Para los hermanos Blacksmith

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Sinopsis

"Escúcheme, Sr. Blacksmith. Por favor, escúcheme..." logré decir mientras sollozaba. Pero sus ojos permanecieron fijos en su hermano, que aún yacía sobre mí. Ria Rodriguez acaba de salir de la cárcel tras una condena de seis meses. Y no quiere volver allí nunca más. Se registra en una aplicación para convertirse en una call girl. Y su primer cliente fue el famoso abogado de la ciudad, el Sr. Aaron Blacksmith, quien le promete que volverá a solicitar sus servicios. Encantada por la hermosa experiencia, Ria esperó religiosamente a que él la contactara de nuevo. Y se sintió en las nubes cuando, dos semanas después, un usuario llamado Sr. Blacksmith volvió a realizar un pedido. Pero a quien conoce esta vez es al alcalde de la ciudad y hermano mayor de Aaron, Darren Blacksmith. Sus modales encantadores no permitieron que Ria se negara cuando él le ofrece algo más que ser una "slut". Ria cree que ella tiene el control, pero pronto se dará cuenta de que los hermanos Blacksmith vienen por más de ella. Por todo de ella. Un romance de harén inverso. Un romance con diferencia de edad. Un romance con diferencia de altura. Romance entre una chica latina y hombres ingleses. Romance poliamoroso. La historia tiene menos trama y más escenas candentes. Convirtiéndola en una lectura perfecta para altas horas de la noche. Sumérgete y disfruta.

Estado:
Completado
Capítulos:
55
Rating
4.6 20 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

—No te preocupes, Ria. Que te paguen debe ser la menor de tus preocupaciones. Confía en mí. Este sitio es de fiar. Te doy mi palabra —me dijo Olivia. Pero yo no podía evitar sentir cómo se me revolvía el estómago. ¿De verdad creía que estaba pensando en el dinero ahora mismo? Estaba muerta de miedo por el tipo de hombre al que me tocaría atender esta noche.

Olivia y yo nos conocimos cuando estuve en la sombra. Me echaron seis meses de cárcel por robar en tiendas. Era la segunda vez que me agarraban y no me la pudieron pasar. Nunca supe quién fue mi padre. Mi mamá era una drogadicta y fue un milagro que yo sobreviviera de bebé. Bueno, olviden eso. Sí tuve una abuela. Ella hasta me metió en una escuela. Después de que ella murió, me mandaron al sistema de acogida. Había veces que veía a mi mamá una vez al año. Luego perdí su rastro, hasta que un día me avisaron que había muerto de una sobredosis. Bueno, no fue ninguna sorpresa.

Me decían que si encontraba a un hombre que me mantuviera, ya la tendría hecha de por vida. Pero lo único que conocí fueron puros adolescentes en el sistema y ninguno tenía planes a futuro. Y yo era igual. Yo tampoco tenía ningún plan. Solo me di cuenta de que fui una tonta cuando cumplí los dieciocho y me quedé sola. Al principio, traté de sobrevivir con otras chicas y haciendo trabajos mediocres. Robar me parecía divertido hasta que dejó de serlo y me atraparon.

No supe a dónde se fueron mis amigas. No me contestaron el teléfono después de eso. O tal vez cambiaron de número. Ni siquiera respondieron mis correos. Me acordé de lo que Olivia me dijo sobre su dirección. Ella tampoco era la dueña de este lugar. Vivía aquí con sus amigas. Y cuando vives con putas, tú eres la que sigue.

Mientras cumplía mi tiempo en la cárcel, aprendí que tenía que enderezar el camino. Ya pensaría luego para qué y por qué. Pero por ahora, quería mucho dinero. No iba a volver a robar nunca. No iba a volver a pisar la cárcel jamás. Iba a ganar mucha plata y a comprarme una casa para no tener que preocuparme nunca por la renta.

Al principio, meterme a un club de striptease sonaba bien. Pero los nervios que me dan cuando hay gente no me dejaron. Además, alguien me dijo que, por ser bajita, nunca sería una buena stripper.

Las otras chicas del departamento, Sasha y Miranda, hacen lo mismo que Olivia. Me dijeron que siempre puedo negarme a tener sexo con un cliente si resulta ser un pesado o un asqueroso. Olivia me dijo que siempre confíe en mi instinto. Pero no sabía si sería capaz de hacerlo. Además, no podía dejar de pensar en que las cosas podrían salir muy mal.

Todas las chicas de nuestro departamento tienen también a su cliente habitual. Y yo no puedo evitar querer conseguirme uno fijo yo también. ¿No sería genial? Sería casi como tener una relación. ¿A poco no?

Limpié la mesita donde habíamos estado comiendo. Y empecé a arreglarme. Claro, tuve que pedirles prestadas muchas cosas a las chicas. Casi siempre hablaban de cómo se comprarían su propia casa algún día. Y supongo que eso me ayudó a enfocarme en lo que importaba. Yo era la siguiente. Yo también iba a empezar a hablar de lo mismo.

Me dieron la dirección de la habitación de un hotel. Por la ubicación, era seguro que el hombre sería rico. Las chicas decían que me llevaría una propina enorme. Pero yo seguía nerviosa. Más que nada porque sabía que ellos tienen una forma de darte una calificación. Y eso podía afectar mi trabajo en el futuro. De mis últimos novios y los hombres con los que estuve, ninguno me dijo nunca qué tal era. Solo era sexo. A veces en la casa para que el dueño me diera mejor comida. O con mi novio para que no me dejara.

Pero a partir de hoy, esto sería mi trabajo. Y no quería cagarla. Así que llegué a tiempo. Al apretar el botón del elevador, seguía rogando que me tocara un hombre amable que me hiciera pasar un buen rato, me diera cinco estrellas y un buen vino. O tal vez comida. ¿Cómo podría negarme a una buena comida?

La puerta del elevador se abrió con un timbre y entré. Me quedé mirando mi barriga, que no debería notarse tanto. Creo que debería trabajar en ella. Tenía que hacerlo. ¿Verdad? No estaba gorda de esas que se les cuelga la panza. Pero era algo que podía pellizcar y sentir unos cinco centímetros entre mis dedos. Y, sin darme cuenta, ya me la estaba pellizcando.

Suspiré y apreté el botón del último piso. Sentía una ansiedad extraña que se me subía por el cuerpo. Se abrieron las puertas. Rápidamente vi que había cuatro suites en el piso y busqué la número uno, que estaba al final del pasillo. Toqué la puerta y, unos segundos después, un hombre se acercó a abrir. Estaba muy oscuro adentro y no tuve tiempo de ver bien a la persona que abrió.

Entré y cerré la puerta tras de mí. El hombre prendió las luces y yo solté el aire. Él tenía una botella de vino en la mano y ya se iba hacia lo que parecía una sala con sillones. Jamás me habían cogido en un lugar así. Siempre era en la parte de atrás de una camioneta vieja o en las sábanas sucias de las casas de acogida.

Él era alto y llevaba traje. Ya me estaba encantando cómo olía. Miré sus dedos largos sosteniendo la botella de vino. Imaginaba lo que esos dedos me harían esta noche.

—Ven, siéntate —el hombre se dio la vuelta con una sonrisa, pero al verlo, la mía desapareció al instante. Yo lo conocía. Era el Mr. Blacksmith. Mi profesor de inglés...