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Nobody [ESP]

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Sinopsis

Kurosawa Nozomi tiene 16 años y siente que ya no le queda nada. Su padre la abandonó cuando era niña, su madre la maltrata y la culpa por ello, y su antigua mejor amiga se convirtió en la líder del grupo que le hace bullying todos los días. Cubre su cuerpo con ropa larga, no por vergüenza, sino para ocultar los moretones y cortadas que ya forman parte de su rutina. Un día, cuando su madre está trabajando, Nozomi decide acabar con todo. Se sube a una silla, se ata una soga al cuello… y salta. Pero no muere. Solo queda colgada, inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido. Al bajarse, descubre que el mundo ha quedado completamente en silencio. No hay nadie. No hay autos, ni voces, ni gente. Solo ella... y un gato negro con un collar, un botón y una nota que dice: “Presiónalo cuando estés lista.” A partir de ese momento, Nozomi queda atrapada en una versión vacía de su mundo, enfrentando los recuerdos y traumas que la llevaron hasta ahí. Pero entre el dolor y la oscuridad, tal vez aún quede algo por descubrir... o alguien.

Estado:
En proceso
Capítulos:
10
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Nacer, crecer, sufrir y morir

Nacer, crecer, vivir y morir. Eso dicen que es el ciclo natural del ser humano. Lo pintan como algo armonioso, casi poético. Pero para mí, la vida nunca siguió ese guion. En mi caso, fue más bien nacer, crecer, sufrir… y seguir sufriendo. La muerte, irónicamente, parece ser la única promesa que no se apura a cumplirse.

De niña, yo creía que el mundo era perfecto. Amaba a mis padres con todo el corazón. Ellos eran mi universo, mi refugio, mi todo. Recuerdo que cada día parecía pintado de tonos cálidos y dulces, como si viviera dentro de un cuento hecho de luz rosa. No exagero. Teníamos un árbol de cerezo en el patio, y cuando llegaba la primavera, aquel árbol se convertía en un milagro. Sus flores estallaban en silencio, y luego los pétalos comenzaban a caer como si el cielo llorara belleza. Me gustaba sentarme bajo su sombra, cerrando los ojos, sintiendo que nada podía romper esa paz.

Vivíamos en una casa modesta. Pequeña, sí, pero con espacio suficiente para abrazarnos sin tropezar. Nunca sentí que me faltara algo. Mis cumpleaños eran simples, con pocos regalos y pasteles pequeños, pero bastaba con escuchar sus voces, tan alegres, cantando: —¡Feliz cumpleaños, Nozomi! Ese momento me bastaba para sentirme querida. Vista. Importante.

Pero todo eso se rompió una mañana. Yo tenía once años cuando mi papá simplemente desapareció. Sin avisos. Sin despedidas. Se fue como quien cierra una puerta para siempre. Y con él, se esfumó gran parte del dinero que mi madre había estado ahorrando.

—Tu padre nos abandonó —me dijo ella ese mismo día. Sin rodeos. Con la voz quebrada, pero firme.

No podía creerlo. Mi cabeza no encontraba sentido. ¿Cómo podía irse alguien que, solo la noche anterior, me había abrazado y dicho: “Siempre vas a ser mi tesoro, Nozomi”? Su sonrisa aún flotaba en mi memoria, luminosa, contagiosa, casi eterna. Pero no. Nada es eterno.

Vivíamos en un pueblo apartado, rodeado de árboles y colinas. Los adultos pensaron que sería fácil encontrarlo. Que no podía haber ido muy lejos. Pero el tiempo demostró lo contrario. Días, semanas, meses. Nadie supo más de él. Su ausencia dejó un hueco que nadie se atrevió a llenar.

Al principio no fue tan devastador. Los vecinos nos ayudaban con lo que podían. Arroz, pan, ropa usada. Y mi mamá… ella sonreía todos los días. Como si pudiera sostener el mundo con solo fingir que todo estaba bien. —Mamá va a arreglar todo esto, no te preocupes —me decía mientras me acariciaba el cabello, mientras escondía sus lágrimas cuando pensaba que yo no la veía.

Pero un día… todo cambió.

Recuerdo volver de la escuela y encontrarla desplomada sobre la mesa, con una botella de vino entre los dedos y los ojos hinchados de tanto llorar. La habitación olía a desesperación. A derrota. Me acerqué, asustada, con el corazón tambaleando.

—Mamá… —murmuré, queriendo tocarla.

Pero ella reaccionó como si mi presencia la quemara. Me empujó con violencia, con un manotazo lleno de rabia, y por primera vez en mi vida la escuché gritarme.

—¡Si no hubieras nacido, él no se habría ido! —me escupió entre sollozos—. ¡Todo es tu culpa! Nos amábamos tanto, teníamos una vida hermosa… y entonces llegaste tú. Lo arruinaste todo.

—Mamá… ¿de qué estás hablando? Me estás asustando…

Ella no me respondió con palabras dulces. No hubo una caricia ni una explicación. Solo un rugido desgarrado y una explosión de rabia.

—¡Cállate! —gritó, y lanzó la botella de vino con tanta fuerza que me rozó la mejilla. El vidrio impactó contra la pared con un estallido sordo, dejando una mancha carmesí de alcohol y rabia.

—¡Todo esto es tu puta culpa! —escupió, su voz quebrada, descontrolada, empapada de odio—. ¡Sin ti, tu padre todavía me amaría! ¡Él no se habría ido si tú no hubieras nacido!

No supe qué hacer. No supe cómo respirar. Solo atiné a bajar la cabeza y apretar los puños contra mi camiseta, como si con eso pudiera sostenerme, como si pudiera detener el temblor en mis dedos.

—Perdón… —susurré, sin saber siquiera por qué lo decía.

Pero esa palabra no calmó nada. Al contrario.

—¡No me digas “perdón”! —vociferó mientras se levantaba con torpeza. Dio un paso tembloroso hacia mí y de pronto estaba encima, con los ojos enrojecidos, el cabello desordenado y la furia prendida en su rostro—. ¿¡Qué vas a hacer al respecto, eh!? ¿¡Acaso me lo vas a devolver!?

El olor a alcohol me golpeó con fuerza. Una mezcla agria de vino barato, lágrimas secas y desesperación. Instintivamente, me tapé la nariz. Fue un reflejo, no un juicio.

—¿¡Acaso te doy asco!? —me gritó. Y sin darme tiempo a responder, su mano cruzó mi mejilla con una bofetada tan fuerte que me hizo perder el equilibrio.

—¡Yo, tu madre! ¡Yo que te di la vida! ¿¡Y así me pagas!?

No pude hablar. No podía llorar. Sentí la piel arder, la vergüenza clavarse bajo la piel, el miedo paralizarme. Y entonces corrí. Corrí sin pensar. Subí las escaleras a trompicones, tropezando una, dos, tres veces, con los escalones que se volvían más altos, más duros, más crueles.

—¡Me repugnas! —escuché detrás de mí—. ¡Eres igual a él! ¡Solo sabes huir! —sus palabras me siguieron como dagas—. ¡Con ese cabello negro tan suyo y esos ojos! ¡Ojalá nunca hubieras nacido!

Me encerré en mi cuarto y no salí. Me tiré en la cama, hecha un ovillo, abrazando mis rodillas con fuerza. Esa noche no dormí. No podía. Me quedé ahí, en la oscuridad, con los ojos abiertos, las mejillas húmedas, y el corazón hecho trizas. Lloré en silencio para que no me escuchara, aunque sabía que no le importaría.

Ese año fue así. Todos los días. Insultos, golpes, gritos, botellas vacías rodando por el suelo. Mi madre ya no era mi madre. Era una sombra rota, y yo me convertí en su saco de golpes, en su recordatorio viviente de lo que había perdido. Me culpaba por todo. Y yo… terminé creyéndole.

La escuela era lo único que me daba un respiro. Entre los pasillos fríos, las ventanas empañadas y las bancas rayadas encontraba un poco de calma. Allí nadie me gritaba. Nadie me tocaba. Nadie me miraba como un error.

Entré a la secundaria poco tiempo después. Fue entonces cuando tuve a mi mejor amiga. Ella fue lo más cercano a un refugio. Me cuidaba los moretones con manos suaves, me ponía curitas en los brazos y en las palabras. Me acompañaba, me hablaba. Me daba todo lo que yo ya no sabía recibir.

Pero yo… yo no respondía. No podía. Era como si algo dentro de mí se hubiera roto y se negara a volver a armarse. Por más que ella intentara alcanzarme, yo seguía alejándome.

Hasta que un día me enfrentó de frente, con los ojos brillantes y la voz temblando de frustración.

—¿¡Por qué no me dejas ayudarte!? ¡Soy tu mejor amiga! ¡Déjame hacer algo por ti!

Pero yo solo la miré. En silencio. Ni una palabra. Ni un gesto. Me tragué todo y me di la vuelta. Era más fácil construir un muro que arriesgarme a que alguien viera el desastre que era por dentro.

Desde entonces, no volvimos a hablarnos. Ella comenzó a acercarse a otros. A reír con gente nueva. A vivir. Y yo… me quedé completamente sola.

Durante los recreos me sentaba en una esquina, con la cabeza agachada. Mi bandeja de comida seguía llena cuando tocaba la campana. No hablaba con nadie. Mis notas comenzaron a caer como mi ánimo. Y en casa… todo se volvía más oscuro.

Empecé a usar ropa más holgada. Suéteres enormes, pantalones anchos. No era por estilo. Era por vergüenza. Vergüenza de que alguien notara los moretones en mis brazos, en mis piernas, en mi espalda. Como si esconderlos pudiera también esconder lo rota que estaba por dentro.

A mitad de ese año, cambiaron al profesor de nuestra clase. Nunca nos dijeron por qué. Solo llegó alguien nuevo, diferente. El profesor Shinohara.

Desde el primer día, todos parecían encantados con él. Era amable, paciente, sonreía incluso cuando nadie lo hacía. Sus clases eran tranquilas, su voz suave. Tenía esa energía que te hacía sentir seguro... si aún creías en eso.

Pero yo no. Yo no confiaba en nadie.

Él lo notó. Me observaba con cuidado, como si pudiera ver las grietas en mí que todos los demás ignoraban. Intentó hablarme, hacerme reír, hacerme sentir que yo también podía estar bien. Pero no lo logró. Y aún así… no se rindió.

Un día, mientras hacíamos una actividad en clase, notó mis brazos. Yo los había cubierto con manga larga, como siempre, pero una de las telas se deslizó un poco cuando alcé la mano. Sus ojos se clavaron en mi piel. Había moretones, algunos viejos, otros aún frescos. No dijo nada en ese momento. Solo me miró con una mezcla de preocupación y rabia contenida.

Esa misma tarde, llevó el asunto con los directivos. Les habló, insistió… pero no hicieron nada. Cerraron los ojos. Fingieron no escuchar. Era más fácil culpar a un maestro por exagerar que admitir que una niña podía estar siendo golpeada en su propia casa.

Aún así, él no se detuvo.

Ese mismo día, me acompañó hasta mi casa. No pidió permiso. No me preguntó si quería. Solo caminó conmigo, en silencio, hasta llegar a la puerta. Y ahí, frente a esa casa que tanto me pesaba, tocó y enfrentó a mi madre.

Recuerdo haberme quedado un poco atrás, temblando.

Ella lo recibió con esa sonrisa falsa que usaba cuando quería manipular. Pero sus ojos ya estaban enrojecidos, y el olor a vino se escapaba por la puerta como un suspiro amargo. Él le habló. Con respeto, pero firmeza. Le dijo que estaba preocupado por mí. Que había visto cosas que no podía ignorar.

Ella, por supuesto, se rió. Lo llamó entrometido. Dijo que yo era una adolescente problemática, que todo era exageración. Y él, frustrado pero aún sereno, se despidió.

Antes de irse, se acercó a mí y me dijo con una voz suave, como la de un padre que intenta reconstruir a su hija rota:

—No te preocupes, Nozomi. Lograré arreglar todo esto.

Sus palabras, su tono… me recordaron a mi padre. A esa misma promesa que una vez me hizo y luego rompió.

—Profesor Shinohara… tengo miedo —susurré. Fue la primera vez que le hablé.

—Todo estará bien. No te preocupes —respondió. Y se fue.

Pero todo estuvo lejos de estar bien.

Esa noche, mi madre me golpeó como nunca. Estaba fuera de sí. Me gritó que por mi culpa ahora había problemas en la escuela, que yo era una desagradecida, una basura. Me tiró al suelo, me pateó el estómago y me jaló del cabello hasta dejarme sin aire. Apenas podía respirar. Sentía las costillas tensarse, el pecho comprimirse, los ojos nublarse.

Esa noche no dormí en mi cama. Dormí —si es que eso fue dormir— en el suelo, temblando.

Falté a clases los dos días siguientes.

El profesor Shinohara fue a buscarme. Dos veces. Se plantó en la entrada y preguntó por mí, pero mi madre no le abrió. Solo lo insultó desde adentro. Y cada vez que él se iba, ella me golpeaba con más fuerza. Sus palabras eran cuchillas:

—¡¿Ahora hasta a los profesores los tienes de tu parte?! ¡Eres una puta manipuladora, igual que tu padre!

Ya no lloraba. No porque no doliera. Sino porque ya no me quedaban lágrimas.

El tercer día volví a la escuela. Me senté en mi lugar como siempre, en silencio, mirando por la ventana. No hablé con nadie. No levanté la cabeza. Solo estaba ahí, respirando lo justo para no desaparecer.

Pocos días después, comenzó a correr un rumor. Al principio eran susurros sueltos, pero luego se volvieron cuchicheos en voz alta, miradas, risas nerviosas. Decían que el profesor Shinohara… había abusado de algunos alumnos. Que maltrataba a los niños. Que tenía un historial oscuro.

Y mi madre… mi madre usó mi cuerpo como prueba.

Mostró mis moretones, los mismos que ella misma me había causado, y aseguró que él era el culpable. Yo no podía decir nada. Si lo negaba, si abría la boca, sabía que en casa me esperaría algo peor. Y me callé.

El profesor negó todo. Lo vi. Vi cómo se defendía con la voz temblorosa, con los ojos rotos por la injusticia. Pero nadie le creyó. Lo despidieron. Y lo echaron del pueblo.

La única persona que alguna vez se preocupó por mí fue expulsada de mi vida por un rumor nacido de la boca de mi propia madre.

Los días siguientes fueron un caos. Nos cambiaban de maestro constantemente porque nadie quería quedarse en ese puesto maldito. La dirección no encontraba reemplazos. Las clases perdieron forma. Los alumnos ya no escuchaban. Los maestros ya no enseñaban.

Y la escuela… mi refugio… empezó a parecerse más a una cárcel. Un lugar vacío. Un eco de lo que fue.

Un día cualquiera —o al menos, eso creí—, Rika volvió a hablarme.

Rika, mi mejor amiga de la infancia. Rika, la misma con la que me había peleado al entrar a la secundaria y que ahora caminaba entre pasillos con un nuevo grupo de amigas. Eran cinco. Todas sonrientes, vestidas con los uniformes ajustados con gracia, con el cabello perfectamente acomodado y ese aire de superioridad que las hacía flotar por encima del resto.

—Hola, Kurozawa. ¿Cómo te ha ido? —dijo Rika con una voz alegre, casi cantarina. Como si nada hubiera pasado entre nosotras. Como si los años de silencio y abandono no hubieran existido.

Yo no respondí. No porque no la escuchara. Simplemente… no podía. No sabía cómo encajar mi voz en un mundo que ya no parecía tener lugar para mí.

—¡Te está hablando Rika, respóndele! —exclamó Sayaka, una de las nuevas amigas, golpeando la mesa con fuerza.

El estruendo me sacudió. Fue como el sonido de una botella rompiéndose en casa. Como el chasquido seco de una bofetada. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, y me cubrí la cabeza instintivamente, encogida, temblando.

—¿Y esa reacción qué? —dijo Hinako, entre carcajadas, como si yo fuera un espectáculo de circo.

—Qué rara es —añadió Miyu, con ese tono de desprecio que solo las adolescentes saben usar tan bien.

—¿Sabes, Kurozawa? —continuó Rika, recargándose en mi pupitre con aire casual, inclinándose lo suficiente para que su rostro quedara a mi altura, aun cuando yo tenía la cabeza agachada—. Últimamente hay un rumor sobre el profesor Shinohara. Dicen que fue seducido por una niña de doce años. Que esa niña lo manipuló, lo arruinó… y luego lo denunció para sacarlo de aquí.

Sentí un nudo apretarse en mi estómago. Apreté las manos sobre las piernas. No levanté la mirada.

—Y mira tú —dijo con una sonrisita venenosa—, tú tienes doce años. Y pasaste mucho tiempo con él justo antes de que se fuera. ¿No crees que es una gran coincidencia?

Las palabras me perforaron. Y antes de pensar, hablé.

—Yo no tuve nada con el profesor Shinohara —dije. Mi voz salió más fuerte de lo que esperaba. Temblorosa, pero clara.

El silencio duró un segundo.

—¡Vaya! —se burló Sayaka, dando una palmada sarcástica sobre la mesa—. Con que sí hablas. Y yo que pensaba que eras solo una muñeca rota… una que ni siquiera servía para contestar.

—De seguro eres una puta que solo saco provecho del profesor Shinohara cuando tuviste la oportunidad— dijo Rika acercando bruscamente mi cara a la suya con su mano.

—¡Escuchen todos! —interrumpió Erika, la chica que hasta ese momento no había dicho nada, alzando la voz con una mezcla de triunfalismo y crueldad—. ¡Kurozawa Nozomi fue la culpable de que el profesor Shinohara se fuera! ¡Ella se aprovechó de él y lo inculpó falsamente!

El murmullo se convirtió en un estruendo sordo, como una ola que arrasa con todo a su paso. Las miradas de los demás se clavaron en mí, llenas de desprecio y repugnancia. Me sentí como una presa atrapada en el centro de una jauría hambrienta.

De pronto, sentí un líquido frío deslizarse por mi cabeza. Levanté la vista con lentitud, el corazón latiéndome en los oídos, y vi a Miyu vaciando una caja de leche sobre mí. La leche goteaba, empapando mi uniforme, escurría por mi cara y cuello mientras las risas resonaban a mi alrededor, como cuchillos invisibles que me atravesaban.

La profesora que estaba a cargo aquella clase observó la escena sin decir una palabra. No hizo más que ordenar con voz neutra:

—Siéntense y guarden silencio, por favor.

Como si nada hubiera pasado. Como si la humillación no fuera parte de su trabajo.

Desde ese día, comenzaron a llamarme “Parásito”. Un nombre que quemaba más que cualquier golpe, porque no solo me lo decían con palabras, sino con miradas, con silencios, con la indiferencia.

De esa miserable manera pasé toda la secundaria y los primeros años de la preparatoria. A veces pensaba que no era para tanto, que quizá exageraba. Mi madre siempre tenía la misma frase para callarme: —Hay gente que sufre más que tú, deja de llorar y agradece lo que tienes. Y quizá tenía razón. Quizá había quien sufría más. Por eso no le hacía tanto caso a lo que me pasaba.

Duele. Duele mucho, pero me aguanto todo lo que puedo. Me aprieto las heridas y me digo que aguante. Que es solo eso, aguantar.

Hace poco cumplí dieciséis años. Dieciséis años de repetir la misma historia una y otra vez, sin cambios, sin esperanza. Ni en la escuela ni en casa. Nada cambia.

Un día, de camino a casa, me escondí como siempre de Rika y sus amigas en un pequeño montón de materiales de construcción abandonados cerca del parque. Me sentí como ese montón de madera, ladrillos y cemento: abandonada por todos, inútil, rota.

Entre la basura, escuché un pequeño ruido. Me asusté un poco, pero me acerqué con cautela. Allí, entre cajas y tablas, encontré a un gatito negro. Flaco, sucio, con una oreja cortada, pero increíblemente lindo.

El gato se acercó ronroneando, algo que me sorprendió. No estaba acostumbrada a que nadie se acercara con cariño. Empecé a acariciarlo con ternura, y él se recostó en mi regazo, buscando descanso y compañía.

Recordé que me había sobrado una leche del almuerzo, la había guardado solo para evitar que Rika y sus amigas me la arrojaran encima. La saqué despacio y se la ofrecí. El gato comenzó a beber con ganas, sus ojos naranjas brillaban felices, llenos de vida.

Por primera vez en mucho tiempo, sonreí. No una sonrisa fingida, sino una sonrisa que nació desde el corazón, por la simple belleza de ese pequeño ser.

Kuro, lo llamé. Me parecía un nombre lindo, adecuado para aquel gato que se había convertido en mi compañía más sincera.

Durante medio año, lo cuidé todos los días después de clase. Kuro se volvió mi refugio, el lugar donde podía escapar de mi madre, de Rika y su grupito. Creía, con una inocencia temblorosa, que podía ser feliz otra vez.

Empecé a trabajar en vacaciones, en varios empleos de medio tiempo, para comprarle mejores cosas a Kuro. Para que él no sufriera como yo. Quería hacerlo feliz, así como él me hacía a mí.

—Siempre que él esté junto a mí, todo irá bien —me repetía una y otra vez, como un mantra para no rendirme. Eso me motivaba a trabajar todos los días, a aguantar el peso de todo.

No importaba lo que me pasara. No importaba si mi madre me golpeaba cada noche en casa, con sus manos duras y su voz llena de odio. No importaba si Rika y sus amigas me acosaban en la escuela, mojándome la ropa, escondiéndome mis cosas, y de vez en cuando, lanzándome algún golpe cuando nadie miraba.

Nada importaba. Lo único que importaba era que tuviera a Kuro a mi lado. Por lo menos por unos años más. Con él podía imaginar que podría salir de ese infierno. Que podía seguir adelante.

—Nos vemos mañana, Kuro —le dije una tarde antes de irme, acariciándole suavemente la cabeza.

El canto de las cigarras envolvía el aire, como un coro interminable que parecía contar historias de verano y esperanza. Pero aquel día, volviendo de la escuela, no encontré a Kuro en el lugar de siempre.

Ya habían pasado seis meses desde que empecé a cuidarlo. Me alarmé un poco, pero me convencí de que tal vez se había ido a explorar, como le gustaba hacer, en busca de aventuras o un poco de comida.

Pensé eso toda la semana, pero no apareció por ningún lado. Quería aferrarme a la esperanza, quería creer que volvería. No quería que volviera a pasar algo como con mi padre, desapareciendo sin decir adiós.

Un día, al final de clases, Rika y sus amigas me interceptaron detrás de la escuela.

Esta vez se veían… diferentes. No eran las mismas crueles y bruscas chicas de siempre. No. Había algo extraño en ellas. Eran amables, casi demasiado.

Yo pensé que querían golpearme o burlarse otra vez, pero no fue así.

—Oye, Parásito —dijo Miyu con una sonrisa sarcástica—, últimamente has estado muy alegre, ¿no?

No dije nada. Aprendí que a veces, quedarse callada es lo único que hace que las cosas sean un poco menos insoportables.

—Qué asco —musitó Sayaka mientras sacaba algo de su mochila—. ¿Acaso te mordió la lengua el gato?

En ese instante, me arrojó el collar de Kuro. El collar que le había comprado con mis ahorros, cada moneda ganada con esfuerzo.

—¿Cómo…? —alcancé a susurrar, incrédula.

—¿Cómo es que lo tenemos? —respondió Rika con una sonrisa cruel—. Al menos, por fin decides hablar.

—Me repugnas cuando hablas, ¿lo sabes? —me dijo, y acto seguido me pateó, tirándome al suelo con fuerza, dejando su pie firmemente sobre mí.

—Das asco, y siempre lo harás, Parásito. Pero aun así, tenemos un regalito para ti.

Hinako sacó una bolsa de su mochila. Dentro, algo envuelto en papel de regalo se asomaba, pero el papel estaba manchado de rojo oscuro, casi seco. La silueta era pequeña, como si fuera un peluche. Un animal, tal vez.

Lo arrojaron frente a mí, con una mezcla de desprecio y diversión perversa, y me obligaron a abrirlo.

Temblando, deslicé mis dedos sobre el papel, arrancándolo desde el centro. Al principio, pensé que era solo un muñeco, un peluche de algún animal negro al que le había pasado algo, y por eso el papel estaba manchado de sangre.

Pero mientras quitaba más y más papel, el frío se fue apoderando de mí, una sensación viscosa y terrible que se enredaba en el pecho. El “peluche” no era suave, ni mullido. Era seco, áspero, rígido, como si le hubieran echado pegamento o algo para endurecerlo.

Con manos temblorosas, quité la parte que parecía la cabeza.

Lo que vi me dejó sin aliento. Era Kuro.

Su característica oreja cortada estaba allí, visible. El pelaje negro manchado de sangre seca y polvo. Sus patas estaban torcidas, algunas rotas, con marcas profundas, cortes, golpes por todo el cuerpo.

Quité por completo el envoltorio y lo observé, incapaz de encontrar palabras para describir lo grotesco y brutal que se veía.

—Parece que los gatos no tienen nueve vidas como se suele decir —dijo Miyu, con una sonrisa cruel que quemaba más que cualquier golpe.

El canto de las cigarras fue lo único que escuché en ese instante. El sonido monótono y lejano que contrastaba con el vacío helado que se abría dentro de mí.

El grupo de amigas de Rika seguía riendo, burlándose, pero ya no las podía escuchar. No quería escucharlas.

Solo sentí un golpe que me derribó al suelo. Luego otro, y otro más, uno tras otro. Dolía. Dolía como nunca antes, pero no hice nada. No me cubrí. No moví ni un músculo.

Era como si mi cuerpo se hubiera rendido, y mi mente estuviera congelada en ese abismo oscuro donde ya no quedaba nada.

Después de un rato, se cansaron y se fueron, dejándome tirada junto al cuerpo destrozado de Kuro, la única luz que tuve se apagó para siempre.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que uno de mis compañeros me encontró y llamó a un profesor.

El profesor me curó las heridas y me dejó ir, pero me pidió que le entregara el cuerpo de Kuro. No accedí. No podía soportar ver sus caras. Solo veía siluetas negras, con ojos blancos y sonrisas burlonas que me perseguían.

Fui yo misma la que enterró a Kuro en el mismo lugar donde lo encontré aquel día.

Luego regresé a casa, golpeada, rota, con solo el collar de Kuro entre mis manos. Sin mochila. Sin nada más.

Al llegar, la casa estaba vacía. Mi madre no estaba. Había una nota en la mesa: decía que había encontrado un nuevo trabajo y que ahora llegaría más tarde.

Eso me alegró, aunque solo un poco.

No pude dormir nada esa noche. Nada.

A la mañana siguiente no salí de casa. No tenía ganas de nada. Solo me quedé abrazando el collar de Kuro, apretándolo contra mi pecho como si fuera el último pedazo de luz que me quedaba.

Después de un rato, me armé un poco de valor y salí a ver la tumba de Kuro. Era cerca de la hora en la que salíamos de la escuela, y el cielo comenzaba a teñirse de un naranja triste, como si el día también llorara.

En el lugar encontré una soga, larga y áspera. La tomé sin pensar y la arrastré conmigo hacia casa. En una mano la soga, en la otra, el collar de Kuro.

Dentro de la casa, ataqué la soga a una viga de madera, usando una vieja escalera que era de mi padre. Sabía perfectamente lo que quería hacer.

Mucha gente sufre más que yo, y eso lo entiendo. Pero duele. Duele tanto que ya no puedo soportarlo más. No soy fuerte. Soy alguien débil.

Me subí a la silla, puse la soga alrededor de mi cuello, y estuve lista para terminarlo todo. Ya no podía aguantar más. No más. Pateé la silla y quedé colgando.

Pero no sentí nada. Solo me quedé ahí, colgando, como si nada hubiera cambiado.

La soga se soltó y caí al suelo, golpeándome de nuevo. Pero no me importó. Estaba dispuesta a acabar con todo ese sufrimiento. De una vez por todas.

Aunque, entonces, me di cuenta de algo extraño: no había ningún ruido a mi alrededor. Ni personas, ni autos, ni animales. Nada. Ni un solo sonido.

Era como si estuviera sola en el mundo.

Decidí salir a investigar un poco.

Caminé por todo el pueblo, y no vi a nadie. Estaba completamente vacío.

Durante años, muchas veces desee que todas las personas desaparecieran de la noche a la mañana, para quedarme sola por mucho tiempo. Para poder vivir en paz.

Pero ahora… ¿de qué me sirve ese sueño, si ya estoy dispuesta a terminar con todo?

Mientras caminaba, escuché un maullido.

Corrí, instintivamente, hacia la tumba de Kuro, con el corazón latiendo con fuerza. Algo en mí me decía que había algo más allí. Algo que debía encontrar.

Allí, sentado sobre una caja de cartón, estaba un gato negro, con ojos amarillos brillantes y una oreja mocha.

Era igual a Kuro, salvo que la oreja cortada era la opuesta.

Me miraba fijamente.

Cuando me acerqué, vi que tenía un collar con un botón extraño y una nota que decía:

—Presiónalo cuando estés lista.

Intenté presionar el botón, pero el gato salió corriendo hacia otro lado. Cada vez que intentaba tocar el botón, él se escapaba, moviéndose de un lado a otro.

—¿No me vas a dejar tocar el botón, verdad? —dije, cansada, con la voz apenas un susurro.

—No, claro que no —respondió una voz.

Me giré buscando a quien hablaba, pero no vi a nadie.

—¿A quién buscas? Estoy justo enfrente de ti —dijo la voz.

Miré al frente, pero no había nada.

Bajé la mirada y allí estaba el gato. Hablando.

—Un gusto, soy Kuro. Pero no tu Kuro.

—¿Eh? —alcancé a decir, confundida.

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