Una nube ☁️ Jean
Cuando uno mira al cielo por lo general se siente muy pequeño. A menos que seas un vanidoso. O un soñador. Este último opinará que no forma parte de este mundo y la bóveda celeste es su única amiga. Llora con la lluvia, ríe cuando el sol ilumina todo y muestra su ira en las tormentas. Las nubes son mensajes que el cielo manda deseoso de contactar.
Y mirando este gran cielo de un tono gris plomizo, dos preguntas vienen a mi mente: ¿soy un ególatra o un soñador? ¿Qué quieren decirme hoy las nubes?
En cuanto a la primera cuestión, probablemente sea un soñador. Siempre camino con los pies fuera del sendero pautado y con la mente demasiado ocupada descifrando mensajes en el cielo.
La segunda cuestión es difícil de responder. La bóveda celeste está teñida de plata y las nubes se han fundido las unas con las otras. Es casi ominoso. Dentro de poco la lluvia impactará contra la tierra y quiero inmortalizarlo con mi cámara.
Me visto una sudadera negra mientras bajo las escaleras a trompicones. Una vez en el rellano, agarro mi chaqueta y me arrodillo para poner el arnés a mi perrita Niki. No me gusta atarla, pero es más seguro de esta manera.
Acaricio su cabeza y le rasco la zona que tiene detrás de las orejas en punta. Tiene el pelaje color caramelo con partes blancas, es pequeña y muy cariñosa. Creo recordar que la veterinaria me ha dicho que es un corgi galés. Algún desalmado decidió deshacerse de ella como si fuera un trozo de basura, sin importarle que esta raza en concreto suele ser adoptada con facilidad.
Agarro la mochila que siempre tengo preparada para cuando me surge alguna sesión de fotografía improvisada y salgo por la puerta de mi pequeña casa.
Miro durante unos minutos la fachada construida en piedra, algo oscurecida por el paso de los años. Una hiedra se empeña en ocupar la mitad de la edificación. Desde que era un adolescente, siempre contemplaba con deseo el cartel de venta y lo cierto es que nunca imaginé que todavía siguiera ahí cuando por fin tuve dinero para comprarla.
Niki ladra un par de veces instándome a caminar. Esta zona es muy tranquila, situada a las afueras de la gran urbe. Por la tarde, la mitad de la humanidad se encuentra perdiendo tiempo de vida en un trabajo que odia, así que la acera se halla vacía.
Paseamos durante un buen rato, hasta que la zona urbana termina y la campiña en sus tonos otoñales se hace dueña del paisaje. En cuanto llego allí, suelto a Niki para que corra todo lo que quiera y llene con su mierda esta tierra que ha sido embargada por los bancos.
Cerca hay un barranco de considerable altura; un desnivel abrupto que separa los campos de un extenso bosque. Por debajo pasan los trenes, en su mayoría de mercancías. Quiero captar la lluvia cayendo sobre la locomotora, en un plano un tanto alejado.
Me dirijo hacia el borde de la hondonada con la mente sumergida en las posibles fotografías que pueda hacer. Estoy empezando a sacar el trípode plegable de la mochila cuando mis ojos se encuentran con la silueta de un hombre.
Resoplo con decepción. La humanidad siempre estropea las mejores fotografías.
—Lárgate, maldito jode fotos —susurro acercándome por su derecha y plantando el trípode con quizás demasiada fuerza.
Quiero que escuche mi molestia. Niki no está molesta e incluso va a olisquear sus pies. Traidora. Hoy no hay pollo para ti, señorita.
Me hice famoso con mis fotografías sobre el cielo. Desde hace un tiempo, quiero probar a inmortalizar lo mundano. En mi arte no hay espacio para un hombre que se dedica a contemplar el vacío con… ¿lágrimas en los ojos?
No mira hacia abajo, sino que observa las nubes. ¿El mensaje que manda el cielo es para él?
Se acerca un par de pasos al barranco. A lo lejos escucho la bocina del tren y su traqueteo.
Otro paso más.
¿Se va a tirar? ¿Qué demonios hago? Yo no soy quién para decirle que viva o muera. Solo quería sacar una foto.
Otro paso más. Tiene la mitad de sus pies ya en el borde. Niki se mueve nerviosa detrás de él.
—Eh, tú—digo colocando la cámara—. Aparta.
Bien, se me da fenomenal esto de ayudar a alguien. Igual si abro más la boca puedo lanzar un cuchillo.
Su rostro se gira hacia mí y es entonces cuando un trueno resuena seguido de un enorme rayo que cae detrás de él.
Un ojo azul. Otro marrón. Me mira sin llegar a hacerlo. Tiene una barba incipiente tan cobriza como su cabello.
La lluvia cae de golpe, sin previo aviso, dejándonos empapados en cuestión de segundos.
—Aléjate del precipicio. —El tren acaba de cruzar la curva. Manejo los botones para preparar un disparo en ráfaga. El hombre parece haberme escuchado, dado que se ha apartado, aunque no lo suficiente. Tendré que recortar su figura en la posterior edición—. Vete a casa y piensa mejor en lo que estás haciendo.
Su voz, demasiado suave, llega perdida a través del aguacero.
—No tengo hogar y ahora… —El tren pasa ensordeciendo lo que quiera que me esté diciendo—. No pensé que fuera a venir alguien.
Yo tampoco y aquí estamos.
—Siempre puedes pillar una habitación en un hotel.
Su sonrisa es torcida.
—Podría —se limita a decir.
Está jodido. O deprimido. O lo que sea. Al menos, semeja que de momento ha desistido en la idea de tirarse por un barranco de forma literal porque regresa sin despedirse.
Recojo todo con bastante presura para volver a casa antes de que Niki o yo nos pongamos enfermos.
Lo sigo desde una distancia de cinco o seis metros los pasos. Ha tomado la misma dirección que yo. No me entra en la cabeza como alguien puede llegar al extremo de renunciar a su propia vida. Una vez muerto, ya no habrá posibilidad para que algo mejore.
El hombre tropieza con algún pedrusco escondido entre la hierba alta y cae de bruces. Me acerco para intentar ayudarlo, pero él se repone con una rapidez pasmosa.
En cuanto pisamos el asfalto, mueve la cabeza a modo de saludo antes de continuar su camino, cruzando la calle.
Ya en el abrigo de mi casa, seco y con mi pijama favorito, enciendo un fuego para que Niki se tumbe y entre en calor. No puedo permitir que se vuelva a mojar así.
Saco la tarjeta de memoria de la cámara y la enchufo en el ordenador portátil.
En todas las fotografías sale el misterioso hombre. Sus ojos resaltan sobre su pálida y húmeda piel. Pueden verse las gotas de lluvia suspendidas a su alrededor. Las luces del tren llegando a su derecha aportan una iluminación increíble a la escena.
Refleja soledad. Desesperación. Lucha.
¿Cuál será su nombre? Debí habérselo preguntado. Quizás mañana ya no esté aquí. Quizás mañana vaya en busca de otro lugar desde el que lanzarse y acabar con todo.
Es una lástima. No me importaría sacar más fotos de sus ojos dispares.