𐙚 𝐈 𝐋𝐚 𝐥𝐥𝐞𝐠𝐚𝐝𝐚 𝐝𝐞𝐥 𝐧𝐮𝐞𝐯𝐨 𝐜𝐢𝐫𝐮𝐣𝐚𝐧𝐨 𐙚

—Con eso estaríamos listos —dijo el rubio, dejando el bolígrafo a un lado y sonriendo—. Si sigue las instrucciones al pie de la letra, la pequeña estaría mejor en unos días.
—Muchas gracias, doctor. Estoy seguro de que Emma estará mucho mejor gracias a usted —dijo la mujer con una sonrisa mientras tomaba el papel que el médico le extendía.
—No fue nada —respondió él mientras se levantaba de su silla y caminaba hacia la camilla donde se encontraba la menor sentada—. Déjame ayudarte, pequeña Emma.
La niña rápidamente extendió sus brazos, haciendo sonreír a los dos omegas presentes. El rubio colocó sus manos debajo de los brazos de la pequeña y la bajó de la camilla.
Emma fue rápidamente hacia su madre una vez que estuvo en el suelo. Max, en cambio, se acercó a su escritorio, agarrando el frasco lleno de golosinas, un pequeño premio para los cachorros. La niña lo miró fijamente, algo tímida para sacar un caramelo.
—Puedes elegir el que tú quieras —aclaró Max para darle más confianza—. Te lo has ganado por comportarte muy bien.
Emma miró unos segundos más el frasco, luego al médico y, por último, a su madre, que le sonrió. Con algo más de confianza, estiró su mano, sacando una paleta con forma de corazón, uno de los caramelos favoritos de Max.
—¡Muchas gracias, doctor! —exclamó emocionada la pequeña, que le daba el dulce a su madre ya que no lograba abrirlo.
—No es nada, pequeña —respondió el neerlandés, dejando el frasco en su escritorio—. Espero que la pequeña mejore... ¡Ah! Y felices fiestas.
—Espero lo mismo, doctor. Tenga un lindo día y felices fiestas para usted también —contestó la mujer, levantándose de la silla y dándole la paleta a la menor.
Emma dejó la paleta en su boca y levantó su mano, despidiéndose del doctor, que imitó su acción con una gran sonrisa.
Tanto la mujer como la pequeña salieron del consultorio, siendo guiadas por el neerlandés. Max cerró la puerta una vez que ellas se fueron y suspiró, algo desanimado.
No porque no le gustara atender a los cachorros o algo así; todo lo contrario, amaba su trabajo, pero el silencio que quedaba en el consultorio no le agradaba mucho.
Un poco desanimado, fue a su escritorio y se sentó, relajando su cuerpo. Agarró los papeles encima de la mesa, que no eran tantos, y los guardó en la carpeta de su pequeña paciente. Miró el frasco de dulces, notando que ya no quedaban muchos.
—Debería pasar a ver más caramelos... —suspiró, tomando su celular para anotar los dulces en la lista de compras.
Leyó el resto de su lista hasta que escuchó que la puerta del consultorio era tocada, causando curiosidad en él. Miró su computadora, notando que no tenía ningún paciente a esa hora.
Antes de poder levantarse, la puerta ya fue abierta, dejando ver a su mejor amigo con una gran sonrisa en su rostro, aunque esta desapareció cuando lo vio tan cómodo en su asiento.
—Max, qué relajado estás —dijo Charles, cruzándose de brazos.
—Ni tan relajado —comentó, dando una pequeña vuelta en la silla—. Emma se fue hace... Unos tres minutos, tal vez.
—Creí que no tendrías paciente a esta hora —murmuró para él mismo, algo pensativo—. Según yo, todos estaríamos libres a esa hora.
—¿Y... por qué? —Max se levantó y se acercó a su amigo, que le apuntó su bata, así que se la quitó sin dejar de verlo.
—¿No has visto el chat del hospital? —Charles, al ver que Max se quedó en silencio, sonrió levemente—. El jefe informó que un nuevo médico llegaría al hospital, así que pidió que estuviéramos presentes. Pero, como no te encontraba, decidí venir a buscarte.
—Debe ser alguien bastante bueno, digo, para pedir que estemos presentes en su llegada —Max sacó su móvil, revisando el grupo del trabajo y notando los mensajes— ¿Es muy tarde ir ahora?
—¡Claro que no! Lo mejor es ir ahora, no me gustaría tener turno de noche; estoy muy cansado... Así que tienes suerte de que me di cuenta de que no estabas —bromeó el monegasco con una sonrisa.
Max asintió levemente y salió del consultorio junto a su amigo. Charles era muy sociable, no como él, que era todo lo contrario. Charles podía hablar sin parar todo el día; él, en cambio, solo se dedicaba a escuchar. Tal vez por eso son mejores amigos.
—Llegamos a tiempo, qué suerte —dijo el monegasco, sacando al neerlandés de sus pensamientos.
—¿No sabes nada del nuevo? —preguntó, sin voltear a verlo; solo miraba la puerta, esperando ver a su jefe.
—La nada misma. Lo único que sé es que es un cirujano muy prestigioso y un alfa muy guapo —bromeó, ganando la mirada del neerlandés, haciendo que Charles le diera un codazo, sonriendo.
—¿Cirujano? ¡Qué bueno que llegue uno nuevo! —dijo como si nada, ganando otro codazo más—. ¡Ay! Perdón, pero ya sabes que no me interesa conocer a alguien ahora.
—Vamos, Max, yo sé muy bien que deseas tener una pareja y un cacho- ¡Ay! —exclamó Charles, sobando su brazo, ya que recibió un golpe de parte de Max.
—Olvida eso, Charles, solo lo decía de broma —Max volteó a ver la entrada nuevamente y, con un leve sonrojo en sus mejillas, recordó el día que le confesó eso a su amigo.
No podía negar lo que acababa de decir; después de todo, era verdad: sí deseaba tener una relación y crear su propia familia, pero, según él, sería algo complicado por su trabajo.
Unos murmullos detrás de él hicieron que dejara de lado sus pensamientos. Frunció el ceño levemente y volteó a ver el grupo de enfermeras que hacían práctica en el hospital.
—Solo míralo, no creí que sería tan guapo... —dijo, avergonzada, una de las chicas, escondiendo su rostro con el portapapeles.
Max solo rodó los ojos y volteó a ver la entrada; si Christian notaba que estaba desinteresado por la llegada del cirujano, se llevaría un buen castigo. Su jefe apareció por la entrada principal, hablando animadamente con todo el grupo de médicos del lugar, pero Max estaba en otra.
Miraba atentamente al hombre que estaba a su lado; se veía mayor que él, eso no lo dudaba. Además, imaginó que no era de esos lugares por su piel más morena. Era un poco más bajo que él y su cabello era algo rebelde y oscuro, igual que sus ojos. Además, tenía una barba de apenas unas semanas, según él.
—¡Hey! Tierra llamando a Max —dijo el monegasco, pasando su mano por delante de Max para que le prestara atención—. Dios, es guapo y todo, pero te quedaste mucho tiempo embobado.
—¿Qué? Solo miraba, eh... Esa planta, Charles —se excusó Max, apuntando a una gran maceta que estaba al lado del nuevo médico—. Está bien bonita ahí, ¿no crees?
Charles lo miró extraño.
—Pero si esa planta está ahí hace como seis meses, aproximadamente.
—¿Seis meses?... ¡Sí, seis meses! —exclamó Max, un poco nervioso—. Era para saber si estabas atento, amigo mío.
Charles negó levemente, riendo, y miró a todos lados para saber con qué molestar a su amigo, hasta que encontró a alguien perfecto para eso.
—No será que estabas viendo a Esteban, ¿cierto? —Charles colocó sus manos en la cintura, mirando a su amigo y aguantando la risa; sabía perfectamente que a Max no le agradaba ese tipo.
—¡No, jamás! —negó rápidamente, frunciendo el ceño—. Se cree muy superior, y no me agrada para nada esa actitud.
—Lo sé, lo sé, fue inevitable —siguió riéndose y buscó con la mirada al nuevo médico, hasta que lo encontró hablando animadamente con Carlos, un traumatólogo, y uno muy lindo.
—Al parecer ya conoció a Carlos; de seguro se llevarán bien, después de todo ambos hablan español —comentó Max, causando curiosidad en Charles.
—¿Por qué lo dices?
—Solo míralo, hay posibilidad de que sea español igual que él o latino —respondió sin mucho interés—. Bien, ya se terminó esto, así que iré al consultorio.
Max se dio vuelta casi chocando de frente con Christian, su jefe.
—Max, ¿ya te ibas? —preguntó divertido cuando Max fingió una sonrisa rápidamente.
—Para nada... ¿Necesita algo?
—Así es, confío bastante en ti, así que quería saber si podrías mostrarle el hospital al señor Pérez. No creo que te tome tanto tiempo —miró detrás de Max, notando cómo Charles sonreía y no dejaba de insistir.
—Entiendo, yo encantado de hacerlo —murmuró Max, volteando a ver a su amigo, que le sonreía y levantaba los pulgares.
“Tal vez sería bueno conocer a nueva gente”, pensó mientras caminaba a la entrada, aunque no sabía si el nuevo cirujano seguía ahí.
Al estar metido en sus pensamientos, no levantó la mirada, causando que accidentalmente chocara con el nuevo médico, que colocó sus manos en la cintura para evitar su caída.
—¿Estás bien? —murmuró el de tez morena con cierto tono de preocupación—. Debes tener más cuidado.
—Eh... Sí, gracias por la preocupación —respondió, subiendo la mirada y notando las pecas que el contrario tenía.
El cirujano también aprovechó la cercanía que tenía con el pediatra para ver mejor sus facciones; miró atentamente sus ojos azules, que lo atrajeron casi al instante. Un carraspeo causó que ambos salieran de su burbuja, haciendo que volteara a ver al dueño de tal sonido.
—Señor Pérez, le presento a Max Verstappen, uno de los mejores pediatras que hay en este hospital —dijo orgulloso Christian; después de todo, él veía a Max como su propio hijo.
—Encantado de conocerlo, doctor Verstappen —saludó, quitando sus manos de la cintura para ofrecerle un apretón de mano con una pequeña sonrisa.
—El placer es todo mío, doctor Pérez —respondió Max, estrechándole la mano.
—Soy Sergio, pero puedes decirme Checo si gustas; no me causa molestia —dijo con confianza, mirando los ojos azules de Max.
Max solo asintió y volvió a ver a su amigo, aunque se llevó una sorpresa al verlo hablar tan alegre con Carlos, hasta que Christian volvió a hablar.
—Max será el encargado de enseñarle todas las instalaciones y su área de trabajo. Nuevamente, bienvenido al hospital, Sergio.
Christian le ofreció la mano y Checo la aceptó, aun sonriendo; al parecer, nunca paraba de hacerlo. Max solo miraba la escena en silencio, esperando para iniciar el recorrido por las instalaciones.
Una vez que Christian se fue, Max empezó a caminar por el pasillo de la mano derecha, donde iniciaría el recorrido. Checo escuchaba atentamente las explicaciones que el neerlandés le daba, sin preguntar nada al respecto, hasta que llegaron al consultorio de Max.
—Ah, y este es mi consultorio, como puedes ver —dijo, sonriendo al ver la placa en la puerta con su nombre y las pegatinas que tenía—. Por dentro es mucho más lindo, o eso dicen los cachorros.
—Deben gustarte estar con los cachorros, ¿no? Digo, para ser pediatra —comentó Checo, mirando los detalles de la puerta— ¿No has pensado en tener uno propio?
Max se quedó en blanco y volvió a ver al de tez morena, que solo lo miraba con curiosidad.
—Lo he pensado, pero primero, no tengo pareja —dijo, levantando uno de sus dedos y luego otro—. Y segundo, siento que tener un cachorro con mi trabajo sería muy complicado, en especial con los turnos de noche.
—Claro, tienes razón —murmuró Checo mientras Max volvía a caminar, reiniciando el recorrido.
—¿Qué hay de usted? ¿No ha pensado en tener un cachorro? —preguntó Max sin voltear a ver al cirujano.
—En realidad sí, pero no he encontrado a la persona indicada —respondió rápidamente, como si estuviera esperando que le preguntara.
Luego de unos minutos, llegaron al área que le correspondía a Checo, especialmente al consultorio de este, aunque él no deseaba que terminara el recorrido.
—Y este sería su consultorio, doctor Pérez —dijo Max sonriendo y colocándose al lado de la puerta con el nombre grabado del alfa—. Espero que se sienta cómodo aquí.
—Estoy seguro de que así será —murmuró como respuesta mientras metía sus manos en su bata—. Fue muy agradable tu compañía, Max; espero volver a encontrarnos.
Max lo miró sorprendido, primero por la confianza que tenía, y segundo porque era la primera vez que le decían eso, lo que le causó una pequeña sonrisa en el rostro.
—Lo mismo espero, doctor Pérez —sonrió levemente el rubio, bajando la mirada y notando la hora que marcaba su reloj—. Ya me tengo que ir; uno de mis pacientes vendrá en unos minutos más... Espero verlo en el almuerzo.
—Lo mismo digo, doctor Verstappen —dijo, siguiendo el juego al neerlandés, haciéndo reír a ambos.
Con un movimiento de manos, Max se despidió y se dirigió al ascensor para ir a su piso correspondiente. En el ambiente quedó algo del olor del omega; casi nada, por los parches de olor que usaba. Era algo dulce, así que Sergio siguió olfateando.
Llegó al punto de sentir el olor de frutos rojos y miel, una rica combinación según él. Además, sintió una pizca de manzana, pero casi no se percibía.
Le gustó el olor; esperaba volver a sentirlo y, tal vez, solo tal vez, con más intensidad que ahora. Con un suspiro, entró a su consultorio, notando algunas cajas, pero no la mayoría; tal vez ya estaban por llegar.
—Bien, Sergio, manos a la obra —dijo para sí mismo, quitándose la bata y subiendo las mangas de su camisa.
