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Clementine Longbottom

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Sinopsis

¿Clementine Longbottom? ¿Hermana de Neville? ¿Melliza? Esta no es una historia común. Es la historia de Clementine Longbottom -la niña que llegó al mundo junto a un héroe, pero que aprendió a brillar en silencio. Dulce, tierna y luminosa... sí. Pero no te confundas. Detrás de sus ojos grandes y serenos, hay secretos que ni el Sombrero Seleccionador se atrevió a decir en voz alta. Porque hay historias que nacen al margen de la fama. Y hay personajes que parecen secundarios... hasta que cambian el curso de todo. Esta es su historia. Y ya no puede seguir en las sombras.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
XATT22
Estado:
Extracto
Capítulos:
3
Rating
5.0 4 reseñas
Clasificación por edades:
16+

𝓟𝓻𝓸́𝓵𝓸𝓰𝓸

El nacimiento de Neville Longbottom

30 de julio de 1980

La tarde se deshacía lentamente sobre los campos, tiñendo los cielos de un naranja líquido que parecía derramarse sobre el horizonte. El aire olía a lavanda y polvo de sol. Era un día tranquilo, pero el mundo mágico —aunque no lo sabía aún— estaba a punto de presenciar el nacimiento de uno de sus hijos más valientes.

En una sala especial del hospital San Mungo para Enfermedades y Heridas Mágicas, una mujer jadeaba aferrada a los barrotes de una cama. Alice Longbottom, sanadora, aurora, valiente hasta los huesos, estaba experimentando la clase de dolor que ninguna maldición podía igualar: el parto. Y aun así, su rostro no tenía miedo.

Alice era hermosa. No de esa belleza artificial que se deshace al amanecer, sino de la que resiste batallas y brilla incluso en medio del cansancio. Tenía los ojos más dulces del mundo, como dos estanques en calma; mejillas encendidas por el esfuerzo y el alma firme de quien ha aprendido a luchar por lo que ama. Su cabello, empapado de sudor, caía en mechones sueltos sobre la frente, pero aún así, parecía que la luz mágica de la habitación giraba en torno a ella.

Frank Longbottom, su esposo, héroe de guerra y auror de renombre, no se movía del lado de la cama, con la varita temblando en una mano y la otra acariciando la frente de Alice. Era la primera vez que alguien lo veía tan nervioso.

Va a salir bien —le susurró ella, entre contracciones—. Siempre sale bien, ¿recuerdas?

Él asintió, aunque no estaba tan seguro. El mundo estaba en guerra. Voldemort y sus mortífagos se fortalecían. Y en medio del caos, un niño estaba por llegar.

Y entonces, a las 4:12 de la tarde, el llanto de un bebé quebró el silencio. No fue estridente, ni desgarrado, como suele esperarse. Fue más bien un quejido viejo, casi resignado, como si ese pequeño supiera de antemano todo lo que le esperaba.

Ya estoy cansado de esta vida —bromeó una de las enfermeras, imitando la cara que había puesto el recién nacido, todo arrugado y sonrosado.

Alice rio débilmente, con lágrimas en los ojos. Frank no dijo nada al principio. Solo lo miró. Lo miró como si no pudiera creer que algo tan pequeño pudiera hacerle olvidar todas las sombras que lo perseguían. El niño era gordito, con mejillas infladas y el ceño ligeramente fruncido, como si hubiera heredado la impaciencia de su abuela incluso antes de conocerla.

Es... —dijo Frank, sin encontrar palabras.

Es Neville —completó Alice, con una sonrisa agotada—. Mi Neville.

En la sala, las enfermeras mágicas ya empezaban a moverse para dejar todo en orden, pero una de ellas se detuvo en seco cuando el bebé, que parecía a punto de dormirse, dejó caer una lágrima. Solo una. Pequeña, brillante, como una gota de rocío.

Ese niño... —susurró—. Tiene alma vieja.

Y tal vez era cierto. Tal vez Neville ya había nacido con el corazón cansado de guerras que aún no había peleado. O tal vez era solo un niño, tierno y sensible, que venía a este mundo con una calma especial. A diferencia de otros bebés, no se agitaba ni lloraba sin razón. Observaba. Absorbía. Como si quisiera entender.

Augusta Longbottom llegó minutos después, irrumpiendo en la sala como un huracán con sombrero de terciopelo. Su sola presencia bastó para que dos aprendices de sanadora fingieran estar ocupadas. Caminó firme hacia su hijo, echó un vistazo al nieto, y por primera vez en mucho tiempo, sonrió de verdad.

Tiene los ojos de Alice —dijo—. Y la frente de Frank. Pero la expresión… esa expresión de estar harto de todo… definitivamente la heredó de mí.

Frank se rió, y Alice también, mientras Augusta se sentaba cuidadosamente en un sillón cercano, cruzando las piernas con elegancia y orgullo.

Neville Longbottom —dijo, probando el nombre en voz alta—. Va a ser un niño muy especial. Ya lo sé. Aún no puedo explicarlo… pero lo sé.

En ese momento, nadie lo sabía aún, pero una profecía había sido pronunciada semanas atrás. Una profecía que mencionaba a un niño nacido al final del séptimo mes. Un niño con el poder de derrotar al Señor Tenebroso.

Podía ser cualquiera. Podía ser Neville.

Y sin embargo, en ese instante, ninguno de los presentes pensaba en oscuridades ni destinos. Solo en el calor de ese cuerpito nuevo, en el olor a leche y vida, y en el milagro de seguir adelante en medio del caos.


El nacimiento de Clementine Longbottom

30 de julio de 1980, 9:47 p.m.—

El cielo sobre Londres comenzaba a oscurecerse, pero no con tristeza, sino con esa calma que anuncia un milagro en voz baja. Las luces de San Mungo parpadeaban con un brillo dorado. Las enfermeras comenzaban a retirarse, convencidas de que el gran momento había pasado. Neville dormía envuelto como un paquetito de lana, con el ceño fruncido y el alma —según Augusta— ya cansada de tanto mundo.

Pero entonces, sin aviso, Alice volvió a estremecerse.

Otra contracción —susurró, débil pero lúcida.

¿Otra? —Frank se incorporó de golpe, pálido—. ¿No era uno?

La sanadora alzó la varita. Hubo un destello violeta. Y entonces lo supieron: no era uno. Eran dos.

La sala, que ya se había empezado a vaciar, se volvió a llenar. Las sanadoras regresaron con prisas, los medimagos intercambiaron hechizos de asistencia, y en medio del nuevo ajetreo, a las 9:47 de la noche, entre las sombras suaves de una habitación encantada, llegó Clementine.

Y no lloró.

No hizo ni un sonido.

Lo suyo fue otra cosa: un suspiro suave, envolvente, como si al entrar al mundo lo hubiera reconocido de inmediato. Como si dijera “ah, sí, esto era”, y se acomodara en la existencia como una melodía que no necesita presentaciones. En ese instante, el aire se perfumó de madreselva, una enfermera dejó caer la bandeja de pociones, y por un segundo largo y detenido, los relojes de San Mungo parecieron pausarse, como si el tiempo mismo se inclinara ante su llegada.

Clementine Longbottom había nacido.

Y era hermosa.

No de esa belleza común de los recién nacidos, redonditos y sonrosados. No. Era una belleza irreal. Casi incómoda. Como esas flores que crecen donde nadie ha sembrado.

Su piel era más clara que la porcelana de la vajilla de Augusta, con un rubor sutil y perfecto. Su naricita redonda parecía tallada por un duende escultor, y sus labios —ay, Merlín, esos labios— tan rojitos, tan carnositos, que parecían pintados con jugo de fresa del bosque.

Pero lo que realmente detenía el mundo eran sus ojos.

Cuando los abrió por primera vez —grandes, cálidos, de un miel dorado profundo—, todos se quedaron en silencio. Eran ojos antiguos, sabios, como si hubieran cruzado demasiadas vidas para volver a empezar. Frank contuvo la respiración. Alice, temblando de agotamiento, dejó caer una lágrima. Augusta fingió limpiar sus gafas, aunque claramente usaba el pañuelo por otra razón.

Una enfermera, sin poder evitarlo, murmuró:

Esa niña… es más hermosa que cualquier Veela que haya visto en mi vida.

Y no era exageración.

Las Veelas eran criaturas mágicas de etérea belleza, famosas por hechizar a cualquier hombre con una mirada o un gesto. De cabellos plateados, piel luminosa y voces hipnóticas, estaban diseñadas para fascinar. Eran, en esencia, la encarnación del deseo idealizado.

Y, aun así, Clementine Longbottom era más hermosa que todas ellas juntas.

Su belleza no pretendía, no pedía, no buscaba. No sabía que existía y por eso lo tenía todo. No hechizaba: envolvía. No buscaba miradas: las atrapaba sin intención. Aunque no supiera hablar, ni caminar, ni sostener la cabeza, ya dejaba claro que había nacido para mucho más que ser contemplada.

Frank se inclinó sobre ella como si mirara una estrella dormida.

No sé si el mundo está preparado para alguien así —susurró.

No parece humana —añadió, con la voz temblorosa.

Claro que no lo es —bufó Augusta, ya recompuesta—. Es un regalo de la magia. Como si los antiguos la hubieran enviado. Esa niña va a causar terremotos... y no precisamente con hechizos.

El silencio volvió. Y entonces Alice, con la voz apenas un hilo, dijo:

Clementine... Así se llamará.

Frank la miró, conmovido.

¿Clementine?

—insistió ella, sonriendo por primera vez desde que empezó el parto—. Porque suena como flor, pero también como algo que no se marchita.

Y así, con ese nombre que sabía a fruta dulce y a promesa antigua, fue bendecida.

Desde ese momento, Clementine se convirtió en un susurro entre los pasillos de San Mungo. Las enfermeras se turnaban para verla dormir. Las sanadoras discutían si alguna vez habían asistido un nacimiento así. Incluso los retratos encantados cuchicheaban:

“¿Una niña... o una criatura del bosque disfrazada de bebé?”

Su cuna flotaba a pocos centímetros del suelo, sin hechizo visible. Cada vez que bostezaba, se escuchaba una nota lejana, como si los gnomos del jardín tocaran el laúd solo para ella. Incluso Trevor, el sapo que más tarde seguiría a Neville, se acomodó bajo la cuna y no volvió a moverse. Como si ya hubiera elegido.

Y entonces Augusta la sostuvo por primera vez.

La mujer de los modales cortantes, la voz de acero, la columna vertebral de los Longbottom, sintió que el mundo entero se volvía suave y tibio entre sus brazos. La miró como quien ve una flor brotar en pleno invierno. Como quien presencia algo imposible sin atreverse a romperlo con palabras.

Esta niña será la más hermosa del mundo… —murmuró—. Y también la más peligrosa, para quienes solo sepan mirar la superficie.

Y así fue como llegó Clementine al mundo: en medio del amor, de la magia, del asombro, y del silencio reverente de quienes supieron que algo extraordinario acababa de suceder.

Mientras los mortífagos tejían sus sombras en rincones oscuros, una luz cálida, dulce y mielada comenzaba a brillar en la casa de los Longbottom.

Una niña destinada no solo a encantar, sino a torcer el rumbo del destino.

Porque a veces, los verdaderos hechizos no vienen de varitas… sino de sonrisas.

Y Clementine Longbottom, incluso sin dientes aún, ya tenía una sonrisa capaz de detener guerras.

Clementine, apenas una bebé, ignoraba que aquellos eran los últimos destellos de amor antes de que la sombra de la muerte le arrebatara a sus padres para siempre.

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