¿Por Qué No Yo? por RossetDLuccy en Inkitt
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¿Por Qué No Yo?

Sinopsis

Para Mikey, cada día que pasa lo acerca más a perder lo que nunca tuvo. Mientras todos se preparan para la boda de Takemichi y Hina, él se encuentra atrapado en una espiral de desesperación y tristeza. Entre sonrisas vacías y promesas no dichas, su mundo comienza a desmoronarse. Con el corazón roto y sin saber cómo seguir adelante, Mikey se enfrenta a la más dolorosa de las verdades: a veces, el amor no es suficiente para salvar lo que está destinado a perderse.

Genero:
Drama
Autor/a:
RossetDLuccy
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Un amor... Una ilusión

Un amor... uno no correspondido.


Me pregunto, mientras mis dedos juegan con el mechón de cabello que siempre cae sobre mis ojos: ¿Me elegirías a mí, sobre ella? Mi pecho se siente pesado; cada latido duele, como si me recordara que la respuesta ya la sé. Miro al suelo, pero mis pensamientos están fijos en ti, Takemitchy. Cada vez que escucho tu voz mencionar su nombre, algo dentro de mí se rompe. Realmente deseo que me elijas.


Te veo a lo lejos, riendo, tus ojos brillando más que nunca mientras hablas de ella. Esa sonrisa tuya... resplandece más que el mismo sol. Intento apartar la mirada, pero no puedo. Mi mano se aprieta en un puño, mis nudillos blancos por la fuerza con la que intento contener lo que siento. El mundo sigue girando a tu alrededor, pero yo estoy atrapado, congelado en este dolor que no deja de crecer.


-¡Hey, Mikey-kun! -me llamas, tu voz resonando con esa familiaridad que me destruye. Mi corazón da un vuelco. Esa maldita sonrisa sigue ahí, como si todo fuera perfecto en tu mundo. ¿De qué estás hablando ahora? ¿De ella otra vez?


No quiero escucharte... No quiero verte... No quiero estar aquí... Pero aun así, no puedo moverme. Estoy clavado en el suelo, como si un poder invisible me obligara a presenciar cada palabra que sale de tu boca. Cada vez que pronuncias su nombre, es como si me estuvieran enterrando vivo, centímetro a centímetro. Y aun así... deseo verte, deseo estar a tu lado, deseo... deseo ser yo quien reciba esa mirada llena de amor que le das a ella.


Mis ojos arden, pero no sé si es por la luz del sol o por las lágrimas que lucho por contener. No quiero que me veas así. No quiero que sepas lo que estoy sintiendo. Pero mi cuerpo me traiciona. Mi respiración se acelera, y trato de disimularlo, girando ligeramente el rostro, como si un simple gesto pudiera esconder el caos que llevo dentro.


-Mikey-kun, ¿qué opinas? -Tus palabras me devuelven al presente. Estás ahí, con esa expresión de expectativa, como si lo que dijeras fuera lo más importante del mundo. Y para ti lo es, porque se trata de ella.


-Se ve... bien, -murmuro. Pero mis palabras apenas suenan, como si no fueran reales. Mis ojos no se despegan de ti, aunque trato de ocultar lo obvio. Miro cómo tus labios se curvan, cómo tus ojos azules brillan con esa maldita felicidad que no puedo tocar.


Tus palabras siguen resonando en mi cabeza: "La amo tanto, Mikey-kun. No puedo esperar para casarme con ella." Esas palabras son como cuchillos que se clavan más hondo con cada repetición. Cierro los ojos, deseando por un instante que todo esto sea un mal sueño. Pero no lo es.


El viento frío sopla contra mi rostro, pero no es suficiente para apagar el fuego que arde dentro de mí, un fuego que consume cada parte de mi ser. Me pregunto, una vez más: ¿Por qué no yo?


Te observo mientras te mueves, casi sin esfuerzo, riendo de algo que no escucho, tu cabello cayendo desordenadamente sobre tu frente. Mi mirada se clava en cada detalle: cómo inclinas la cabeza cuando hablas, cómo tus ojos se iluminan con cada pequeña cosa que dices sobre ella. Mi garganta se aprieta con el peso de las palabras que nunca diré. Si pudiera ser yo... Si pudiera ser yo quien estuviera a tu lado, quien recibiera esas sonrisas y esos gestos que me vuelven loco de envidia.


-Mikey-kun, por favor... -Tu voz rompe el silencio, tus ojos llenos de esa luz que tanto amo y odio al mismo tiempo. Juntas tus manos en un gesto que me golpea directamente en el pecho. -Eres mi amigo. Me encantaría que fueras mi padrino en mi boda.


Cada palabra es como una patada en el estómago. La presión en mi pecho se vuelve insoportable, pero me niego a derrumbarme. Muerdo mi labio, saboreando el ligero rastro de sangre, mientras lucho por mantenerme entero. Trago saliva, pero el nudo en mi garganta no desaparece, y las palabras salen apenas como un susurro entrecortado.


-¿T-tu padrino? -Mi voz tiembla, traicionándome. No puedo evitar que las palabras escapen, como si se deslizaran fuera de mi control. Desvío la mirada, incapaz de enfrentarte, incapaz de mostrarte lo roto que estoy. -Creí que se lo pedirías a Chifuyu.


Te observo desde las sombras, mientras te frotas el cabello con nerviosismo. Esa manera tuya de mostrar inseguridad... cómo deseo que esa inseguridad sea por mí, no por ella.


-Bueno, es que... yo... -Tu voz se quiebra por un segundo, y siento una chispa de esperanza. Tal vez vas a decir algo, algo que no me haga sentir como si el suelo se desmoronara bajo mis pies. Pero entonces completas la frase: -Realmente deseo que seas tú, Mikey-kun.


Y ahí está. Lo que siempre quise escuchar... pero no de la manera que necesitaba. Tus palabras, tan simples, tan inocentes, me atraviesan. Sí, me eliges, pero solo como tu amigo. Solo como tu padrino. Toda la esperanza que alguna vez había albergado, toda la ilusión, se evapora en un suspiro doloroso. Quiero decirte que estaré allí, que siempre estaré allí para ti... pero lo único que puedo hacer es asentir lentamente, incapaz de romper la ilusión de felicidad que llevas contigo.


Mis ojos siguen fijos en ti mientras hablas, mientras sonríes, mientras te emocionas por ese futuro que estás construyendo. Y aquí estoy yo, atrapado entre querer verte feliz y desear que, solo por un momento, me mires a mí de esa manera. Pero sé que nunca lo harás... nunca me mirarás de esa forma, ¿verdad?


Cuando finalmente asiento, tus ojos brillan con una alegría desbordante, y das un pequeño salto de emoción. Pareces tan feliz, como si acabara de decirte algo increíble. Mi corazón, sin embargo, se encoge un poco más. Forzo una sonrisa, tratando de encubrir el caos que se apodera de mí.


-Iré a informarle a Hina. ¡Gracias, Mikey-kun! Ella estará muy feliz. -Tus palabras son como una estocada más, pero asiento, manteniendo la sonrisa forzada. Lo veo darse la vuelta rápidamente, saliendo de mi casa, despidiéndose alegremente de Emma y Draken en su camino hacia la puerta.


El silencio que dejó tras su partida fue ensordecedor. Mis ojos siguieron fijos en la puerta, ahora cerrada, y con ella, cualquier posibilidad de que mis sentimientos fueran escuchados.


Me quedé allí, inmóvil, mientras las paredes de mi mente se cerraban lentamente sobre mí. Lo tienes todo, Mikey. Todos están aquí, vivos. Shinichiro, Emma, Baji, Izana, Kenchin... Todos siguen respirando, todos siguen sonriendo. Los logramos, los salvamos. Takemitchy, más que nadie, se sacrificó para asegurarse de que todos tuviéramos una segunda oportunidad. Yo lo ayudé, lo acompañé en cada paso. Logramos salvar a todos.


Debería sentirme agradecido. Debería estar feliz. Pero no lo estoy. Porque lo único que realmente quiero, lo único que no puedo tener... es a ti, Takemitchy.


El vacío en mi pecho se extendía, devorando todo a su paso. Me apoyé contra la pared, tratando de respirar, pero cada bocanada de aire se sentía insuficiente. Cerré los ojos, esperando que el peso de todo aquello que sentía desapareciera, aunque sabía que no lo haría.


Mis pensamientos vagaron hacia Takemitchy una vez más. Si solo... si solo pudiera ser yo. Si tan solo sus ojos brillaran por mí, si esas palabras de amor fueran para mí. Si tan solo...


Una parte de mí, por más cruel que sonara, quería pensar que Hina no lo merecía. Ese pensamiento me quemaba por dentro, como un susurro oscuro que no podía ignorar. Pero no... Hina es increíble, lo sé. Amable, linda... cualquiera se enamoraría de ella. ¿Por qué no puedo ser ella? ¿Por qué no puedo ser yo quien reciba esas sonrisas, esas palabras, ese amor que derramas por ella?


Sentí que algo se rompía dentro de mí al pensar en todo lo que nunca tendría. Mi pecho se tensó, y el aire que respiraba se volvió más denso, más difícil de absorber. Cada latido dolía más que el anterior. Quizá... si arruino esta línea, él se quede conmigo.


El pensamiento me golpeó con una fuerza que no esperaba. Me congelé, horrorizado por la idea que se había formado en mi mente. Pero al mismo tiempo, no podía ignorarla. No podía negar que algo en mí deseaba que todo se derrumbara. Si esta línea se rompiera, si todo se desmoronara, tal vez... solo tal vez... podrías quedarte conmigo.


Antes de que pudiera hundirme más en esa oscuridad, sentí una mano suave en mi brazo. Me giré, sorprendido por la repentina cercanía de Emma.


-Deberías decirle.


Me tensé al escuchar esas palabras. ¿Decirle qué? ¿Que estaba destrozado? ¿Que lo amaba? Solté una risa nerviosa, tratando de despejar el peso que sus palabras habían depositado sobre mí.


-¿Eh...? ¿Decirle qué? -pregunté, forzando una sonrisa que no alcanzó a mis ojos. Intenté sonar despreocupado, pero el temblor en mi voz me traicionó.


Emma me miró con esos ojos que siempre me desarmaban, llenos de comprensión y preocupación, como si pudieran ver cada grieta dentro de mí.


-Draken y yo lo sabemos, Mikey. -Su voz era baja, apenas un susurro, pero cada palabra resonó con fuerza en mi interior. Me observó en silencio un segundo antes de rodearme con sus brazos en un abrazo suave, como si intentara sostenerme antes de que cayera en pedazos.


No devolví el abrazo. Mis brazos permanecieron pesados a mis costados, incapaces de moverse. Incluso con su calidez envolviéndome, el frío dentro de mí no desapareció. El vacío seguía allí, expandiéndose como una sombra que no podía disipar.


-Sé que te duele... No tienes que guardártelo todo, -murmuró contra mi hombro, su voz llena de compasión. Pero esas palabras, en lugar de consolarme, solo me hicieron sentir más pequeño, más débil. Ella no lo entendía... nadie lo entendía.


Una risa amarga se escapó de mis labios antes de que pudiera detenerla.


-No sé de qué hablas, -respondí, con la garganta apretada por la tensión. Me liberé de su abrazo, dando un paso atrás. -Será mejor que vayas con Kenchin. ¿No tienen una cita?


Emma me miró durante un largo momento, pero no insistió. Sabía que no la estaba engañando, pero también sabía que empujarme no serviría de nada. Sus ojos, cargados de apoyo incondicional, parecían ofrecerme un refugio que no me atrevía a aceptar.


-Estoy aquí, Mikey, -dijo al fin, su voz suave pero firme. -Hina es mi mejor amiga, lo sabes. Pero tú... tú eres mi hermano. Y siempre te apoyaré, en todo. Lo sabes, ¿verdad?


Asentí lentamente, incapaz de responder con palabras. El nudo en mi garganta se hizo más grande, pero no podía enfrentarla, no podía enfrentar a nadie. No cuando sentía que todo dentro de mí se desmoronaba, pieza por pieza.


El sonido de la puerta cerrándose a mis espaldas fue lo único que rompió el silencio. Dejé escapar un largo suspiro, sintiendo cómo la máscara que había estado usando todo el día finalmente caía. Las palabras de Emma seguían resonando en mi mente: "Hina es mi mejor amiga... pero tú eres mi hermano."


---


Pasé la noche en mi habitación, inmóvil, mirando el techo. Mis pensamientos giraban en círculos, atormentándome con las mismas preguntas una y otra vez. ¿Por qué no puedo ser yo? Mis manos se aferraban a las sábanas con tanta fuerza que los nudillos se me volvieron blancos. El nudo en mi pecho crecía día tras día, aplastando cualquier esperanza que intentara surgir.


Shinichiro fue el primero en notarlo. Siempre había sido perceptivo. Al principio, no dijo nada, pero en su mirada se notaba la preocupación, la manera en que me observaba en silencio, esperando que fuera yo quien hablara.


Unos días después, estaba en el garaje, fingiendo estar ocupado. Tenía las manos llenas de herramientas, aunque no estaba arreglando nada en realidad. Solo quería mantener mi mente ocupada, alejar esos pensamientos que me asfixiaban. Fue entonces cuando Shinichiro entró en silencio. Sentí su presencia antes de escucharlo, y supe que mi intento de evitar lo inevitable había terminado.


-Manjiro. -Su voz cortó el aire denso del garaje. Me tensé al escuchar mi nombre, pero no dejé de fingir que trabajaba en la moto.


-¿Qué pasa? -Intenté sonar despreocupado, aunque mis manos temblaban mientras manipulaba las herramientas. No me giré para mirarlo.


Shinichiro se acercó hasta estar a mi lado, su mirada fija en mí, persistente. Fingí no notar su presencia, moviendo herramientas sin propósito, pero finalmente su mano se posó en mi hombro, obligándome a detenerme.


El sonido metálico de las herramientas al caer resonó en el garaje. Me quedé inmóvil, con la cabeza gacha y los hombros desplomados, sintiendo el peso de su preocupación sobre mí. Mi respiración se volvió más pesada, cada inhalación dolía como si el aire fuera una carga.


-No tienes que esconderlo de mí, -dijo, su voz cargada de tristeza y comprensión. Sentí cómo mi pecho se apretaba aún más. Llevé mis manos al rostro, tratando de contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse.


-Todo está mal, -murmuré finalmente, mi voz quebrada. -Nada está bien...


Shinichiro no retiró su mano de mi hombro. Permaneció a mi lado, su presencia sólida, dándome un consuelo que no sabía que necesitaba.


-Es por Takemichi, ¿verdad? -No era una pregunta. Lo sabía. Asentí lentamente, sin atreverme a levantar la mirada. Sentía que si lo hacía, el frágil control que me quedaba se desmoronaría.


-No sé qué hacer, Shin-nii, -confesé con voz trémula. Mi mirada seguía fija en el suelo, mi cuerpo rígido por la tensión. -Lo tengo todo. Todos ustedes están aquí, vivos, a salvo. Pero... él...


Shinichiro permaneció en silencio, dejándome espacio para mis palabras, aunque sabía que lo que decía también le dolía.


-Manjiro, -dijo finalmente, su voz firme pero suave, -no puedes controlarlo todo. A veces, no importa cuánto luches, algunas cosas no están en tus manos.


Sus palabras eran como una bofetada. La ira y la frustración ardieron en mi interior, pero sabía que tenía razón. Siempre la tenía. Apreté los puños, sintiendo la desesperación arder en mis venas.


-¿Entonces qué hago? -pregunté, mi voz apenas un susurro. -¿Solo lo dejo ir?


El simple hecho de decirlo me destrozó. Sentí la furia crecer, desbordarse. Sin pensarlo, arrojé la moto frente a mí con toda mi fuerza. El estruendo del metal al impactar con el suelo fue ensordecedor.


Shinichiro no se movió. Su mirada permaneció fija en mí, tranquila a pesar del caos que acababa de desatar.


Me sentí como una bomba a punto de estallar. ¿Cómo podía dejarlo ir? La pregunta martilleaba en mi mente. No quería la respuesta.


---


Los días se transformaron en semanas, y mientras tanto, los preparativos para la boda avanzaban sin tregua. Me arrastraba de evento en evento, atrapado en una espiral de apariencias y sonrisas forzadas. Takemitchy me llamaba constantemente, emocionado por los detalles, hablándome con esa luz en la voz que tanto amaba.


Cada llamada era una puñalada. Fingía interés, sonriendo cuando hablaba de Hina o del día de la boda, pero cada vez que lo hacía, sentía cómo algo dentro de mí se rompía un poco más. Era como si mi corazón estuviera siendo triturado lentamente, y la esperanza que alguna vez tuve de cambiarlo todo se desvanecía en cada palabra que él pronunciaba.


Por un breve segundo, sentí que mis piernas flaqueaban. Las imágenes de Takemitchy sonriendo, de la vida que estábamos dejando atrás, se desvanecieron como un espejismo que nunca fue real. Las lágrimas amenazaban con derrumbarme, pero en ese mismo instante, el dolor cambió. Se endureció. Se transformó. Todo lo que sentía se congeló en mi interior, convirtiéndose en algo duro y frío. Una llama oscura nació en lo más profundo de mi ser, consumiendo el dolor que una vez me había debilitado.


---


Llegó el día de la boda. El salón estaba decorado con flores blancas y luces suaves, y la alegría falsa llenaba cada rincón. Sentía que me ahogaba en medio de tanta perfección. Todos estaban ahí, sonriendo, deseando lo mejor a los novios, pero yo me sentía como si estuviera a kilómetros de distancia, observando todo desde una realidad paralela.


Observé a Takemitchy mientras ajustaba su corbata con nerviosismo, pero su rostro estaba radiante. Esa sonrisa suya, esa que siempre iluminaba la habitación, pero que ahora parecía brillar solo para Hina. Giré levemente la cabeza y vi a Hina caminar por el pasillo, su vestido blanco ondeando con cada paso. Parecía una visión, perfecta, casi irreal. Emma estaba a su lado, su madrina, su apoyo incondicional. Todo encajaba de manera impecable, demasiado impecable.


Mis ojos se clavaron en Takemitchy. Cada gesto suyo, cada movimiento, me perforaba. Quise gritar, detener la ceremonia, sacudirlo y decirle que no podía hacerlo. Que no podía casarse con ella mientras yo me hundía más y más. Mis puños se apretaron mientras intentaba mantener la calma, pero mi respiración se volvía irregular.


-Mikey-kun, -susurró Takemitchy, con un raro tono de nerviosismo-, gracias por estar aquí. Significa mucho para mí.


Tragué saliva, luchando por mantener el control de mis emociones. Quería gritarle que no estaba bien, que no quería estar ahí, que el simple hecho de verlo al lado de ella me destrozaba. Pero en su lugar, asentí lentamente, con una sonrisa forzada que apenas podía sostener.


-Claro... -respondí con la voz rota, casi inaudible. -Siempre estaré aquí para ti.


Él sonrió, esa sonrisa radiante que siempre me había desarmado. Y mi pecho se apretó un poco más.


Cuando el sacerdote pronunció las palabras finales, y Takemitchy y Hina se dijeron "sí, acepto", el mundo a mi alrededor se desmoronó por completo. El aplauso de los invitados me sonaba lejano, como si estuviera bajo el agua. Vi cómo Takemitchy tomaba la mano de Hina y caminaban juntos por el pasillo, hacia la salida de la iglesia, ya como marido y mujer. Mi mirada los siguió, mi cuerpo completamente inmóvil, incapaz de hacer otra cosa.


Sentí una mano suave en mi brazo. Era Emma.


-Hiciste un gran trabajo como padrino, Mikey, -su voz era suave, cargada de esa comprensión que solo ella podía ofrecer.


-Sí... -murmuré sin mirarla, mi voz vacía.


Emma me estudió por un momento, con preocupación en sus ojos, pero antes de que pudiera decir algo más, me aparté de su mirada, incapaz de enfrentar lo que estaba pasando.


No puedo dejarte ir, pensé, mis manos temblando ahora con más fuerza. Sentí el calor de las lágrimas queriendo formarse en mis ojos, pero las contuve. Mi respiración se aceleraba, y mis pensamientos comenzaron a volverse oscuros, insidiosos.


Observé sus figuras alejándose, y en ese momento, algo dentro de mí cambió. El vacío que había sentido durante tanto tiempo ahora se llenaba con una determinación fría, inquebrantable. Mis ojos se entrecerraron, y sentí que la tristeza que me había consumido se transformaba en algo más oscuro, más decisivo.


Por un breve instante, la tristeza intentó regresar. Sentí que mis piernas flaqueaban y que la desesperación me aplastaba, pero entonces, una llama fría y oscura tomó el control. Todo lo que había sido mi dolor se endureció en una única decisión.


Mis dedos se cerraron en puños con tanta fuerza que las uñas se clavaron en mis palmas, pero no me importaba. No iba a dejar que esto terminara así.


Mientras sus figuras desaparecían en la distancia, una ráfaga de viento frío recorrió el salón vacío. Apreté los puños, notando cómo la sangre comenzaba a manchar mis palmas. No solté el agarre. A partir de ahora, el mundo entero iba a ser testigo de mi caída y de la suya.


Mis ojos, vacíos y oscuros, reflejaban una sola verdad: Voy a romperlo todo. No me importaba lo que tuviera que hacer, ni a quién tuviera que destruir. Todo lo que se había construido en esta línea, todo por lo que habíamos luchado, estaba a punto de desmoronarse. Porque no podía soportar una vida en la que él no estuviera conmigo.


Mientras los observaba desde la distancia, mi decisión estaba tomada. Ellos podían haber construido un futuro, pero yo... yo lo iba a destruir.

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