Entre el ruido y el silencio
Mi nombre es Olivia, tengo 27 años y llevo ocho años viviendo en Buenos Aires, Argentina. Dejé mi país cuando tenía 19, en busca de algo más, algo que me diera una razón para seguir adelante. La adaptación no fue fácil, pero tuve la suerte de rodearme de buenas personas que me ayudaron a arreglar mis papeles y empezar a estudiar.
Hace tres años me gradué como licenciada en Literatura en Letras en la Universidad Católica de Argentina, un logro que aún me llena de orgullo. Hoy cuento con una comunidad de más de un millón de seguidores en Instagram y TikTok. Aunque, siendo honesta TikTok nunca fue mi plataforma favorita. Supongo que de alguna forma, el algoritmo conectó mis poemas con gente que necesitaba escucharlos. Es irónico cómo a veces, las palabras que salen de lo más profundo de tu alma pueden encontrar un eco en personas que nunca has conocido.
Pero mi vida no es tan perfecta como muchos de mis seguidores podrían pensar. Hace un año, mi madre falleció. Desde entonces, algo dentro de mí cambió. La inspiración que alguna vez fluía como un río ahora es un desierto.
Mi bandeja de entrada está llena de mensajes de seguidores preguntándome dónde estoy, qué ha sido de mí, por qué no he publicado nada nuevo. Intentó responder, pero ¿qué podría decirles? Que estoy atrapada en un bloqueo creativo, que cada palabra que intento escribir se siente vacía, que el dolor me ha dejado sin voz.
No me rindo, aunque hay días en los que siento que lo hago. Hoy se cumple un año desde que la perdí, y el vacío sigue siendo tan palpable como siempre.
Por si fuera poco, decidí mudarme hace unos meses a un departamento en Carlos Pellegrini, justo frente al Obelisco. En mi mente, sonaba como el lugar perfecto: el corazón de Buenos Aires, vibrante, lleno de vida y energía. Pero la realidad es otra.
Los taxis no dejan de tocar sus bocinas, las protestas nunca se detuvieron, y las luces del Obelisco iluminan mi habitación incluso cuando se cierran las ventanas. Es un caos constante.
A veces, me encuentro pensando que fue un error mudarme aquí, especialmente en las noches en que intento dormir y el ruido de la ciudad me envuelve como una tormenta interminable. Sin embargo, hay algo en este lugar que me retiene. Quizás es esa parte de mí que todavía busca inspiración, algo que me saque del letargo en el que estoy atrapada.
Cuando cierro las ventanas y apago las luces, la sombra del Obelisco sigue proyectándose en las paredes de mi habitación. Y en esos momentos, me pregunto si este ruido, esta ciudad caótica, podría ser el estímulo que necesito para encontrar mi voz otra vez.
Este es mi punto de partida. Estoy aquí, atrapada entre el ruido y el silencio, esperando que algo, o alguien, me despierte del letargo.
No es que no me gustara mi familia, al contrario, me encantaba pasar tiempo con ellos. La mayoría de ellos vivían en Colegiales, una zona tranquila de Buenos Aires donde los días pasaban al ritmo pausado de una vida de barrio. Excepto por mi hermano y mis sobrinos, que estaban en Chile.
A veces, cuando el estrés de la editorial se hacía insoportable, consideraba visitarlos. Pero siempre había algo que me detenía: trabajo, bloqueos creativos, compromisos inesperados. Ahora mismo, por ejemplo, estaba atrapada en el limbo de intentar terminar el tercer libro de mi saga, La Eternidad de las Sombras . Nunca he mencionado respecto a mi bloqueo. Hubo ocasiones en las que podía escribir un libro en una semana, como si las palabras me poseyeran, y otras en las que me tomaba años corregirlo.
Mis lectores eran pacientes, pero ansiosos. Querían el final de la saga, y la presión era una constante que me acompañaba todos los días. Fue esa misma presión la que me llevó a visitar a mis tías esa tarde, buscando un poco de calma, aunque terminé encontrándome con algo completamente distinto.
La casa de mi tía siempre tenía ese aroma reconfortante de café recién hecho y pan dulce. Después de un almuerzo tranquilo, sacamos una bandeja de facturas con chocolate caliente y nos sentamos en la mesa para disfrutar del postre.
Mi prima Camila, de 17 años, era otra historia. Siempre había sido un torbellino de emociones, pero hoy estaba especialmente excitada.
—¡Tía, no sabés porque estoy tan feliz! —exclamó mientras movía el teléfono frente a mis ojos como si fuera un trofeo— ¡Viene Isla Ferrara la próxima semana!
Levante la vista, parpadeando un par de veces.
—¿Isla qué?
Camila puso los ojos en blanco, claramente ofendida por mi ignorancia.
—Isla Ferrara, Olivia. Es inglesesa y viene a Buenos Aires en su gira. ¡Compré entradas con mis ahorros!
—¿Y cuándo hiciste eso? —le preguntó, dándole un sorbo a mi chocolate caliente.
—Hace meses. Fue difícil reunirlo, pero conseguí dos entradas. —Se inclinó hacia mí, con una sonrisa traviesa—¿Quieres venir conmigo?
No pude evitar reírme, negando con la cabeza.
—Por supuesto que no. Camila, odio el ruido, y lo sabés. Ni siquiera fui a ver a Justin Bieber cuando estuvo en mi ciudad, y eso fue en mi fase más estúpida de adolescencia.
Camila soltó un bufido y se cruzó de brazos.
—Olivia, la idea de tener gente cerca debería desaburrirte ya. Eres escritora y hay filas de personas esperando por ti para tomarse una foto y que les firmes libros.
—Y aún así, es un sacrificio para mí.
Mi tía, que hasta ese momento había estado revisando algo en su teléfono, alzó la vista.
—Olivia, tendrías que acompañarla. Yo tengo que trabajar esa noche, y no puedo llevarla.
—Puede ir sola. Tiene 17 años, sabe cómo cuidarse.
Mi tía me miró con una ceja levantada, esa mirada que siempre lograba doblegarme. Finalmente, suspiré.
—Está bien, iré contigo, Camila.
Camila dio un pequeño grito de emoción mientras yo me preguntaba qué demonios estaba haciendo con mi vida.
Después de unas horas de charlas y risas, regresó a mi departamento con el estómago lleno de facturas y la cabeza llena de dudas. Ir a un concierto ruidoso no estaba en mi lista de cosas por hacer para encontrar inspiración. Pero no podía decirle que no a Camila. A veces, su entusiasmo era contagioso.
El ascensor estaba esperándome en la planta baja cuando llegué, y entré agradecida por no tener que esperar. Pero antes de que las puertas se cerraran, una joven entró apresurada. Llevaba más de seis maletas enormes consigo, apiladas como si fuera una acróbata.
Mi primera reacción fue pensar cómo demonios había logrado meter todas esas maletas allí.
El espacio se reduce y se siente una leve punzada de irritación.
—Esto es lo más caótico que he visto en el día —pensé para mis adentros, mientras ella luchaba por equilibrar su carga.
De repente, la chica, notando mi expresión, se giró hacia mí con una sonrisa despreocupada.
— Mi jefa es un poco exagerada. —Su inglés era impecable, con un acento europeo que no logré identificar de inmediato.
No supe qué responder. Solo asentí, incómoda, mientras la chica soltaba una pequeña risa y finalmente salió en el piso de mi departamento, dejando atrás el olor a algún perfume caro.
La vi dirigirse al apartamento frente al mío, con las maletas tambaleándose detrás de ella.
—Alquiler temporal —pensé, sacando mis llaves del bolso—Seguro estará unos días y se irá, como todos los demás.
No tenía idea de cuánto cambiaría mi vida. En ese momento, lo único que hice fue cerrar la puerta de mi departamento y pensar en lo mala idea que era asistir a un concierto.








