A las seis de la mañana, el despertador de Carlos sonó como una alarma de evacuación, pero no era la alarma lo que lo despertó. Se había despertado solo, como siempre. Los que tienen el sueño liviano no necesitan relojes, y los que tienen preocupaciones, menos.
Se quedó un rato mirando el techo, donde la humedad dibujaba formas abstractas. Podría haber sido un test de Rorschach, pero en su caso, siempre veía lo mismo: un agujero negro que se lo quería tragar. Hoy tenía entrevista de laburo, la primera en meses.
Se sentó en la cama y sintió cómo la madera crujía. Tenía que moverse con cuidado, porque si se tiraba de golpe, una tabla se salía de lugar y metía el pie en el vacío. La baldosa floja al lado de la puerta ya estaba esperando para atraparlo, pero la esquivó con la precisión de quien lleva años viviendo en la misma trampa.
Su casa era una casa en los papeles. En la práctica, era una colección de cosas a medio arreglar: una pared con agujeros que dejaban pasar el viento, una ventana remendada con cartón y cinta y un perro que dormía donde no llovía adentro.
El perro le movió la cola con ganas. Pobre bicho, siempre con la oreja caída y un ojo lagañoso, pero con el entusiasmo de un animal que no conoce la decepción. Carlos le rascó la cabeza y se arrastró hasta el baño.
Probó la canilla. No salió ni aire.
Mi primo Carlos es un tipo sin suerte.
Se mojó la cara con el agua que había en un balde y se miró en el espejo descascarado. Se acomodó el pelo, que se rebelaba en una onda imposible de peinar, y se puso la camisa menos arrugada, los zapatos gastados pero lustrados, y la frente en alto.
En la cocina, la heladera estaba tan vacía que hacía eco. Encontró una galletita vieja en un paquete abierto, la masticó sin entusiasmo y salió. Era un día importante.
Había encontrado el aviso en la sección de clasificados, en un diario viejo que su mamá usaba para cubrir la mesa. “Se busca asistente administrativo. Sueldo digno. No se necesita experiencia”.
No tener experiencia era lo único que Carlos tenía.
En la parada, vio venir el colectivo y sintió, por un segundo, que las cosas arrancaban bien. Pero cuando levantó la mano, el chofer lo miró y pasó de largo.
Mi primo Carlos es un tipo sin suerte.
Esperó media hora más. Subió al siguiente, que venía lleno. Viajó apretado contra la puerta, oliendo el aliento matinal de un señor de bigote.
Una parada antes de bajarse, el colectivo frenó de golpe y alguien le volcó un café en la manga de la camisa. Carlos miró la mancha marrón, suspiró y ni se molestó en limpiarla.
Bajó en el centro y caminó las cuadras hasta la oficina. Un edificio grande, de vidrio, de esos donde la gente entra sonriendo y sale con cara de amargura. En la recepción, una mina con anteojos y cara de aburrida lo miró con desconfianza y le hizo un gesto para que espere. Y esperó. Media hora. Una hora. Una hora y media.
Cuando por fin lo llamaron, entró a una oficina que olía a café y aire acondicionado. Del otro lado del escritorio, un tipo de traje lo miró con una mezcla de desgano y sospecha.
—¿Por qué querés trabajar con nosotros?
Carlos tragó saliva. Porque necesito la guita, pensó. Porque no tengo un mango, porque me quiero ir de casa, porque estoy harto de no llegar a fin de mes.
—Porque quiero crecer profesionalmente —dijo, con la mejor sonrisa que pudo.
El tipo le agradeció con un gesto de cabeza y lo despidió con la mano. Carlos supo en ese momento que la respuesta correcta era otra.
Salió del edificio con la misma cantidad de trabajo que cuando entró: ninguno. Caminó hasta la parada sin apurarse, como quien ya no tiene nada que perder.
Quiso prender un cigarrillo, pero el viento se lo apagó tres veces antes de que pudiera darle una pitada.
Mi primo Carlos es un tipo sin suerte.
Volvió a casa cuando ya estaba oscureciendo. Subió los escalones rotos de la entrada y el perro lo recibió moviendo la cola como si fuera la primera vez que lo veía en la vida. En la cocina, su madre y su hermana lo esperaban con una torta medio deforme, pero con velitas prendidas.
—Feliz cumple, Carlitos —dijo su vieja con los ojos brillosos.
Carlos se quedó quieto. Ni se había acordado. Miró la torta, al perro, a su familia, a la casa con olor a humedad, y por primera vez en el día sonrió de verdad.
Capaz que sí, capaz que las cosas nunca le salían bien. Pero esa noche, con esa torta hecha con lo que pudieron, con la gente que lo quería, con ese perro que lo miraba como si fuera el mejor tipo del mundo, entendió algo.
Y yo también, que mi primo Carlos es un tipo con mucha suerte.