a tus pies.

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Hace una semana de que Bethany descubrió la infidelidad de su esposo. Un matrimonio de 10 años tirado a la basura aunque, en realidad, ese terminó siendo el menor de los problemas...

Genero:
Drama
Autor/a:
divịnnelay
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

noche fría, sueños de papel.

Y ahí estaba, sentada al borde de la cama contemplando el vacío con la esperanza de que me diera una respuesta.

La ventana abierta elevaba la cortina llenando de una fragancia nostálgica la noche. Comenzaron a enfriarse mis mejillas pero nada podía compararse con el frío que sentía en el pecho.

No era capaz de llorar, quizá porque aún ni siquiera lograba procesar por completo.

Habian pasado diez años desde que, frente al altar, dije su nombre jurando amarlo por el resto de la eternidad.

¿Dónde estaba esa Bethany ahora? La Bethany que podía mirar el abismo sin pedirle ayuda.

Me pasé una mano por el grasoso cabello y eso me llevó a pensar en una ducha y en los problemas que resuelve estar bajo el agua.

Bajo la regadera, me puse a pensar en lo jodido que era sentir que no tienes a nadie, cuando nunca en tu vida has estado sola.

Ni siquiera pude ducharme en realidad, pasé unos minutos en el agua fría y luego me envolví en la toalla.

Regresé a la esquina segura de mi cama y me permití desahogarme por primera vez en siete días.

Lloré como si nunca lo hubiera hecho. Lloré como si perder a mi padre no me hubiera dolido tanto. Lloré como si estar viva no representara de por sí un gran dolor.

Me tiré en el suelo y abracé mis rodillas. Ojalá existiera forma de elegir en qué momentos si existir.

Sin ser consciente, me quedé dormida en la alfombra. Desperté de madrugada con un fuerte dolor de cabeza.

Me levanté a cerrar la ventana y por fuera pude verlos a ellos, pude verla a ella.

Su cabello era rubio y rizado, no podía verle el rostro pero no hacía falta hacerlo para poder ver lo hermosa que era. Parecía un bello reloj de arena por su forma, color y elegancia minimalista. Yo en cambio era un viejo y oxidado reloj de pulsera de cuero que en alguna época fue bello.

Él parecía amarla. Podía ver como la abrazaba, cómo la tocaba, la pasión y ternura con que la besaba. Era como si de pronto se hubiera transformado en un hombre amoroso.

Cerré la ventana y me recosté en la cama, varias lágrimas salieron de mis ojos al pensar en las porquerías que hablaba de mí con sus amigos diciendo que le daba asco mi cuerpo, que yo ya no era la mujer con la que se había casado, que si no fuera por lo difícil que era el papeleo, él sin dudas me cambiaría por una rubia que si pudiera darle hijos.

¿Una rubia?, entonces él siempre lo supo.

No pude resistir y volví a asomar la cabeza por la ventana. Los vi despedirse y la vi a ella entrar a la casa de enfrente con su cadereo particular. Antes de entrar por la puerta, volteó la cabeza y, sonriendo, le envío un beso a mi marido. Maldita zorra. Pero, Dios, ella tenía todo lo que a mí me faltaba.

Edwar le devolvió el gesto y cuando ella entró a su casa, el buscó sus llaves para entrar a la nuestra.

Corrí a ponerme un camisón de dormir al recordar que solo traía emcima la toalla pero él entró a la habitación antes de que pudieea estar vestida. Me encontró semi desnuda con el cabello revuelto y, sin saber exactamente cómo, terminamos enredándonos toda la noche.

Su cuerpo y el mío estaban juntos otra vez. Me volví a sentir como su mujer, como la Bethany que él deseaba cuando nos conocimos. Como la mujer que le era atractiva todavía. Como la mujer que le inspiraba caricias llenas de amor y deseo. Como la que alguna vez fui.



A la mañana siguiente, cuando abrí los ojos, Edwar ya se había ido. Y entonces, lo entendí.

Yo no había dejado de producirle asco, él solamente era un hombre caliente que no había podido esartarle el miembro a la mujer que de verdad deseaba así que, como premio de consuelo, estaba yo.

Sentí asco de mí misma y ahora sí tomé una ducha de verdad.

Me alisé el cabello y me puse un sastre para ir a trabajar. En el auto me puse labial y al verme en el retrovisor, me di pena.

Tenía unas ojeras pronunciadas y la arruga en mitad de la frente delataba mi estrés. Tenía las cejas sin depilar desde hacía al menos un mes y ni hablar del bozo. Al menos había logrado ponerme perfume.

Encendí el auto e inicié mi día. Durante todo el camino no pude evitar pensar en los mensajes de texto que seguro se estarían enviando y en los planes que harían para esta noche.

Todo el día estuve recordando la escena de la madrugada donde se demostraban afecto en mi cara. Como novios adolescentes llegando a casa en mitad de la noche. Las risas nerviosas, los besos, la despedida. Tal como si fueran de la misma edad. En el fondo, lo que más me causaba repugnancia es que anduviera con una chica al menos quince años menor que él. Podría ser su hija. Aunque claro, si eso fuera, yo no sería su mamá. Mi estúpida matriz decidió ser inútil.

No pude evitar recordar en el almuerzo la ilusión que me daba casarme con él, lo mucho que admiraban todos al novio tan increíble que tenía. Dulce, detallista, amoroso, guapo y con un carisma sin igual que jamás se atrevería a decir con sus amigos que yo solo era una gorda de mierda y que solo estaba conmigo por pena. ¿Dónde estaba mi Edwar? ¿Dónde estaba yo?

Por la tarde apagué el computador en la oficina y, mientras esperaba que la chatarra aquella decidiera apagarse, Edwar decidió enviarme un mensaje: "No me esperes a cenar. Besos." El único maldito mensaje de texto que se había dignado en enviarme en todo el día y solo era una confirmación de su infidelidad. Seguro pasaría la noche con la Señorita Reloj de Arena y sus pechos prominentes.

Le respondí con un mensaje poco menos ambiguo que el de él y salí de la oficina.

Me esperaba otra noche sola comiendo comida congelada, escuchando el ruido escalofriante del refrigerador y oliendo el palo santo que decidió poner para ahuyentar las malas vibras del hogar en lugar de ir a terapia para mejorar nuestro matrimonio. Seguro un puto incienso era lo que nos hacía falta.

Me calenté el espagueti chino y el pollo caramelizado que había pedido el día anterior. Me senté frente a la pantalla a ver noticias y tiré a la basura el incienso de porquería.

No tengo nada en contra de los inciensos, solo me provocan náuseas y, de hecho, me provoca mas náuseas saber que él siempre lo ha sabido.

Tiré a la basura la caja del espagueti junto con la mitad del pollo caramelizado. No sé porqué diablos lo compro si siempre lo termino tirando. Quizá porque siempre ingento darle una segunda oportunidad a lo qie sé que no va conmigo. Lo mismo hice el año pasado con el vestido azul de encaje que Edwar me regaló por mi cumpleaños. Me lo puse más veces de las que hubiera querido y terminé metiéndolo en la caja de donaciones. No quería deshacerme de él pero un día la vi a ella con un vestido azul de encaje y recordé que, en realidad, él sabe que a mí nunca me han gustado los vestidos azules de encaje.

Me lavé la cara y los dientes. Mientras me pasaba el hilo dental, recordé cuando discutimos porque él decía que yo me gastaba todo el hilo dental en una semana. Esa fue la primera de muchas peleas por cosas insignificantes que me hicieron ver que mi matrimonio ya había acabado.

Me fui a acostar con dolor en el estómago y a los cinco minutos me levanté por una pastilla cuando creí que en realidad no la necesitaría y que el dolor al final cedería. Otra maldita costumbre mía.

Me quedé dormida con las gafas puestas lo que, desgraciadamente, me hizo tener que despertar en la madrugada. No pude autocontrolarme y fui a verlos despedirse tras la ventana.

Se me salieron un par de lágrimas e intenté recordar la última vez que lo vi sonreír así. Como si volviera a amar.