01
¡Error! ¡Error! ¡Error! ¡Error!
La voz insistente se repetía y parecía que no pararía en ningún momento. No había ni siquiera abierto por completo los ojos cuando una punzada detrás de la nuca me cubrió por completo la cabeza. Solo tardó unos segundos, pero juraba que fue una terrible eternidad. Respiraba con dificultad; todo músculo y extremidad temblaba de dolor, como espasmos tras un gran accidente. Dejé que mi cuerpo se acostumbrara, que se adaptara a ese dolor martirizante.
Al dar el primer paso abrir los ojos, mi vista se nublo. Delante de mí, había una pantalla que rodeaba mi cabeza como un casco. La palabra “Error”, en color rojo, parpadeaba insistentemente. El color y los bruscos cambios de sonido empezaban a marearme, hasta que rodé lentamente para quedar completamente acostado, haciendo un esfuerzo desgastante con los brazos, que respondían con más.
Me tomé un momento, hasta que mi cuerpo dejó de rogarme que no me moviera, para empezar a levantarme. Tambaleándome, me hincé, soportando el peso de mi cuerpo con los brazos. El ruido y la imagen que proyectaba el casco me impedían siquiera respirar bien. Entonces, ignorando completamente el brusco movimiento, tomé el casco con las manos y lo saqué de mi cabeza. Al principio tiré de él hacia arriba, pero solo conseguí golpearme la barbilla. Lo intenté de nuevo con manos temblorosas y con una creciente desesperación, y esta vez se escuchó un clic: el casco terminó rodando por el suelo.
La oscuridad del lugar no dejaba ver mucho a mi alrededor. Lo único que iluminaba era la luna, que se encontraba descubierta. Di una calada de aire. Cuando el oxígeno entró a mis pulmones, sentí cómo poco a poco el dolor en mis piernas disminuía y dándome señal para comenzar a caminar instintivamente. Solo di unos pasos y mis piernas ya querían fallar de nuevo.
Me detuve y, forzando la vista, revisé todo a mi alrededor. La sorpresa que me llevé se quedó atrapada en mi garganta. Todo estaba en silencio. El viento apenas dejaba oír un leve silbido. Mis pies pisaban algún tipo de escombro, metal... algunas cosas ni siquiera tenían forma de lo destrozadas que estaban. Otras más estaban completamente oxidadas o astilladas. Kilómetros y kilómetros de ese desastre me rodeaban. No importaba hacia dónde volteara: ante mis ojos solo había interminables montañas de escombros, unas más grandes que otras, que proyectaban sombras tenebrosas.
Antes de poder decidir qué hacer, escuché un ruido constante, y el choque entre los escombros vibraba por el suelo. Como acto reflejo, tomé el casco y me escondí en el lado contrario al ruido. Traté de respirar despacio para que, fuera lo que fuera lo que estaba alli atrás, no me viera. Pero aún no estaba bien. Temía desmayarme en cualquier momento y quedar sepultado entre tanto escombro.
Asome ligeramente la cabeza, sin forzar más mi cuello lastimado, vi cómo una figura oscura se acercaba. Quería creer que mis ojos me mentían, que era una alucinación por algún golpe. Pero a pocos metros de mí se alzaba una gigantesca máquina de, tal vez, diez metros, con cuatro largas piernas. Se había detenido justo delante de la montaña donde me escondía.
Unos segundos de absoluto silencio cayeron sobre el lugar. Quería mirar y ver más de cerca, pero su altura era demasiado imponente como para confiarme y salir como si nada. Unas luces blancas comenzaron a alumbrar el camino de la máquina. Al parecer, estaba revisando... tal vez sabía que estaba allí, escondido en medio de tanta basura. Las manos me sudaban y las piernas se adormecían. Estaba petrificado. Y aún más cuando un largo brazo de metal se alzó por encima de mi cabeza. La luz que veía a través de los escombros era proyectada por esos brazos gruesos y pesados.
Esa cosa se movía con agilidad a solo metros de mí. Mi respiración se detuvo, mis ojos se abrieron de par en par. Estaba a punto de encontrarme: solo tenía que girar la cabeza del largó brazo para alumbrarme directamente. Cuando giró hacia su derecha, cerré los ojos. Estaba a punto de morir.
Unas pisadas salieron desde dentro de las montañas. Aunque no eran tan ruidosas como las de la máquina, pero eran lo suficientemente fuertes como para que el brazo dejara de buscarme y regresara rápidamente a su cuerpo metálico. Cuando abrí los ojos y vi las luces iluminar otras montañas, respiré. Había estado aguantando la respiración.
Sin pensar más, intenté bajar de la montaña, aprovechando el ruido que producía la máquina. Se escuchaban sus giros y cómo sus brazos chocaban con los escombros, pero por más veces que se estrellara, no parecía atrapar nada. Me estaba costando demasiado tiempo bajar. En una mano me aferraba al casco y con la otra trataba de agarrarme de las barras de metal que salían del suelo.
No imaginé que una de ellas se rompería de lo tan oxidada que se encontraba. Así fue como rodé y caí al final de la montaña. Una nube de tierra se levantó con mi impacto. El aire salió de mis pulmones. De nuevo, mi cabeza empezó a palpitar como cuando desperté.
El pitido ensordecedor regreso de nuevo, y, tratando de no abrir los ojos, vi una figura acercarse a mí. Traté de retroceder, impulsándome con los pies, pero no podía moverme mucho en mi estado. La figura se detuvo frente a mí, me tomó de la ropa y, como si fuera nada, me levantó. Solo así el dolor de la caída quedó en otro plano.
Los brazos que antes me buscaban en la montaña se acercaban a nosotros tan ágiles como el viento.
—¿Qué esperas? ¡Corre! ¡Corre!—lo último me sacó del shock, y sentí cómo me llevaba tirando del brazo. No podía seguirle el paso; mis piernas apenas podían coordinar. Al parecer, el chico que me había levantado del suelo y gritado en la cara lo notó al instante. Desesperado, tomó el casco que había caído cerca y me agarró de la mano con un agarre tan fuerte que me obligó a correr, aunque tropezara en cada paso.
—¡Vamos por aquí!—cruzamos varias montañas. No quería mirar atrás porque estaba muy seguro de que los brazos de esa cosa estaban a punto de alcanzarnos. Corrí, aunque mis piernas estaban dormidas y mis rodillas punzaban. Nunca olvidaría cómo me sentía en ese momento. No lograríamos salir si corríamos más. Delante de nosotros había una montaña grande. Subirla solo nos atrasaría. Estábamos a punto de morir los dos.
Cuando pensé que ese era el plan, sentí un tirón y el chico cambió de dirección. Pensé que tenía un plan y eso me dio un poco de esperanza. Pero cuando giramos y pude ver directamente a la máquina, pensé que estábamos a punto de ser atrapados.
—¡Corre y no lo mires, solo corre! —gritó el chico, y entonces me impulsó a correr directamente hacia la máquina. Su mano rodeaba la mía, podía sentir incluso cómo sus uñas se me clavaban de lo fuerte que me sostenía. Mi mente estaba en blanco. Quería desobedecerle y girar, pero tenía que salir de allí.
Cuando estuve por dudar y huir en dirección contraria, un brazo de esa máquina me alumbró el rostro. Solo pude abrir más los ojos, y en un segundo una imagen ocupó todo el espacio en mi mente. Todo se detuvo. Ya no estaba frente a esa aterradora máquina. Estaba en una habitación blanca, y a mi lado una pequeña niña de cabello castaño y sonrisa tierna. No pude siquiera verla a los ojos. Cuando reaccioné, de nuevo estaba frente al brazo.
Antes de que nos alcanzara, el chico jaló de mí y choqué con él. Nos tambaleamos un momento, pero seguimos corriendo. Mis manos sudaban cuando pasamos debajo de esa cosa. Sus largas piernas eran torpes, pues apenas podía moverse en el reducido espacio entre las montañas. Solo sus brazos eran ágiles. No pude ver si aún nos seguía. En ningún momento paramos, ni siquiera cuando ya no se escuchaba el ruido de la máquina. Yo estaba completamente perdido. Ni siquiera podía ver por dónde me llevaba el chico. Solo lo seguía. Y cuando reaccioné, miré de nuevo. Veía su perfil, su rostro sudoroso con una expresión de dolor. Él también estaba cansado.
—¿Espera, a dónde vamos?—mi voz sonaba más rasposa. Noté que mi boca estaba seca, sentía el sabor a tierra; tal vez algo de polvo había entrado cuando caí. Pero eso no importó, porque el chico no me contestó. Tal vez no me escuchó, o mi voz no fue lo suficientemente fuerte. Pero también me invadió un pensamiento: el miedo. Después de sobrevivir a esa aterradora cosa, ¿podía confiar en este chico con quien ni siquiera había cruzado palabra?
Antes de poder detenerme y asegurar quién era y si era confiable ir con él, nos detuvimos frente a un viejo edificio. No entendí qué hacíamos allí. Pero lo vi mover una tabla grande de madera para dejar abierto un pequeño agujero en la pared. La dejó a un costado y me miró.
—Entra—su voz sonaba cansada, como alguien que corrió por su vida y apenas se detenía.
Quería preguntarle por qué me había salvado, pero al ver su mirada agotada, no dije nada. Asentí y entré junto con él a ese edificio de fachada agrietada y paredes a punto de derrumbarse. Solo esperaba no estar cometiendo un error.a escribir aquí...