Capítulo 1
El presente.

El agente especial del FBI, Jeffry Miller, me acerca una botella de agua por encima de la mesa. Imaginé que tras tomarse veinte minutos de descanso regresaría menos perturbado, pero a juzgar por su expresión nauseabunda y ojos vidriosos, sigue igual de horrorizado que antes. Y bueno, no lo culpo. Antes del receso, el equipo de investigación a su cargo le informó que los peritos encontraron el cementerio clandestino de todas las mujeres que fueron secuestradas, ultrajadas y desvividas durante los últimos diez años.
«Las musas del pintor »
Aproximadamente ochenta mujeres de entre 19 y 26 años reposan ahí. Después de una eterna espera, por fin tendrán «justicia», aunque no de la forma que deseaban en vida.
—Pensé que estaba acostumbrado a ver este tipo de cosas, agente Jeff.
—No termino de acostumbrarme. No cuando con casos como este, compruebo que la sociedad está peor que jodida. Ya no hay humanidad. —Responde con dificultad cuando se incorpora en el asiento frente a mí.
Intenta con todas sus fuerzas no transmitirme el mismo sentimiento que los demás cuando sus ojos se cruzan con los míos: la lástima. Pero a estas alturas, después de todo lo que han descubierto en esa casa y de lo que se especula en los medios de comunicación, es casi imposible.
Ignoro su comentario y enfoco mi atención en el bonche grueso de papeles que él saca de la enorme carpeta negra renombrada como «Caso KTH». Fotografías, expedientes, mapas y otros papeles que no alcanzo a reconocer son esparcidos en la mesa de forma estratégica.
Deduzco que el momento de contar la historia de la casa de las musas ha llegado.
—¿Estas lista para iniciar?
Me encojo de hombros y esa respuesta le es suficiente para continuar.
—Si en algún momento quieres parar, solo dilo y detendré la grabación —acaricia su bigote francés, observando detenidamente la grabadora de voz—. Esto será doloroso, pero es necesario para esclarecer los hechos y reunir las pruebas en contra de los presuntos culpables.
—Agente, a estas alturas el dolor es parte de mí. Ya nada puede ser peor.
Le tiembla la mirada como reacción natural a mi crudeza.
Llevo un día entero en la sala de interrogatorios del departamento de policía de Brownsville, un barrio al este de Brooklyn. Las otras chicas y yo no nos hemos vuelto a ver desde ayer cuando los médicos legistas nos hicieron varios chequeos de rutina. Después, a cada una, nos encerraron en una sala diferente, pues los agentes quieren nuestros testimonios por separado y es que además necesitan detectar si alguna de nosotras es cómplice.
No lo dijeron abiertamente, pero bueno, soy una mujer perspicaz.
La puerta de la sala se abre de golpe y entra el segundo agente —aunque de menor rango— asignado al caso. Su nombre es David Fredickson. Alto, joven y enérgico, a diferencia de su superior, es de esos tipos atrabancados que con una mirada lo dicen todo. En las manos lleva una bolsa de papel color café con el logo de una panadería de la zona. Casi olvido que existía dicho establecimiento.
—Si le pagaran a la prensa por decir estupideces, serían millonarios. ¡No te imaginas la sarta de mierda que están publicando sobre esa casa y ni siquiera se han cumplido veinticuatro horas desde que salió la noticia!
—Y justo por eso debemos apresurarnos con el interrogatorio. —El agente Jeff se soba la frente con los pulgares. Una técnica infalible contra el estrés—. Hasta ahora tenemos a tres sobrevivientes y a tres sospechosos, de los cuales uno esta malherido. Así que deja de preocuparte por la prensa y concentra tus esfuerzos en la línea de investigación, ¿quieres?
David refunfuña inconforme. Abandona de mala gana la bolsa de pan sobre la mesa y ocupa la silla junto a su superior. Es el único que no me mira compasivo, por el contrario, en el verde de sus ojos encuentro algo muy parecido a la sospecha.
El agente mayor oprime el botón de play de su grabadora y da inicio con el interrogatorio.
—Desde que te trajimos a la comisaría no nos has mencionado tu nombre.
—No lo considero importante, agente.
—Lo es, así que dínoslo junto con tu edad —añade David en tono demandante.
Entrelazo mis manos sudorosas, recargando mis brazos en la mesa y respondo.
—Antes de ser una musa, me llamaba Danelle Brown. Ahora soy… —un ligero temblor se apodera de mi labio inferior—. Soy Azul y tengo veintiséis años.
Tras hacer un par de anotaciones, el agente Jeffry retoma la palabra.
—Ayer nos contaste sobre la existencia de un cementerio de mujeres, pero ahora necesito que empecemos desde el principio. Así que dinos, Danelle —hace énfasis en ese nombre—, antes de que te privaran de la libertad, ¿Conocías a los tres sospechosos del caso?
—No, agente.
—De acuerdo. Entonces dinos, ¿cómo ocurrió tu secuestro?
Mi mente posee la capacidad de resguardar cada detalle, por desagradable que sea, cual disco duro de computadora. Recordar detalles no es el problema. Lo que representan en mi vida después de la casa, tal vez sí.
—Ocurrió hace tres años, cuando « el pintor» llegó como cliente a la librería donde yo solía trabajar.
—Supongo que te refieres a Kim Taehyung. —David levanta una fotografía perteneciente al hombre en cuestión—. Kim Taehyung, pintor profesional, egresado de la universidad de artes de Nueva york, surcoreano, treinta y tres años, ¿no es así?
Mis ojos invaden la fotografía e intento rechazar las multiplicadas sensaciones que me desatan su rostro.
—Sí, es él. Las musas lo conocemos como el pintor.
David asiente poco convencido y coloca la fotografía en medio de todo el papeleo.
—Por favor continúa, Danelle.
Aclaro la garganta, saboreando el amargor de mi propia saliva.
—El pintor llegó poco antes de cerrar la librería y compró la edición especial del libro «Monet: El triunfo del impresionismo».
Jeffry anota un par de cosas en el expediente.
—¿Había alguien más contigo esa noche?
—Gerald Frame, el encargado del almacén. Pero él no vio al pintor, de hecho, nunca veía a ningún cliente porque su trabajo consistía en estar encerrado en ese reducido espacio. Es… —lo medito un segundo—, o era una librería muy pequeña y undergound que no requería de mucho personal.
—¿Y Kim Taehyung? ¿Él iba solo?
—Si.
—¿Notaste algo extraño? —señaló David— ¿Alguna actitud fuera de lo normal de su parte?
Suspiré y me volví pensativa por lo estúpido de sus preguntas. A veces las señales están, pero nuestra atención, nuestros problemas o la pereza del momento, no nos permiten darnos cuenta de su existencia ni mucho menos de las consecuencias de ignorarlas.
—Necesitamos que describas todos los hechos desde el día de tu captura hasta el día que te encontramos, incluso aquello que parezca innecesario podría ser de utilidad para el juicio, Danelle. Así que por favor, cuéntanos todo a detalle.
—De acuerdo, agentes…

Primavera (Marzo 2015)
Una de las pocas cosas que valoraba de mi vida anterior era mi trabajo en la librería. Amaba la soledad de los pasillos por las mañanas, la tranquilidad que se respiraba en cada rincón y el aroma a hojas y a creatividad de los estantes de roble que adornaban el espacio.
Nicolas Grimes, quien era el dueño del local, en temporadas altas como navidad o vacaciones de verano contrataba a otras chicas para ayudarme con el trabajo de caja, limpieza y otras actividades necesarias para sacar adelante el negocio. Lo cierto es que casi todo el año me la pasaba sola, lo cual no me importaba, pues la soledad y yo encajábamos muy bien.
Rara la vez cruzaba palabra con Gerald. «Buenos días» y « buenas noches» eran algunos de los diálogos que entablábamos apenas atravesaba la puerta de empleados durante el turno. La nula comunicación se debía a que el tipo confundía la amabilidad con la coquetería. Te desnudaba con la mirada a la menor y casi inexistente señal de interés.
Mi jefe Nicolas era distinto. Reservado y tolerante. Solía darme la oportunidad de apartar las ediciones especiales de mis libros favoritos o de pagarlos poco a poco vía nómina. En Nicolas resaltaba el buen gusto en cuanto a decoración de inmuebles. La mayoría de los clientes admiraban la fachada y el interior por el estilo gótico-vintage que él mismo diseñó.
Se podría decir que Nicolas era la única persona con la que mantenía una relación más o menos cercana. Y bueno, mi vida social no era tan diferente en otros ámbitos de mi vida.
Cuando asistía a la preparatoria, por ejemplo, me hacía de amigos inadaptados como yo: con problemas en casa, desinteresados de socializar, carentes de amor y de comprensión y con los que después de graduarnos, seguíamos encontrándonos en la azotea de algún edificio abandonado de Brownsville para fumar yerba. Nada de charlas profundas, nada de silencios incómodos. Nos bastaba sentir esa vibra y comprensión que desde chicos carecimos.
Mi familia no era una familia. Eran personas que por azares del destino terminaron conviviendo en el mismo espacio-tiempo sin desearlo realmente. Cuando cumplí cinco mi madre se fue de la casa y mi padre, sin saber que hacer, creyó que era buena idea desquitarse conmigo, diciéndome todos los días que mi existencia era una desdicha para él y que no se haría responsable de mi porque ya tenía suficientes problemas como para lidiar con uno más.
Desde entonces tuve la sensación de que estuviera donde estuviera e hiciera lo que hiciera, pasaría desapercibida para las personas. O al menos así fue hasta que lo conocí.
Mi turno en la librería estaba a diez minutos de terminar y me habría adelantado a bajar las cortinas si no hubiese recibido una llamada de mi padre.
—¡Estúpida, más te vale regresar a la casa con el puto dinero, ¿escuchaste? La señora Green ha venido todo el maldito día a cobrarme el arrendamiento!
—¿Por qué no le exiges el dinero a las putas con las que lo perdiste? ¿Qué culpa tengo yo de que te hayas gastado con ellas el dinero de la renta? —mantuve el teléfono entre la oreja y el hombro, buscando en mi bolso las llaves del local.
La costumbre de los insultos y los maltratos de mi padre daba miedo. El podía lanzarme una maldición o intentar agarrarme a puños y a mí me importaba un bledo, pues el viejo ya no era el mismo roble de antes.
—Estas advertida, Danelle, ¡si no quieres dormir en la calle no regreses sin ese din…!
Le puse fin a la conversación en cuanto sonó el sensor que detectaba movimiento en la puerta.
«Lo que faltaba»
Un cliente que decidió visitar la librería cinco minutos antes del cierre.
Me apresuré a guardar mis pocas cosas en mi mochila y a resguardar en el cajón de siempre los tickets de las compras que se dieron durante el día. Pasaron aproximadamente diez minutos y el misterioso cliente no mostraba intenciones de moverse de la sección de Artes.
—Buenas noches, señor, ¿puedo ayudarlo con algún título?
Me planté detrás de él, admirando la extravagante gabardina con plumas negras que lo cubría hasta las pantorrillas. En seguida resaltaron unos relucientes zapatos del mismo tono. Un estilo que sin duda, a Nicolas le encantaría.
Sus pacíficos movimientos, como si no fueran las diez de la noche, me resultaron desesperantes y cuando se dio la vuelta, desprendiendo la clase y elegancia que poseía, supe que no se trataría de un cliente cualquiera.
Ojos rasgados, bellos y del color de la miel cristalizada, tan profundos y enigmáticos que se asemejaban a una obra casi perfecta, y ese casi radicaba en que en ellos se asomaba una minúscula pero poderosa maldad. Sonrisa retorcida, reluciente y siniestra. Rasgos finos y cabello alborotado en delicadas ondas que le caían en la frente.
Su encanto camuflaba perfectamente la malevolencia de su ser.
—Buenas noches, hermosa dama. Que amable de tu parte. Estoy buscando la edición especial del libro Monet, el triunfo del impresionismo, ¿podrías confirmarme si lo tienes en existencia, por favor?
«Maldición»
Cada semana ahorraba una parte de mi sueldo para comprar aquella joyita literaria. No solo incluía una descripción avanzada de los cuadros de Monet, sino que además, el autor exponía las múltiples técnicas del artista, mismas que lo llevaron a crear el impresionismo. Sin mencionar el material creativo que venía incluido.
Solo había una copia en existencia y sería mía siempre y cuando ningún cliente la reclamara antes de que yo pudiera pagarla. Así fue el trato que hice con Nicolas.
—Si, lo tenemos —dije al fin con cierta decepción—. Queda una pieza en almacén, ¿quiere verla antes de proceder con la compra, señor?
Aquel hombre dio un paso al frente, acabando con cualquier distancia que hubiera entre nosotros. Su altura era tan impresionante como la eminencia de su personalidad, y su sonrisa tan coqueta como la lascivia de su lengua deslizándose en su labio inferior.
—Qué suerte la mía —musitó para sí mismo, aunque dudé que lo haya dicho por el libro—. Por favor, muéstramela.
Deslizó sus juguetones ojos a mi nariz, a mi boca y finalmente los posó a mis piernas descubiertas. Solía usar shorts cortos en primavera y esa noche me arrepentí de haberlo hecho, pues la miradita del tipo no era precisamente muy inocente que digamos. Incluso cuando me di la vuelta para dirigirme al almacén, seguí sintiendo sus penetrantes ojos en mi trasero.
¿Qué derecho le daba a los hombres mirarnos de esa forma cuando usábamos ropa corta en plena primavera?
Ingresé al almacén e interrumpí la partida de Free Fire que estaba jugando Gerald. Se levantó y le di el título que debía buscarme. Lo hizo tras morderse el labio inferior y guiñarme el ojo. Pasados cinco minutos me lo entregó, asegurándose de que nuestras manos se acariciasen a propósito.
Regresé con el cliente misterioso, quien se había trasladado al mostrador.
—Aquí tiene, señor.
El hombre no me quitó la miradita de encima, ni siquiera teniendo la edición especial de Monet en sus manos.
—Es exquisita. Será un verdadero placer llevarla conmigo, ¿no lo crees?
Regresé detrás del estante de la caja, encubriendo la sensación de incomodidad que me producía su actitud.
No era raro lidiar con personas morbosas, prepotentes e incluso racistas. Acudían al local todo el tiempo y Nicolas nos daba permiso de tratarlos como se merecían. Pero aquello fue diferente, el asiático no me insultó ni tampoco me tocó, se limitaba a mirarme con un deje de perversión.
—Por promoción, su compra incluye este material —le entregué un lienzo y unas acuarelas de la marca del artista, protegidos en una hermosa caja colorida—. Son doscientos cincuenta y ocho dólares, señor.
No le importó en lo más mínimo el precio, creo que para su alcurnia fue como comprar un dulce en el bazar de la esquina. Se notaba que el dinero no era problema para él.
—Aquí tienes, y así esta bien, el cambio puedes quedártelo o donarlo a la librería. Es extraordinaria, por cierto. El decorador hizo un trabajo maravilloso.
Noté algo extraño en los billetes que me entregó y no porque dudara de su autenticidad, sino porque estaban ligeramente húmedos de un líquido que se asemejaba al aceite. Igual no hice un alboroto porque ya quería irme.
—Gracias por su compra, señor, lo esperamos pronto. —O nunca, mejor nunca. A los tipos atractivos y raros había que mantenerlos lo más lejos posible.
El hombre clavo la vista en mis manos durante un infinito segundo.
—Claro que nos veremos pronto. —Enfatizó una sonrisa adorable y aterradora por partes iguales y salió del establecimiento.
Me apresuré a hacer el conteo de la caja y de reojo miré a Gerald caminar a la salida.
—Hasta mañana, preciosa.
Alcé las cejas como respuesta y seguí en lo mío. Cuando terminé, le escribí una nota a Nicolás sobre las diferencias en las cuentas del corte. Me colgué mi mochila y al salir, bajé las cortinas que protegían el local, colocando un candado en cada extremo.
Caminé apenas dos cuadras cuando un fuerte mareo me sacudió la cabeza, imposibilitándome de coordinar mis pasos. Me detuve en un poste de luz y me sostuve de él porque mi visión se volvió limitada. Los escasos sonidos de la noche se escucharon en eco y después, la boca y la lengua se me adormecieron. No pude gritar, no pude pedir ayuda. Y ahí fue cuando sucedió.
Una presencia escalofriante se acomodó a mis espaldas y me sujetó de las caderas para evitar que me cayera contra el pavimento. Mi cuerpo fue envuelto por un montón de plumas y justo antes de perder la conciencia, escuché su voz.
—Tranquila, mi hermosa musa, pronto estarás en casa…









La drogó con el dinero :(((
está inspirada en el Jardín de las Mariposas?