Capítulo 1
Empieza a escribir El agua no le calmaba la sed, la leche le sabía agria y las medicinas le ponía de peor humor. El secreto de Mónica para conciliar el sueño era tomarse una copa de vino blanco antes de irse a la cama. Añadía una segunda copa si es que el día había sido más duro que de costumbre. Veía en la mesa auxiliar de la cocina. Le parecía un gesto de mal gusto trasladarse al salón, al centro de la unidad familiar.
Escuchó la puerta de la entrada abrirse. Poco faltó para que se le cayese la copa de la mano. Se arregló el pelo con una mano, por lo menos el flequillo, utilizando como espejo la pantalla negra del teléfono móvil. Mantuvo el móvil apagado porque si lo encendía vería la hora que era: tarde, demasiado tarde. Antonio cada vez se retrasaba más en llegar a casa y Mónica lo echaba de menos.
Que se retrasase tanto en llegar era una buena noticia, según él, significaba que la búsqueda seguía en marcha. Contaban con la ayuda de familiares y amigos que trasnochaban tanto, y algunos incluso más que ellos. Los vecinos del barrio de San Juan, personas que solo conocían de haberlas visto en la calle, en el supermercado y en las fiestas patronales, también se unieron a la causa. La ayuda fue inmediata, por parte de todos. Conseguían reunir varios grupos de más de treinta personas cada uno. Mientras sigamos buscando, solía decir Antonio, habrá esperanza.
Los días sustituyeron a las horas y, antes de que se dieran cuenta, comenzaron a utilizar las semanas para llevar la cuenta del tiempo que había pasado. Un policía tuvo el descaro de decir, delante de la madre, que llevaban algo más de mes y medio peinando la zona.
Costaba creer que el barrio de San Juan no se hubiera rendido después de tanto tiempo. Todos los días salían a patrullar las calles y los campos de los alrededores. Antonio formaba parte activa de las comitivas de búsqueda. Gritaba más alto que nadie y hablaba con quien tenía que hablar para que la ayuda llegase más lejos. Entabló algo parecido a una amistad con el cuerpo de policía. Solía tomar café con los agentes a la hora de la merienda y no daba un paso sin informar primero al inspector Carrión, el encargado oficial del caso.
Pegaron carteles, corrieron la voz por las ciudades vecinas, fueron a la radio y consiguieron llevar el caso a la televisión, primero a la local y, más tarde, a nivel nacional. La prensa se interesó por la familia haciendo énfasis en los detalles más sensacionalistas de la historia. Antonio, quien jamás pensó que tendría que hablar frente a una cámara de televisión, hablaba con una voz firme y autoritaria. Pronunciaba el discurso que la policía le había escrito sin salirse del guion.
Si alguien ha visto a este niño, no duden en facilitarnos información. Llamen al teléfono que se muestra en pantalla y un agente de policía se podrá en contacto con ustedes. Agradecemos todo tipo de ayuda, por pequeña que sea.
Antonio lloró todo lo que tenía que llorar en un cuarto oscuro de la comisaria de San Juan. Las cámaras enfocaron a una madre desolada.
Mónica evitaba hablar en público, no por escasez de vocabulario (había estudiado en la facultad de derecho, aunque nunca ejerció), sino por debilidad. Hacía el esfuerzo de aprender los nombres de los voluntarios y policías que presentaban sus condolencias a la familia para agradecerles como era debido, siempre en la intimidad del grupo reducido.
—Deberías estar durmiendo —dijo Antonio en voz baja a la vez que acariciaba el hombro de Mónica con una mano.
Él vestía con una camiseta de publicidad vieja y unos pantalones largos de chándal. La ropa del trabajo se encontraba en la bolsa del deporte que había dejado en el salón. Antonio se unía a los equipos de búsqueda al salir de la fábrica. Movía con él algunos de sus compañeros. Esa era una de las razones por las que se había rechazado la baja de depresión: el trabajo le mantenía conectado con la gente. Le hacía entender que el mundo seguía en movimiento pese que su hijo pequeño ya no estaba con él.
Mónica se sintió culpable por haberse puesto el camisón de pijama. La ducha se hizo hoy más necesaria que ningún otro día. Se cumplían nueve semanas desde la desaparición de su hijo. Algo más de dos meses, como diría aquel torpe policía. ¿Y si no aparece? ¿Y si se lo han llevado? Las dudas emergían en la oscuridad como pequeños demonios portadores de malos presagios.
—¿Dónde está Andrea? —preguntó Antonio.
—La he dejado en casa de tus padres —respondió Mónica—. Mañana la llevarán al instituto. Nosotros la recogeremos al salir.
—Eso está bien —dijo él—, allí estudia mejor que en casa. Tiene menos cosas con las que distraerse.
Antonio se hizo con la botella de vino blanco y se sirvió media copa. Guardó la botella de vuelta a la nevera. Él no iba a beber más ni tampoco quería que Mónica siguiera bebiendo.
—He hablado con el inspector Carrión —la voz de Antonio era fría y apagada, sonaba igual que frente a las cámaras de televisión—. Ha concretado una reunión con el comisario este lunes para hablar sobre nuestro caso.
Entre ellos utilizaban palabras genéricas como el caso, el tema o la situación. Dicho así era menos doloroso.
—Ha aparecido un nuevo testigo del parque. Carrión ha estado hablando con él y, por lo visto, ha dado información muy valiosa. No me ha querido decir mucho más y tengo la sensación de que me ha dicho más de lo que debería saber. Ese hombre se está jugando el pellejo por nosotros. No debería compartir información confidencial con nadie fuera de la comisaria, mucho menos con los familiares directos.
—Deberíamos invitarle a comer un día de estos para darle las gracias —dijo Mónica.
Se trataba de una de esas promesas vacías que se soltaban al aire por inercia, sin ningún tipo de compromiso a corto ni largo plazo.
Estas promesas iban acompañadas de una misma frase: cuando todo esto acabe.
Mónica rompió a llorar. Se había contenido hasta este momento. Recogió a la niña del instituto y la llevó a la casa de los padres de Antonio. Se quedó un rato hablando con ellos para organizar los horarios de los días siguientes. Dio una vuelta con el coche por la periferia de la ciudad. Se unió a una patrulla de vecinos que repartían carteles a eso de las siete de la tarde, hasta que se hizo de noche. Llegó a casa más o menos serena. Terriblemente cansada, pero entera. La ducha estuvo exenta de lágrimas y fue un milagro que la cena (una tostada de mantequilla y una pera) no le hiciera vomitar como de costumbre. Pensar en un final fue lo que la destrozó. Cuando todo esto acabe. Las palabras sonaban como una sentencia de muerte. Su hijo llevaba desaparecido nueve semanas, algo más de dos meses. Se lo han llevado. Pensaba en sus adentros. Se lo han llevado y la próxima vez que lo vea, cuando todo esto acabe, será metido en una bolsa negra. Un agente me pedirá que identifique el cuerpo. Así acaba la historia. Y luego invitaremos al inspector Carrión a comer con nosotros para darle las gracias.
—Estoy bien —se adelantó a decir Mónica—. Te he dicho que estoy bien. ¡Suéltame! No quiero que me toques. ¡Ni se te ocurra ponerme la mano encima!
Antonio podía tener muchas virtudes, pero la obediencia no era una de ellas. Dejó la copa de vino encima de la encimera y se sentó al lado de Mónica. La abrazó con las escasas fuerzas que le quedaban. Mónica reprimió el impulso de arañarle la cara. Si le hacía sangrar, eso que se llevaba, comprobaría si era verdad que conservaba sangre en las venas.
Los ojos marrones de Antonio estaban marcados por la falta de horas de sueño. Había perdido peso, unos siete u ocho quilos.
—Vamos a la cama, ¿quieres? Llevas muchas horas despierta y necesitas descansar.
—Tengo que poner el lavavajillas —dijo Mónica buscando una excusa para quedarse más tiempo despierta—. Los platos no se van a la lavar solos.
—Yo lo pondré, no te preocupes.
Ambos se levantaron de la mesa. Mónica caminaba tropezando con sus propios pies, yendo de un lado y al otro sin orden ni destino. Antonio, desde atrás, vigilaba que Mónica se cayese al suelo.
—Voy a revisar que la puerta esté cerrada con llave.
—La he cerrado bien y el puesto el pestillo.
—¡No he llamado a Andrea!
—Ahora estará durmiendo. ¡Mira la hora qué es! Mañana llamaremos a mis padres y nos contarán cómo le ha ido el día.
—Tiene examen de biología después del recreo. ¿Te lo ha contado?
—No, no me lo había contado, pero le saldrá bien.
—¿He recogido la ropa de la galería?
—Iré a comprobarlo. Después, cuando te acuestes.
—No le he puesto comida a Mugre.
—Ya lo haré yo.
Antonio llevó a Mónica al dormitorio. Ella no quiso tumbarse a la cama, se quedó de pie, en el umbral de la puerta, esperando un milagro. Antonio no se preocupó por ella. Acabará acostándose. Al final, todo termina. Y cuando todo esto acabe, el inspector Carrión comerá en casa de los Rivera-Sanchis. Invitará también a su esposa y sus hijos, si es que había decidido tenerlos. Mónica le dará las gracias por involucrarse personalmente con el caso, en la intimidad del hogar, donde se sentía más cómoda. Antonio se pondrá hablar de fútbol. Cuando todo esto acabe, encenderá la televisión y se sentará en su sillón a ver los partidos de la Liga, la Champions y la Eurocopa.
Fue a la galería, no había ropa tendida. Rellenó el bebedero de Mugre, el gato de la familia, y vació un sobre de comida en su comedero. El animal dormitaba encima de un cojín con un ojo abierto sin prestar atención a la discusión de los humanos.
Se disponía a volver al dormitorio cuando llamaron al timbre. Mugre se desperezó en su cojín. Emitió un maullido molesto y se puso en posición de alerta. Mónica dio un sobresalto en el sitio. Los sonidos fuertes, especialmente los timbres y los mensajes del móvil, la ponían de los nervios. Le hacían recordar a las sirenas de los coches de policía.
Quizás fuera algún vecino que los había escuchado discutir y llamaba para preguntar cómo estaban. Los vecinos se preocupaban mucho por la familia. En un principio, no tenía intención de salir del dormitorio; sin embargo, la curiosidad fue más poderosa que la vergüenza. Antonio se había quedado callado y, quien fuera que estuviera al otro lado de la puerta, tampoco había dicho nada; ni si quiera les deseo las buenas noches. Mónica salió del dormitorio apoyándose en el marco de la puerta y se asomó con timidez. No fue capaz de ver gran cosa más allá de la ancha espalda de Antonio. Fue acercándose, muy despacio, arrastrando los pies y apoyándose en la pared del pasillo. La puerta estaba abierta de par en par. Antonio se había quedado paralizado. Una silueta pequeña y negra se asomaba entre sus piernas.
—¿Quién es? —alcanzó a preguntar Mónica un tanto asustada.
Antonio se echó a un lado permitiéndolo que ella lo viera con sus propios ojos: el milagro que la familia estaba esperando.
—¿Mamá? —dijo—. ¿Papá?
Mónica dio un paso hacia atrás.
—¿Mami? —estaba llorando.
Antonio hizo el amago de dar un portazo. Esa… cosa, no era su hijo. Vestía con la misma ropita que el día que desapareció y compartía el mismo timbre de voz. Se parecía a él de una manera superficial, de la misma manera que una gota de agua se parece a una gota de gasolina.
Mónica se quedaba despierta hasta altas horas de la madrugada esperando un milagro de Dios. La criatura que se encontraba delante de su puerta se había escapado del infierno.
Su descripción no coincidía con la que Antonio daba a las televisiones ni a las fotos que había compartido con la policía. Estaba recubierto por una mata de pelo grueso de color ceniza. Las orejas eran afiladas, las de un animal salvaje. Quizás un lobo o alguna especie de felino. Andrea, que se estaba preparando para el examen de biología, sabría identificar a qué animal pertenecía. De su espalda crecían unas protuberancias escamosas, una especie de placas óseas. Dos cuernos del tamaño de dos cirios ocupaban el lugar marcado por las sienes.
Fue un niño muy pequeño en comparación con los otros chicos de su clase. Apenas podía levantar la cesta de la ropa sucia, no le llegaban las manos. Los brazos de la criatura podrían rodear hasta dos cestas, si es que se lo proponía. Sus garras estaban acostumbradas a cortar y desgarrar. Había aprendido a cazar para sobrevivir durante el tiempo que había estado fuera de casa. Sus recién adquiridas fauces aceleraron el aprendizaje.
Tenía la camiseta manchada de sangre vieja. Mónica se la compró este otoño. El diseño le pareció gracioso: un divertido Tiranosaurio Rex con gafas de sol montado en patinete. Era consciente que no iba a durarle mucho. El niño estaba en pleno crecimiento. Tenía la esperanza que pudiera gastarla, por lo menos, hasta este verano. Eso había sido antes. Mónica había hecho nuevos planes. Pensaba deshacerse de la camiseta del dinosaurio que tanto le había gustado en cuanto llegasen a encontrarla. La cedería a la policía como prueba de los hechos y que se encarguen ellos de incinerarla.
—Mami —la criatura dio el primer paso.
Antonio dirigió una mirada hacia Mónica. Ella no supo descifrar los pensamientos del hombre que creía conocer. Antonio había perdido sus emociones y no se agachó a recogerlas. Sobrevivía a base de un programa automático instaurado en su cerebro en casos de extrema emergencia. Se hizo a un lado y dejó pasar a la criatura adentro de casa.
—Bienvenido de vuelta a casa, Lucas —dijo Antonio.
Los padres no tuvieron tiempo para reaccionar. La criatura pegó un brinco de alegría. Se dejó caer sobre sus manos delanteras y corrió, a cuatro patas, hacia el interior del salón. Faltó poco para que tirase a Antonio al suelo.
La criatura que tanto se parecía al niño desaparecido correteo por todo el lugar. Quería tocarlo todo, con esas manazas sucias de barro, como si estuviera pasando el relevo a los muebles en el juego del escondite.
El gato Mugre saltó atemorizado a lo alto de la librería. Los maullidos del animal quedaban eclipsados por la risa estridente del niño-bestia.
Llevaba mucho tiempo fuera de casa, más días de los que había aprendido a contar en el colegio. Quería jugar y reír, sin parar. El sofá era el sitio más divertido de la casa. Saltó encima de los cojines. Capturó el respaldo de un mordisco, arrancando la espuma del interior.
—¡Los pies en el suelo! —gritó Mónica por inercia.
Los ojos de la criatura encontraron a la mujer. Sus garras estaban clavadas en la espuma del sofá y en su hocico se veía restos de tela roja.
—Sí, mamá —dijo—. Me portaré bien. ¿Verdad que yo me porto muy bien?
Por extraño que parezca, la criatura obedeció. Antonio y Mónica fueron los más sorprendidos. Se sentó en el sofá de manera correcta e hizo por mantener la espalda recta, tanto como su infame anatomía se lo permitía.
Mugre aprovechó el momento de tranquilidad para descender de la librería y huir al dormitorio, quizás esconderse bajo de la cama donde nadie pudiera encontrarlo.
—¿Así está bien, mami?
Mónica estaba demasiado asustado como para responder.
La criatura volvió a subir al sofá, dio varias vueltas sobre su propio eje, siempre a cuatro patas, y se acostó encogido en posición fetal. Los niños se cansan muy rápido de jugar.
Las gotas que descendían por las mejillas de Mónica no eran lágrimas, sino un sudor frío fruto del pavor.
—¿Qué estás haciendo, Toni? —Mónica hizo por gritar sin levantar demasiado la voz y no despertar a la criatura.
—Me lo llevo a la cama a dormir.
—Ni se te ocurra meter a esa cosa en la cama de mi hijo.
—¿Y qué quieres que hagamos con él?
—Si tanto te preocupa esa cosa tápalo con una manta y déjalo estar —las palabras salían escopeteadas de su boca—. Mañana será otro día. Recogeremos este desastre y pensaremos qué hacer con él.
Antonio hizo el amago de ir al cuarto del niño a por unas sábanas, pero retrocedió al darse cuenta que Mónica lo estaba vigilando. ¿No pensarás tapar a esa cosa con las sábanas de mi hijo? Abrió la puerta de la habitación de Andrea. El resultado final sería el mismo tanto si eran las sábanas de su hijo como de su hija.
—En el armario de la galería, arriba del todo, están las cosas del gato —dijo Mónica desde el salón, sin perder de vista a la criatura.
No había mantas en el armario de la galería, y, si hubiera alguna, Antonio estaba tan nervioso que no las encontró. Revolvió los juguetes del gato, los cepillos y las chucherías. Lo más parecido a una manta que encontró fue la toalla que utilizaban para secar al animal después del baño. Se la enseñó a Mónica y ella no puso objeción, aunque sí que desvió la mirada en un gesto de incredulidad. ¿Cómo es posible que sea tan apañado para las cosas de fuera y que se pierda dentro de casa?
Desplegó la toalla encima de la criatura. Tenía intención de arroparlo, pero Mónica le interrumpió.
—¡Ya está! —dijo Mónica—. Ahora apártate. Mira lo que ha hecho con el sofá. ¿Y si te muerde el brazo? ¡Aléjate de esa mala bestia!
—No le digas eso al...
La palabra que estuvo a punto de pronunciar era niño. Antonio se había quedado observando a la criatura desde cerca.
—Vamos a la cama, Toni. ¿Has cerrado la puerta con llave? ¿Has puesto comida al gato? ¿Has recogido la ropa de la galería? Da igual, déjalo. Mañana será otro día. Vamos a la cama y olvidemos todo este asunto.
Entre ellos utilizaban palabras genéricas como tema, asunto o caso para referirse a la desaparición del niño.
—Solo quiero dormir y que todo esto acabe —siguió Mónica.
Pensar en un final le destrozaba el corazón.
—Ve tú, yo me quedaré a dormir en el sillón.
—¡De eso nada! —Mónica agarró el brazo de Antonio y lo empujó hacia ella.
—Has dicho que el niño puede ser peligroso y tienes razón. Me quedaré vigilándolo.
—Echaremos la llave del cuarto para que no entre mientras estamos dormidos. Te necesito a mi lado, Toni. No hagas que sea más difícil de lo que es.
La criatura soltó un regüeldo. Dormía a pierna suelta. No se iba a despertar en toda la noche.
—Está bien —cedió Antonio.
Mónica se adelantó a ir al dormitorio, había tenido más que suficiente por hoy. A Antonio todavía le quedaba algo por decir.
—Buenas noches —dijo a la vez que apagaba la luz del salón—, hijo mío.aquí...