde provenía el siseo. Era Gojo. Una vez que obtuvo su atención, le lanzó un pedazo de papel hecho bolita y cayó sobre su mesa. Ella señaló el papel con el borrador del lápiz, musitando qué es lo que era.
“Á-bre-lo”
Gojo esperaba atento a que Haru siguiera sus instrucciones. Ella enarcó una ceja, dudando del contenido. ¿Qué tan malo podría ser? Haru desenrolló el trozo de papel con naturalidad y al leer la nota en su interior, tuvo que apretar los labios para evitar soltar una risa.
¿Estábamos en la escuela primaria? Le pareció divertido el gesto de Gojo citándola a los jardines de la academia para poder continuar su conversación de esta mañana sin interrupciones. Al ver su rostro enrojecido, Gojo sonrió de igual forma, pero sin contenerse a reír. El profesor le escuchó y pidió que guardara silencio de mala gana.
Haru le devolvió el papel rompiéndolo en pedazos y arrugándolo en una bolita más pequeña que antes. Gojo torció la sonrisa viendo como despreciaban su pequeño acto de amabilidad y se lo lanzaban de regreso.
El profesor volvió a darse vuelta con un gesto amargo. Esta vez la llamada de atención fue hacia su amigo. Geto se mostraba somnoliento, pero no estaba dormido; sin embargo, sus encantadores ojos hacían parecer lo contrario.
Llevaba siendo espectador de cómo Gojo movía la mano, lanzando los trozos de papel a la nueva estudiante, quien se los devolvía de la misma manera. También notó que el profesor se había dado cuenta de ello durante toda la clase, pero pedirle a alguien como Gojo Satoru que guardara silencio por mucho más tiempo era como pedirle a una pared que hablara. Y la situación se estaba volviendo molesta para él y para los demás, así que pateó su asiento, haciéndolo tambalear y haciendo que todas las bolitas de papel cayeran al piso.
Ambos dejaron de jugar y se giraron con sorpresa. Haru se inclinó hacia Gojo susurrando algo en su oído.
“¿Quién es él?”
“Al parecer, un estudiante amargado”
Ella tenía una mano cubriendo sus labios para que Geto no pudiera leer lo que estuviera diciendo, pero por la respuesta de Gojo no fue difícil adivinar que había sido. Lo siguiente, fue Gojo juntando los labios estirando uno de sus dedos para picarle la mejilla.
“Buenos días, mi príncipe”
“¿Príncipe?”
“Por supuesto. Suguru tiene la mirada encantadora de un príncipe. ¿Es que acaso no te enamorarías de sus hermosos ojos?”
Estaba molestándolo como siempre. Se echó hacia atrás antes de que Gojo pudiera tomar una de sus mejillas y comenzarlas a tirar con brusquedad, pero como este no se rendía, volvió a patear su asiento.
“¡Gojo! ¡Geto! ¡Una vez más y ambos se ganarán una detención en la oficina del director!”
Mientras los dos chicos se quejaban por la exageración del castigo, Haru se quedó mirando a Geto pensando en el comentario de Gojo. ¿Un príncipe? El pobre chico no estaba ni de cerca a lucir como un príncipe de las películas. Tal vez un príncipe noble de la cultura antigua. Si esos ojos se detuvieran a verla de la manera en cómo ahora lo estaba haciendo con Gojo, se esfumaría del miedo.
“¡Qué serio!”
Fingió una sonrisa para cubrir cualquier gesto de desagrado cuando sin querer este se giró a verla. Rápidamente lo saludó agitando la mano y se volvió hacia el pizarrón.
Geto sintió un dolor en su espalda. No le había dado importancia a la llegada de Haru, pero al ver que la chica tenía un sentido del deber y del respeto similar al de Gojo Satoru, sintió que ahora tendría que soportar el gran inconveniente de tener una persona igual de problemática sentada frente a él.
“¿Pero sí vas a aceptar mi invitación?”
“Lo voy a pensar”