Uno
ANDIE
Nadie habla de la culpa que se siente al ver a uno de tus padres dar su último suspiro.
Vi cómo su pecho se elevaba con una inhalación débil y final. Me puse una mano sobre el mío para confirmar que mis pulmones seguían moviéndose.
¿Por qué los míos seguían funcionando si los suyos no?
Sentía el corazón golpeándome con fuerza dentro del pecho. ¿Pero el de ella? Estaba quieto.
Su corazón se había rendido. Había sucumbido a la enfermedad que poco a poco le devoró los órganos.
Esa mirada vacía en los ojos verdes de mi madre cuando se fue de este mundo se me quedó grabada a fuego. Es una imagen que no puedo borrar por mucho que lo intente. He arañado mentalmente los barrotes de la jaula que su muerte construyó en mi interior, tratando de entender cómo vivir sin una madre.
Ya nada tiene sentido.
¿A quién llamaría cuando necesitara saber cuánto tiempo hervir un huevo para que la yema quede perfecta? Aunque he hecho huevos duros muchísimas veces, siempre se me olvida.
¿A quién voy a llamar cuando un chico me rompa el corazón?
Ella siempre me decía: «Los hombres no saben lo que hacen la mitad del tiempo, no hay más que ver a tu padre». Entonces lo oíamos a él gritar: «¡Oye!» de fondo y siempre nos reíamos.
Una mano me agarra el hombro y de pronto vuelvo a la realidad. Pego un brinco, me pongo derecha y miro hacia arriba. Me tapo los ojos y entono la vista hacia el sol para ver a Tori, mi hermana mayor. Está de pie frente a mí con una preocupación evidente en los ojos. Su pelo rubio platino parece un halo a su alrededor, y tiene la cara llena de pecas arrugada mientras me observa.
—¿Estás bien?
—Sí. —Me giro hacia el océano y hundo más los pies en la arena, dejando que el calor me devuelva a la tierra. Froto con el pulgar el sencillo colgante en forma de corazón que lleva un pedacito de mi madre y miro las olas rompiendo a lo lejos. El sol quema y pesa en el cielo, haciendo que sienta la piel pegajosa. Además, la humedad en Florida no es broma. Me peiné con mucho cuidado esta mañana, solo para salir y que se me encrespara todo el pelo, echando a perder mi esfuerzo.
—Cynthia está a punto de llegar. Por favor, no hagas que la situación sea incómoda para nadie.
—¿Por qué iba yo a incomodar a nadie? —Tori me lanza una mirada, apretando los labios.
Ya me han dado todas las charlas motivacionales y los sermones sobre cómo portarme estas próximas semanas.
No seas grosera.
No seas rara.
No seas antipática.
Y no menciones a mamá.
Tori me dio la lata con eso hasta que llegamos anoche tarde a esta casa de playa de medio millón de dólares que pertenece al hijo de Cynthia.
No solo su hijo; desde el mes pasado, es mi hermanastro.
Anoche, mientras mi hermana y su familia se quedaban boquiabiertos con esta mansión disfrazada de casa de playa, yo subí las escaleras. Busqué un cuarto y me tomé una pastilla para dormir para quedarme frita de una puta vez.
Todo es soleado, hermoso y brillante. Todo lo que yo no soy.
Me levanto y me sacudo la arena de los muslos. Cojo mi libro de la playa y camino de vuelta a la casa, siguiendo los pasos de mi hermana. Ella lleva un vestido ligero que le llega a las rodillas. Su pelo cae sobre sus hombros con ondas playeras y su piel bronceada ya se ve radiante.
Parece que ese es su sitio.
Miro con recelo la casita blanca, que tiene un par de pisos de altura y balcones largos que la rodean. Unas palmeras enormes se alzan hacia el cielo, ofreciendo una buena sombra contra el monstruo de fuego que brilla arriba. A la izquierda de la casa hay una piscina con bar, parrilla, mesas con sombrillas y tumbonas. El agua de la piscina es la más azul que he visto en mi vida, y está cerrada por una valla de cristal que bordea la orilla.
Miro la piscina sintiendo un nudo en el pecho mientras subimos las escaleras. Al llegar arriba, papá está apoyado en la barandilla del balcón con un café en la mano, charlando con Alan, mi cuñado.
—Cynthia casi está aquí —dice él, mirándome fijamente.
¿Por qué me miran todos así?
Como si fuera a ponerme a gritar. O a llorar. O a salir corriendo hacia el mar para desaparecer entre las olas.
—Ya me he enterado —respondo, sosteniéndole la mirada. Mis pies descalzos queman contra la madera que ha estado bajo el sol todo el día, pero no hago nada por aliviar el dolor.
—Os va a encantar, hacedme caso. Es una mujer muy buena.
Seguro que sí, sobre todo si va a reemplazar a mamá apenas siete meses después de su muerte.
Papá nos sonríe a mi hermana y a mí. Alan le agarra el hombro y le da un apretón con una sonrisa de oreja a oreja. El pelo rubio de Alan se agita con el viento y se le forman pequeñas arrugas alrededor de los ojos.
Cuando llego al final de la escalera, papá me pasa los brazos por los hombros y me aprieta contra su pecho. Sonrío, intentando parecer por una vez una hija normal y feliz.
—Qué amable es Reid por dejarnos quedar aquí y pagarnos el viaje —dice Tori mientras se deja caer en una silla de cojines blancos impecables. Agarra un cojín, se lo pone en el regazo y empieza a tirar de los hilos sueltos. —¿Qué tan forrado está?
—Victoria —le advierte papá, lanzándole una mirada de reproche.
—¿Qué? Sé que no soy la única que lo piensa.
No lo es, porque yo me he estado preguntando lo mismo. La casa tiene cinco habitaciones, tres baños, una sala de estar y una cocina enorme con electrodomésticos inteligentes. Ah, y una sala de juegos donde Fin, mi sobrino, se ha pasado toda la mañana. Miro a mi alrededor observando el lugar. La piscina y el césped tienen un mantenimiento profesional. No hay otra casa de playa en al menos un kilómetro a la redonda, así que estamos en una zona muy privada.
—Le ha ido muy bien en la vida, y eso es lo único que importa. Y espero que cada uno de vosotros, especialmente Finley, que seguro está destrozando la sala de juegos, le deis las gracias en persona por dejaros estar aquí y por pagar vuestros vuelos de ida y vuelta.
—¿Y a qué se dedica? —pregunta Alan, mirando hacia el horizonte con una cerveza en la mano. Ni siquiera es mediodía, pero me pregunto si yo también quiero una. Necesito controlar estos nervios antes de hacer el ridículo delante de Cynthia. Quiero intentar mantener la fiesta en paz por mi padre, pero joder, la rabia que siento por dentro es algo que no puedo ignorar.
Como si Alan notara mi desesperación, coge una cerveza del pack de seis que tiene abierto y me la pasa. La abro y casi me la bebo en cinco tragos. Todos me miran, pero nadie dice nada.
—Es dueño de una empresa de seguridad o algo así. No estoy muy seguro —dice papá, mirándome con desconfianza.
Oímos una puerta abrirse y cerrarse dentro de la casa. El rostro de papá se ilumina por primera vez desde que murió mamá. Se da la vuelta y nos hace señas para que entremos, pero no sin antes echarme una mirada que me ordena comportarme lo mejor posible.
Cynthia está en la entrada con las maletas. Es alta, delgada, con el pelo rubio largo y la piel bronceada. Sus maletas son de marca, y estoy segura de que su ropa también. Lleva unos pantalones ligeros y una blusa amarilla muy escotada que deja ver el bikini blanco debajo. Es guapa, y cuando ve a papá, su cara se ilumina al instante. Papá la recibe con un abrazo cariñoso y un beso. Cuando sus labios se juntan, yo aparto la vista. Me trago el nudo que tengo en la garganta y carraspeo, haciendo que se separen.
Cynthia se gira hacia nosotros y sonríe, pero sus ojos nos recorren con curiosidad.
—Cynthia, estas son mis hijas Andrea y Victoria. Este es el marido de Tori, Alan. Y su hijo, mi nieto Finley, está disfrutando de la sala de juegos.
Como si lo hubieran llamado, se oyen unos pasos pequeños en el pasillo y pronto aparece el pequeño terremoto. Un niño larguirucho de pelo castaño claro, que todavía se está acostumbrando a sus piernas largas, entra saltando en la habitación. Empieza a dar botes y saluda a la mujer con una emoción que nos sobra a los dos.
—¿Eres mi nueva abuela? —pregunta con una gran sonrisa.
Silencio.
La tensión se puede cortar con un cuchillo.
Cynthia simplemente se ríe y abre los brazos. Fin se lanza a abrazarla igual que hacía con mamá.
—Puedes llamarme como quieras, Finley —dice ella sonriéndole. Se acerca a todos saludando con abrazos y palabras amables, y cuando llega a mí, me mira de arriba abajo.
—Muchos tatuajes, ¿eh? —dice con una sonrisa algo forzada. Me miro a mí misma, vestida con unos pantalones cortos de mezclilla y una camiseta de tirantes, dejando ver bastantes tatuajes negros y grises por mi piel.
—Cynthia... —empieza a decir papá, pero ella lo interrumpe con un gesto de su mano perfectamente manicurada.
—Es solo una observación. Reid es igual. Por lo que dice tu padre de ti, Reid y tú os vais a llevar muy bien. —Me abraza e intento relajar el cuerpo para no parecer un cadáver tieso. Me da un último apretón antes de soltarme.
—¿Qué os parece la casa? Lujosa, ¿verdad? Intenté convencerlo de que comprara una más grande, pero es muy modesto. —Mientras Cynthia habla, papá coge sus maletas y desaparece por el pasillo hacia su habitación, dejándonos a solas con su nueva esposa.
Ella camina hacia la cocina y saca una copa y una botella de un armario. Sus pulseras de oro tintinean en sus muñecas rompiendo el silencio. —Creo que deberíamos celebrar. Sé que nos casamos rápido y que la boda fue... privada, pero aun así quiero brindar con mis nuevos hijos.
Siento que me hierve la sangre. —Nosotros no somos... —Tori me da un codazo fuerte en el costado y yo le lanzo una mirada de odio.
—Nos encantaría —dice Tori con su mejor sonrisa. Se echa el pelo rubio hacia atrás y agarra la copa de vino tinto que Cynthia le ha servido.
—Puaj, alcohol. —Fin arruga la nariz y yo suelto una risita. —¡Me voy a seguir jugando! —anuncia mientras da media vuelta y sale corriendo por el pasillo, con los brazos estirados hacia atrás como si eso lo hiciera ir más rápido.
—¿Cuándo llegará Reid? —pregunta Tori.
—Seguramente mañana por la mañana. Tiene algunas cosas que terminar antes de venir. Trabaja demasiado.
—No podrías disfrutar de su casa si no lo hiciera —señalo mientras cojo una copa para mí. Hago girar el vino, meto la nariz y aspiro como si supiera distinguir un vino caro de uno barato.
Huele a... vino.
Cynthia me mira raro, pero aun así sonríe mientras sostiene su copa. Nosotros hacemos lo mismo, brindando con el fino cristal sobre la isla de la cocina.
—¡Salud, por nuestra nueva familia!