Suplicando ser arruinada

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Sinopsis

TATE: Se estrelló contra mí —insolente, impresionante, chorreando helado— y me miró a los ojos como si no valiera la pena perder el tiempo conmigo. Y fue exactamente entonces cuando decidí que iba a poseerla. Yo no persigo. Yo no me ablando. Y no permito que las mujeres de lengua afilada se alejen sin aprender lo que significa usarla adecuadamente. Ella cree que puede jugar con fuego. Cariño, yo soy el puto infierno. NIKITA: Me miró como si yo fuera su presa. Me tocó como si ya supiera cómo suena mi voz cuando llego al clímax. Y me entregó un contrato como si fuera una invitación al pecado. Tate Blackwood es peligroso, de esa manera lenta y costosa. De los que no alzan la voz, solo inclinan la cabeza y te arruinan. Le dije que yo no suplicaba. Así que se propuso como misión lograr que lo hiciera. Y ahora no sé si le odio... O si quiero volver a subirme a su regazo y darle las gracias. RESUMEN DEL LIBRO: Ella firmó el contrato. Él nunca le dio una palabra de seguridad. Suplicando ser arruinada es un dark billionaire romance sobre la posesión, el poder y el placer de dejar que alguien más mueva los hilos. Él no ama. Ella no confía. ¿Pero la forma en que se destruyen el uno al otro? Es casi hermosa. Si buscas algo dulce... sigue de largo. Esta historia te destruirá. Advertencia: Solo +18. Este libro incluye contenido explícito, dominación, lujuria, destrucción emocional y personajes que no juegan limpio. No apto para personas sensibles o que se ofendan fácilmente.

Estado:
Completado
Capítulos:
59
Rating
5.0 25 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1 - Distracción fatal

Tate

La vi antes de que ella me viera a mí.

Esa fue la primera señal de que algo no iba bien.

Veo mujeres todo el tiempo. Impecables, con estilo, pulidas a la perfección. El pelo perfecto. Los labios pintados. Pestañeando cuando toca.

Son guapas, a su manera. Pero es esa belleza de exhibición, la que busca que la miren. Ya ni me fijo, la verdad.

No me detengo. No me quedo mirando. Ni me entero.

Menos en mitad de un día de trabajo. No cuando tengo cosas importantes que hacer.

¿Pero ella?

Fue como si algo en el universo hubiera cambiado de sitio.

Como si me hubiera robado la atención antes de que mis ojos se dieran cuenta.

No era solo su cuerpo. Aunque, joder, eso ya bastaba para hacerme parar.

Unos mallas de ciclista negras y ajustadas se pegaban a las curvas de su culo. Eran tan cortas que me hacían imaginar lo que apenas tapaban.

Piernas largas y tonificadas. Suaves, bronceadas y una distracción total.

Llevaba una camiseta corta y ancha que le quedaba suelta. Se le caía por un hombro como si no tuviera intención de quedarse en su sitio. Desaliñada. Despreocupada. Peligrosa. Se movía con ella, marcando curvas que no necesitaban ayuda.

Pero era algo más.

Se veía deshecha.

Como si acabaran de follarle bien... o estuvieran a punto de hacerlo.

Y ella ni se enteraba.

No notaba cómo la miraban los hombres.

No se daba cuenta de las miradas que bajaban por sus piernas. Esas que se quedaban ahí demasiado tiempo, llenas de ganas.

Le daba igual.

No posaba. No se retocaba. No tonteaba.

No buscaba que la vieran.

Simplemente estaba ahí.

Tranquila. Natural. Letal.

Era como puro sexo mezclado con piel, sudor y sol.

Y ni siquiera lo sabía.

¿Pero ella?

Ha sido la única que me ha hecho frenar. La única que me ha atrapado así. Era como si estuviera destinado a verla.

La observé mientras hacía cola para comprar un helado. Brazos cruzados. Movía el pie. Irradiaba impaciencia, como si tuviera un sitio mejor donde estar, pero el helado fuera lo primero. Me hizo sonreír ver tanta determinación en su cara.

Por fin llegó al mostrador. Pidió dos bolas de vainilla en un cono de galleta. En cuanto dio el primer bocado, todo su cuerpo se relajó. Como si fuera lo único bueno que le había pasado en el día. Como si de verdad lo necesitara.

No sé por qué, pero eso me llegó. Era una desconocida. Alguien a quien ni siquiera conocía de nada. Y aun así, la miraba como si ya me importara.

Entonces se dio la vuelta y se chocó directamente conmigo.

Helado por todas partes. Mi traje. Mi camisa. Mi corbata. La vainilla pegajosa goteaba por mi pecho.

Ella soltó un grito ahogado. Miró el cono destrozado en su mano y luego me miró a mí. El horror se convirtió en pura rabia.

—Mira por dónde vas, gilipollas.

Me soltó el grito como si yo fuera el que estorbaba. Como si yo fuera la molestia.

Casi ni oí lo que dijo porque seguía mirándola. Mirándola de verdad.

Labios carnosos, de esos que dan ganas de morder. Ojos verdes llenos de picardía, entornados por la furia. Y entonces, se chupó el helado de los dedos.

No se lamió. Se los chupó.

Despacio. Sin pensar. Dedo por dedo, metiéndoselos en la boca. La lengua rodeaba las puntas como si fuera algo normal.

Se me puso dura tan fuerte que casi suelto un gemido.

Me imaginé esos labios envolviéndome. Esa lengua. Esa boca. No fue una elección, fue necesidad pura. Instinto bruto.

No había seducción. No había intención. Solo frustración. Estaba molesta e intentaba limpiar el desastre que yo había causado.

Y aquello me destrozó.

Apreté los dientes para controlar mis pensamientos. Mantuve la cara seria mientras ella resoplaba furiosa, todavía clavándome la mirada.

Debería haberme limpiado el helado de mi traje de mil libras. Debería haberme subido al coche y dejarla allí tirada en mitad de la calle, enfurruñada por su estúpido helado. Pero no lo hice.

Me quedé allí quieto, con el helado chorreando por el pecho. Me quedé mirando a la mujer que me gritaba como si yo fuera un cualquiera.

No era Tate Blackwood. No era el dueño de esta ciudad. Solo un hombre más.

—¿Pero qué os pasa a los hombres como tú? —me espetó agitando los brazos—. ¡Vais por ahí como si la acera fuera vuestra! Tienes que mirar por dónde caminas, listillo.

Miré hacia abajo. Mi traje hecho a medida en Savile Row tenía más helado que el pastel de un niño. Y yo tenía una reunión en veinte minutos.

Pero de pronto eso no importaba. Antes de que pudiera abrir la boca, ella siguió.

—¡Y ni hablemos de mi helado! —exclamó indignada.

—¿Sabes cuánto me ha costado? Siete libras. ¡SIETE!

¡Eso es más de lo que gasto en cenar muchos días!

Mi único capricho de la semana, arruinado porque eres demasiado importante para mirar por dónde vas.

Debería haberme puesto furioso.

Pero por primera vez en mi vida, me quedé sin palabras.

Nadie, y digo nadie, me había hablado así nunca.

Yo era Tate Blackwood.

Hijo y heredero del imperio Blackwood.

Mi familia era prácticamente la realeza.

La gente cambiaba sus planes por mí.

Las mujeres fingían ser lo que yo quería.

Los eventos se posponían si yo no podía ir. Porque si un Blackwood no estaba, el evento no valía nada.

Y sin embargo, aquí estaba ella.

Salvaje. Sin pedir perdón.

Chupándose el helado de la mano como si yo no fuera nadie.

Me obligué a relajar la mandíbula.

Me obligué a hablar con calma.

—¿Te sientes mejor ya? —pregunté con un tono divertido.

Su mirada se volvió más afilada. Dios, era puro fuego. Casi podía sentir el calor que soltaba.

—Puede que yo no estuviera mirando —seguí. Incliné la cabeza y recorrí su cuerpo con la mirada, muy despacio, antes de volver a sus ojos—. Pero tú tampoco.

Ella abrió la boca para discutir, pero no la dejé.

—Normalmente, cuando tengo helado encima, no llevo traje.

Hice una pausa sin dejar de mirarla a los ojos. Quería que picara el anzuelo, que reaccionara. Que se lo imaginara.

No lo hizo. Siguió fulminándome con la mirada. Mierda.

—Ahora, si me disculpas, tengo que ir a cambiarme.

Ella soltó un bufido. Ni perdón, ni culpa, ni un poquito de arrepentimiento. Me subí a mi limusina negra y su voz cortó el aire como un cuchillo.

—Gilipollas.

Debería haberme ido sin pensar más en ella. Debería haber pasado del tema. Pero no pude. Mientras el coche se alejaba, solo podía pensar en ella.

No era solo que fuera guapa, era magnética. Tenía esa belleza natural que ni sabe que lo es. De la que no le importa si la miran. No intentaba ser sexy. Simplemente lo era.

Y eso era muy peligroso.

Le tiré el anzuelo. Las mujeres suelen lanzarse de cabeza. Coquetean, sonríen, se ofrecen a ayudarte a quitarte el traje sucio. ¿Pero ella? Ni se inmutó. No me quería. No intentó impresionarme. Le importaba un bledo quién fuera yo.

Eso debería haber hecho que me olvidara de ella. Al contrario, la hizo inolvidable.

Entonces me di cuenta de que las cámaras lo habrían grabado todo. Sabía exactamente a dónde apuntaban. Era mi hotel, como tantos otros en la ciudad. Hoteles, restaurantes, clubes... Todo bajo mi imperio.

Saqué el móvil y llamé a mi secretaria.

—Anne, que seguridad me mande la grabación de fuera del hotel de ahora mismo. Quiero el nombre y la información de la mujer con la que me he cruzado.

Hubo una pausa. —Sí, señor.

—Ah, ¿y Anne? —Apreté el teléfono con fuerza—. Cancela mis reuniones de lo que queda de día.

Escuché cómo tomaba aire. Anne no se atrevería a cuestionarme, pero sabía que estaba alucinando.

Esto no pasaba nunca. Hasta yo estaba sorprendido.

—Chofer. Lléveme a casa.


Me metí directo a la ducha en cuanto llegué a mi ático. Puse el agua ardiendo. Apoyé las manos contra los azulejos de mármol. Dejé que el calor me quitara esta tontería de la cabeza. No funcionó. Ella seguía ahí. Su voz cortante y sincera, nada que ver con las mujeres de siempre que miden cada palabra.

Sus ojos echando chispas, retándome. Y esa boca...

Chupando el helado de sus dedos, sin tener ni idea de que me había dejado jodido.

No debería haberme obsesionado tanto. Solo era una mujer loca con mal genio que odiaba el mundo. Pero allí estaba yo, clavándome las uñas en el cuero cabelludo. Intentaba borrar un momento que ya se me había metido bajo la piel.

Era ridículo. He tenido muchas mujeres. Servían para un rato. Mataban el gusanillo y se iban. Los Blackwood no sienten. Nosotros mandamos. Somos los dueños. Dominamos. Este no era yo. Yo no me distraigo. No me da curiosidad nadie. Y desde luego, no me obsesiono.

Me sequé y me puse unos pantalones cortos antes de bajar. Me hundí en mi silla, abrí el portátil y puse las imágenes de seguridad. Le di al play. Y allí estaba ella. Me eché hacia atrás, pasando el pulgar por mi labio inferior mientras miraba la pantalla.

Estaba tan llena de vida. Sin arreglos, sin posturas. Real, libre, auténtica. Algo oscuro se retorció en mi interior. ¿Cuándo fue la última vez que conocí a una mujer que no intentara impresionarme? No le importó quién era yo. Aún no lo sabe. Y por alguna razón, eso me dio un escalofrío de posesión. No me miró con admiración. No me puso ojitos ni me sonrió tímidamente. Me miró como a un hombre cualquiera. Como si no fuera nada.

A los treinta y dos años, uno pensaría que ya habría superado esto. Pero verla lamiendo vainilla de sus dedos hizo que se me pusiera dura como a un adolescente. Estaba mirando cámaras de seguridad como si fuera porno.

Pero, joder, tenía algo. Algo salvaje. Sin guion. Totalmente fuera de mi alcance.

Me obligué a mirar el archivo adjunto y leí los detalles:

Nikita Monroe. Maldita sea, hasta el nombre era sexy.

25 años.

Trabaja en una papelería. Chasqueé la lengua. Una mujer con ese fuego perdiendo el tiempo vendiendo libretas a gente que ni la mira a la cara. Merecía algo mejor.

Mis ojos se detuvieron en la siguiente línea.

Soltera.

Alcé las cejas. ¿En serio?

¿Cómo demonios una mujer así seguía libre?

Sin dueño. Nadie la reclamaba.

¿Qué clase de idiota la había probado y la había dejado escapar?

Algo oscuro se me revolvió en el pecho.

Bien.

Porque fuera quien fuera el que debía estar con ella...

Acababa de perder su oportunidad.

Porque ahora,

está en mi punto de mira.

Y yo nunca fallo.