Entre la Farsa y la Verdad.

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Sinopsis

En un reino donde la tradición pesa más que los deseos del corazón, el príncipe Cassian se ve atrapado en un destino impuesto. Su madre, la reina, ha dispuesto un gran baile en el castillo, convocando a las más distinguidas damas de la nobleza con la esperanza de que su hijo elija esposa. Pero mientras la corte se prepara para la celebración, en las sombras se teje un plan. Un grupo de ladrones ha puesto sus ojos en la fortuna del príncipe y ha ideado una farsa peligrosa: disfrazar a uno de los suyos, un joven de facciones delicadas, como una doncella más en el baile. Su misión es clara: ganarse la confianza del príncipe... y cuando llegue el momento, acabar con él. Lo que ninguno de ellos sospecha es que, en este juego de engaños, la verdad y la mentira pueden confundirse con facilidad. Y que, a veces, los planes más calculados pueden torcerse de maneras inesperadas.

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En proceso
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01. El inicio de la Farsa.

En todo el reino de Velmoria se esparcía con rapidez la noticia que, apenas unos instantes atrás, Su Majestad la Reina había proclamado ante la corte y el pueblo.

"𝓐 𝓷𝓾𝓮𝓼𝓽𝓻𝓸 𝓪𝓶𝓪𝓭𝓸 𝓹𝓾𝓮𝓫𝓵𝓸 𝓭𝓮 𝓥𝓮𝓵𝓶𝓸𝓻𝓲𝓪, 𝓷𝓸𝓼 𝓬𝓸𝓶𝓹𝓵𝓪𝓬𝓮 𝓪𝓷𝓾𝓷𝓬𝓲𝓪𝓻 𝓺𝓾𝓮 𝓮𝓷 𝓵𝓪 𝓿𝓲𝓰𝓮𝓼𝓲𝓶𝓪 𝓺𝓾𝓲𝓷𝓽𝓪 𝓷𝓸𝓬𝓱𝓮 𝓭𝓮 𝓮𝓼𝓽𝓮 𝓶𝓮𝓼, 𝓬𝓾𝓪𝓷𝓭𝓸 𝓮𝓵 𝓼𝓸𝓵 𝓭𝓮𝓬𝓵𝓲𝓷𝓮 𝓮𝓷 𝓮𝓵 𝓱𝓸𝓻𝓲𝔃𝓸𝓷𝓽𝓮 𝔂 𝓵𝓪 𝓹𝓮𝓷𝓾𝓶𝓫𝓻𝓪 𝓪𝓷𝓾𝓷𝓬𝓲𝓮 𝓵𝓪 𝓵𝓵𝓮𝓰𝓪𝓭𝓪 𝓭𝓮 𝓵𝓪 𝓵𝓾𝓷𝓪, 𝓵𝓪𝓼 𝓹𝓾𝓮𝓻𝓽𝓪𝓼 𝓭𝓮𝓵 𝓬𝓪𝓼𝓽𝓲𝓵𝓵𝓸 𝓼𝓮𝓻𝓪𝓷 𝓪𝓫𝓲𝓮𝓻𝓽𝓪𝓼 𝓪 𝓵𝓪 𝓷𝓸𝓫𝓵𝓮𝔃𝓪. 𝓣𝓸𝓭𝓪𝓼 𝓵𝓪𝓼 𝓭𝓪𝓶𝓪𝓼 𝓭𝓮𝓵 𝓻𝓮𝓲𝓷𝓸 𝓮𝓼𝓽𝓪𝓷 𝓬𝓸𝓻𝓭𝓲𝓪𝓵𝓶𝓮𝓷𝓽𝓮 𝓲𝓷𝓿𝓲𝓽𝓪𝓭𝓪𝓼 𝓪 𝓪𝓼𝓲𝓼𝓽𝓲𝓻 𝓪 𝓵𝓪 𝓰𝓻𝓪𝓷 𝓿𝓮𝓵𝓪𝓭𝓪, 𝓮𝓷 𝓵𝓪 𝓬𝓾𝓪𝓵 𝓾𝓷𝓪 𝓭𝓮 𝓮𝓵𝓵𝓪𝓼 𝓽𝓮𝓷𝓭𝓻𝓪 𝓮𝓵 𝓱𝓸𝓷𝓸𝓻 𝓭𝓮 𝓼𝓮𝓻 𝓮𝓼𝓬𝓸𝓰𝓲𝓭𝓪 𝓬𝓸𝓶𝓸 𝓯𝓾𝓽𝓾𝓻𝓪 𝓮𝓼𝓹𝓸𝓼𝓪 𝓭𝓮 𝓢𝓾 𝓐𝓵𝓽𝓮𝔃𝓪, 𝓮𝓵 𝓟𝓻𝓲𝓷𝓬𝓲𝓹𝓮 𝓒𝓪𝓼𝓼𝓲𝓪𝓷."

Las campanas resonaron en las plazas principales, y en cada rincón del reino se murmuraban palabras de asombro y expectación. Para muchas familias, aquella era la oportunidad de ver a sus hijas ascendiendo a la más alta posición que cualquier doncella pudiera anhelar.

Pero nadie en el reino se cuestionó: ¿por qué, tan repentinamente, Su Majestad la Reina Leonore decidiría que su primogénito contrajese matrimonio a tan corta edad, con apenas veinte años?

Si acaso usted se ha hecho esta pregunta, permítame asegurarle que la respuesta llegará en breve… y con ella, el verdadero inicio de esta historia.

En la gran sala del castillo, iluminada por la luz trémula de los candelabros, el príncipe Cassian irrumpió con pasos firmes. Su pecho se agitaba con el peso de su enojo, y sus manos se cerraban en puños a los lados de su cuerpo. Sentada en su trono con la serenidad de quien no admite réplica, la reina lo recibió con una mirada expectante.

—Decidme, madre, —su voz cortó el silencio con frialdad — ¿en qué momento consideraste oportuno informarme de que habías decidido mi futuro sin mi consentimiento?

La reina alzó levemente el mentón.

—No es solo tu futuro lo que he decidido, —replicó con calma —sino el del reino.

El príncipe apretó la mandíbula.

—No os atreváis a disfrazar vuestra voluntad como una necesidad para el reino. Esto no es por la corona. Esto es porque deseáis que sea alguien que no soy.

El gesto de la reina se endureció.

—Eres el príncipe heredero. Tienes un deber que cumplir.

—¿Y ese deber implica obligarme a tomar por esposa a una mujer a la que jamás podré amar? —Su voz se quebró por la furia contenida— ¿Acaso creéis que con un anuncio ante la corte borraréis lo que soy?

El silencio se instaló entre ambos, denso y asfixiante. La reina sostuvo su mirada con firmeza.

—El pueblo espera un rey fuerte, un heredero legítimo, estabilidad para el reino. No es solo tu vida la que está en juego, hijo mío.

El príncipe dejó escapar una risa amarga.

—Ah, así que es eso… no se trata de mi felicidad ni de mi derecho a elegir. Se trata de apariencia, de lo que el pueblo debe ver y creer.

La reina cerró los ojos un instante, como si aquella conversación la agotara más de lo que estaba dispuesta a admitir. Cuando los abrió de nuevo, su mirada azul relució con la intensidad de un zafiro tallado a la perfección, imponente y firme, imposible de quebrantar.

—No puedes cambiar quién eres —dijo con un tono más bajo— pero sí puedes decidir qué hacer con ello. La corona exige sacrificios.

El príncipe sintió un nudo en la garganta.

—Y vos exigís que el sacrificio sea mi propia verdad.

La reina no respondió. Y aquel silencio dolió más que cualquier palabra.

El príncipe sintió cómo la furia se disipaba, dejándole solo un cansancio amargo. No tenía fuerzas para seguir discutiendo. Su madre había hablado, y aunque sus palabras eran como cadenas, él no tenía cómo romperlas.

Sin decir más, giró sobre sus talones y salió del gran salón. Caminó por los pasillos del castillo con la vista baja, evitando cruzarse con los sirvientes que, al verlo, inclinaban la cabeza en señal de respeto. No quería ver a nadie. No quería hablar.

Cuando llegó a los establos, la quietud del lugar le brindó un respiro. Los mozos se apresuraron a recibirlo, pero con un leve movimiento de la mano les indicó que no se acercaran. Él mismo se encargó de ensillar a su corcel: un majestuoso semental de pelaje blanco como la nieve, fuerte y elegante, que resopló con brío al sentir la mano de su jinete sobre el lomo.

—Tranquilo, amigo —susurró el príncipe, acariciando su crin plateada.

El caballo pareció entender su malestar, pues no se resistió cuando él montó y lo guio fuera de los establos. Apenas cruzaron los portones, el príncipe espoleó a la bestia y juntos se lanzaron al galope.

El viento azotó su rostro, enredando sus rizos dorados y despeinando los mechones que caían sobre su frente. Sus ojos, de un azul profundo como el océano en invierno, se entrecerraron por la velocidad, pero no impidieron que disfrutara de aquella sensación de libertad efímera. Las largas pestañas que enmarcaban su mirada temblaron con la brisa, y por un instante, el mundo dejó de pesar tanto sobre sus hombros.

Los campos abiertos se extendían ante él, bañados por la luz tenue del sol poniente. Pero por mucho que cabalgara, sabía que la realidad seguiría esperándolo en el castillo.

Porque su madre ya había decidido su destino. Y él… él no tenía derecho a elegir.

La brisa de la tarde se colaba entre los árboles, haciendo crujir las hojas secas bajo el peso del viento. A las afueras del pueblo, más allá de los caminos transitados y lejos de las miradas curiosas, se alzaba una cabaña discreta, apenas distinguible entre la maleza. Sus paredes de madera envejecida y techo maltrecho daban la impresión de abandono, pero en su interior ardía una pequeña fogata, iluminando los rostros de quienes se habían reunido allí.

Eran cinco. Hombres curtidos por la vida en las sombras, con ropas ajadas y miradas afiladas. En el centro de la habitación, sobre una mesa de madera astillada, descansaba un pergamino con el anuncio de la reina. La tinta aún fresca proclamaba lo que todos en el reino ya sabían: el príncipe estaba en busca de esposa.

—¿Habéis oído algo más ridículo? —espetó uno de ellos, un hombre de complexión robusta y brazos cruzados sobre el pecho— Darle la corona en bandeja a una muchachita que solo ha sabido vivir entre sedas y banquetes.

El más joven del grupo, Tarian, un muchacho de apenas dieciocho años, delgado y de estatura ligeramente inferior a la de sus compañeros, rió por lo bajo con esa actitud despreocupada que tanto irritaba a algunos.

—Tal vez el príncipe tenga suerte y encuentre una esposa con más agallas que vos, Gael.

El hombre gruñó, pero no tuvo oportunidad de replicar.

—No importa quién se case con el príncipe —intervino otro, con voz calculadora— Lo que importa es que esta celebración nos dará la oportunidad que tanto hemos esperado.

Todos dirigieron la mirada al líder de los ladrones. Un hombre de gran porte, con ojos penetrantes y una sonrisa inescrutable. Su barba corta enmarcaba un rostro marcado por cicatrices. Su nombre era Mordrek.

—Habrá nobles de todo el reino en el castillo —continuó, tamborileando los dedos sobre la mesa— Joyas, oro, bolsillos llenos de riquezas… y una guardia distraída con el festejo.

Tarian se inclinó hacia adelante, con los ojos brillando de emoción.

—¿Queréis que entremos al castillo?

El líder sonrió.

—No solo eso. Vamos a asegurarnos de que esta elección cambie a nuestro favor.

El silencio se instaló en la cabaña, seguido de sonrisas cómplices y miradas llenas de ambición. Mientras el reino celebraba un futuro prometedor, en aquella cabaña apartada se forjaban los primeros hilos de una conspiración.

El líder de los ladrones esbozó una sonrisa ladina mientras sus dedos tamborileaban con impaciencia sobre la mesa de madera. Sus ojos, oscuros y calculadores, recorrieron los rostros de su grupo hasta posarse en uno en particular.

—Entraremos como los invitados más esperados —murmuró con diversión.

Los demás se miraron entre sí, sin comprender.

—¿Qué queréis decir con eso? —preguntó Gael, cruzándose de brazos.

El líder se acercó a la tenue luz de la fogata y, con un leve movimiento de la cabeza, señaló a un joven de rostro fino y piel clara que se encontraba entre ellos. Su cabello castaño caía en suaves ondas hasta sus hombros, enmarcando unas facciones tan delicadas que, con la vestimenta adecuada, bien podría hacerse pasar por una dama de la nobleza. Sus ojos verdes, de forma algo afilada, reflejaban el brillo danzante del fuego, resaltados por unas pestañas largas y oscuras. Sus labios, rosados y finos, parecían esbozar una mueca de escepticismo, como si ya intuyera el peso de la decisión que estaba a punto de recaer sobre él.

—Me refiero a que tenemos, entre nosotros, a la candidata perfecta para este baile.

El silencio se hizo en la cabaña, roto solo por la leña crepitando en la hoguera. El joven, que hasta ahora había escuchado en silencio, entrecerró los ojos.

—¿Estáis bromeando? —espetó.

—En lo absoluto —replicó el líder con una sonrisa socarrona— Pensadlo bien, Renard. Con el vestido adecuado y las joyas apropiadas, nadie os cuestionará. Si el príncipe os elige, tendréis acceso a todo lo que la realeza ofrece. Y si no… bueno, aún así podréis adentraros en el castillo y darnos la ventaja que necesitamos.

El joven apretó los dientes, pero no rechazó la idea de inmediato. Sabía que sus rasgos le habían servido más de una vez en la vida para engañar y confundir, pero jamás había pensado en usarlos de esa manera.

—¿Y qué sucederá cuando descubran el engaño?

—Para entonces, —dijo el líder con una expresión taimada— el reino ya no será el mismo.

El fuego iluminó las miradas cómplices de los ladrones. Habían ideado robos antes, pero jamás una farsa como esta. Sin embargo, la oportunidad era demasiado tentadora.

—¿Y bien? —insistió el líder, con los ojos clavados en su compañero— ¿Os atreveréis a bailar con la realeza?

Renard tomó aire y esbozó una sonrisa ladeada.

—Si es un juego lo que quieren… entonces juguemos.

El ambiente en la cabaña se llenó de una energía diferente. La idea ya estaba sembrada, y ahora venía lo más difícil: hacerla realidad.

—Necesitaremos un vestido, joyas… algo que os haga destacar —murmuró el líder, acariciándose el mentón con aire pensativo.

—¿Y dónde demonios conseguiremos algo así? —intervino otro de los ladrones,frunciendo el ceño.

El líder sonrió con astucia.

—En la ciudad hay nobles con suficiente riqueza como para desprenderse de una que otra pieza de seda sin que les cause mayor pesar. Solo es cuestión de que… "contribuyan" con nuestra causa.

Los ladrones se rieron entre dientes, pero el joven de rostro fino permaneció en silencio, observando el fuego con expresión inescrutable.

—Mordrek, necesitaréis algo más que un vestido y joyas —dijo Gael, apoyando un codo en la mesa— Necesitáis aprender a comportaros como una dama, Renard.

—¿Y quién se supone que me enseñará? ¿Vos? —respondió el joven con sarcasmo.

—No, pero conozco a alguien que sí.

El silencio cayó sobre el grupo, mientras todos observaban a Gael con curiosidad.

—¿De quién habláis? —preguntó el líder con interés.

Gael sonrió con misterio antes de levantarse y tomar su capa.

—Id buscando el vestido. Yo traeré a la persona indicada.

Y sin decir más, salió de la cabaña, dejando a sus compañeros preguntándose en qué diablos se había metido.

Al llegar la noche del noveno día del mes, los ladrones pusieron en marcha su plan. Durante días, habían observado cierta mansión, memorizando los movimientos de los guardias y analizando cada punto ciego. Nada podía salir mal.

La familia noble que habitaba la residencia no era de las más influyentes, pero poseía suficiente riqueza como para tener vestimentas dignas de la realeza. Sabían que aquella noche, los dueños asistirían a un evento fuera de la ciudad, dejando la casa con un personal reducido. Era la ocasión ideal.

Desde las alturas, las sombras de los ladrones se deslizaron por los tejados, moviéndose con precisión. Mordrek fue el primero en descender, asegurando la soga para el resto. Renard le siguió, sus pasos tan ligeros que apenas rompían el silencio. Tarian, siempre ansioso por la acción, fue el último en llegar.

Un descuido de los sirvientes había dejado mal cerrada una ventana del ala este, su punto de entrada. Dentro, el aire olía a perfumes caros y velas apagadas. Sin perder tiempo, avanzaron con sigilo hasta el vestidor de la joven hija del conde.

Renard deslizó los dedos sobre las telas dentro del armario, admirando la riqueza de las prendas. Mordrek observó con ojo crítico y tomó una decisión.

—Nos llevamos tres.

Tarian le lanzó una mirada incrédula. —¿No bastaba con uno?

—Si desaparece solo un vestido, podrían sospechar que es un robo planeado. Si faltan varios, creerán que fue un simple saqueo —explicó Renard en voz baja.

Eligieron con cuidado: un vestido de terciopelo azul profundo con delicados detalles dorados, otro de seda color esmeralda con encaje fino que parecía tejido por manos expertas, y un tercero de satén perlado, adornado con bordados florales tan detallados que parecían estar en plena floración. Con las prendas aseguradas, se dispusieron a marcharse.

Pero justo cuando se disponían a deslizarse fuera del vestidor, Mordrek se detuvo. Sus ojos recorrieron el mobiliario tallado con esmero, los cofres cerrados con pulcritud, los pequeños detalles que hablaban de una vida de lujos. Tres vestidos de exquisita confección ya estaban en su poder, pero algo le decía que aún faltaba la pieza final.

Un atuendo digno de la nobleza no solo se vestía, se portaba. Y para ello, necesitaban más que tela fina.

—Renard —llamó en voz baja, y el joven se acercó con cautela.

—¿Qué ocurre? —preguntó en un murmullo.

Mordrek deslizó los dedos por el borde de un pequeño joyero sobre la cómoda. No tenía cerradura, una clara señal de que su dueña no imaginaba que alguien se atrevería a tocar sus pertenencias. Con un movimiento ágil, lo abrió.

Un destello dorado iluminó su rostro.

—Un vestido por sí solo no hará el engaño creíble —susurró, tomando entre sus dedos un collar de perlas y unas sortijas con piedras preciosas— Los nobles no solo ven telas finas, sino símbolos de estatus.

Renard sonrió con diversión.

—¿Y si preguntan por las joyas robadas?

—Para cuando se den cuenta, —respondió Mordrek con una sonrisa ladina— estas piezas habrán cambiado de dueña.

Con destreza, tomaron lo necesario y volvieron a cerrar el joyero con sumo cuidado, dejando todo en su lugar como si jamás hubiera sido tocado. Luego, se deslizaron por los pasillos en penumbras, sus pasos apenas eran un susurro contra el suelo.

De repente, un crujido rompió el silencio.

Los tres se detuvieron en seco, conteniendo la respiración. Mordrek alzó una mano en señal de alerta, y en un solo movimiento, se fundieron con las sombras.

Los pasos se acercaban. Lentos. Pesados.

Un sirviente apareció en el pasillo, bostezando mientras se rascaba la cabeza. Pasó de largo sin siquiera voltear, ajeno a las figuras ocultas en la oscuridad.

Solo cuando el sonido de sus pisadas se desvaneció, los ladrones intercambiaron una mirada y retomaron su camino. Había sido un descuido menor, pero en este juego, incluso el más leve error podía costarles caro.

Los ladrones salieron tan sigilosamente como habían entrado, deslizándose entre las sombras con la elegancia de aquellos que han convertido el engaño en un arte. La mansión quedó en absoluto silencio, sin más testigos que la luna y el suave susurro del viento que agitaba las cortinas de terciopelo.

Cuando el sol se alzara sobre las torres y los vitrales reflejaran su luz sobre los pasillos de mármol, la joven doncella de la casa despertaría ajena al desastre. No sería hasta que abriera su guardarropa, esperando encontrar sus vestidos más exquisitos, que un grito de horror atravesaría la mansión como un eco de desgracia. Pero la verdadera conmoción llegaría días después, cuando la familia noble regresara de su viaje.

Los sirvientes correrían alarmados, el mayordomo juraría no haber visto nada extraño antes de la partida de los señores, y los guardias buscarían culpables entre los establos y las calles polvorientas de la ciudad. Pero para entonces, los ladrones ya estarían lejos, ocultos en su escondite, celebrando su éxito con sonrisas de triunfo y brindis improvisados.

El golpe había sido impecable. Y con cada carcajada entre copas robadas y promesas de grandeza, su farsa tomaba forma.