Prólogo
Blair
El taxi huele a humedad y a arrepentimiento.
O quizás solo soy yo.
Pongo una mano sobre mi vientre mientras el letrero del pueblo pasa borroso por la ventana. Tiene poco menos de ocho mil habitantes, una gasolinera y una sola calle principal. Es un lugar tranquilo y sencillo. Es el tipo de sitio donde nadie hace preguntas y todos se meten en sus propios asuntos.
Exactamente lo que necesito.
El conductor avanza muy despacio al llegar al centro del pueblo. Mi motel aparece a la vista como una salvación vestida de pintura descascarada; es barato, color beige y apenas se mantiene en pie. Le pago en silencio. Ignoro la lástima en sus ojos cuando mira el bulto debajo de mi sudadera gigante.
Tengo seis meses de embarazo y ni rastro de un anillo.
Que piensen lo que quieran.
Saco mi maleta a la acera y me quedo ahí un segundo, desorientada por la calma. No hay disparos. No hay gritos. No está Carter ni tampoco Ashton. Solo hay viento, pájaros y algún ladrido lejano. Casi no sé qué hacer con tanto silencio.
En ese momento aparece ella.
Es una mujer con uniforme de hospital. Tiene el pelo rojo y rizado recogido y lleva una bolsa de tela al hombro. Se detiene en seco al verme. Me mira la barriga y luego me mira a la cara.
—¿Estás perdida?
Su voz es cálida. No suena entrometida ni con lástima. Solo está ahí.
Niego con la cabeza. —Solo estoy de paso.
Es mentira. No me queda otro lugar a donde ir. Este es mi destino.
Ella asiente de todos modos, como si me entendiera. —Bueno, si te vas a quedar aunque sea un poquito, evita la cafetería de la calle 3. El café sabe a rayos.
Se me escapa una risa por sorpresa. Es una risa pequeña, casi inexistente, pero es real.
—Soy Tessa —dice ella, tendiéndome la mano—. Trabajo de noche en el hospital infantil. Y de día en el peor estudio de yoga del mundo.
Dudo un momento. Luego le doy la mano.
—Blair.
Ella me mira, me mira de verdad, y no sé qué es, pero algo en su expresión se suaviza. Señala con la cabeza hacia la calle.
—Anda, ven. Tienes cara de necesitar algo que no sea jabón de motel y patatas de máquina.
Debería decir que no. Debería retirarme, encerrarme en mí misma y esconderme como he hecho durante semanas.
Pero en lugar de eso, la sigo.
Y así, sin más... empiezo de nuevo.
No me pregunta qué hago aquí.
Ni siquiera mira mi maleta medio abierta. Podría estar llena de vidrios rotos y de recuerdos que no soporto recordar, pero ella no dice nada.
Camina con tranquilidad, como si esto fuera lo más normal del mundo. Como si encontrarse a mujeres embarazadas solas frente a moteles de carretera fuera algo que pasa cada martes.
Camino detrás de ella. Hay algo en su forma de moverse que me hace sentir que no me voy a derrumbar si la sigo.
—¿A dónde vamos? —pregunto al final, porque siento que debo hacerlo.
—A mi casa —responde ella sin mirar atrás, como si no fuera gran cosa—. Está a la vuelta de la esquina. El sofá es más cómodo de lo que parece. Y vas a necesitar una ducha caliente antes de tocar cualquier cosa que ese motel llame cama.
Me detengo.
Ella se gira. Me espera.
—Ni siquiera me conoces —le digo con voz baja y seria.
Tessa solo se encoge de hombros. —Tienes pinta de haber tenido un año de perros. Yo tengo toallas limpias y dos tipos de helado. Con eso me basta.
Me quedo mirándola.
Ya no confío en la gente. Ya no.
Pero algo en sus ojos, algo firme y amable, logra atravesar todos los muros que he levantado.
Así que asiento. Solo una vez.
Ella sonríe. —Vamos entonces, chica misteriosa. Tengo el congelador lleno de malas decisiones y un sofá que te está esperando.
Su apartamento huele a coco y a detergente. Hay una lámpara torcida en la esquina, un gato acurrucado sobre una manta y una foto enmarcada de ella con el personal del hospital.
Es el lugar más acogedor en el que he estado en meses.
Ella señala el sofá. —Pon los pies en alto. Tú siéntate y yo sirvo algo.
La miro confundida. —¿Qué vas a servir?
—Lo que tenga más azúcar, ya sea té o chocolate caliente. Tú eliges.
No respondo de inmediato. Tengo un nudo en la garganta. Sigo con la mano en la barriga, como si fuera lo único que me mantiene en la realidad.
Ella no me mete prisa.
Al final me siento. No porque crea que estoy a salvo, sino porque, por primera vez en meses, quiero estarlo.
Y ese es el momento.
Justo ahí.
Ese es el momento en el que empiezo a convertirme en otra persona.
En alguien nuevo.
En alguien que sobrevive.
Me da la taza sin decir nada y se sienta en el sillón de enfrente. Encoge las piernas y bebe de su taza como si fuera una noche cualquiera.
Y tal vez lo sea.
Para ella.
Para mí... es la primera noche en semanas que no me siento completamente vacía.
La miro reírse de algo que sale en la tele. Veo al gato estirarse y subirse a su regazo. Veo cómo la luz resalta el rojo de su pelo mientras tararea algo suavemente.
Todavía no la conozco.
No de verdad.
Pero creo que...
Algún día, le confiaré todo lo que soy.