Lavender Haze
Matsukawa siempre había tenido debilidad por la manera en la que Hanamaki se movía en sus salidas de bares, alcohol y baile, y esa noche no iba a ser la excepción.
Faltaban apenas unos minutos para medianoche y las luces de la discoteca se habían vuelto moradas, incluso tenían aparatos que despedían humo cada cierto tiempo y en ese instante el cuerpo de Hanamaki era acariciado en todas partes por esa bruma convertida en tonos lavanda por la mezcla de los destellos de los reflectores.
Le fue imposible evitar tomar con más fuerza el vaso con licor que tenía en su mano, sentía el ambiente cada vez más caliente y un par de gotas de sudor resbalaban por su cuello.
“Maldición con mi novio”pensaba sin despegar su mirada de Hanamaki.
Por otro lado, Hanamaki adoraba bailar y fluir con la música siempre que podía, tenía un espíritu de los que usualmente llamaban ”libres" y era fiel a sí mismo en ese aspecto, no se veía cambiando esa locura interna, ni con la edad, ni con las situaciones de la vida, simplemente así era él y no le importaba lo que la gente solía decir de él para criticarlo y minimizarlo. Dejaba que dijeran lo que quisieran, igual y con suerte se hacían virales aquellos rumores, quien sabe.
En medio de sus reflexiones se sintió observado y esbozó una sonrisa de autosuficiencia, porque sin necesidad de voltear ya sabía quién era y en qué posición estaba, siempre era lo mismo.
Hanamaki le rogaba a Matsukawa, bailar con él en el instante en que terminaba su primer par de tragos, pero Matsukawa, como el difícil y serio que era, se hacía del rogar y Hanamaki terminaba diciendo algo como ”Tú te lo pierdes, amor”y salía corriendo a la pista a hacer nuevos amigos y bailar como nunca.
Matsukawa se limitaría a estar sentado la siguiente hora tomando y charlando con algún desconocido, siempre lanzándose ambos miradas furtivas y guiños ocasionales.
La siguiente hora la pasaría recargado en la barra, siempre con un vaso en la mano, sin convivir con nadie e incluso algo desinteresado, pero la magia ocurría a medianoche.
A esa hora Hanamaki ya con una cantidad considerable de alcohol recorriendo su cuerpo se movía más sensual y atrevido, se aseguraba de estar en un sitio donde pudiera ver la barra para entonces. Se soltaba y se dejaba llevar aún más, si es que era posible, sabía cuánto le gustaba a Matsukawa verlo.
Matsukawa entonces no resistiría más y después de apretar ligeramente más fuerte el vaso entre sus dedos se dirigiría hasta Hanamaki y lo tomaría de la cintura por detrás, hundiendo la nariz en su cuello, aspirando el agridulce aroma de alcohol y sudor mezclados, sintiendo una bruma extraña de amor subir por sus cuerpos y apoderarse de ellos. Justo como estaba pasando en ese momento.
Matsukawa se aferró con fuerza a la cadera de Hanamaki y se comenzó a balancear contra él en sintonía con la música.
– Siempre puntual, Matsukawa – dijo Hanamaki al sentir el reloj de su muñeca vibrar marcando las 12:00 en punto.
– Ya me conoces – le contestó susurrando contra su oído, provocando escalofríos en Hanamaki.
Se vieron inmersos en ellos mismos, sintiendo sus cuerpos juntarse y tocarse en los lados correctos. Los labios de Matsukawa rozaban el cuello de Hanamaki, provocando que sus rodillas perdieran fuerza poco a poco.
Matsukawa abrió los ojos a mitad de una canción y notó que los colores no habían cambiado y que nuevamente había humo en la pista, bajó la mirada a su novio y la imagen le pareció preciosa, digna de fotografiar y enmarcar. Un sentimiento cálido llenó su pecho, y a pesar de que su juicio estuviera nublado por alcohol y que todo lo que podría pensar en aquel momento era en lo caliente que Hanamaki se veía, pudo articular algunas palabras coherentes.
– Oye, Hanamaki, te amo.
Hanamaki, algo extrañado por el súbito sentimentalismo alzó la mirada encontrándose con un par de ojos admirandolo, podría sonar algo presuntuoso describirlo de esa manera, pero no había otra palabra para la manera en que Matsukawa lo miraba, como si fuera su todo, como si solo existiera él, como si nada de lo que la gente le ha dicho sobre él le importara.
– Yo también te amo, Matsukawa – dijo apenas con un suspiro, atrapando sus labios y besándolo suave y lento, dándose tiempo para saborear los restos de licor en la lengua de su novio y rodear sus hombros, hasta llegar a su cabello y tirar de éste.
Matsukawa se separó un poco y dejó un par de besos más en las mejillas de Hanamaki.
– Te ves precioso con esta luz – le dijo con sus labios rozando aún los contrarios.
– Lo sé – contestó Hanamaki, pero por más confiado que sonara, no pudo ignorar las cosquillas que siempre sentía cada que Matsukawa soltaba alguna cosa así.
– Definitivamente voy a pedir al técnico que solo ponga luces moradas a esta hora y que nunca apague sus aparatos de humo.
Hanamaki rió.
– No es morado, es más tenue, más bien diría que es lavanda.
– Morado, lavanda, lo que sea – contestó Matsukawa volviendo a besar a Hanamaki, los colores no le parecían tan importantes cada vez que sus labios se encontraban con los de él.
– ¿Sabes una cosa? – preguntó Hanamaki jadeando un poco en busca de aire.
– Dime, amor.
Abrió los ojos y se encontró con los de Matsukawa expectantes a lo que fuera que quería decir, y de pronto ya no tuvo tanto valor como un par de segundos atrás. Vacilante, miró hacia un lado, pensando en si no se hartaria de él y sus cursilerias, o si después de todo pensaría que era algo tonto para decir en ese ambiente.
Pero un movimiento lo devolvió a la realidad, Matsukawa lo tomó de la barbilla y lo hizo volver a mirarlo.
– Dime, lo que sea que tengas que decir, me va a encantar por el simple hecho de que eres tú – dijo Matsukawa mirándolo fijamente, intentando suavizar su mirada, que en ese punto se encontraba algo nublada por el alcohol y el humo, pero aún no estaba tan perdido.
El corazón de Hanamaki latió más fuerte, subió sus manos para tomar las que Matsukawa aún retenía en su barbilla.
– Quisiera quedarme para siempre así, en medio de esta bruma lavanda. En este exacto momento contigo. – dijo Hanamaki por fin.
Matsukawa pensó que no podía amarlo más, pero cada día descubría nuevas facetas de él, nuevas cosas, nuevas aficiones. Siempre lo sorprendía y cada vez estaba más seguro de que en realidad, jamás dejaría de amarlo y que con el pasar del tiempo lo haría más aún.
– Yo también – contestó Matsukawa, embelesado aún por el novio que tenía.
La música siguió y el baile también, Matsukawa ya no se movió de su lado en lo que restó de la noche y entre provocaciones y besos ardientes decidieron un par de horas más tarde, que era momento de regresar al apartamento.
Tomaron un taxi y llegaron a su puerta entre más besos y risas, sin soltarse un instante de las manos. Incluso prefirieron hacer maniobras raras para poder sacar la cartera y dinero para pagar el transporte que separarse.
Esa noche terminó como las otras noches de fiesta y alcohol: ambos en la cama, enredados, sin saber dónde iniciaba un cuerpo y donde terminaba el otro, los nombres de ambos siendo llamados entre gemidos y al final, siempre un beso antes de que el sueño los venciera a ambos.

– Maldita sea, Matsukawa, si no apagas tu maldita alarma te juro que te mato – dijo Hanamaki la mañana siguiente, aún tenía la voz rasposa por el reciente sueño interrumpido.
– Perdón, amor, olvidé apagarla anoche – se disculpó Matsukawa mientras intentaba cancelarla con apenas un ojo abierto.
A veces olvidaba quitar algunas alarmas y siempre ocurría en casos inoportunos, como ese día, por ejemplo, que ambos tenían una cruda de los mil demonios sentían su cabeza taladrar con cada sonido.
Se dio la vuelta para encontrar a su novio boca abajo y con la cabeza metida en una almohada. Sonrió ante la graciosa imagen, lo rodeó con los brazos mientras dejaba un par de besos en su espalda y descansaba sobre ella, intentando volver a dormir aunque fuera unos minutos más. Lo último que pensó fue en lo afortunado que era por tener a Hanamaki en su vida.
– Te juro que nunca más vuelvo a probar una gota de alcohol – dijo Hanamaki mientras terminaba su desayuno y tomaba una pastilla para el dolor de cabeza.
– Ambos sabemos que esa es una vil mentira, ¿no? Vas a estar igual la semana que viene, y la que sigue, y la que sigue de la que sigue. – puntualizó Matsukawa con voz divertida.
– Mierda, tienes razón – contestó Hanamaki mientras hacía un sonido exasperado.
Matsukawa soltó una carcajada por lo habitual de la escena, y aunque sonara a que eran unos adictos al alcohol y los bares, en realidad tampoco iban mucho, pero lo que fuera por molestar a su novio en plena cruda.
Ambos se sentaron en el sillón de su apartamento y decidieron ver algo aleatorio en la televisión Mientras dormitaban por ratos, al final ninguno supo de qué fue que trató la película o ¿era un reality?
Entre sueños Matsukawa pudo pensar una cosa, y era que de todas las oportunidades que tuvo en su vida para elegir su futuro, jamás cambiaría el que tenía en ese momento junto a Hanamaki.
Ese día más tarde mientras Matsukawa preparaba la cena y Hanamaki seguía anclado al sillón en medio de un maratón de Harry Potter, porque, según él ”eso le ayudaba mucho para curar la cruda“; pensaba en lo que tendrían que hacer en esa semana.
Ambos tenían trabajos demandantes, Matsukawa era Psicólogo dentro de un centro de rehabilitación, sus días estaban llenos de problemas y continuas horas extras, tenía contacto con las consecuencias de los peores actos del ser humano y continuamente se preguntaba si no podría elegir alguna otra cosa en la que trabajar, pero se recordaba que precisamente el Potterhead de su sillón le había dado el valor que le faltaba para dedicarse a, cita nuevamente ”ayudar a cambiar vidas con tu luz“. Irónico, ¿no? La luz de su vida pensaba que en realidad él era la luz. Qué equivocado estaba.
Ese pensamiento provocó que riera por lo bajo mientras ponía la mesa para cenar.
– ¿De qué te ríes? – preguntó Hanamaki que se había acercado debido al tintineo de cubiertos y platos, además de que su estómago le avisó que era hora de comer.
– Nada, nada, un chiste del trabajo.
–¿Eh? ¿En tu trabajo saben bromear? – continuó inquiriendo Hanamaki, algo curioso por ese extraño acontecimiento.
Las veces que lograba llegar antes que Matsukawa a casa parecía que su energía había sido absorbida de su sistema. Le sorprendía que hubiera risas en un ambiente tan hostil.
– A veces, no siempre. En fin, ¿Ya sabes qué harás esta semana? ¿Tendrás alguna salida? – contestó Matsukawa en un afán de cambiar el tema.
Hanamaki se dedicaba a la fotografía, aunque hubiera estudiado administración de empresas, al final decidió hacer de su hobbie su verdadera profesión. Era un fotógrafo bueno, pues era continuamente solicitado por varias revistas y empresas para cubrir eventos o paisajes, a veces publicidad y otras retratos. Tenía que viajar muy seguido a las locaciones de las sesiones y casi no estaba en casa tanto como a Matsukawa le gustaría, pero no importaba mucho, nada superaría jamás el brillo en Hanamaki cada que llegaba de una sesión y le hablaba sobre ello, sus ojos brillaban y su voz cambiaba a un tono más alegre, era como si su aura resplandeciera en ese momento.
– Están por resolverse dos eventos a las afueras de la ciudad y tengo que visitar 4 oficinas esta semana porque quieren discutir algunos retoques y enfoques para unas revistas. Cosas de papeleo y abogados aburridos también – contestó Hanamaki algo abrumado.
– Oh, ya veo – la voz de Matsukawa decayó un poco, eso significaba que esa semana lo vería menos aún. Prácticamente solo llegaría a dormir. Vaya mierda.
– Oye, no pongas esa cara – Hanamaki camino hasta la silla de Matsukawa, se sentó en su regazo, dejando un beso en la comisura de sus labios y saboreando un poco de salsa de la pasta que se había quedado ahí – A veces así es el trabajo, haré lo posible por llegar a darte un beso de buenas noches por lo menos. Ya sé que no puedes vivir sin ellos – bromeó un poco para aligerar el ambiente.
Matsukawa rodeó la cintura de Hanamaki y enterró su cara contra el pecho de su novio, se sentía un tonto por exigirle más tiempo, pero ese sentimiento de adolescente que necesita amor y atención parecía no abandonar nunca su sistema. Siempre quería más de Hanamaki, más de sus besos, de sus caricias, de su voz, de su presencia. Qué estúpido era.
– Perdón, no pasa nada, solo... ya sabes que me gusta estar contigo – vaciló un poco en decir las palabras siguientes, bajó la atenta mirada de Hanamaki – Es sólo que a veces... quisiera quedarme para siempre así, en este momento contigo.
Las cejas de Hanamaki se dispararon hasta el techo, dándose cuenta de que estaba repitiendo sus palabras de la noche anterior. Su corazón se estremeció y una sonrisa cálida llenó su rostro.
– ¿En medio de esta bruma lavanda? – comentó con tono burlesco.
Matsukawa alzó la mirada un poco y sintió esa conexión con él. Como siempre.
No hubo necesidad de más palabras y continuaron cenando, Hanamaki ya no regresó a su silla y las miradas cómplices no faltaron.

Su semana pasó rápido. Entre casos de abuso, personas en situación de calle y violencia, Matsukawa llegó al viernes pidiendo un descanso a gritos. Cabe aclarar, amaba su trabajo, pero era muy demandante tanto física como emocionalmente. A veces la situación lo rebasaba, y ese era uno de esos días.
Giró el pomo de su departamento exhausto y entró arrastrando los pies, lanzando sus llaves sobre la superficie que fuera, sin fijarse, pero un par de cosas lo hicieron detenerse abruptamente.
Había velas encendidas aquí y allá, esparcidas por la sala de estar del departamento, y en el piso había... ¿Fotos? Sí, fotografías de ellos, desde sus inicios en preparatoria, pasando por la universidad y finalmente de esos últimos años juntos. Matsukawa las iba recogiendo con una mano, mientras que con la otra desabrochaba los primeros botones de su camisa, con cada paso se sumergía en una burbuja de recuerdos, cada fotografía era un pedazo de su vida, un momento efímero capturado por el lente de un aparato desechable que retrataba instantes irreemplazables.
Era como una línea del tiempo, las más antiguas estaban cerca de la puerta y la más reciente estaba en la cama, algo ladeada, como si hubiera sido aventada de último momento, y no era tan profesional como otras, sino que parecía haber sido capturada con un celular por unas manos inexpertas y temblorosas.
Aunque eso no fue lo que lo impresionó, sino el momento en que esa foto fue tomada, exactamente una semana atrás. Era él de perfil, recargado contra la barra de una discoteca con humo y luces moradas a su alrededor, sosteniendo un vaso de licor en la mano.
Una sonrisa comenzó a asomar en su cara, realmente Hanamaki nunca dejaría de sorprenderlo porque incluso bailando y con alcohol recorriendo sus venas, él seguía siendo el principal objetivo de su lente.
No se sorprendió cuando unas manos lo rodearon desde atrás hasta llegar a su estómago y enredarse ahí.
– Sorpresa – susurró Hanamaki en su oído – tuve el presentimiento de que hoy llegarías hecho mierda y organicé algo para ti y tu cabecita vuelta papilla.
– No sé si agradecerte u ofenderme – contestó Matsukawa alzando una ceja.
Hanamaki rió con ganas mientras giraba el cuerpo de Matsukawa hacia él, quedando así de frente y juntando sus frentes.
– ¿Y esta es toda la sorpresa? – preguntó Matsukawa juguetón.
– Malagradecido, nunca más me preocuparé por ti y tu pobre trasero traumado – dijo Hanamaki haciéndose el ofendido y dando un suave golpe en su hombro.
– Oye, no me estoy quejando. Digamos que ya podríamos pasar a la parte donde desenvuelvo la parte final de mi sorpresa y me la como – Matsukawa mordió levemente el lóbulo de la oreja de Hanamaki y le rodeó la cintura con un brazo.
– Sabes a lo que vas, ¿no?
Ambos rieron, Matsukawa pegó más a su novio contra él para que no quedará ni un solo espacio entre ellos y lo besó, primero fue suave y tierno, agradeciéndole el gesto en cada suspiro; después decidió que realmente tenía ganas de él, elevó el ritmo y el agarre en su cuerpo se volvió más agresivo. Lo llevó un par de pasos más hasta la cama y trató de que ambos quedaran sobre ella, como pasaba en las películas.
Pero no fue así.
Hanamaki tropezó con un zapato que olvidó guardar y terminó cayendo de una forma muy cómica con Matsukawa encima de él.
Pronto las carcajadas inundaron el lugar y se acostaron uno al lado del otro, mirando el techo. Perdiéndose unos segundos dentro de sus pensamientos, pero en el silencio, ambos sabían que no había momento más feliz en el día como ese cuando estaban juntos.
– ¿Sabes? Tú nunca has sido de muchas palabras – comenzó a reflexionar Hanamaki.
– ¿A qué te refieres? – preguntó Matsukawa, levantando una ceja, no estaba muy seguro de a donde se dirigía esa conversación.
– Que antes de conocernos y aún cuando ya salíamos juntos, de 10 palabras que yo hablaba, tú sólo hablabas 2 o 3, y eso nunca importó. Me encantaba que parecía que siempre me escuchabas.
Sí, definitivamente Matsukawa no tenía ni idea de a qué quería llegar Hanamaki con eso.
– Bueno, soy así. Y no es queparecieraque te escuchaba, yo te escucho. Siempre. Nunca dudes de eso. – contestó Matsukawa besando los nudillos de Hanamaki
– Nunca te importó lo que decían de mí. Que te absorbía, que era muy demandante, que sería un vago por dedicarme a fotografiar en vez de administrar imbéciles empresas. O que tu familia me haya investigado tan exhaustivamente que te dieron nombres de mis amigos y me hayan acusado de infiel. – la voz de Hanamaki iba perdiendo fuerza conforme rememoraba los malos momentos.
–Oye, ¿qué pasa? ¿Qué va mal? – Matsukawa se espantó por el cambio tan repentino de tema, se removió un poco en la cama y acunó a Hanamaki entre sus brazos.
– Nada, solo saqué todas esas fotografías y recordé varias cosas. Todos decían que sería un desastre en tu vida, no importaba si era responsable, si me apasionaba fotografiar o si era buena persona, al final todos tenían cosas que decir en mi contra. Preguntándome si me comprometería contigo, si solo era una aventura más, algo de una noche e incluso apostando en nuestra contra. Siempre terminaban diciéndote todo a ti, esperando que me dejaras – hizo una pausa para tomar aire, miró a Matsukawa que tenía el ceño fruncido, esperando a escuchar más y determinar qué hacer a continuación. Siempre le habían encantado esos ojos, tan expresivos. Cuando a Matsukawa le faltaban las palabras, eran sus ojos los que hablaban por él. Por eso en ese momento pudo leer en ellos cuanto lo amaba. Alguna vez tuvo miedo de que creyera todo lo que le decían sobre él, pero no más. Ese hombre realmente lo quería, y lo había elegido a él. – Pero, ¿sabes una cosa?
– Dime.
– Tú te lo tomaste maravillosamente. Me elegiste a mí. Ni siquiera les prestaste atención.
Matsukawa quitó el ceño fruncido y lo reemplazó por una expresión cálida, tomó la cara de Hanamaki con una mano mientras acariciaba su mejilla con el pulgar.
– Siempre te voy a elegir a ti, amor, siempre.
Hanamaki sonrió tímidamente y le dio un rápido beso en los labios.
– Estaríamos arruinados si hubiéramos prestado atención a todo aquello, ¿verdad?
– Probablemente sí.
– Qué bueno que no lo hicimos, entonces.
No apartaban sus miradas del otro, en ese momento se necesitaban tanto como respirar. Se volvieron a besar, de una manera profunda, intentando que con cada movimiento de labios pudieran llegar al alma del otro, sanando los remanentes de un pasado problemático, curando antiguas heridas y llenándose de ellos hasta hartarse.
Sus manos fueron recorriendo sus cuerpos con hambre y deseo, oleadas de calor los recorrían de arriba abajo, los suspiros pronto llenaron la habitación y sentían que cada vez querían más. Estaban perdidos en una espiral de amor y deseo, que los iba atrapando más con cada segundo.
Matsukawa intentó acomodarse junto a Hanamaki, pero sintió una textura extraña en su mano. Se separó de Hanamaki para revisar la cama y encontró la fotografía del bar.
Hanamaki extrañado miró hacia donde su novio tenía la vista fijada y se rió.
– No lo pude evitar, te veías tan caliente. – dijo Hanamaki en un tono más grueso mientras con un dedo iba desabotonando la camisa de Matsukawa.
– Nunca dejas de sacar fotos, ni cuando estás alcoholizado, ¿no?
– Me declaro culpable, bla bla bla, más acción y menos palabras – la camisa de Matsukawa salió volando mientras Hanamaki se subía en su regazo y lo miraba desde arriba, recorriendo su pecho, ahora desnudo, con parsimonia.
Matsukawa de pronto detuvo a Hanamaki, tomándolo de las muñecas y mirándolo fijamente.
– Oye, se me ocurrió algo.
Mierda.
– ¿Ah sí? – preguntó Hanamaki algo inseguro, a veces Matsukawa tenía ideas algo inusuales. Y eso que él era lo bastante alocado para no sorprenderse.
– ¿Por qué no nos fotografiamos?
– ¿Qué?
– Sí, aquí y ahora. Ve por tu cámara y guardemos este momento también junto con los demás. No te digo que te desnudes y poses, estaríamos así como estamos ahora. Te ves precioso con esas mejillas rojas y tu cabello revuelto
Bueno, no parecía tan mala idea, después de todo no era tan diferente a lo que hacía en su trabajo.
–¿Estás seguro?
Matsukawa leyó la duda en los ojos de Hanamaki, tomó sus manos y las apretó suavemente.
– Para recordar este momento en el que quisiéramos quedarnos siempre.
Hanamaki lo entendió todo.
– ¿En esta bruma lavanda, Issei?
– En esta bruma lavanda, Takahiro.
Y así entre risas y poses extrañas, temporizadores y flashes tomaron varias fotos, algunas más apropiadas que otras. Se rieron como si fueran unos tontos adolescentes nuevamente y se amaron de la misma manera, de la que sólo esas 4 paredes serían testigo.
Matsukawa pensaba que no había nadie como Hanamaki, y aunque lo hubiera no elegiría a nadie más.
Hanamaki pensaba que Matsukawa alumbraba su vida y era su complemento perfecto.
Un par de días más tarde, una mañana que Hanamaki saldría más temprano que Matsukawa por cuestiones de logística en una sesión de fotos, dejó una sorpresa para Matsukawa. La alarma del pelinegro sonó a la hora habitual, buscando a tientas a su lado, pero al encontrarlo vacío recordó el trabajo de ese día de su novio, suspiró pesadamente para deshacerse del sueño y se volteó un poco al lado contrario para estirarse por toda la cama, pero algo crujió bajo su peso.
Había una foto de ellos, precisamente de aquella sesión improvisada que habían tenido. Se reían abiertamente, Hanamaki tenía los ojos cerrados mientras Matsukawa lo miraba de reojo, ambos estaban sin camisa y la felicidad que irradiaba esa foto era casi palpable. Estaba retocada en tonos morados y lavanda, difuminada a los lados como si estuvieran rodeados de humo.
Tenía una nota al reverso en lo que Matsukawa pudo identificar como la letra de Hanamaki.
I just wanna stay in that lavender haze.
Te amo.