¡Ey, vos! reciclá [minsung]

Sinopsis

-¿Acaso no sabes que los sorbetes son un peligro para todo el ecosistema acuático viviente? OneShot AU Minsung; Minho×Jisung Stray kids Copias y adaptaciones sólo si se los permito, no sean giles.

Genero:
Romance/Drama
Autor/a:
minhino
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

único

Existían infinidad de diversas historias. Desde la creación del ying y el yang hasta la antigua mitología del ser humano diferenciado en tres seres; cuales fueron separados ante su tan predecible rebelión contra el Olimpo. Siempre dos, nunca tres ni uno solo. Complementarios al nacer, dictado por los ángeles, siempre a costa de lo que uno quería.


Porque el destino así lo había querido. ¿Siquiera tenían la opción de elegir? Qué importaba, al final de sus vidas ambos se enamorarían sin poder evitarlo. Ese fue, y para siempre sería, el destino de todas las almas gemelas. Destinados eternamente a encontrarse y ser uno. Pasando por todas las vidas juntos, naciendo y muriendo.


O bueno, era eso lo que decía el blog de internet del cual no despegaba su vista desde las seis de la tarde. Ese molesto, odioso y superficial profesor de filosofía se había encargado de arruinarle la existencia con temas que a él, realmente, no le interesaban en lo absoluto. ¿A quién le importa el amor cliché? ¡Ay, sí! Han Jisung conocía perfectamente la respuesta a esa incógnita, pues las chicas de su mismo año constantemente cuchicheaban acerca de aquel tema sobrevalorado para Han. Taradas, así las había etiquetado cuando alardeaban de sus relaciones iguales al promedio.


Por favor, Jisung no entendía cómo sus compañeras eran tan tontas al creer en palabras secas cargadas de tanta falacia. ¿El hombre perfecto? Estaba clarísimo que ninguno de sus novios merecía semejante título. Lo supo cuando uno de esos días mientras salía al patio, al pasar su recreo junto a su mejor amigo, Hwang Hyunjin, cuando vio con sus propios ojos la infidelidad de la pareja de la que tanto ella se jactaba.


¿Seguían juntos después de aquel día? Lo dudaba, aunque nadie más que él los había visto, su abuela solía decirle que las mentiras tenían patas cortas. ¿Casualidad la baja estatura del infiel? Tal vez... Según el artículo que leía sobre el mito del Andrógino, que de vez en cuando se desviaba a lo religioso, decía que nada era coincidencia, ¡Qué todo ya estaba planeado!


Aburrido, bufó scrolleando por la página con la ruedita del mouse. Una boludez tras otra entre tanto parlamento que no le llamaba ni un poco la atención. Su trabajo práctico ya abarcaba siete hojas según el word. Sonrió creyendo que sería suficiente y se dispuso a cerrar todas y cada una de las ventanas abiertas de su computadora. ¡Genial! Se iría a dormir con tanta gilada dando vueltas en su cabeza. Su odio por el tema de las almas gemelas era tal que hasta sus sueños se llenaron de seres con cuatro extremidades, y ni hablar de los rostros dobles. Los andróginos le cagaban la existencia, invadiendo la fantasía de su mente.


Al día siguiente se levantó con los ojos hinchados, sus labios, nariz y cachetes ligeramente rojos. Su pelo oscuro estaba en cualquier dirección y, para completar, esas enormes ganas de enfrentar un lunes a la mañana.


Cuando estuvo listo bajó a desayunar. Su familia tenía un poco dispersos los horarios y siempre estaría él y la soledad acompañada con una taza de té medio caliente medio fría. Su madre trabajaba temprano, su padre era camionero y no pasaba mucho tiempo con ellos, y hermanos no tenía.


A pesar de que la soledad lo abrazaba como una amiga de toda la vida, el silencio le pesaba como una sombra que lo apretaba. El vacío de ruidos lo empujaba a pensar, a pensar demasiado, a pensar hasta que las ideas se hacían niebla, desvaneciéndose en un rincón sin nombre. En su cabeza, las historias de esos soulmates daban vueltas como pájaros perdidos, atrapados en la jaula de sus propias promesas, deseando escapar. “Estúpido profe, estúpida filosofía, estúpido colegio…” pensaba, como si las palabras pudieran romperse de tanto ser repetidas. Y el mundo entero lo aplastaba, sin piedad, sin solución. Estúpidos todos, sí, pero sobre todo él, por seguir buscando respuestas donde sólo había huecos.


Si bien no era su mejor mañana, había peores, que lamentablemente sólo Hyunjin era capaz de soportar. Al menos que fingir escuchar las quejas de la supuesta miserable vida de su amigo no fuera precisamente aportar algo.


Jisung recorría el mismo camino hasta el colegio desde que sus padres lo habían dejado ir solo. Siempre el más largo, porque por el más corto pasaban muchos de sus compañeros, a lo cuales a Jisung, les caían muy mal sin razón aparente. Parents de Youngblud retumbaba en sus auriculares, golpeando su cabeza con el volumen al máximo, hiriéndolo de a poquito. Pero no le importaba. A lo largo de su camino, una piedra se hizo su compañera, rodó bajo su pie, la pateó sin esfuerzo, y la vio escaparse por la calle. “Cobarde”, murmuró en su mente, como si eso cambiara algo.


Sí, no es que el día fuera un desastre, más bien, cierto castaño andaba de malas. La poca paz que obtuvo en su soledad se vio interrumpida cuando miles de estudiantes con su mismo uniforme cruzaron la calle y entraron al colegio con él. Llegó un punto donde ni con el volumen al tope podía callar el barullo del exterior. Resignado, se acercó a su locker, tiró los auriculares con fastidio y sacó los libros. Golpeó la puerta metálica con fuerza, como si fuera a romperla de un solo golpe.


—¡Uhh, mirá! ¿Andás con mala onda hoy?—Hyunjin le sonrió a su amigo, como lo hacía todas las mañanas en el mismo lugar. Jisung siempre andaba con cara de pocos amigos, así que ese comentario ya era más de lo mismo. La diferencia era que Hyunjin nunca se iba a cansar de hacerle la misma joda y Jisung, por su parte, nunca iba a dejar de responder con la misma cara de siempre:


—Ójala me pise un tren.


El dúo dinámico se alejaba de los lockers para dirigirse a su aula donde tendrían la primera de tantas materias en el día. Los comentarios acerca de su terrible apariencia no fueron desapercibidos, y es que, Jisung, estaba cansado de contestar siempre lo mismo. “Me quedé despierto hasta las cuatro de la madrugada haciendo un tepé”, así diría el cartel que pensaba pegarse en la frente para evitar a los metiches.


Química. La materia que más odiaba y más sueño le daba. La voz de su profesora se perdía entre sus divagues y poco a poco los ojos se le fueron cerrando a costa suya. Dormir en su pupitre era incómodo y terminaría con dolor en el cuello.


—¡Han Jisung! ¿Te parece aburrida mi clase?—la profesora lo miró, esperando alguna explicación por su falta de respeto.


¿Era necesario responder? Para Jisung, no. La señora, ya entrada en años, lo observaba con ojos exigentes. Él solo se encogió de hombros, murmuró una disculpa que no sentía ni un poquito. Pero no, eso no era suficiente para la señora.


—¡Fuera de mi aula!


¿Su aula? Era más suya que de ella. Eran un grupo numeroso, y por eso no los cambiaban del salón más grande del segundo piso, donde se instalaba el secundario. Mitad de su vida la pasó allí dentro, aguantando los gritos y el olor a guano de sus compañeros. ¡Qué hermosa su existencia! En serio deseaba que lo pisara un tren uno de esos días.


Se paró y caminó fuera del salón. Los pasillos estaban vacíos y producían un eco con la voz de los profesores de los diferentes cursos. Solo, sin Hyunjin, sin pupitre donde dormir y además con un 1 en la evaluación de concepto.


Sip, definitivamente era un día muy Han Jisung. ¿Qué faltaba? ¿Que fuera martes trece? Combo completo.


Su zapatilla roja desgastada golpeaba sin ritmo la baldosa y con el cuerpo apoyado contra la fría y blanca pared miraba con ansia las agujas del reloj frente a él pasar. El sonido de una puerta golpeándose lo alarmó y trató de encontrar el lugar de donde provenía tal escándalo. Para su sorpresa, no se trataba de nada más ni nada menos que uno de los de último año.


Rubio y bajo. Eso fue lo primero que notó en Lee Minho cuando lo vio salir enojado de otra aula. Por extraño que pareciera, le resultó divertida la escena de un chico mayor haciendo una rabieta. ¿Cuántos años tenía? Ni que fuera Jisung. Finalmente lo vio tomar la misma postura que él, a diferencia que miraba al piso y no al reloj.


Han no era de hacer amigos, más bien, era de los que esquivaban y ocultaban. Estaban solos, sin compañía y enojados con la vida. No perdían nada al hablarse, pero ¡Oh, casualidad! No lo hicieron. Al sonar el timbre, los dos desaparecieron junto al mar de estudiantes y profesores, completamente indiferentes, sin darle vueltas al porqué del mal humor de ambos. Nada raro, eran extraños, ¿A quién le importaba lo que le pasaba a alguien que ni siquiera conocías? A mí no, a vos tampoco y a Jisung menos.


El comedor no era el famoso comedor yankee de las películas. Un kiosco y un total de doce mesas con cuatro sillas divididas en par a cada lado. Jisung se encontraba en la mesa tres del lado izquierdo. Junto a él, una ventana. Frente, el castaño de su amigo siendo tan él como nadie.


—Estás más feliz que de costumbre hoy, Hyunjin —Jisung llevó el sorbete de la cajita de jugo a su boca y chupó de su juguito de naranja.


—Estás menos odioso que de costumbre, Hannie —respondió el mayor con una sonrisa.


—¿Por qué lo decís?—quiso saber el castaño más oscuro.


—En todo el día sólo suplicaste que te pisara un tren una vez, es rarísimo —. Jisung prefirió ignorar a su amigo desviando la mirada. Si tan sólo Hyunjin supiera que dentro de su cabecita, aquella frase suicida se había repetido más de 30 veces en lo que iba de la mañana.


Un número bastante chico si estamos acostumbrados a las cien veces que las repite por día. Odioso de nacimiento, tal vez.


—¿Sabés cuánto contamina esa cosa que tenés entre los dientes?—Jisung se dio vuelta, desconcertado, y vio al chico que le había hablado mirándolo con cara de asco. Por curiosidad, se tocó el pecho con el dedo índice, preguntándose si realmente le hablaba a él. —¡Sí, a vos te hablo, peluca! ¿No sabías que los sorbetes son una amenaza para el ecosistema acuático? ¡El plástico tarda entre cien y mil años en degradarse! Pensalo, los sorbetes son parte de un cuatro por ciento de la contaminación mundial—dijo, haciendo un énfasis exagerado en “mundial”.

Mientras el chico hablaba sin parar, Jisung y Hyunjin se miraban, sin entender del todo lo que el desconocido decía. Sin pensarlo mucho, Jisung se levantó y comenzó a analizar al tipo obsesionado con el plástico y la contaminación. Tenía la sensación de haberlo visto antes, pero su memoria, más parecida a la de un pez, no le ayudaba a recordar de dónde.


—Che, ¿a dónde vas? ¡No tires ese sorbete! ¡Reciclá!


—Como digas—contestó Jisung, igual de alto. Pero en cuanto vio un cesto de basura, el plástico fue directo a parar ahí. Total, le importaba poco la contaminación marina y el chico ese.


—No debiste hacer eso—dijo Hyunjin, caminando a su lado—. Por más que no te importe, es un tema serio. ¡Sumaste mil años más a ese cuatro por ciento!


Los dos amigos se rieron mientras caminaban por el pasillo. Más atrás, el rubio enojado se acercaba al cesto, sacaba el sorbete y lo metía en su bolsillo. Dentro del aula, había dejado tres tachos de diferentes colores para separar los residuos, uno de ellos para el plástico.

—Sociedad de mierda, ojalá los pise un tren a todos juntos—murmuró furioso mientras subía las escaleras.

Hace una hora lo habían echado de su propio salón por defender la vida de un animal en clase de Filosofía. ¡¿Los animales no tienen sentimientos?! ¡Sobre su cadáver dejaría que digan semejante atrocidad! No por nada ponía a sus tres gatitos como ejemplo.

Lee Minho. Estaba cursando su último año de colegio y era un dolor de cabeza para muchos. Era simpático, buena onda y agradable, pero como todo ser humano imperfecto cargaba consigo un único defecto, pues era un desquiciado con proteger a los animales. Por eso su constante afán de llenar el edificio con carteles, alertando sobre el impacto de la contaminación en los seres que no podían defenderse. Claro, existían leyes, pero ¿Cómo era posible que no se respetaran? Si no, ¿Cómo explicaba que tantos animales estuvieran al borde de la extinción por culpa de la basura humana?


«—Tanto hombre desperdiciado.


—Es lindo, pero está medio loquito.


—¿No tiene amigos que le digan que no da?»


Minho se pasaba esos comentarios por culo todo el tiempo.


Las clases se daban por finalizadas aquel lunes por la tarde. De rutina, Jisung se colocaba sus auriculares y ponía la música al máximo de lo que su celular le permitía. Hacía calor ese lunes de Marzo, desabrochó los primeros botones de su camisa y se sacó la corbata.


No prestaba atención por donde iba, ni tampoco qué pisaba. No escuchaba el ruido de la bolsa de plástico atascada en su zapatilla, no le incomodaba en lo absoluto hasta que tropezó. Bajó la vista, encontrándose con el molesto causante de su casi accidente. Revoloteó su pie hasta que la bolsa se despegó de él.


—Que molesto.


—¡Eh, eh, eh! ¿Qué hacés, chabón?— Justo en ese momento, la música se detuvo por un segundo para pasar a otra canción. De reojo, Jisung vio al rubio. No podía ser... ¿Era en serio? ¿El mundo estaba en su contra y le quería cagar el día? El mismo fanático del ecosistema caminaba hacia su dirección en la vereda de enfrente.


¿Lo estaba siguiendo? Nah, no creía que el pibe estuviera tan obsesionado como para acosarlo.


—¿De qué hablás?—preguntó, arrepintiéndose al instante.


Minho se acercó trotando, mirando a ambos lados de la calle antes de cruzar, por si las moscas.


—Esa bolsa es de plástico, ¿sabés el daño que hace? Ya te lo dije antes. Y vos, así como así, la tirás en la calle, como si nada. ¿Te cuesta tanto levantarla y usarla para algo útil, no sé, las compras?


—Ni loco uso una bolsa de la calle para mis compras.


—Bueno, pero al menos ponela en un tacho, mejor que dejarla ahí tirada.


—¿Te escuchás? Mirá, no quiero ser maleducado, pero ni sé quién sos, estoy teniendo un día de mierda. Para colmo, el forro del profesor de Filosofía leyó mi trabajo en voz alta frente a toda la clase y encima se burló de mi “vulgar manera de expresarme.” ¡¿Cómo quiere que me exprese sobre una pavada como las almas gemelas?! ¿Complementarios por obligación? Que se pudra su filosofía egoísta. ¿Adiviná cuánto me puso?


—¿Diez?


—¡Ni siquiera eso! ¡Rehacer! ¡Toda la maldita noche escribiendo a mano cuando pude haberlo traído impreso de la compu, pero ni eso tuvo en cuenta el viejo de mierda, ojalá lo pise un tren!


Minho no dijo nada, dejó que el pibe descargara todo su enojo. Él era de los que siempre escuchaba los problemas ajenos. Se permitió hasta sonreír, aún recordaba aquella clase de las almas gemelas, en la que también había reprobado. Curiosamente, su postura sobre el tema era bastante parecida a la de ese pibe. Además, la maldición del tren no pasó desapercibida. Sintió un nudo en el pecho al escucharla, ya que él mismo, en más de una ocasión, la había soltado.


Le caía bien, a pesar de la indiferencia que mostraba hacia el tema de la contaminación. Era un pibe que, a su modo, también pensaba en las cosas. Quizás con el tiempo podría hacerle ver algo más allá de su propia burbuja.


—¿Terminaste?—preguntó el mayor, con curiosidad, cuando notó que finalmente el chico se callaba.


—¿Terminar? ¡Esto es solo el primer problema! ¡Tengo millones! Espera... ¿me estás escuchando?


Minho asintió y Jisung no supo como seguir o qué decir. Hyunjin acostumbraba a ignorarlo y responder que sí a todo mientras jugaba con el celular, y él terminaba rindiéndose.


—Yo...—¿Y ahora? ¡Tanto tiempo queriendo hablar con alguien de sus problemas y cuando por fin lo conseguía ya no tenía qué decir! — ¿Para dónde vas?


—Para allá —Minho había señalado el camino que Jisung debía tomar y ,por alguna razón, Jisung no debió preguntarse por qué jamás lo había notado.


Ninguno de los dos adolescentes se había notado antes de ese día. Jamás voltearon a verse mientras eran los únicos solitarios caminando por una misma calle que resultaba ser la más larga hacia el colegio. Siempre traían sus auriculares con el volumen al tope y, tal vez, la casualidad era demasiada, tal vez no necesitaban saber que muchas veces habían escuchado la misma canción, al mismo tiempo, en el trayecto de todos los días.


Los días y meses pasaban, los dos desconocidos se hicieron amigos en poco tiempo. Muchas eran las cosas que tenían en común y otras no tanto, generando varias disputas que terminaban en la ley del hielo por semanas. Pero tarde o temprano se volvían a encontrar y reamigar por ¡Qué ironía! Otra disputa.


Su relación era a base de peleas y más peleas, sus perdones eran a gritos y sus te quiero se escuchaban cuando se ignoraban. Hyunjin era testigo de esa rara amistad que llevaban los dos chicos frente a él, que comían comida muy diferentes. Uno se encajaba una hamburguesa mientras el otro mordisqueaba una tarta de acelga, uno tomaba una coca cola y el otro agua mineral. Rubio y castaño, negra la ropa de Jisung, colorida la de Minho.


Eran diferentes, eso era notable. Minho defendía muchas cosas de la naturaleza mientras que a Jisung le importaba todo un huevo, haciéndole rabiar al mayor. Si no fuera que afirmaban ser amigos, a Hyunjin le costaría creer que esos dos volvían juntos a la casa del otro y pasaban la tarde viendo películas o estudiando. ¿En serio eran amigos?


—Ni se te ocurra salir con tus mierdas vegetarianas—amenazó el menor con la boca llena al notar la mueca de asco del rubio al verlo mordisquear la carne.


—El olor a animales muertos y cocidos me da nauseas, vete a comer a otro lado.


—Chupame la verga, Minho.


Y nuevamente una discusión, ¡Qué dolor de cabeza!, pensaba constantemente Hyunjin mientras se escondían en los jueguitos de su celular.


¿De verdad podían ser amigos?


No sabe exactamente cómo llegaron a ese punto. Un día festivo, el colegio organizó una feria, donde todos los cursos crearon microemprendimientos para generar ganancias y hablar de distintos temas. El puesto de Minho se trataba de la deforestación. A Jisung le había parecido genial, pues el puesto estaba repleto de maquetas y láminas que alertaban del peligro de la tala de árboles, sus compañeros lo alentaban y ayudaban. Muchos querían a Minho, a diferencia de Han que estaba, en su mayoría, a su pura suerte si no fuera por Hyunjin.


A lo mejor ahí comenzó todo, en el momento donde las luces artificiales de la feria iluminaron el puesto de Minho, haciéndolo ver más lindo que de costumbre. Jisung no supo cómo, por qué o cuándo fue que los ojos de Minho se volvieron tan encantadores para su gusto. Al contrario de lo que cualquiera pudiera pensar, lo tomó bien. Probablemente la razón era que desconocía por completo ese sentimiento que confundía con una buena amistad.


No por cualquiera Han Jisung se comportaba de tal manera. En lo que llevaba de su vida sólo habían existido dos personas por las cuales él se desvelaba, uno era su profesor de filosofía y el segundo era Minho. Le avergonzaba admitir que se había pasado toda la noche investigando acerca de los problemas ambientales causados por el hombre, esos que impactaban a todo lo que no era humano.


Y así comenzó por primera vez su aventura por las calles de su barrio, recolectando y separando residuos según su material. Se sentía feliz al hacerlo, más que nada porque cuando Minho pasara por su calle, vería lo limpio que estaría y los tachos de reciclaje seguramente lo harían sentirse muy feliz.


¡Muy simple!, mirá; un Minho feliz era igual a un Jisung feliz. Matemáticas.


Con el paso de los días, la relación con Minho parecía una montaña rusa. Esa mezcla rara de amistad y tira y afloje se intensificaba con peleas que, a veces, daban la impresión de que iban a romper todo vínculo. Para colmo, a Jisung empezó a irritarle que Hyunjin se burlara de Minho. ¡Era algo que sólo él tenía permitido hacer! Que otro se metiera con Minho lo hacía hervir por dentro. Era algo personal, casi como si existiera una regla no escrita: nadie más que él podía molestar a Minho.


—¿Todo bien, che? —Hyunjin levantó la ceja, notando hace rato cómo su amigo clavaba la mirada cada vez que Seo Changbin se metía en la conversación con Minho.


—¿Por qué preguntás? —preguntó Jisung, moviendo sin ganas la ensalada que había llevado de su casa.


—Parece que en cualquier momento vas a saltarle encima a Changbin y darle una paliza.


—Estás flashando.


Pero por su cabeza pasaba exactamente ese plan. Si ese pibe de un año más no largaba el hombro de Minho, Jisung iba a perder la paciencia. Ese hombro también era suyo, aunque no tuviera escrito su nombre ni Minho se lo hubiera regalado. ¿Y qué? Algo en esa escena le ardía demasiado.


Estaba re podrido, loco. Harto de ser siempre el Han Jisung del que todos rajaban, ese al que señalaban como el ortiva de mierda, el que siempre andaba con cara de culo. Harto de que Minho lo tratara como si fuera un pibe caprichoso que no pensaba más que en sí mismo. Tenía unas ganas de gritarle “¡Eh, capo, soy yo, Jisung! ¡Y todo este tiempo estuve haciéndote feliz!”


Se imaginaba la cara de Minho cuando se enterara que su supuesta pendejez era la culpable de su sonrisa cada vez que veía los tachos con los residuos separados. Seguro que le daría un golpe en el hombro, con ese tonito sobrador de siempre, y le diría “Buen chico”. ¡Ni que fuera un perro!


—¿Y qué vas a hacer cuando se vaya a la facu? —Hyunjin lo sacó del mambo en el que estaba metido.


—¿Eh? ¿Por qué?


—Porque estás enamorado de él.


Jisung casi se atraganta con su propia saliva. Abrió los ojos exageradamente, y el movimiento nervioso de sus manos lo delató al toque.


—¿Q-q-qué? ¡Cualquiera! ¿De dónde sacás eso? ¡No sabés nada!


—Ah… ¿Era secreto? Uh, perdón. Es que, no sé, me parecía obvio.


¡Obvio las pelotas! Jisung estaba perdido, más que de costumbre. Quería irse a su casa, meterse en la cama y hacerse un ovillo mientras pensaba en lo lindo que Minho sonreía cuando estaba contento.


—No digas nada, Hyunjin. Por favor —pidió con la voz temblando. Todo era una mierda, y parecía que siempre iba a ser así, más todavía cuando veía que Minho miraba a Changbin con esos ojos que Jisung soñaba porque le dedicara a él.


—Quedate tranquilo, boludo. Somos amigos, ¿no? Los amigos no hacen esas cosas —Hyunjin le palmeó la espalda, pensando que en el fondo era tierno que Jisung, por primera vez, no deseara que lo pisara un tren—. Pero… ¿Qué vas a hacer? Faltan menos de mes para que Minho se vaya, y lo sabés, ¿no?


No, no lo sabía.


—Vas a tener que decírselo —concluyó Hyunjin.


—¿Y si me manda a cagar? —Eso era lo que más miedo le daba.


—Entonces vas a volver a ser el Han Jisung de siempre, el del que todos rajan… Aunque, la verdad, siempre lo fuiste. Lo único que cambió es que ahora estás re colgado por alguien.


Lo tenía clarísimo. Minho se iba, y a él todavía le quedaba bancarse ese último año y después otros dos más. No perdía nada con intentarlo, ¿no? ¡Mirá si al final le salía bien y terminaban viviendo juntos, felices para siempre! Era lindo imaginarlo, pero sabía que aunque se animara a decirle todo, no iba a pasar nada. Porque Minho se iba, ¿y qué podría hacer contra eso? Nada. “Dejá de flashear, Jisung”, se dijo a sí mismo.


Era el último día de clases, y los de último año hacían un quilombo bárbaro con bombos y silbatos. Entre ellos, claro, estaba su amigo, barra amor imposible, rubio. Jisung lo miraba de reojo, mientras sostenía la carta entre sus manos, como si fuera un tesoro que quemaba. ¿Qué hacía?


¿La dejaba en su locker y listo? ¿O se mandaba, con un ataque de valentía de esos que nunca tenía, y gritaba en medio de todos cuánto lo quería? La primera opción parecía más cuerda. Capaz demasiado normal para lo que sentía por Minho, pero normal al fin y al cabo.


Ya estaba ahí. No había vuelta atrás. Por un lado, se sentía bien porque, fiel a su estilo, había esperado hasta el último minuto para declararse. Por otro lado... bueno, no había otro lado.


Minho salía del festejo, con esa sonrisa que a Jisung le daba calor en el pecho. Estaba feliz, en su salsa, después de un día sin clases y lleno de anécdotas. Caminó hasta su locker con ese aire despreocupado, buscando un par de cosas que pensaba prender fuego en una fogata simbólica. Sí, sabía que no era muy ecológico, pero por una vez en la vida, Minho quería romper sus propias reglas.


Cuando abrió la puertita de metal, un papelito rosa se descolgó y aterrizó justo sobre sus zapatillas. Intrigado, se agachó y lo recogió. Al verlo, sonrió de costado: esa letra desastrosa la reconocería en cualquier parte.


Al leerlo, las palabras lo dejaron entre nervioso y conmovido. Era como si la esencia del menor estuviera ahí, hecha en frases torpes pero llenas de sentimiento. Su rostro se encendió mientras su corazón tamborileaba fuerte. Se alarmó un poco por la intensidad de todo, pero no pudo evitar que una sonrisa tímida se le escapara. ¿Qué hacía con este papelito ahora? Esa era la pregunta. Por lo pronto, soltó una risita baja. Ese pibe tenía maneras muy suyas de sorprenderlo.



. Atentamente: Anónimo”


—Sos tan idiota que olvidaste que siempre pones un punto en el comienzo de un párrafo.




. No se si lo nuestro fue al azar

si el cielo nos dio una mano

o si, tal vez, esto es solo otra de esas mentiras bien contadas

que nos inventamos para creer en algo.


. No sé bien cómo poner en palabras esto que siento,

Tampoco soy un poeta de esos que entienden de amores, Minho.


. Y va a sonar re raro pero ¡Te amo!

No suena tan psicópata, ¿o sí?


. Atentamente: anónimo





Al leer el aire compartido y las palabras intercambiadas, Minho comprendía algo que el tiempo le susurraba desde hacía días. Esa chispa que latía entre ellos no era imaginación ni locura. Era una certeza que brillaba en los gestos y en esa carta rosada que ahora guardaba en su mano, como un tesoro.

Antes de que la horda estudiantil invadiera los pasillos, Minho salió disparado hacia la azotea. Lugar prohibido, claro, pero ahí era donde sabía que estaría Jisung, ahogándose en sus pensamientos, seguro. Apenas abrió la puerta, el viento caliente del verano lo golpeó en la cara, cómplice de la escena. Lo vio de inmediato: Jisung caminaba en círculos, mordiéndose las uñas y perdido en sus pensamientos.

Minho avanzó y, con suavidad, tocó su hombro. Ese simple gesto hizo que Jisung se detuviera, alzando la mirada con sorpresa y nervios. Tartamudeó un saludo que Minho respondió con su típica sonrisa, esa que siempre lo desarmaba.

—¿Ho-hola? —balbuceó Jisung, nervioso.

—Hola —respondió Minho, como si no pasara nada.

Los ojos de Jisung volaron directo a la mano de Minho, que sostenía ese papel rosado. Lo reconoció al instante, y supo que no había forma de escapar. Él ya lo sabía todo.

Pero Jisung no era un cagón. No señor. Infló el pecho y se preparó para el rechazo. Como un guerrero. Como siempre imaginó que Minho lo haría: con palabras dulces y una mirada de “me duele, pero no”. ¡Gracias al cielo que no lo vería más cuando terminara el año!

—¿Así que te gusto? Mirá qué romántico saliste.

—¿Yo? ¡Qué delirio, flaco!

El corazón de Jisung estaba tan enojado como frágil, al borde de romperse. Pensaba rápido: “Si se burla, yo niego todo y me hago el boludo.” Pero su garganta ya tenía tormentas acumuladas, y los ojos amenazaban con una lluvia chiquita.

—No creo que delire... ¿Estás llorando? —preguntó Minho, inclinando la cabeza.

—¡No! —Jisung se dio vuelta de golpe para borrar esa lágrima traicionera. Qué pelotudo, llorando por un amor imposible.

Sin embargo, Minho lo agarró del brazo. Y con esa sonrisa suya, mezcla de joda y ternura que siempre reservaba para él, lo acercó y lo envolvió en un abrazo. Jisung temblaba, y Minho se reía bajito mientras lo balanceaba.

—Sos muy lindo —dijo Minho de repente.

—¡Basta! ¡Qué decís! —Jisung estaba en pánico, pero su corazón saltaba de alegría.

Y entonces pasó: Minho se separó apenas y, sin aviso, pegó sus labios a los de Jisung por un instante tan breve que el castaño pensó que lo había imaginado.

—Al final no pudimos contra el destino, Hannie.

Sumido en la confusión de un júbilo repentino, Jisung dejó escapar una sonrisa nerviosa, como si el corazón y la cabeza estuvieran peleándose por el control. Sus ojos vacilaron, primero en el piso, luego en las manos de Minho, que con una ternura que casi le quemaba, acariciaban las suyas. Al final, levantó la vista y se topó con esos ojos que parecían un pozo sin fondo, uno de esos de los que sabés que no salís pero igual te querés tirar.

Inexperto en el arte del amor, temeroso de ser un torpe intérprete de tan dulce lenguaje, Jisung, no obstante, reunió el coraje que ardía tímido en su pecho y, acercándose, depositó un beso en los labios de Minho.

Pero este beso, tan delicado como el agua en calma, trascendió lo fugaz. Era algo tan puro, tan de verdad, como si todo el universo se pusiera en pausa para ellos. Cuando se separaron, ninguno dijo nada, pero las risitas nerviosas que soltaron hablaban por sí solas. Sabían que algo había cambiado, que lo que tenían ahora era distinto, algo que ni siquiera las palabras podían explicar del todo. Sin darse cuenta, habían encontrado algo que los iba a acompañar, algo tan único como ese primer beso.