C1 El Causante del Fin.
Un joven emergió del tronco de un árbol, atravesándolo como si la materia fuera una sugerencia y no una ley.
Su cabello dorado, ligeramente largo, se agitó con la brisa cuando alzó la cabeza. Tras unas gafas oscuras, unos ojos del mismo color brillaron con una intensidad antinatural: la pupila estaba delineada por un aro luminoso, como si algo antiguo lo observara desde dentro.
Los detalles dorados y el símbolo del árbol grabado en su chaqueta gris reflejaron la luz del sol junto a sus pantalones del mismo color gris. Se detuvo un instante. Observó.
La atmósfera había cambiado de forma brutal.
Había pasado de la majestuosidad viva del árbol a un campo abierto, muerto. El suelo estaba empapado de sangre seca y reciente; el aire era denso, pesado, casi imposible de respirar. El cielo, teñido de un marrón enfermizo, parecía anunciar que la matanza aún no había terminado.
En sus recuerdos, Jurtgenzan había sido hermoso.
Campos verdes interminables. Flores rojas, moradas y rosadas extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista. Árboles de hojas carmesí, erguidos con una elegancia reverente.
Ahora…
todo estaba quemado.
Irreconocible.
Cuerpos yacían esparcidos sobre la tierra. Algunos carbonizados. Otros reducidos a cenizas. Restos de vidas que nadie recordaría.
Hagane se irguió con gracia, sacudiéndose el polvo de los hombros.
—Bueno, bueno… —murmuró—. ¿Qué clase de lugar deprimente es este?
Miró a su alrededor con evidente desdén y abrió los brazos.
—Este sitio necesita urgentemente una renovación de Hagane y Sasha.
—¿Verdad, Sasha?
Los bajó lentamente. Frunció el ceño.
—Ah… cierto.
Dio un paso.
Entonces, algo se movió.
Una distorsión mínima. Sutil. Imperfecta.
Sus ojos se enfocaron en el punto exacto donde el espacio había respirado mal. Su postura cambió de inmediato. La ligereza desapareció, sustituida por una concentración absoluta.
—Gugi —dijo con calma—. ¿Qué pasa aquí?
—Emboscada —respondió una voz infantil y somnolienta dentro de su mente.
—¿Algo relevante?
Un bostezo precedió la respuesta.
—Hay una barrera dimensional.
Una sonrisa apenas visible curvó los labios de Hagane.
—Perfecto. Duerme tranquilo.
Se quitó las gafas oscuras y las guardó con cuidado en el bolsillo.
Ryuga podía ver ahora la magia desplazándose, cruzando el aire como corrientes invisibles. Una visión futura se reflejó en su mirada.
Tres segundos.
El aire se tensó. Una ráfaga mágica cruzó el espacio y rozó su rostro.
—¡Ahora! —gritó una voz entre los árboles calcinados.
Del polvo y las sombras emergieron cinco figuras: tres magos con túnicas rojas, un coloso cubierto por una armadura rúnica y una mujer encapuchada, empuñando dos espadas que cortaban la luz misma.
El cielo se oscureció. Sellos de invocación giraron en el aire, como una tormenta convocada solo para él.
Hagane soltó una carcajada seca.
—Qué poco orgullo.
Los magos conjuraron al unísono.
Fuego cristalino floreció como una explosión viva. Agujas etéreas descendieron en enjambre desde el cielo. El espacio vibró cuando una prisión dimensional intentó cerrarse sobre él.
El coloso embistió con un rugido, hacha en alto, saturada de magia de sangre. A su lado, la encapuchada desaparecía y reaparecía, cada tajo cortando el espacio.
Hagane… simplemente se estiró los hombros.
—Vaya molestia.
Chasqueó los dedos.
Desde el suelo, una onda blanca estalló hacia arriba. Las agujas fueron repelidas como hojas ante un vendaval. El fuego fue devorado por un vórtice oscuro que se retorció hasta desaparecer. La prisión mágica tembló… y colapsó.
—¿De verdad intentan retener a alguien capaz de crear y destruir universos con un chasquido?
Se inclinó, tomó una piedra cualquiera y la lanzó con calma. El impacto fue preciso, brutal. Uno de los magos cayó inconsciente antes de entender qué había pasado.
El coloso ya estaba sobre él.
El hacha descendió.
Hagane la detuvo con una sola palma.
Un segundo después, un codazo lo lanzó por los aires. El cuerpo cayó inerte antes de tocar el suelo.
La encapuchada apareció a su espalda. Su espada se detuvo a milímetros de su cuello.
No por una barrera.
No por reflejos.
Por miedo.
En los Ojos Dorados del Árbol vio su propio reflejo… y el final inevitable.
—¿Y ustedes se hacen llamar guerreros? —dijo Hagane, con una voz fría—. Qué arrogancia pensar que podrían enfrentarse al ápice de todo lo que existe.
Abrió los brazos.
Ascendió.
La gravedad se rindió. Su cuerpo se elevó en cruz, recto, orgulloso, suspendido entre llamas. El cielo ardía en un resplandor anaranjado. Humo y cenizas se alzaban como un altar a sus pies.
Desde abajo, su silueta recortada contra el sol no parecía humana.
Parecía un dios en juicio.
Un aura dorada lo envolvió como una corona solar. Y en el silencio absoluto, su voz quebró el mundo:
—De verdad… todavía hay quienes no lo entienden.
El aire se rasgó.
La tierra tembló.
Los hombres cayeron de rodillas, aplastados por la presión de su existencia.
—¡SOY EL SER MÁGICO MÁS PODEROSO DE TODA LA EXISTENCIA!
La sentencia resonó como un decreto celestial.
Hagane abrió los dedos, dejando solo dos en forma de tijera. Portales se abrieron bajo cada uno de ellos. Los cinco fueron arrastrados sin resistencia a su dimensión de bolsillo.
Silenciados.
Sellados.
Olvidados.
Descendió con calma. Sus pies tocaron el suelo como si regresara al centro de su templo.
—¿Me habré excedido un poco? —murmuró, observando el campo devastado.
Hizo una pausa.
—No importa. Mi Regalo Divino me da la ventaja de llevarlos a mi propio universo.
Se giró con tranquilidad, sacudiéndose el polvo inexistente de las manos.
—No merecen morir. Los liberaré cuando todo esto termine… simples animales.
Bajó la mirada.
—Tú también lo harías, ¿verdad, Sasha?
Y siguió avanzando.
Finalmente alcanzó la escalera que conducía al Altar de Ascensión.
Solo entonces pensó, con una sonrisa breve y cansada:
Me habría divertido más si hubieses estado aquí conmigo…
La escalera de madera ascendía por la ladera de la montaña. Hagane comenzó a subir.
Era una tumba abierta.
Cuerpos cubrían los escalones. Sangre seca, armas rotas y residuos de energía flotaban en el aire como ecos de una batalla perdida. Los rostros de los caídos conservaban el gesto rígido de quienes lucharon hasta el final.
Hagane avanzó en silencio.
En la cima, se detuvo ante el cuerpo de un joven usuario de NecroRuna. Vestía de verde. Aún sujetaba una lanza partida entre las manos. Su rostro era joven. Extrañamente sereno.
—¿Por qué arriesgar tanto por esto? —murmuró.
A su alrededor yacían Gerfeniles y Vanpelusgos en posiciones defensivas. Cuerpos rotos, pero firmes incluso en la muerte. Más allá, los restos destrozados de Vacuvalijes hablaban de una resistencia inútil.
Lo que más recuerdo de los Gerfeniles y Vanpelusgos es la técnica estrella de cada uno: Golpe Tardío y Cuerpo curado. En el idioma de los Gerfeniles, cuerpo curado se dice Dalash Darity.
Hagane se inclinó y cerró los ojos de un Gerfenil caído.
—Esto no fue un sacrificio… fue un desperdicio.
Tomó la lanza rota del joven y la colocó sobre el altar. Inclinó la cabeza.
—No puedo devolverles la vida. Pero su muerte no será olvidada.
Alzó la voz.
—אֱלֹהִים, אור ומלחמה, התחלה וסוף. הגעתי.
El altar respondió.
La luz estalló. Runas giraron en el aire mientras la lanza se elevaba y se reconstruía: el asta del Árbol Interdimensional, la hoja afilada por un resplandor imposible.
Hagane la tomó.
El poder fluyó… junto con un peso amargo.
—Un arma nacida de demasiadas muertes.
Por un instante, no hubo arrogancia.
Solo silencio.
—Sasha… ojalá estuvieras aquí.
Se colocó las gafas oscuras, abrió una grieta del vacío y desapareció.
El altar quedó atrás.
El campo también.
Marcados para siempre por la tragedia.
Cuando Hagane regresó al colegio, atravesando el tronco blanquecino del árbol con la lanza aún en la mano, el hombre que lo había enviado ya lo esperaba. Tenía los brazos cruzados, y la tela negra de su túnica, ribeteada en azul oscuro, caía con una rigidez que delataba impaciencia. Bajo ella, la camisa blanca y los pantalones oscuros no tenían adornos: vestía con la sobriedad de alguien acostumbrado a mandar.
Era alto y delgado; el cabello blanco, casi resplandeciente, enmarcaba un rostro ovalado que no se molestó en disimular su desagrado hacia Hagane.
—¿Qué tal te fue? Espero que todo haya ido bien.. teniendo en cuenta que fuiste tarde.
Hagane no respondió enseguida. Su mirada quedó fija en el vacío. Aún escuchaba los gritos del campo de batalla, aún sentía el peso de la lanza como un recuento silencioso de los que no habían vuelto.
Me siento mal…
Cambia de actitud, Hagane. La muerte es natural. Es el curso de la vida.
Repitió esas palabras en su mente, como si al decirlas lo suficiente fueran a volverse verdad. Intentó pensar en Sasha. Siempre funcionaba. O casi.
Pero el recuerdo no llegó como consuelo, sino como una escena nítida.
Sasha estaba sentada bajo la pérgola cubierta de enredaderas, con una libreta sobre las piernas. Ajena al caos y al peso de los días, su quietud imponía respeto, incluso a él. El sol filtrado entre las hojas iluminaba su cabello castaño, recogido en una coleta sencilla. Fruncía el ceño, concentrada, como si resolviera algo más complejo que una pelea.
—¿Sasha, te apuntas? Voy a una misión súper secreta y peligrosa —había dicho Hagane, exageradamente heroico.
Ella alzó la mirada. Sus ojos grises, tranquilos, se cruzaron con los suyos, y algo en él vaciló, como si ella fuera una constante imposible de reemplazar.
—Lo siento, Hagane. Tengo que hacer unas cosas.
Él dudó un segundo.
—Entonces la misión secreta será un poco más… aburrida.
Se había ido sin mirar atrás. Ella tampoco lo siguió con la vista. Entre ambos quedó un silencio cargado de lo que no se dijo. Ella deseó que él insistiera. Él pensó en que ella le pidiera que se quedara a leer.
Si uno hubiera cedido, el otro habría aceptado.
El recuerdo se desvaneció, y el peso volvió de golpe.
Esta vez pensar en Sasha no bastaba. No lo había acompañado. Y la soledad, lejos de disiparse, se había profundizado.
Hagane bajó la mirada hacia la lanza. Su brillo celestial ya no inspiraba orgullo, sino cansancio: un eco de vidas truncadas. El silencio se alargó más de lo habitual mientras buscaba recomponerse.
Finalmente, forzó una sonrisa y alzó la lanza con un gesto teatral.
—Perfecto, como siempre. No hay desafío que el gran Ryuga Hagane no pueda manejar.
El hombre lo observó con suspicacia, sin rastro de humor.
—Baja de tu nube, Hagane. Lo que está en juego aquí no es un espectáculo para inflar tu ego.
Hagane se llevó una mano al pecho, exagerando una mueca de dolor.
—Qué duro eres, viejo. Pero no te preocupes, te perdono. Vivir bajo mi sombra debe ser agotador.
Sin esperar respuesta, echó a andar hacia su oficina. Su paso, sin embargo, era más lento de lo habitual. Algunos estudiantes lo saludaron al verlo pasar.
—¡Profe! ¿Cuándo nos enseñará su técnica convergente? —gritó uno, entusiasmado.
Hagane alzó la mano con un gesto elegante, recomponiendo la sonrisa.
—Todo a su tiempo, chicos. Aún no están listos para algo tan espectacular.
Cerró la puerta de su oficina y se dejó caer en la silla. El suspiro que escapó de su pecho fue más largo de lo que habría admitido frente a cualquiera.
La lanza, apoyada contra la pared, captó su atención.
Su brillo era impecable. Demasiado.
La observó en silencio.
—Otra misión impecable… —murmuró.