Prólogo
Hace muchos años atrás, sus compañeros y él fueron castigados por los dioses al cometer el error más grande de sus vidas. Ellos le robaron la preciada caja a Pandora y, seducidos por un viejo amigo, terminaron por abrirla liberando así a los demonios.
Como castigo, los dioses encerraron un demonio en cada uno de sus cuerpos. Ahora son inmortales, mucho más fuertes que antes y cargan con un compañero no deseado, al menos la gran mayoría.
Él, Bakugo Katsuki, se lleva muy bien con su demonio, Ira, quien sorprendentemente no es como Violencia, el cual ataca a todos a la más mínima provocación; su compañero otorgado por los dioses ve los pecados cometidos y al nivel de estos, es el castigo que recibirán.
Tardó muchos años en entenderlo, pero ahora que lo entiende se ve obligado a permitir que Ira castigue a unos cuantos pecadores para no perder la razón y así, no atacar a sus amigos que se han vuelto su única familia.
En lo alto de un edificio, suelta un suspiro y echa la cabeza hacia atrás, observando con atención el cielo azul que aquella despejada mañana le otorga. Con los años la humanidad ha evolucionado tanto, pero sigue siendo igual de idiota: guerras, enfermedades, pobreza... ¿cuándo entenderán?
Entrecierra los ojos al ver un destello rojo surcar el cielo, ladea un poco la cabeza y al prestar atención, mira con sorpresa el ángel que cae en picada. Se pone de pie, listo para la batalla, pues demonios y ángeles no se llevan bien, sin embargo, aquel ser alado no se dirige a él ni siquiera pasa cerca, sólo aterriza en otro edificio con un par de aleteos suaves.
Esta cruzando la calle, ¿lo había hecho apropósito? ¿Ha deparado un poco en él? El ronroneo de Ira lo hace fruncir el ceño, ¿Qué carajo le pasaba? ¿Se encontraba cautivado por el ángel?
Hace una mueca, flexiona las piernas y observa con atención al ángel, en aquellas emplumadas alas no divisa ninguna de color y eso le da un poco de alivio, pues significa que no se trata de un serafín, los cuales están capacitados para la guerra y destrucción de toda criatura salida de los infiernos.
Entonces, si no se trataba de uno, qué hacía en la tierra. La camisa blanca de manga larga parece estar diseñada para usar las alas sin rasgar tela o perder movilidad, el jogger de igual color le ha de otorgar libertad y al ver sus pies descalzos, no puede evitar que una sonrisa se dibuje en sus labios.
Su vestimenta es tan simple y cotidiana, pero aquel llamativo cabello sin duda llama la atención, entonces ¿a qué ha bajado con los mortales?
Las grandes y emplumadas alas se retraen y se ocultan de su vista, algo que hace a su demonio lloriquear, como si de un niño al que le han quitado su dulce se tratara. Sacude la cabeza ante eso, sin embargo, ese movimiento le cuesta perder de vista al ángel y no duda en ponerse de pie, recorriendo con sus ojos todo a su vista. No sabe por qué, pero lo quiere seguir viendo.
Baja de aquel edificio lo más rápido que sus piernas le permiten; sí, es inmortal, pero se cansa, también puede resultar gravemente herido y torcerse el tobillo si pisa mal, dos de sus compañeros lo saben mejor que nadie.
Al llegar a las calles de la ciudad de San Francisco, mira a ambos lados y al divisar el cabello rojo, no duda en acecharlo. Lo sigue lo más cerca posible, pero lo suficientemente retirado para ocultarse si llegase a girar. Sólo lo hizo dos veces, así qué: el ángel es un idiota o simplemente él es muy bueno en lo que hace.
Desde su posición puede notar que el ángel posee musculatura, no algo abrumador, pero sí es llamativo, igual que el color de cabello; su color de piel es tostado, algo que logra divisar gracias a que la camisa posee un escote de espalda (nunca creyó que eso fuera sexy hasta que lo vio en quien sigue) como si hubiera pasado mucho tiempo bajo las caricias del sol, lo cual es comprensible si se tiene en cuenta que se trata de un ser alado divino.
Entrecierra los ojos al verlo tomar lugar en una mesa fuera de una cafetería, lee el nombre del local y alza una ceja ante tan peculiar coincidencia: “Dulce Encuentro”, en su vida (la cual es de muchos, muchos años) jamás había escuchado de ella.
Los músculos se le tensan al ser capturado con la celestial mirada, una que no creyó encontrar en los cielos: rojiza, como un acalorado atardecer o el pronto marchitar de las hojas de los árboles. Ira vuelve a ronronear, suspirando soñador al final, ¿qué estaba mal con él?
El ángel, sonriendo radiante, le hace señas con la mano derecha para que se acerque y él, sorprendiéndose a sí mismo, se encuentra tomando lugar en la silla frente del de cabello y mirada rojiza.
— Me he tomado el atrevimiento de pedirte un desayuno y un café con canela, espero no te moleste —¿qué era eso en la voz del ángel? Lo hace temblar y sudar frío, es como un puñetazo de... honestidad—, también quiero agradecer que accedieras a platicar conmigo.
— No he accedido a nada —escupe, viéndolo con recelo.
— Entonces, ¿por qué has tomado asiento?
— Porque...
— Estás curioso —le corta el ángel, la sonrisa no se vuelve burlona ni socarrona, sigue siendo cálida y se siente como un atardecer de otoño— y es una curiosidad nacida de ti, no de tu demonio ¿verdad?
— ¿Vienes a cazarme?
— Por Dios, no —dice la verdad, algo en el tono de voz se lo dice e Ira también lo sabe—. Yo soy un encargado de otorgar alegría, acompañar enfermos y guiar a niños de vuelta a casa, jamás he cazado.
— Entonces, ¿por qué estás aquí?
— Como he dicho, mi labor es muy diferente a los cazadores celestiales, sin embargo, estoy al tanto de lo que se tiene planeado y yo no estoy de acuerdo con ello —cuando el ángel calla, Ira golpea dentro suyo y eso le hace hacer una mueca, ¿qué le pasaba al cabrón? ¿Por qué estaba tan fascinado con el ser divino?
Una mesera de grandes pechos y caderas peligrosas deja sobre la mesa de ellos lo pedido por el ángel, el plato que es colocado frente suyo consta de un guisado picante acompañado con arroz blanco y el del celestial, dos panes tostados con nutella y plátano.
Ira gruñe molesto hacia la mesera, permitiéndole ver lo que ella ha hecho: robar, acostarse con hombres casados y golpear a un anciano; no son graves, pero para su demonio ella es merecedora de ser apuñalada repetidas veces y golpeada hasta la muerte. Sí, el cabrón es dramático. Se lleva una mano a la cabeza y cuando está por hacer lo mismo con la otra, se ve detenido por un frío, pero reconfortante agarre.
Levanta la mirada y observa al ángel hablar con la chica, luce tan calmado y en armonía que Ira y él se olvidan por completo de la mesera. Ahora lo entiende, su demonio ha quedado cautivado por el de cabello rojizo, pues este representa el cielo y ¿qué pecado puede cometer un celestial? Es calma, paz y cielo, todo lo que ellos han buscado por miles de años.
— Gracias por no atacarla —el agradecimiento los hace volver a la realidad, Ira sonríe orgulloso y él aparta su mano del agarre del ángel, a lo cual su demonio reacciona << ¡No! ¡Más! >>.
— Solo di lo que sabes, a lo que has venido.
— Hoy han convocado una reunión en los cielos, los más cercanos al Único han señalado el bar que ustedes abrieron como un nido de pecados, lo que está haciendo a los humanos perder el camino al Señor.
— Los humanos poseen libre albedrío, nadie los está obligando a ir.
— Lo sé, yo lo sé.
— Entonces, ¿qué quieren hacer?
— Mis hermanos y hermanas los quieren exterminar, y no solo por su bar, pero es que eso ha sido el detonante —Ira no reacciona, sigue como cachorro embobado con la voz del ángel—, sin embargo, yo no quiero eso.
— ¿Perdón?
— Una guerra entre ángeles y demonios solamente traería tristeza, dolor y tragedias, yo no quiero eso —lo ve suspirar temblorosamente, como si la sola idea fuera sumamente dolorosa—. Ustedes cometieron un error, sí, pero sus dioses ya los han castigado por ello y ustedes han logrado coexistir con sus demonios, conviven con ellos y han decidido usarlos para, de alguna forma, castigar aquellos que lo merecen —¿por qué el corazón le late como un demente? La alabanza del ángel se siente como caricias hasta el alma, una que creía perdida—. Yo quiero ayudarlos a salir del foco, pero para eso necesito demostrarles a mis hermanos que ustedes no son malos.
— ¿Por qué dices que no lo somos?
— Porque siguen peleando día con día a los impulsos naturales de sus demonios, son guerreros —el ángel sonríe radiante y él siente un escalofrío recorrerle de pies a cabeza— y es por ello, que te pido a ti y a los tuyos cazar a aquellos que también fueron malditos, pero decidieron dar rienda suelta a la maldad.
— Vaya, un ángel me pide matar...
— Matar no, eso no está bien —otra vez dice la verdad, maldita sea la honestidad que puede percibir en la voz del ángel—. Cazarlos, resguardarlos y enseñarles.
— ¿En serio crees que unos dementes amantes de la sangre cambiaran solo con unas palabras bonitas y palmadas en la espalda?
— Sí y sé que es un error, por eso recurro a ti y a los tuyos.
— ¿Y qué recibimos a cambio?
— Creo que no ser cazados por los míos es un buen intercambio.
— No, quiero más — << ¡Sí! ¡Más cielo! >>—. Tu cuerpo.
— ¿Perdón?
— Eres solo un dador de alegría y acompañante de enfermos, nadie necesita de ti allá arriba —se pone de pie, guiado por la sed de probar la piel bronceada y tocar más de aquella frialdad celestial, se inclina hacia enfrente y queda tan cerca del ángel que puede oler una brisa fresca proviniendo de él—, dame tu cuerpo, ángel, y tendrás mi fuerza, lealtad y estrategia, también las de mis compañeros.
El sonrojo que se expande por las mejillas del ángel no solamente hace a Ira salivar, es tan malditamente hermoso que en lo único que puede pensar es en tumbarlo en su cama y enterrarse muy profundamente dentro suyo y << ¡Sí! ¡Por favor, sí! >>. Vaya, ahora, después de tantos años, se entienden.
Lamentablemente hay que ser lúcidos, un ángel jamás aceptaría algo semejante. Sus cuerpos son templos, perderían las alas si los mancillaran; ellos no...
— De acuerdo.
— ¿Perdón? —se endereza cuando el ángel se pone de pie, no es tan alto como creyó que sería, pero se defiende bien— ¿Dijiste “de acuerdo”?
— Quiero salvar a mis hermanos y hermanas, no quiero una guerra y necesito de tu ayuda —La sangre en las venas se le calienta cual llamas de infierno, la boca le saliva y le pican las manos por tocar aquello que está a nada de ser suyo <<Nuestro>> <<No, mío>> —. Mi nombre es Eijiro —El ángel extiende su mano hacia él, e Ira se regocija cuando acepta estrecharla—, cuida bien de mí.
— Bakugo Katsuki, recipiente de Ira —lleva el dorso de la mano de Eijiro a sus labios, disfrutando la frialdad y suavidad de la piel, una que provoca a Ira gemir—. Nos haremos cargo de ti.
El ángel le dedica una sonrisa, asiente y cuando él le suelta la mano, aquel desayuno continuo. Rodeados de humanos, un inmortal y un ángel comparten mesa, ¿no es algo para que la cabeza humana enloquezca o sí?