Amanecerte en la vida - V_Swing

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Sinopsis

Daniela Gassmann, una joven bióloga argentina, emprende un viaje a Canadá para reencontrarse con amigos, hacer contactos para su maestría y, sin saberlo, comenzar una profunda transformación personal. En medio de paisajes imponentes, playas de Gaspésie y una vida lejos de casa, conoce a Audrey Lafontaine, una misteriosa mujer que vive en reclusión emocional desde que fue abandonada por su pareja. Lo que empieza como un encuentro casual en la playa, pronto se convierte en un juego de miradas, palabras y emociones. Con humor, sensibilidad y una creciente atracción entre mujeres, la historia explora el redescubrimiento del amor, la identidad y el coraje de vivir lo que verdaderamente se desea. Una novela de viaje, romance y sanación que deja huella.

Genero:
Romance
Autor/a:
WNLesb
Estado:
Completado
Capítulos:
11
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
13+

Capitulo I

Los pasajeros del vuelo 093 de Air Canadá con destino a Toronto favor de abordar por la puerta 16 - resonó el alta voz- Les passagers...

-OK, aquí vamos – me erguí de mi asiento de la sala de abordaje en el aeropuerto de Ezeiza, para colocarme en la fila de abordaje a la puerta 16, puerta que me llevaría a mi nuevo hogar por tres meses, a ese nuevo hogar a más de 14000 millas de lo que normalmente reconocería como casa, lejos muy lejos de mi Argentina. Si ni siquiera podría conservar mucho de mi español, tal vez en algunas charlas con mis amigos, pero sería el francés el que dominaría mis días de extranjera.

Ahora que pasaron 2 años de aquel momento no puedo evitar sonreír por cómo me sentía aquel día. Una mezcla de emociones me invadía desde que abrí mis ojos en esa mañana.

Expectación e incertidumbre, adornado por una cuota de ansiedad casi sofocante. Una preciosa combinación. Cada vez que durante las últimas 2 semanas alguien había mencionado alguna cosa como “la peque se va a Canadá“, o “la rubia se va para el norte unos meses”, me parecía que hablaban de otra rubia o de otra peque. Incluso, cuando yo misma lo decía, me sentía idealizando. Era un sueño añorado que se estaba haciendo realidad. Por fin. Un sueño que no habría podido lograr sin la insistencia y la emoción de mis abuelos, que lo vivían como si fueran ellos los que estarían allí de pie, frente a una puerta de embarque. Quizás por ser hijos de migrantes, quizás por el simple orgullo de que una de sus nietas pudiera volar un poco más lejos de lo habitual. Vivir una experiencia diferente a la que el 99% de la población de mi lugar de origen alguna vez podría soñar.

Después de 4 años estaba a punto de realizar una de mis más preciadas metas. Me sentía feliz, sabía que mis ojos verdes brillaron más verdes de lo normal durante esas siete horas anteriores. Aun teniendo en cuenta todo a lo que estaba renunciando, postergando o simplemente abandonando por subirme a ese avión. Trabajo, el final de mi carrera, proyectos por los que había peleado meses y meses, pero que estaba segura que aprovecharía más enérgicamente al regresar de aquella experiencia.

Tal vez lo más decepcionante había sido Fer. Fernando fue mi novio durante casi un año antes de ese día y ese viaje había sido el causante del final de mi etapa con él. Al principio solo era química absoluta e impersonal, pero después nos acostumbramos a pasar el tiempo juntos. Hicimos proyectos para el futuro y nos pasamos largas horas abrazados solo divagando en algo que ahora sé que nunca llegaría. Cuando supo de mi viaje se puso muy feliz. Sabía lo que yo esperaba una oportunidad semejante, pero con el paso del tiempo todo su lado posesivo y celoso salió a saludar en cada oportunidad que le abría la puerta. Finalmente lo dejamos.

-Good Afternoon Miss, your ticket please – la voz del agente me sacó de mis pensamientos – and your identification.

-Yes, of course – contesté entregándole lo que me pedía.

-Perfect, welcome and good flight – me regresó mi pase de abordaje y mi pasaporte.

Caminé por el pasillo que me llevaría al 767, lentamente, disfrutando del momento, de todo lo que surgía dentro por primera vez. La azafata me indicó la dirección hacia mi asiento, el 27 F. Tercera columna del centro contra el lado derecho del avión. Me senté, leí las instrucciones de seguridad, coloqué mi bolso bajo el asiento al frente, abroché y ajusté el cinturón, para acomodarme en mi asiento. Miré mis manos y en ellas seguían mi pase y mi pasaporte. Abrí el último, miré mi foto, miré mi nombre, y le sonreí a la nada. Daniela Gassmann. Así me llamo y, a veces, así me llaman los demás. Tengo 24 años y curso mi último año de la carrera de Biología. Digo que a veces así me llaman porque mis amigos siempre han preferido motes como la peque, o la rubia, o la rusa, este último por haber nacido y crecido en un pequeño pueblo, al centro-oeste de Entre Ríos, fundado y poblado por descendientes de rusos-alemanes. Lo de peque debería darles la idea sobre mi estatura, verdad. Prefiero no mencionarlo mucho, no sea que todos se den cuenta que no soy muy alta.

Mientras oía hablar al capitán y a la tripulación de avión y este se movía por sobre la pista de despegue, no pude evitar recordar las palabras de mi mejor amigo Mike. “Vas a disfrutar de la sensación fun del despegue”, me dijo o me escribió por MSN. Sensación fun, ¿Fun? Entendía la palabra, obviamente, pero ¿qué será exactamente eso? No tarde mucho en saberlo. ¡Claro! Esa sensación montaña rusa o alfombra mágica, el vacío en el estómago que hace cosquillas en el diafragma, no pude evitar sonreír como tonta.

-Divertida – una voz del otro lado del pasillo me sobresalto – parece por tu cara. Un chico joven y muy atlético me sonreía desde el asiento continuo al mío, pasillo de por medio.

-Hem... si me acordaba de un amigo que me hablaba de una supuesta sensación fun de despegue – contesté.

-Ahh, si mariposas o cosquillas en el estómago, con el tiempo te vas acostumbrando – contestó- ¿primer vuelo?

-Primeriza en esto, ¿se me nota mucho? – pregunté.

-No, para nada, estabas muy sonriente, como cómoda con la situación – fingí que me sentía aliviada pasándome la mano por la frente y lo hice reír, luego agrego – éste es mi viaje número... veamos... –pareció pensar por 5 segundos- no sé...viajo mucho, soy boxeador, igual que mi amigo – dijo señalando al chico de al lado, que levanto la mano saludando.

Mientras tanto la sensación fun termino, y el avión ya estaba nivelado.

-Vaya, boxeadores, no conocía a ninguno hasta ahora – esperé que no profundizará en el tema, para no tener que decepcionarlo diciéndole que no me sentía muy atraída por los deportes de lucha, ni siquiera los entendía. Siempre me gustaron los deportes en equipos, jugué al voley durante 10 años hasta el final de mi secundario, y además me encanta el fútbol. Después de todo soy bien argentina.

-Bueno, es bueno saber que somos los primeros boxeadores de tu vida – habló el compañero de mi primer interlocutor, reímos por la idea - y ¿qué hace una chica tan linda como tú para ganarse la vida?

¿Tú? mi cara de interrogante habló por si sola - ustedes no son de Buenos Aires o del Litoral, ¿verdad?

-¡No! Del norte del país – me dijo el más cercano a mí – ¿nos adivinaste por el acento?

- Por el tú, pero – dije esto poniendo cara de sospecha- es cierto que se adivina cierto acento bailarín en tu manera de hablar – sonreí.

Su compañero alargó al frente la cabeza y repuso - Claro, esta es la chica típica que usa el vos, el che, dice boludo seguidito, y toma más mate que agua – asentí- pero no te zafes de mi pregunta bonita, ¿qué hace una cosita tan linda como vos – remarcó la última palabra- para ocupar su tiempo?

-Desde luego, no podes negar que sos argentino, señor adulador – sabía que bromeaba así que no me lo tomé a mal, chicos, siempre iguales pensé – OK, soy bióloga, bueno casi, estoy terminando mi carrera, trabajó para una institución oficial en Entre Ríos, estudiamos el bosque nativo y su evolución en relación a la agricultura intensiva.

-Wow, una bióloga – repuso inmediatamente – la primera de mi vida. Por cierto, soy Santiago y él es Carlos – se presentó y me pregunto de inmediato – ¿y la bióloga tiene novio?

Vaya la clásica pregunta de siempre. ¿Tienes o tienes novio? Como si eso definiera alguna cuestión importante de tu personalidad. Resulta que yo me consideraba desde siempre algo más que solo una “novia”.

-Bueno, Santiago, Carlos – a cada nombre moví mi cabeza de forma cortés – yo soy Daniela – les entregué en confianza mi nombre – y no, no tengo – contesté cortante.

En ese momento las azafatas interrumpieron la conversación con la merienda y casi que lo agradecí. Sé que intentaba ser cortes, pero no quería ahondar en el tema. Mi mente se dirigió a Fer casi instantáneamente, definitivamente no era lo que estaba buscando. ¡Qué vida amorosa que tenía en mi resumen! Era casi de terror, varias relaciones, algunas que incluían a mí mismo sexo. No siempre me sentí atraída por las mujeres, pero desde que lo descubrí había tenido algunos pares de citas con chicas de mi ciudad. Aunque, en general, mis relaciones más públicas y duraderas habían sido con hombres, sobre todo por mi familia. Así que, llámenme cobarde, me asumí bisexual para mí y heterosexual para todos los otros, excepto para algunos amigos muy íntimos. En ese momento de mi vida, nunca había pensado en encontrar a alguien lo suficientemente especial como para olvidarme de todo lo que pensaba eran mis obligaciones de hija o nieta. Mucho menos una mujer. El tiempo, este viaje y muchas lágrimas me convencerían de que estaba equivocada.

Mi primer interlocutor, Carlos, me observó por el pasillo y arrancó con un espiral de preguntas.

-¿Te quedas en Toronto? ¿Qué vas a hacer a Canadá? ¿Por cuánto tiempo?- todo lo preguntó sin levantar una mirada satisfecha de su ensalada de fruta.

-No me quedó en Toronto, hago trasbordo a Ottawa, voy a ver amigos y quiero hacer mi maestría el año próximo allá así que voy a hacer algunos contactos – no sé porque se lo estaba contando, pero estaba tan contenta que no me salió otra cosa- me quedo casi 3 meses – todo lo contesté sin pausarme ni para respirar, autómata total después de pasar 4 semanas contestando esas mismas preguntas. Hasta me había ensayado los diálogos en francés porque sabía que seguirían repitiéndose.

-¡TRES MESES! – enfatizaron ambos y Santiago silbó en señal de sorpresa, un gesto muy típico – debes de tener muchos amigos – terminó sorprendido.

Si, amigos y muchos. Era algo que agradeceré a la biología para siempre. Sobre todo desde que empecé a trabajar en el proyecto internacional que los traía a mi país y a mi cada año. Ya eran una necesidad de mitad del año, casi un vicio para mi vida vana que se veía alterada con su paso. Los conocía, los ayudaba, los divertía, los quería, y los sufría cada vez que se iban de regreso a su país. Era un ciclo como el del agua, silencioso a veces, ruidoso otras, pero inevitable. Michel, o Mike como le decíamos, fue uno de mis mejores regalos, vino con el primer grupo que conocí, enseguida conectamos muy bien. Volvió cuatro veces más y durante el tiempo que no estaba nunca perdimos el contacto. Con tantos regresos terminó por convertirse en mi compañero de casa esporádico, y en uno de mis mejores amigos. Compartíamos todo, desde gusto por la cocina hasta valores y principios humanos compatibles. Nos encanta la música a ambos. No somos músicos, más nos encanta disfrutarla y vibrar con ella. Él me decía ‘es como si cada canción representa lugares, personas, emociones’. Yo le respondía ‘es como escribir una canción de nuevo y ponerle otro nombre’. Ahora además de Mike había algo así como 40 personas más esperando por mí en suelo quebequence. Gente que incluso no veía desde hacía más de 4 años.

-Nosotros vamos a Montreal, peleamos en el estadio olímpico el lunes – me dijo Carlos.

-Suelo francés también – lo miré.

Santiago se enderezó en el asiento y me interrogó - Creí que dijiste que ibas a Ottawa, eso es Ontario.

-Sip! Pero mi amigo vive en Gatineau, eso es a unos kilómetros de Ottawa del lado de Québec, además no estoy muy segura cuáles serán los planes de Mike, pero creo que viajaré por toda la provincia, o al menos iré a las ciudades y a los lugares más importantes – la verdad muy poco sabía sobre cuáles eran los planes.

Llegamos a la primera escala y única antes de Toronto, Santiago de Chile. Diez minutos de paseo por el aeropuerto y ya estábamos listos para partir. Cena, charla trivial, capítulo de los Simpson ya visto, otra nueva charla de por medio, y estuve lista para descansar al menos un poco.

Me desperté pasada las 5 de la mañana, en poco más de una hora llegaríamos al aeropuerto de Toronto. Mis compañeros de viaje dormían tranquilos. En Santiago el vuelo se había completado y ahora viajaba con dos brasileras muy simpáticas a mi lado. Conversamos un rato, me contaron que eran hermanas, que irían a ver su prima en Toronto y luego viajarían a Vancouver, por un par de semanas más.

Aterrizaje perfecto y aplauso a la tripulación de por medio, llegamos al aeropuerto a las 6,45 de la mañana. Me dirigí a migraciones y seguridad, por suerte todo fue más que rápido, y ubiqué mi próxima sala de embarque, completamente complacida por la cantidad de agentes que hablaban en español. Al primer Bonjour, venía la consecuente pregunta “¿De dónde eres?” y, ante la respuesta, el agente hispano-parlante se plantaba ante mí a explicarme donde debía ir.

Una hora de espera, un capuchino grande y una hora de vuelo después, estaba llegando a Ottawa, más específicamente, al aeropuerto internacional de Outaouais. Destino Final. Caminé hasta las escaleras mecánicas que me llevarían a la cinta por mis maletas. Casi inmediatamente que me subí al escalón, lo vi. Ahí estaba, café en mano, caminando raudamente hacia mí con todo lo que las piernas le daban y con la mejor sonrisa que le había visto jamás. Sonreí por inercia y me lancé a los brazos de mi amigo.

Nos abrazamos por un momento, yo de puntillas y el inclinado hacia adelante, ya que es mucho más alto que yo. Sentí su beso en mi cabeza, y susurró - bienvenida peque, aquí estás, podes creértelo, acá, en mi país - Nos reímos juntos de la felicidad que nos provocó vernos, después de casi 7 meses de separación.

-No puedo creérmelo – le dije mirando sus ojos color marrón claro – de verdad, sí que vine, ¿no? – Me volvió a abrazar tan fuerte que me dolió desde el pelo hasta las uñas de los pies – Bueno, bueno chiquito soltáme que me vas a dejar sin aire – le dije carcajeando al ver su cara de perro apaleado – es que cuanto entusiasmo para recibirme, parece que me extrañaste ehh.

-¿Yo?, como si tuvieras tanta suerte – ambos estábamos felices de vernos otra vez y en condiciones diferentes a las habituales – vamos por tus maletas y mi alcohol preferido, ¿por qué me lo trajiste no? O eso o a dormir al patio.

-Por suerte es verano–me miró con cara de no estarás hablando en serio – tranquilo tonto que lo traje, es por lo único que querías que viniera, para traerte el maldito fernet –puse cara de falsa indignación.

-Sí, y los buenísimos cigarrillos que fumas, gratis, gratis, jejeje – contestó pícaro.

-Lo único que te interesa es como alimento tus vicios - forcé mi cara para mostrar más decepción e indignación.

Me sonrió – pero lo que más extraño es tomarnos ese fernet y fumarnos esos puchitos juntos – puso cara con morritos - o ya no quieres pasarte haciendo nada más que vicio y el vago, es que tienes a alguien que lo haga mejor.

-No chiquito, si en eso de beber y fumar eres mi mejor compañero – me tomé de su brazo y caminamos hasta la cinta.

Luego de tres minutos maleta y mochila en mano, fuimos por el coche. De camino me sentía totalmente maravillada por aquella ciudad que se abría ante mis ojos. Por esa otra realidad que parecía tan diferente a lo que recordará como real. Miraba a todos lados, no me alcanzaban los ojos para ver todo. Mientras Mike me iba contando detalles sobre algunos lugares, nombres, fechas, historias que se sucedían en mis oídos, y que guardaba en algún rincón de mi anonadado cerebro. Cruzamos un puente y llegamos a Québec, la provincia francesa de Canadá. Algunas vistas cambiaron, otras banderas se desplegaron. Hasta otra atmósfera aparecía, una más dinámica y sociable. Es que los franceses se parecen mucho más a los latinos, era más cómodo tratar con ellos, menos rígido, más como estaba acostumbrada.

Llegamos a la casa donde viviría mis primeras 3 semanas, una casa enorme de tres plantas, donde vivía toda la familia de Mike, eran algo así como 13 personas viviendo en ese ex-hostal ahora reacondicionado en vivienda de familia. Nuestro sector quedaba en la planta baja, tenía mi propia habitación con baño, televisión, cama doble y cocina. Claro está que nunca la usaría porque me gustaba compartir cocina con mi amigo.

-Vamos a conocer a mi madre – me dijo Mike. Subimos por una escalera y entramos en una gran cocina. Una mujer estaba de espaldas haciendo café– ¡Salut, ma! – habló mi amigo.

La mujer giró y se detuvo en mí inmediatamente con una gran sonrisa - Bonjour – caminó hacia mí con su mano extendida.

-Bonjour madame. C’est a plaisir. Comment allez -vous? – le tomé la mano. (Buenos días señora es un placer, cómo está usted?)

-Je suis tres bien. Dis-moi Carol s’il vous plait – contestó. (Estoy muy bien, dime Carol por favor)

-Merci Carol. Dis-Moi Daniela – seguí – (Gracias Carol. Dime Daniela)

Conversé un poco más con esta simpática señora que, por cierto, era muy divertida y tan generosa como Michel. Ya saben, de tal palo... Luego conocí al resto de los integrantes del clan, tío, hermanos, cuñados, todos fueron cruzando por mi camino, saludando y preguntando algunas cosas. Finalmente salimos de la casa y fui a ver algunos lugares que serían de importancia en mi estadía, dígase supermercados, kioscos, banco y cajeros de la zona.

Era sábado, así que cenamos y salimos. Mi primera noche en suelo quebequence, fue diferente en todo a lo que acostumbro, pero no por eso menos agradable. Era un cambio de aire total. Conocí nueva gente que se convertirían en mis compañeros de visitas a museos, cines, bares y barbacoas en el jardín. Entre caminatas en la montaña, reuniones con viejos amigos, desayunos de domingos, pizzas y degustación de cervezas, las primeras tres semanas pasaron volando.

Y aquí después de tres semanas, ya viviendo casi como una quebequence más, nos dispusimos a pasar tres semanas de vacaciones, lejos de la ciudad. Destino: Gaspésie. Del otro lado de la provincia, sobre el océano Atlántico. Me habían hablado tanto de aquel lugar, me dijeron lo bonito que era, pero la verdad es que se quedaron cortos.

Manejamos por once horas el primer día y apenas si llegamos cerca del mar bordeando la costa sur del río San Lorenzo. Primer parada: Matané, camping, cena en un restaurante especializado en frutos de mar, más una vista maravillosa se llevó aquel primer día. Viajamos por 2 horas más al día siguiente para llegar al Parque de la Gaspésie, más hacia el centro de la zona, a orillas de las Chic-Chocs, un cordón montañoso. Nos ubicamos en el camping del parque. El primer día, hicimos senderismo por el Mont Albert y el segundo día, recorrimos a pie la costa del río de la Matapédia.

Al día siguiente, muy temprano estuvimos en la ruta ya que viajaríamos por unas tres horas hasta el Parque Forillon, sobre el Atlántico. Allá, en un pequeño pueblito costero Cap-Aux -Os, pasaríamos un poco más de 2 semanas con una amiga de Mike en su chalet de verano. Por alguna razón, me sentía más ansiosa aquella mañana que lo que estuve en todo el viaje, no entendía muy bien por qué, pero de alguna forma sabía que aquel lugar sería importante para mí. Cuando llevábamos más de 45 minutos andando, la combinación natural más maravillosa que mi corta vida ha visto se desplegó delante de mí.

Montañas, bosques y el más absoluto azul de los mares se aparecían juntos para convertirse en el paraíso más bonito que ha existido para mi alguna vez. El sol brillaba con intensidad haciendo aquello más precioso e intenso. Cuando llevábamos gritando unas diez veces por cada paisaje que surgía detrás de una curva del camino, cuando ya había dicho al menos ocho veces que viviría en este lugar o este otro, cuando tenga más dinero pondré una casita para mí y a mis amigos por acá, más otra sarta de desvaríos provocados por tal hermosa selección de colores naturales y olor a mar; mi amigo se inclinó sobre el estéreo y eligió la próxima canción. La suerte quiso que cayera en Fix You de Cold Play. ¿Alguna vez mencione que soy un poco sensible? Bueno un poco más de lo normal y esa canción es de mis preferidas además. Me inundé de la música y el encanto del lugar. Por primera vez en mucho tiempo, sentí las dudas evaporarse, las incertidumbres morirse. Todo me comenzó a parecer relativo, el tiempo se hundía en el espacio y mi emoción creció hasta arrollarme la garganta secándola, humedeciendo mis ojos. Dos lágrimas giraron y descendieron por mi cara. Lágrimas de felicidad por sentir que aquel era el lugar donde debía estar y que ese era el momento adecuado para llegar hasta allí.

Tears streaming down your face (Las lágrimas caen por tu rostro)

I promise you I will learn from my mistakes (Te prometo que aprenderé de mis errores)

Tears stream down your face and I... (Las lágrimas caen por tu rostro y yo)...

La brisa fresca del ambiente que entraba por momentos me golpeaba la cara y cada vez más lágrimas caían empapando mi rostro. Una mano se posó sobre mi hombro comprensivamente, no quería mirar porque no podía explicar al momento lo que sentía.

La música creció, el sol brilló más fuerte, los colores se intensificaron, el olor a sal nació y murió en mi nariz, acompañando mi respiración pausada, el mar se extendió más y más hasta perderse en el cielo azul, azul de un azul que me estremecía y rodaba más emoción en mis mejillas. La música terminó lenta y yo suspiré entera, tan entera que el corazón dobló mis latidos. Miré a un lado a Mike que miraba absorto la carretera, tomé su mano, la besé, y susurré un “gracias” que significaba gracias por no preguntar nada. Él sonrió, quitó su mano de la mía y prosiguió el camino.

Llegamos a destino unas horas después, fuimos a la casa que nos albergaría por unas semanas y su dueña no estaba. Helene era una mujer muy conocida en la zona, contaba sus 40 ese año y había trabajado por 10 años en el parque. Naturalista también, igual que su esposo que no se encontraba ahora con ella pues estaba de viaje por el sur de Venezuela. Ambos pasaban sus veranos en su casa de Gaspésie, sin excepciones. Lo entiendo perfectamente, la casa era preciosa, con una pequeña terraza que tenía como vista una playa coronada por el mar y una península perfectamente verde esmeralda.

Maravilloso, pensé extasiada, serán los mejores desayunos de mi vida.

La playa estaba a 100 metros del fondo de la casa, para llegar había que cruzar todo un campo de rosas salvajes, rosas rojas, rosas y, mis favoritas, blancas. La playa era la única de la zona de arena. Las demás eran de piedra. Como la dueña de casa no se encontraba nos fuimos de allí y decidimos volver más tarde. Fuimos al parque, a la administración, compramos una entrada especial para todo el mes y empezamos a admirar más bellezas de aquel lugar. Caminamos por una playa, nadamos un poco, aunque la verdad el mar me supo helado. Subimos a una torre de observación y sacamos muchas fotos maravillosas, después de todo tengo derecho de parecer turista, ¿verdad?

Regresamos al chalet y ahí estaba Helene. Saludó aparatosamente a Mike y después se dirigió a mí amablemente con un acertado español que había aprendido durante muchos de sus viajes a España, Colombia y Argentina. Era muy simpática, me prometió contarme todo sobre la zona y el parque que, según Mike, ella conocía casi como la palma de su mano. Se notaba que era una virtuosa en muchos aspectos y agradecí mentalmente a mi amigo por pensar en esa mujer para acompañarnos en aquel lugar. Nos acomodamos en la casa, entramos nuestras pertenencias a las habitaciones y me di una más que apetecible ducha. Helene estaba preparando algo para la cena que olía tan perfecto que me sonó la tripa. Miré por el enorme ventanal de vidrio hacia afuera, mientras la oía decir que no comeríamos hasta las nueve. Chequee mi reloj, eran apenas las ocho. Volví a mirar la playa con las últimas luces del día cayendo, y pregunté:

-¿De quién es la playa de aquí enfrente, Helene?

-¿La qué ves?- preguntó acercándose, asentí señalando, sonrió complacida – pues de la que viste y calza.

Me volví sorprendida - ¿la playa es tuya?

-Sí, cuando compramos el chalet resulto que el tramo de playa estaba incluido, es realmente muy bonita, pero no es exclusiva en realidad. La compartimos con los demás vecinos y la gente que vive aquí tiene acceso también, después de todo el mar no es de nadie.

-Claro – le contesté – yo, digo, ¿podría ir allí ahora?

-Por supuesto, mi niña, sin dudar – me contestó sonriente – a esta hora más que algunos vecinos no encontraras por allí. El tramo siguiente a la derecha le “pertenece” – condicionó el verbo por la historia que me había comentado antes – a una pareja muy simpática y el de la izquierda es de una buena amiga. Ve, aprovecha y no te tardes que perderás toda la luz. Enviaré a Michel por ti en un rato.

Le sonreí y crucé la puerta contenta, caminé por el camino entre las rosas aspirando ese bonito olor a esencia floral y humedad que desprendían. Llegue a la arena mirando al frente y sonriendo como una tonta al mar azul. Esto es vida amigos, pensé.

Seguí pérdida en el mar, la brisa húmeda y los últimos rayos del sol por algo así como cinco minutos hasta notar una figura solitaria que se encontraba a mi izquierda. Me giré mirando entre las primeras sombras de la noche. La silueta evidenciaba a una mujer, definitivamente era una mujer y era alta, tal vez como Mike. Recordé a Helene unos minutos antes - el de la izquierda es de una buena amiga- debía ser su vecina. La brisa golpeaba su cabello suelto que ondeaba ligeramente hacia adelante y atrás. Se adivinaba oscuro, pero para que mentir desde esa distancia y con esa luz todo parecía gris.

Tal vez porque se cansó de mirar al frente o porque notó la inspección que alguien hacía de ella a su derecha, se giró a mirarme, no podía ver su rostro ni sus ojos, pero algo dentro de mí se estremeció al verla avanzar hacia donde yo me encontraba. Creo que fue su forma de andar. Se detuvo a menos de un metro, su rostro era perfecto, armonioso, una vocecita dijo dentro de mí “mira que diosa”. Tenía sus ojos semi-cerrados girados al frente así que no podía verlos. Finalmente y como las cámaras lentas del cine, se volteó y me encaró.

Magia. Me hundí en esos ojos, ojos azules, de ese mismo azul que me hizo estremecer en la mañana. Parecían fríos y distantes, pero no pude evitar perderme como tonta en esos mares azules frente a mí. Me sentía aturdida, casi no podía respirar. De golpe sentí que toda la sangre me subió al rostro, aun cuando ella no había hablado tampoco. Su expresión era neutra. Cuando recordé todo el abecedario, me disponía a hablar y dejar de parecer una loca pérdida, una voz grave y melodiosa interrumpió el silencio.

-BonSoir– dijo.

Y ahí estaba otra vez, aturdida por el impacto de su voz con mi boca entreabierta. Enarcó una ceja en un movimiento que se le volvería distintivo y una sonrisa sutil de medio lado se dibujó lentamente.

-Bon... bon S... Soir – contesté y me reproché la tartamudez repentina sin decir palabras.

-¿De dónde eres? – preguntó sonriendo aun por mi saludo a medias - porque estoy segura que no te vi nunca por aquí.

Mientras pensaba mi repuesta noté un ligero acento que se adivinaba extraño a la zona. Es decir, hablaba francés, pero no sonaba como Michel o Helene.

-No, no soy de aquí, he venido de visita por unas semanas a casa de Helene con un amigo, pero soy de Argentina – todo surgió atropelladamente de mi garganta.

-¿Argentina eeeh? – un español con acento acerado surgió de su voz.

-Sabes español – apunté sorprendida –, pero tampoco pareces de por aquí, tienes acento a algo, pero no sé a qué.

Sonrió de medio lado, enarcando una ceja otra vez - Para ser extranjera eres perspicaz o buena conocedora de acentos. Soy francesa, de Francia, pero vivo desde hace 10 años aquí en Canadá – me miró a los ojos de nuevo – aprendí español en México, por trabajo.

-Genial – vaya repuesta estúpida pensé, es que esos ojos me dejan con menos que mis pocas luces habituales. Si apenas me funcionan dos neuronas que deben ser las que me están ayudando a respirar y no caerme sobre mi trasero. Agaché mi mirada buscando alguna ayuda en la arena.

-Así qué eres huésped de Helene. ¿Cómo la conoces? Y, por cierto, no se tu nombre tampoco – prosiguió con parsimonia.

-Sí, soy su huésped, la conocí hoy en verdad por mi amigo Michel, al parecer fue su jefa en algún momento – hice una pausa y vi su mirada expectante - y me llamó Daniela – lo último lo susurre.

-¿Danielle? – preguntó.

-No, Daniela – repuse.

-Oh, Danielo – enfatizó marcando la última letra.

-¡Eyy! ¡Daniela! – fingí enfadarme, mirándola ceñuda.

Se río muy fuerte - Danielaaaa, lo sé, solo jugaba – su cara se tornó en una mueca tierna muy diferente a la neutralidad de antes y casi me derrito.

-Lo sé – repuse, mirándola fijamente.

-Yo soy Audrey – me contestó acercándose más a mí y hundiéndome en su mirada. No me estoy quejando, que conste.

-Audrey...