1 | Un extraño en el arenero
HAILEY
—¡Cuidado, jefa! —grito mientras vacío un cubo lleno de arena por el tobogán.
Elsie suelta una risita y salta hacia atrás. La arena cae en cascada y se amontona en la pila que crece al final de la rampa.
—¡Otra vez! —chilló ella con una voz aguda y llena de alegría.
—Tú sola, renacuaja. Mis brazos parecen gelatina. Voy a tomar un poco de agua antes de desmayarme y pasar a formar parte del arenero.
Ella se queja apenas un segundo antes de salir corriendo a jugar con otro niño. Está claro que ya se olvidó de mí.
Camino con dificultad por la arena suelta. Me dejo caer en el banco, en el único trozo de sombra de todo el parque. Se me pega el pelo a la cara mientras busco la botella de agua en el bolso. Doy unos tragos largos y gloriosos.
Apenas me doy cuenta de que hay alguien a mi lado hasta que oigo una voz amable. —"¿Te importa si me siento? Necesito salir del sol".
Niego con la cabeza sin dejar de mirar a Elsie, que corre en círculos. —"Adelante".
El chico se sienta y me tiende la mano. —"Por cierto, soy Wes".
Al principio apenas lo miro. —"Encantada de conocert..."
Vaya. Hola, giro inesperado.
El tipo es alto, todo músculo puro y piel dorada. Tiene una sonrisa de esas que anuncian pasta de dientes. Su cara es pura luz, con hoyuelos y unos rizos rubios despeinados. Parece que se hubiera escapado de una sesión de fotos en la playa para acabar en los suburbios.
—Encantada de conocerte, Wes. Soy Hailey —digo, estrechando por fin su mano como una persona normal.
Él señala hacia los juegos. —"¿Cuál es el tuyo?".
Hago un gesto vago hacia el caos. —"Esa de ahí, esos dos, el de más allá... y creo que hay otro por algún lado". Miro alrededor de forma exagerada, como si hubiera perdido a un niño.
Sus ojos se abren de par en par. —"¡¿Joder, cinco?!".
Asiento con seriedad, aguantándome la risa. —"Ya sabes lo que dicen: una vez que tienes uno, te da igual tener cinco".
Wes suelta una carcajada. —"Estoy seguro de que nadie dice eso".
—Yo lo digo —respondo, levantando mi botella de agua como si brindara.
Él señala mi mano vacía. —"¿Te da miedo perder el anillo en el parque?".
—Sí, no querría perder mi diamante de cuatro quilates en el arenero. Tendría que pedirle uno nuevo a mi marido millonario. Y todavía me faltan tres meses para que me toque el siguiente cambio.
Él se ríe con ganas. —"Bueno, menos mal que tienes a ese marido rico para pagarte este ritmo de vida de caos y cajitas de zumo".
Nos quedamos un rato sentados en un silencio agradable, viendo a los niños correr bajo el sol.
—Entonces —dice al cabo de un rato—, ¿de verdad tienes marido?
Niego con la cabeza.
—¿Novio?
Vuelvo a negar.
—¿El padre de los niños aparece por aquí?
Sonrío y dejo que la mentira se aclare. —"Solo es ella" —digo, señalando a Elsie—. "Y no es mía. Soy su niñera".
Le echo un vistazo de arriba abajo. —"¿Y tú qué? ¿Tienes hijos o solo vienes a ligar con mamás?".
—Ninguna de las dos cosas —dice Wes tranquilamente—. "Cuido al hijo de mi hermana". Señala al niño que juega con Elsie. —"Ese es Milo".
Justo en ese momento, Elsie tropieza con sus propios pies y cae de boca en la arena. Me levanto antes de que levante la cabeza y la tomo en brazos.
—Estás bien, cariño, no pasa nada —le susurro mientras le quito la arena de los ojos.
—Quiero irme a casa —llora ella, escupiendo arena.
La llevo al banco y saco su botella del bolso. —"Enjuágate la boca, cielo" —le digo, acercando el agua a sus labios manchados.
Cuando ya no tiene arena y deja de sollozar, se queda relajada en mis brazos como un globo desinflado.
—Quiero ir con el tío Heath —murmura, sorbiendo por la nariz contra mi hombro.
Aguanto las ganas de suspirar. O de gruñir. O las dos cosas.
No entiendo esa obsesión con Heath. En los ocho meses que llevo trabajando para él, habré visto al tipo unas quince veces. Nunca me ha dicho más que un par de palabras cortantes. Y aun así, para Elsie, él es una especie de superhéroe con gemelos en la camisa.
Ella lo adora. Le deja dibujos en el escritorio como si fueran ofrendas para un dios muy frío, muy elegante y muy guapo. Le recoge flores silvestres cada vez que salimos.
Sé que Heath Cavanaugh no pidió esta vida. Era demasiado joven y tenía demasiado éxito para que le encasquetaran a la hija de su hermana y le dijeran que se apañara.
La madre de Elsie murió al dar a luz. Su padre nunca se recuperó; cayó en las drogas y perdió la custodia cuando ella tenía tres años. Heath se hizo cargo, pero solo en lo material. ¿En lo emocional? Eso lo delegó. Contrató a una extraña para que criara a su sobrina en su propia casa. Y cuando esa extraña se fue, llegó otra: yo.
Meto las botellas en el bolso y me acomodo a Elsie en la cadera. —"Venga, vamos a despedirnos de Milo y Wes".
Elsie saluda débilmente, todavía agarrada a mi camiseta.
—Adiós —digo mientras me cuelgo el bolso al hombro.
—¡Espera! ¿Vienes mucho por aquí? —me grita Wes.
—Casi todos los días —respondo por encima del hombro, caminando ya hacia el coche.
Entro en el camino de la casa y pulso el botón para cerrar la puerta automática. Aparco junto a la entrada trasera.
Elsie aprieta el ramo de flores marchitas en su puño mientras le quito el cinturón de la silla. —"Quiero darle las flores al tío Heath" —dice con dulzura.
—El tío Heath está trabajando —le recuerdo, llevándola con cuidado hacia dentro—. "Vamos a ponerlas en agua y se las dejas en la encimera. Las verá luego, ¿vale?".
Elsie pone morritos. —"Siempre está trabajando".
Le acaricio el pelo lleno de arena. —"Lo sé, pequeña. Vamos a limpiarte y a hacer algo divertido. ¿Qué te parece una noche de película en pijama?".
Sus ojos brillan como si le acabara de regalar un poni. —"¡Pero si ni siquiera es fin de semana!".
Levanto las cejas con misterio. —"Entonces será mejor que no se lo digamos a tu tío, ¿verdad?".
—¿Qué es mejor no decirme?
Su voz suena como un trueno a mis espaldas y me quedo helada.
Ahí está. De espaldas, con el teléfono pegado a la oreja.
Heath Cavanaugh. Puros rasgos marcados y una energía cortante. Hielo en la voz y fuego en la mirada. Es el tipo de hombre que domina una habitación sin siquiera levantar la vista.
Trago saliva e intento soltar una risa natural. —"Íbamos a ver una película y..."
—Ahórrate los detalles. —Su tono me corta en seco—. "Tú eres la niñera. Tú tomas las decisiones. Te agradecería que no intentaras pintarme como el malo delante de mi sobrina".
Y así, sin más, desaparece en su despacho, llevándose todo el aire consigo.
Me quedo ahí un momento, pasmada. Luego miro a Elsie y levanto una ceja.
—¿Has oído? Yo mando. Eso significa que también habrá palomitas.
Elsie chilla y aplaude. —"¿Podemos comer pastelitos también?".
Le revuelvo el pelo. —"No abuses, enana. Ahora vete al baño antes de que me arrepienta".
Bueno, esto ha empezado bien, ¿no? ¿De qué bando sois: del de los hoyuelos y el pelo rubio, o del de las miradas que matan? 😏









🥰❤️❤️❤️🥰
Ótimo!
Geez, I feel like the last name Cavenaugh = No Thank You in most stories I read!