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El sonido que produce la puerta de mi departamento al cerrarse funciona como el punto final de un libro que todo mundo leyó y cuyo título nadie recordará. Una historia con vagos momentos que aparecen en nuestra mente y que no sabemos a dónde pertenecen. Como bonus, su final es tan malo que vivirá en el olvido.
Llevo tantos días apretando la mandíbula gracias a la negación, que ahora me duele relajarla. Mi cara no debe mostrar el mejor de los ánimos, e intentar cambiarla se me hace imposible. Me deshice del buen humor hace semanas, luego de que nos dieran la esperada, pero desgarradora noticia: años de ilusión y proyección fueron reducidos a cenizas. Horas de esfuerzo, de sudor y de cansancio convertidas en polvo. Cuatro sueños, el mío incluido, devastados.
Repetir en mi cabeza las palabras dichas aquel día me revuelve el estómago, y pasa seguido a medida que me alejo del barrio acomodado que pagué a base de la suerte, suerte que ya no me pesa en los bolsillos. Mi cuenta bancaria se acerca a los límites más peligrosos luego de pedir el taxi que me trajo al aeropuerto, en el cual ahora espero que un vuelo cualquiera en un día cualquiera me devuelva a un lugar cualquiera.
Una vida cualquiera.
De una chica cualquiera.
—¿Estás bien, mi niña? —pregunta una señora a mi lado.
Ambas somos las únicas en la hilera de asientos frente al ventanal que da hacia la pista de aterrizaje. Aún falta mucho para el vuelo.
—Sí, sí —asiento para entonces secar la lágrima que iba a medio camino por mi mejilla. Esta marca la manga de mi suéter rosa, oscureciendo la tela.
—¿Segura? Si necesitas algo, dime —me reconforta poniendo su mano en mi hombro y dando un par de palmadas amables.
Lo que menos necesito es hablar con alguien, por lo que verla alejarse para ubicarse en otra hilera de asientos me trae algo de calma.
Si el destino estuviese en mis manos, ni siquiera estaría en este tonto aeropuerto, y mucho menos en una puerta que reza un destino tan soso. Quienes van a Puerto Azul solo lo hacen porque no les queda de otra, o porque se dirigen a la isla de Marselia a disfrutar de sus playas, las de la capital, específicamente. Ojalá ir a la capital de vacaciones, pero ese no es el caso, no el mío.
Es la primera vez que estoy sola en un aeropuerto. Valérmelas por mí misma, administrar todo con antelación, llegar, dejar mis maletas, hacer el check-in, esperar en silencio a la hora de embarque… todo se siente como algo que haría una persona adulta, y lo soy, más no quiero serlo, no aún. Es muy pronto.
Se siente como si aún tuviese dieciocho: una joven chica de pueblo que comenzaba a probar la libertad de la gran ciudad; sin embargo, en un par de semanas cumplo veintitrés, ya no debería desear que alguien más se haga cargo de mis decisiones, o que organice mi vida.
En el fondo quisiera que así fuese, porque en ese caso mis fallos no caerían en mí con tanta fuerza. Habría alguien más a quien culpar.
¿A quién puedo culpar ahora?
Una vez que mis ojos están libres de las lágrimas que amenazaban salir por cuarta vez en el día, abro el libro que traje, creyendo sin mucha fe en que este me distraería lo suficiente como para no pensar en mí, y en lo que me tiene sentada en este asiento metálico e incómodo.
En algo que comenzó cuando yo tenía unos siete años, época donde todo era sencillo, y lo era aún más cuando me sentaba frente al televisor a ver las series que me hicieron idealizar la adolescencia.
Si hay algún culpable por mi estado actual, entonces que sean esos días.
Suspiro, a fin de que el aire dentro de mí se lleve también la ansiedad que revuelve mi interior. Cada segundo que pasa pienso en otra alternativa, aunque ya sea un poco tarde, considerando la cantidad de metros que me separan del suelo. Fue como si, en cuestión de un parpadeo, los minutos de espera se hubiesen vuelto segundos. No recuerdo en qué momento entré al avión y en qué momento este despegó.
Veo por la ventanilla del último asiento del avión cómo no queda otra más que aceptar que los sueños de infancia son eso y nada más.
Como si fuera tan fácil.
Las horas de vuelo solo me recuerdan que no soy nadie. Un niño y su madre sentados a mi lado no paran de discutir. El pequeño quiere ver por la ventana, y la madre le dice que no alcanzó a comprar esos asientos, y que falta poco para llegar. La mujer me pregunta si podría cambiarle el asiento a su hijo, el cual ni siquiera me mira o trata de negociar de esa manera tan divertida que los niños tienen cuando quieren algo. Con la mayor indiferencia amable que me queda, le digo que no. La mujer lo entiende, su rostro me dice que solo preguntaba a ver si su hijo dejaba de insistir. Eso solo provoca que se ponga a llorar.
De haberme comprado audífonos más caros, podría huir de esta situación en su totalidad; sin embargo, la canción que se reproduce en ellos tiene como coro a un niño chillando.
Tuve que esperar horas en Puerto Azul para poder subirme al trasbordador que me dejará en Marselia, la isla donde nací. Es una isla hermosa, sí, pero mientras más te alejas de la capital, menos interesante se vuelve. Yo crecí en Moriad, la segunda ciudad más grande, aunque comparada a otras ciudades del país ya se me asemeja a un pueblo. Al estar del otro lado de la isla, me obliga a tomar un autobús que saldrá en cuanto llegue, si es que los horarios que investigué son correctos. Con eso en mente, debería estar cruzando la puerta de mi casa mucho antes del mediodía.
Ignoro todo lo que sucede dentro del trasbordador y me pierdo en el agua que observo desde la ventana, sentada en una de las salas de descanso a la espera de llegar. No hay demasiada gente, no muchos viajan a esta hora. El mar está tranquilo, el agua está oscura, y el cielo recién está tomando color. Sería una escena vitalizadora, pero en su lugar me clava un puñal en el estómago conforme la forma grisácea en la distancia empieza a volverse Marselia.
La verdadera nostalgia no me golpea ahora, que piso mi isla luego de tantos años fuera. Esa vendrá cuando observe el letrero de ‘’Moriad, la ciudad del amanecer’’, más para eso me faltan un par de horas todavía. Con mis dos maletas camino un par de minutos hasta la estación de buses, que está cerca del puerto. El olor a la sal del mar me abate con fuerza, provocándome náuseas.
Acabo de llegar y ya quiero irme.
Aunque no hay donde ir, eso es lo triste.
El caballero que me atendió en la estación de buses me recordó por qué no puedo odiar este lugar, y es que en Marselia la gente es amable y dulce por default. Años de tratos indiferentes en la gran ciudad contrastan fuertemente con la sonrisa de un anciano que nunca vi antes, y que no volveré a ver; me sonrió como si fuese la última sonrisa que dará en esta vida. Eso no borra mis ganas de pedir un boleto de ida, más añade un trazo de alegría a este día tan patético.
Y ya no me queda dinero.
Intento escuchar música durante el viaje, hasta que me doy cuenta de que estoy harta de la música, y de los juegos de mi teléfono, y de mi vida en general. Si pudiera morirme de forma reversible, lo haría sin dudarlo. Unos meses, nada más; unos días, si es que se puede. Desaparecer un tiempo sano y volver como nueva. En su lugar, ni el ruido molesto que hacen las ruedas del bus contra el pavimento logran callar mi cabeza desesperada, que se desordena a medida que los kilómetros que me separan de Moriad disminuyen.
Entonces veo el letrero, y mis ojos se humedecen. Mi corazón late con fuerza, el estómago se me encoge y, ahora más que en todas las veces que lo he pensado, quiero darme la vuelta y volver a Georgina, a una vida que no funcionó, pero que me asegura evitar muchas caras. En la soledad del bus, que se ha vaciado a medida que ha hecho paradas antes de su destino final, me imagino cientos de escenarios que se ramifican con cada nuevo encuentro inevitable. ¿Qué dirá él? ¿Se reirán ellos? ¿Escucharé algún ‘’te lo dije’’?
‘’Te lo dije’’. Odio esa frase.
Nadie me la ha dicho desde que me fui, solo mi propia cabeza.
«Te lo dije, no dabas la talla»
«Te lo dije, era demasiado bueno para ser verdad»
«Te lo dije, ilusionarse es de idiotas»
No puedo pasar de largo, ni tomar un autobús de vuelta, ni hacer nada más que actuar como una adulta, si es que alguna vez lo he sido.
—Aquí tiene, señorita —dice el caballero al exterior del autobús, el cual me entrega mis dos maletas negras que guardan lo único que me quedó de los últimos cuatro años.
Dos maletas, nada más que eso. Considerando que me fui con una, debe ser algún tipo de recompensa.
Me despido del señor y cruzo la pequeña estación de buses para finalmente salir y que Moriad me golpee con todo lo que tiene.
Una vista hermosa, por supuesto. Estando en este punto alto de la ciudad, puedes observar sus edificaciones, sus plazas, y el mar. Conozco cada calle como la palma de mi mano, es como si hubiese paseado por aquí ayer. Sé que, si recorro toda la avenida principal, primero me encontraré con la tienda de mariscos que mi madre aún hoy en día debe frecuentar. Sin ir más lejos, a un par de kilómetros de aquí se encuentra el centro comercial. Desde la distancia, todo parece seguir justo como lo dejé.
Un taxi para frente a mí. No como los de la ciudad, que están pintados de negro y amarillo, sino como los de acá, que son autos cualesquiera con un letrero que reza la agencia de taxis a la que pertenecen. Agradezco al cielo jamás haber visto la cara del tipo al volante en mi vida, pues ya sería el colmo encontrarme con un conocido en estas circunstancias.
Así como supuse, llegué a Moriad mucho antes del mediodía. Mi madre ha de estar desayunando todavía. El tipo al volante me pregunta qué tal estuvo mi viaje, y contesto por cortesía. No me gusta hablar con desconocidos, no cuando estoy arrancando los pellejos de alrededor de mis dedos para evitar vomitar de los nervios. Observo por la ventana las calles que recorrí de adolescente. El puesto de helados que lleva mil años en la misma esquina, y cuyos precios son tan estables como la salud de la mujer que lo atiende. La tienda donde compré mis primeros tacones, pensando que ellos me volverían una mujer madura —una vil mentira de la televisión—; el restaurante italiano es mejor omitirlo, ¿a quién le importa ese lugar y las cosas que pasaron allí?
La idea de volver me repugna, más la idea de estar aquí no. Si estas fuesen mis vacaciones, excusa que usaré hasta que tenga el valor de hablar con mi madre, mi ánimo estaría por los cielos; no obstante, me vi obligada a estar siendo dejada en el vecindario donde crecí. Hay sentimientos encontrados, se van añadiendo otros con el pasar de los minutos.
—Gracias, tenga un buen día —le digo al tipo del taxi, quien se ofreció a ayudarme con las maletas hasta la entrada de mi casa.
Me negué. En su lugar, le dije que me dejara en la entrada del vecindario que ahora observo mientras el taxista se va. Aquí fue donde di mis primeros pasos, donde tuve mi primera pelea a puño limpio y donde di mi primer beso, las dos últimas cosas con la misma persona, como dato curioso. Me esperan unos dos minutos de pendiente ligera, que luego se vuelven senderos más planos. Arrastrar equipaje hace todo más agotador, pero no falta mucho antes de que me reciba el jardín de mi casa.
Mi casa… ¿de verdad es mi casa?
Cuando la calle se hace plana, pienso en cómo reaccionará mi madre al verme. Es una mujer que en la mayoría de las ocasiones elige la calma, aun cuando está enojada. También es sentimental, lo que de seguro le volverá un mar de lágrimas en cuanto me vea.
Finalmente, llego a la casa de la esquina entre la calle Mirador Alto y la calle Cinco, la misma cantidad de cuadras que he venido arrastrando mi equipaje. La simple casa de la esquina, con un jardín pulcro, un porche donde solía quedarme horas hablando con la misma persona con la que fui capaz de pelearme a golpes y besarme, no en ese orden ni al mismo tiempo; la casa de la esquina, cuyo interior albergó a una soñadora que acabó en miseria.
Hola de nuevo, casita mía. Ningún departamento acomodado de la gran ciudad me dio el ambiente acogedor que espero que aún contengas.
Respiro hondo, suelto el aire, y avanzo hacia el jardín, el cual cruzo pisando su sendero de piedra que me guía en los dos escalones del porche. Dejo mis maletas a un lado y seco mis sudadas manos con la tela de mi falda de jean para así tomar el pomo de la puerta y girarlo. Jamás está con seguro, no si el sol está arriba, a veces ni siquiera de noche.
El aire dentro de mi casa desprende un aroma a desayuno y buena charla, algo en lo que mi mamá es experta. Debe estar con alguien, porque siempre es así. ‘’Los desayunos solitarios son horrorosos’’, dicho suyo que tuve que vivir en carne propia.
—¿Si te quedaban huevos? —pregunta mi madre desde la cocina al final del pasillo, escondida en algún lugar que la puerta abierta no me permite alcanzar.
Eso me dice que estaba esperando a alguien más.
Seguro estaba esperando a Valentine, nuestra vecina del otro lado de la calle, quien tiene su propia casa en la esquina. Son amigas desde que tengo memoria, y en algún punto comencé a llamarle tía.
Elijo caminar en silencio por el pasillo de paredes delgadas que nunca nos hicieron gozar de privacidad. Tengo la mirada fija en la entrada a la cocina; sin embargo, mi vista periférica capta una figura en la sala de estar a mi izquierda, sentada en el sillón frente a la mesa de café que ya está servida con todo lo que conforma un buen desayuno.
Hay pan caliente, un plato con huevos revueltos, tres vasos con jugo de damasco, queso, mantequilla, y un chico mirándome como si la muerte hubiese llegado por su alma.
No lo culpo, verlo me ha dejado así también.
Está a punto de decir algo, mi nombre, de seguro, más su voz es reemplazada por un grito.
—¿¡Maya?!
Volteo de golpe hacia el pasillo, donde ya mi madre está avanzando a paso rápido para acabar abrazándome con tanta fuerza que por poco me tira al suelo.
Dentro de mi sorpresa y mis emociones mezcladas, le correspondo el abrazo, sintiendo cómo las lágrimas de nuevo amenazan con salir. No puedo evitar, no obstante, mirar hacia la sala de estar, hacia el chico que no sabe bien qué hacer con esta situación.
Mi mamá comienza a llorar en mi hombro; entonces ya no me importa que él esté aquí. Lidiaré con eso después.
—¿Qué pasó? ¿Qué haces acá? —solloza, acariciando mi cabello rubio y lacio, look que siempre le dije que deseaba tener—. ¿Por qué no me avisaste? ¡No sé nada de ti hace semanas!
—Lo siento, mamá —alcanzo a decir antes de que mi voz por fin se rompa—. Volví. Ya volví.