PILLOW TALKS | ZEENUNEW

Sinopsis

Recopilación de relatos explícitos para el «Kinktober 2024» ⚠️ nunewzee ⚠️ zeenunew 🔞 contenido explícito

Genero:
Erotica/Romance
Autor/a:
karem
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

1. Blindfolded + Spanking

⚠️ nu top, zee bottom

⚠️ inspirado en la estética de la dinastía Qing (china)







... 


La sensación del terciopelo cubriendo sus ojos era lo único que podía procesar en ese momento. 


Su cuerpo permanecía quieto sobre la cama, más por decisión propia que por otra cosa, mientras sus brazos se estiraban por encima de su cabeza y su espalda se arqueaba ocasionalmente en una perfecta curva cada que el viento chocaba contra su piel desnuda. 


No veía nada. Sus ojos habían sido cubiertos en su totalidad, sin chances de que siquiera un rayo de luz traspasara la venda de terciopelo. 


Sin embargo, sí podía escuchar. Oía con atención el susurro de las sábanas de satín cada que se movía sobre la cama, así como también lograba escuchar los pasos sobre el piso de mármol de su acompañante, aunque no podía saber qué estaba haciendo, ya que estaba en completo silencio. 


Para cualquier otra persona, estar en ese estado de vulnerabilidad no sería agradable, ya que estaba completamente indefenso y a merced de cualquier ataque. Sin embargo, él estaba allí por voluntad propia, tanto así que su polla se elevaba completamente endurecida contra su cadera, hinchada y goteante ante la excitación que esa situación le provocaba. 


Si cualquier otro soldado pudiese verlo, se reiría de él ante lo patético que se veía y no dudaría en ir a las barracas a contarle al resto del batallón que el temible Zee Pruk Panich disfrutaba de la sodomía como una auténtica cabaretera barata. 


De solo pensar en ello, su cuerpo se llenaba de escalofríos asustados. 


—¿En qué piensas, Panich? —Una inesperada voz resonó, sobresaltandolo. 


Era una voz suave y ligeramente aguda que podría ser confundida con la voz de una mujer si no se prestaba la suficiente atención, pero que guardaba una firmeza y seguridad intimidantes. 


También era una voz que conocía bien, una voz que había escuchado por años cada día de su vida, sin chance a escapar de ella. 


Una voz que ordenaba, pero que en momentos como ese, a solas, se volvía bastante dulce, casi cariñosa. 


—Su Alteza… —murmuró, anhelante, mientras plantaba sus pies descalzos sobre el colchón, dejando sus rodillas elevadas para abrir mejor las piernas. 


—Te pregunte algo, Panich, ¿en qué piensas? —repitió la voz, escuchandose esta vez más cerca—. O mejor dicho, ¿en quién? 


—En nadie, Su Alteza —respondió de inmediato, tragando la saliva que se había acomulado en su boca por la expectativa—. Solo estaba pensando en… 


—¿Pero cuándo te dí permiso para pensar en otra cosa?


Zee Pruk cerró la boca de inmediato, sintiendo un escalofrío subir por su columna vertebral. Se quedó en silencio, sin saber qué responder ante eso, mientras su pecho subía y bajaba a un ritmo tembloroso. 


—Cuando estás conmigo, Panich, solo puedes pensar en mí, ¿recuerdas? —tarareó la voz, mientras escuchaba sus pasos acercarse hacia la cama donde él descansaba—. Pensé que ya lo sabías. 


—Lo siento, Su Alteza —susurró Zee Pruk, con un nudo en la garganta—. Sepa disculpar mi descuido. 


No pudo evitar saltar sobre el colchón cuando sintió el tacto de unos dedos sobre la piel cálida de sus muslos sin aviso, provocando que un ruido de sorpresa saliera de sus labios.


—Uhm, no me siento particularmente benevolente hoy, Panich —suspiró la voz, antes de que sus dedos dejaran de acariciar los muslos de Zee Pruk para pasar a hundir sus cortas uñas en la carne tierna—. ¿Quizás un castigo sea lo más apropiado? 


Zee Pruk sintió que todo su cuerpo se calentaba como si una llamarada hubiese sido encendida en su interior. 


—M-me someteré a lo que sea que Mi Príncipe considere adecuado —dijo, su tono tan tembloroso que no había podido evitar tartamudear. 


Escuchó la risa de su príncipe, antes de que su tacto volviera a desaparecer. No podía ver qué era lo que estaba haciendo gracias a la venda en sus ojos, pero la incertidumbre solo alimentaba el calor que bullía en su sangre. 


Zee Pruk apretó entre sus dedos la tela de una almohada, nervioso y expectante. 


—De verdad me pones difícil esto de ser severo contigo cuando eres tan encantador, Panich —dijo el príncipe, su tono regresando a ser gentil y lleno de afecto—. Me pregunto si alguno de los soldados de tu Clan saben que puedes llegar a ser así de dócil… 


—Nunca, Su Alteza —se apresuró a decir, con el corazón agitado—. Solo usted es merecedor de mi gentileza y mi subordinación, solo ante usted podría bajar la cabeza, se lo juro, yo… 


No pudo terminar de formular su vómito de lealtad, pues un par de manos en sus caderas le hicieron girar sobre la cama abruptamente, dejándolo boca abajo. 


Su boca se secó de golpe. 


Su cabello largo y suelto había quedado desparramado por todo lo ancho de su musculosa espalda, mientras su polla rígida y dolorida terminó atrapada entre su vientre y el colchón, provocando que la carne sensible se restregara contra las sabanas cada que hacía un mínimo movimiento. 


—Su Alteza… 


El primer azote cayó sobre su nalga derecha, asustandolo. 


Se quedó quieto, con la respiración atorada en su garganta. Podía sentir la carne de su trasero desnudo arder por el repentino azote, pero no emitió ni un solo quejido. Solo se quedó inmóvil, esperando adivinar el siguiente movimiento de su príncipe. 


—Tu penitencia serán diez azotes —dijo el príncipe, por fin. Zee Pruk sintió el colchón hundirse ante su peso, por lo que supo que había tomado asiento a su lado—. ¿Algo para objetar? 


—No, Su Alteza. 


Otro azote, esa vez en su nalga izquierda. Sintió un picor ligero invadir su piel al instante pero, por alguna extraña razón, el dolor solo incrementó su excitación, provocando que un poco de presemen se fugara de la punta de su erección. 


—Bien. 


Esperó en silencio el siguiente impacto, mientras enterraba su rostro sonrojado contra la tela suave de la almohada. Segundos después, sintió los dedos gentiles del príncipe masajear la carne adolorida de sus nalgas, como tratando de aliviar el ardor, pero el gesto no duró mucho. Casi de inmediato, la palma del príncipe volvió a estrellarse contra su culo, esta vez con más fuerza, arrancandole un gemido débil a Zee Pruk. 


La sensación era… contradictoria. 


Dolía, porque podía sentir que con cada nuevo azote el príncipe incrementaba su fuerza, provocando que la carne firme de su trasero rebotara ante cada impacto. Pero, al estar privado de la vista, todos sus demás sentidos se habían potenciado, volviéndolo más sensible y receptivo, por lo que los sonidos de los azotes y el agresivo tacto sobre su piel estaban resultando ser estímulos que iban directo a su polla, la cual solo se hinchaba y se humedecía más con el pasar de los azotes. 


Cuando llegó al séptimo impacto, Zee Pruk sentía en carne viva la piel de su culo. Pero, sorprendentemente, no había dejado salir ni un solo sonido de queja aparte de los casuales gemidos de placer que trataba de ahogar contra la almohada. 


—Eres tan bueno, Panich. —El susurro del príncipe le sobresaltó, pues de repente se había inclinado sobre él, pegando sus labios a su oreja y provocando que su aliento cálido chocara contra su nuca—. Eres el mejor soldado que un príncipe pudiese desear. 


Zee Pruk gimió complacido ante los halagos, mientras los últimos tres azotes caían sobre su maltratado trasero. Cuando por fin su castigo terminó, se sentía al borde del orgasmo, pues la punta roja de su palpitante erección no dejaba de liberar presemen profusamente. 


—Lo hiciste tan bien —consoló el príncipe, mientras sus esbeltos dedos amasaban la carne enrojecida de su trasero en un delicado masaje—. Te mereces una recompensa, ¿no lo crees? 


—Me… Me someto a su benevolencia, Su Alteza —jadeó Zee Pruk, apretando los dientes con fuerza, pues los dedos de su príncipe habían comenzado a deslizarse por en medio de sus nalgas, rozando tentativamente su agujero—. Aceptaré lo que sea que Mi Príncipe considere apropiado. 


Un escalofrío recorrió su espalda cuando escuchó la risita dulce del príncipe, justo antes de que un líquido vizcoso fuese derramado sobre su trasero de forma inesperada, sobresaltandolo. 


Conocía esa sensación a la perfección: era aceite. 




Sintió los dedos del príncipe restregarse de forma superficial contra el borde de su entrada, pero no hizo amago de introducirlos. Tan solo se aseguró de humedecer bien la zona, antes de que sus manos resbaladizas volvieran a sujetarle de las caderas para voltearlo, dejándolo boca arriba de nuevo. 


—Panich, mi leal guardia —suspiró el príncipe, mientras lo acomodaba sobre el colchón apropiadamente—. Este príncipe es sumamente afortunado de tenerte. 


Y, de repente, la venda sobre los ojos de Zee Pruk fue retirada, permitiéndole ver con libertad. Tuvo que entrecerrar los ojos ligeramente, pues el cambio de iluminación le resultó molesto, sin embargo, tras parpadear un par de veces, Zee Pruk fue capaz de enfocar su vista correctamente y miró hacia el frente. 


La iluminación era tenue, gracias a la delicada luz de las velas, por lo que pudo vislumbrar la silueta que se encontraba parada al final de la cama. 


El Príncipe NuNew Chawarin. 


Llevaba su largo cabello castaño recogido en una media cola, un par de mechones se habían soltado del flojo agarre, cayendo por su rostro hasta darle un aire desenfadado. Al bajar la mirada, se dió cuenta de que solo vestía unos pantalones blancos y una túnica interior de un suave color azul cielo, la cual dejaba a la vista parte de su delgado pecho al estar atada con demasiada ligereza. 


Podía ver la curva de su estrecha cintura con facilidad, al igual que el delicado trazo de sus clavículas. Era una vista escandalosa para un príncipe que debía presentarse ante sus súbditos con pulcritud y formalidad, pero Zee Pruk no era solo un súbdito. 


Era su guardia real, el más cercano a él, el que debía dar su vida para mantenerlo a salvo de cualquier peligro. 


Pero también era su amante. 


Su único, de hecho, luego de que el Príncipe hubiese ordenado la disolución de su harén personal. 


—Su Alteza —suspiró, abriendo las piernas en un gesto de bienvenida. 


En seguida, el príncipe NuNew se deslizó entre sus muslos, encontrando su lugar en aquel espacio reservado solo para él. 


—Hia —respondió NuNew, usando ese apodo que solo se atrevía a susurrar en la seguridad de su alcoba, cuando la oscuridad reinaba y la noche les brindaba la seguridad de no revelar su secreto—. Te ves muy guapo hoy, ¿ya te lo había dicho? 


Zee Pruk se permitió ruborizarse ante el cumplido, pues aquello solo le hizo más consciente de que estaba completamente desnudo frente a su príncipe, mientras este todavía permanecía vestido. 


La sensación de ser el único vulnerable entre los dos calentó su piel, así que elevó una de sus piernas para engancharla a la cadera del príncipe, tratando de acercarlo más hacia su cuerpo. 


—Su Alteza se ve excepcionalmente bonito también —suspiró Zee, mientras deslizaba la punta de sus callosos dedos hasta la nuca del príncipe, aferrándose a él con firmeza. 


—¿Su Alteza? —El príncipe le miró con una de sus delgadas cejas arqueadas, con aire burlón. 


—Nhu… —corrigió, su voz sonando suave e íntima, mientras saboreaba la cercanía que ese apodo le brindaba. 


Solo en momentos como ese, cuando tenía el esbelto cuerpo de NuNew encima suyo, era que dejaban de ser príncipe y guardia. 


Allí solo eran Hia y Nhu. 


—Mucho mejor —rio el príncipe, mientras alzaba las caderas de su soldado con una de sus manos—. Ahora Nhu te hará sentir bien, Hia —susurró, sacando su pesada erección de sus pantalones y presionando la punta hinchada contra el húmedo agujero que esperaba por él. 


—Si, hazlo, por favor. 


Cuando sus cuerpos se entrelazaron a mitad de la noche, Zee Pruk no pudo ni siquiera recordar cómo se había sentido la vida antes de pertenecerle al príncipe. 








—Pruk, ¿qué haces por aquí? 


Max, el teniente encargado de las barracas de esa zona, le saludó con sorpresa. 


No era usual ver a Zee Pruk por allí, dado a su deber permanente como el guardia real del Segundo Príncipe. Era más común verlo en el Palacio Imperial, siguiendo cada paso del príncipe NuNew. 


¿Por qué estaba allí, tan lejos de su protegido y de la familia real? 


—Su Alteza vino a resolver un encargo con el General Buangam —respondió con simpleza, mientras mantenía su rostro inexpresivo y distante. 


—Oh, vaya —murmuró Max, luciendo bastante sorprendido—. Hace mucho que no te veíamos por aquí, los muchachos se preguntan cómo te va —dijo, formulando una sonrisa más amigable y relajada, mientras pasaba un brazo por encima de sus hombros. 


—Lo sé, han pasado años —respondió, todavía con seriedad, sin perturbarse por el arrebato de confianza del Teniente. 


—Ese príncipe tuyo debería soltarte un poco la correa, se te extraña por aquí, creo que incluso Joss Wayar preguntó por ti la última vez que salimos a beber —se rio, con ese encanto que caracterizaba a Max, como si los años sin verse no hubiesen borrado la confidencialidad entre ellos. 


—Yo… 


—Lamento robar tanto la atención de Panich, juro que yo he tratado de darle días libres. —La voz del Segundo Príncipe, NuNew, interrumpió las palabras de Zee Pruk. 


Los dos soldados miraron al joven noble enseguida, descubriendo que se acercaba a ellos con una sonrisa encantadora en sus labios, la cual causaba que sus mejillas redondas se abultaran más, dándole un aire casi infantil. 


Max rápidamente se apartó de Zee Pruk, ofreciéndole una reverencia al Segundo Príncipe a como dictaba el protocolo. 


—Solo bromeaba, Su Alteza, soy consciente de que usted requiere la presencia de Panich más de lo que se requiere aquí —dijo Max, apresurandose a aclarar su comentario, temiendo ofender a alguien de la familia imperial. 


NuNew soltó una risita encantadora, negando con la cabeza suavemente. 


—No se preocupe, entiendo, deben extrañarlo muchísimo —dijo, tan amable y relajado que Max no pudo evitar devolverle la sonrisa. 


Sin embargo, contrario a su actitud tan amigable e inocente, la mano del príncipe no tardó en jalar a Zee Pruk por el brazo, alejandolo de Max y poniéndolo a sus espaldas. 


—Bien, me temo que es hora de retirarnos, tenemos que volver si queremos llegar al palacio antes de que caiga la noche —dijo NuNew, mientras metía sus manos debajo de las anchas mangas de su túnica verde. 


—Ha sido un completo honor, Su Alteza. 


NuNew se despidió y no tardó en salir de allí, alejándose de las barracas en dirección al carruaje que esperaba por él. 


—No, Panich, tú vienes conmigo —ordenó el príncipe, justo antes de que Zee Pruk hiciera amago de montar a su caballo. 


—Pero debo… 


—Dije que no —cortó, con un tono más severo. 


Zee Pruk supiró, sabiendo lo que se venía, así que obedeció y subió al carruaje junto al príncipe. 


Cuando estuvo sentado frente a NuNew, no pudo evitar pensar en lo irónico de todo el asunto. 


Él estaba allí, vestido con su armadura reluciente que lo hacía ver más alto y ancho de lo que ya era, con su espada atada a su cinto y el cabello completamente atado en un rodete que dejaba su frente y sus orejas a la vista.


La viva imagen de un guerrero poderoso y fuerte. 


Mientras tanto, el príncipe NuNew lucía una túnica color verde jade, con intrincados bordados dorados que dibujaban dragones de forma exquisita por toda la tela. También llevaba su pelo recogido en una media cola, con el flequillo peinado cuidadosamente sobre su frente y un par de tocados de oro atorados en su cabello, dándole un aire delicado y elegante. 


La viva imagen de un príncipe, uno frágil y bonito. 


Y, sin embargo, era ese príncipe de aspecto frágil y pequeño el que lo estaba acorralando contra el asiento en ese momento, colando sus dedos delgados y cortos dentro de los pantalones de su uniforme militar. 


—Su Alteza… —suspiró, tratando de acomodarse para que las piezas de su armadura no les resultaran incómodas. 


—Odio que alguien más te toque —gruñó NuNew, con tono caprichoso y malcriado. 


Zee Pruk se permitió sonreír de medio lado, mientras se sujetaba de la afeminada cintura del príncipe para no caerse, pues el firme y apretado agarre en su polla lo sobresaltó. 


—Soy solo suyo, Su Alteza. 


Definitivamente nadie de su antiguo batallón se imaginaría a ese temible soldado sometiéndose bajo las manos de su pequeño príncipe protegido. 


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