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PROHIBIDO AMARTE

Sinopsis

Desde que nuestras vidas se cruzaron, Han y yo nunca nos llevamos bien. Él es arrogante, frío y siempre sabe cómo sacarme de quicio. Yo no me quedo atrás. Discutimos, nos desafiamos, nos evitamos... pero, por alguna razón, no podemos ignorarnos.

Genero:
Romance,Drama
Autor/a:
Melanith
Estado:
hace 2 años
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

1 inicio

-¿Qué miras?-solté, sintiendo su presencia en la puerta de mi habitación.


-Solo me pregunto cuánto tardarás en desordenar todo -respondió con una sonrisa de lado.


Cuando mi madre me dijo que se casaría con el padre de Han, supe que mi vida se convertiría en un completo desastre. Y no porque él fuera un delincuente o algo así... sino porque simplemente era Han.


Rodé los ojos y seguí guardando mis cosas. Han siempre tenía que decir algo, como si su misión en la vida fuera molestarme.


-Podrías hacer algo más útil en lugar de estar ahí parado.


-¿Como ayudarte? No, gracias. Ver cómo luchas con esa maleta es mucho más entretenido.


Lo fulminé con la mirada mientras él se reía por lo bajo. Así era siempre: carismático con todos, pero conmigo... diferente. No frío exactamente, pero sí molesto. Le encantaba provocarme, y lo peor era que yo siempre caía en el juego.


-Por cierto, ¿ya elegiste dónde sentarte en la mesa? Porque ese lugar también será mío.


-¡Han!


Se echó a reír y salió antes de que pudiera lanzarle algo. Resoplé, frustrada. ¿Cómo alguien podía ser tan insoportable y, al mismo tiempo, tan...? No. No iba a terminar esa frase.


Suspiré y volví a concentrarme en mi maleta. Apenas llevaba unas horas en esta casa y ya me sentía agotada.


Bajé a la cocina para tomar agua y, para mi desgracia, ahí estaba Han, sentado en la encimera, comiendo unas galletas como si nada.


-Espero que esas no sean mías -dije, cruzándome de brazos.


-¿Tuyas? -Se llevó otra galleta a la boca y sonrió con burla-. No vi tu nombre escrito en ellas.


-¡Porque nadie le pone nombre a unas galletas, Han! -exclamé, exasperada.


-Bueno, entonces técnicamente son de todos... y yo llegué primero.


-Tienes cinco segundos para devolverlas antes de que...


-¿Antes de qué? -Levantó una ceja, divertido.


Me acerqué con intención de quitárselas, pero en un movimiento rápido, agarró la bolsa y la levantó por encima de su cabeza.


-¿Quieres una? Salta.


-Eres un idiota.


-Gracias, lo intento -respondió, dándole otro mordisco a una galleta.


Lo miré con el ceño fruncido. Me sacaba varios centímetros de altura, así que sabía que no llegaría, pero aún así me lancé para alcanzarlas. Justo cuando estiré la mano, él hizo un leve movimiento hacia atrás y... crash.


Las galletas se fueron al suelo.


Han me miró, yo lo miré a él y luego a la bolsa en el suelo.


-Vaya, qué torpeza la tuya -dijo con fingida tristeza-. Las pobres galletas no lo merecían.


-¡Esto es tu culpa!


-Yo solo estaba compartiendo. Eres tú quien tiene problemas con la convivencia.


Resoplé, dándome por vencida. Lo peor no era que me quitara mis cosas, ni que se burlara cada vez que podía. Lo peor era que, a pesar de lo mucho que me molestaba, había algo en su sonrisa-esa maldita sonrisa-que hacía que mi enojo nunca durara demasiado.


Me agaché para recoger las galletas del suelo, refunfuñando. Han, en cambio, se quedó mirándome con los brazos cruzados, como si estuviera evaluando mi reacción.


-Sabes, si quisieras otra bolsa, podrías pedírmela con amabilidad -dijo con su tono despreocupado de siempre.


-Claro, Han. Como si fueras una persona razonable.


-Lo soy... cuando me conviene.


Le lancé una mirada fulminante, pero él solo sonrió, disfrutando de mi frustración. A veces pensaba que se alimentaba de eso.


Me levanté y dejé lo que quedaba de las galletas en la mesa. Iba a salir de la cocina cuando sentí que me jalaba de la sudadera, deteniéndome.


-Toma.


Me giré y vi que me estaba extendiendo otra bolsa de galletas.


-¿Qué? ¿Ahora sí sientes remordimiento? -pregunté con desconfianza.


-No. Solo no quiero que vayas por ahí lloriqueando porque te dejé sin galletas.


-Qué generoso de tu parte -dije con sarcasmo, pero aun así tomé la bolsa.


-Lo sé -respondió con una sonrisa satisfecha.


Me di la vuelta para irme, pero entonces lo escuché decir, en un tono lo suficientemente alto como para que lo oyera:


-Pero ya sabes... voy a querer algo a cambio.


Me detuve en seco y lo miré por encima del hombro.


-¿Algo como qué?


Han se encogió de hombros.


-Ya lo decidiré después.


Negué con la cabeza y seguí mi camino. Lo decidiré después, repitió mi mente con burla. Lo que significaba que tarde o temprano, Han haría algo para fastidiarme.


Y lo peor era que, por alguna razón, una parte de mí ya estaba esperando cuál sería su siguiente movimiento.


Al día siguiente


bajé a desayunar esperando un poco de paz, pero claro, eso era demasiado pedir cuando Han estaba cerca.


-Buenos días, dormilona -saludó con su sonrisa de siempre mientras se servía café.


-No me llames así -gruñí, sentándome.


-¿Por qué no? Es la verdad. Ya casi es mediodía.


-Son las siete de la mañana.


-Exacto, mediodía en horario de vagos.


Le lancé una mirada asesina, pero él solo se rió y se sentó frente a mí con su taza de café. Lo ignoré y me serví cereal, disfrutando de unos segundos de tranquilidad... hasta que sentí su mirada fija en mí.


-¿Qué? -pregunté sin mirarlo.


-Nada -respondió con un tono demasiado inocente.


Masticando con cautela, lo miré de reojo. Han tenía esa expresión que siempre ponía antes de decir algo molesto.


-Solo pensaba en lo que me debes.


Dejé mi cuchara en el tazón con un clank.


-¿Disculpa?


-Las galletas de ayer. Te dije que querría algo a cambio.


Suspiré, masajeándome las sienes.


-Está bien, ¿qué quieres?


Han apoyó un codo en la mesa y me miró con una sonrisa traviesa.


-Déjame copiar tu tarea de historia.


Solté una risa incrédula.


-¿Eso es en serio?


-¿Por qué no? Yo te di galletas, tú me das respuestas. Es un intercambio justo.


-No, Han. Haz tu propia tarea.


-Lo intenté. Pero el problema es que... no quería.


Negué con la cabeza.


-Eres un caso perdido.


-Lo sé. Pero un caso perdido con galletas de sobra.


-¡Eso ni siquiera tiene sentido!


Me levanté con mi tazón y caminé hacia el fregadero, pero antes de salir de la cocina, lo escuché decir:


-Ya lo verás, Arin. Algún día harás algo por mí sin que tengas que deberme nada.


No respondí. Pero por alguna razón, sus palabras se quedaron en mi mente más de lo que me gustaría admitir.


CONTINUARÁ


holi, aquí el primer capítulo de mi segunda historia, espero les guste y disfruten.



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