¿Me das un vaso de agua, por favor?
—Hola, Lorena. ¿Cómo estás?
—Bien, Clarissa. ¿Y tú?
—Muy bien —respondió Lorena, intentando disimular la preocupación que comenzaba a invadirla.
—¿Y esa rareza? ¿Gael acostado en el mueble? —preguntó Clarissa con una risita nerviosa.
—Tú sabes cómo es él… Le dio sueño y decidió recostarse ahí.
La respuesta no convenció a Clarissa. Era una joven perceptiva, desconfiada por naturaleza. Desde la noche anterior tenía todo planeado, y ver a Gael dormido en el mueble fue, para ella, una señal del universo alineándose con su deseo de venganza. Antes de salir de su casa, se había puesto la ropa que mejor le quedaba: quería que él viera lo que estaba perdiendo por su tontería.
—Hace calor, ¿me das un vaso de agua, por favor?
—Claro que sí —respondió Lorena, dirigiéndose a la cocina.
Mientras tanto, Clarissa colocó sobre la mesa su pesado libro de Contabilidad, que llevaba consigo porque más tarde debía ir a clases.
—Aquí tienes, que la disfrutes —dijo Lorena al volver.
Clarissa asintió con un leve movimiento de cabeza y, llevando lentamente el vaso a sus labios rosados y delgados, esperó el momento oportuno. Dio un pequeño sorbo… y luego, sin previo aviso, lanzó el resto del agua de golpe sobre el rostro y el cuerpo del joven.
Gael abrió de repente sus hermosos ojos color miel, enmarcados por unas pestañas espesas. Con aparente calma, se sentó y comenzó a quitarse la camiseta empapada. Con voz baja, casi ahogada, preguntó:
—¿Por qué lo hiciste?
—¿Y me lo preguntas? —respondió ella en voz baja, con la rabia y el enojo marcados en cada palabra—. Porque te lo mereces. Escúchame bien: no quiero que esa tipa vuelva a llamarme a mi teléfono para molestarme.
Gael la interrumpió:
—¿Te ha llamado ella?
Clarissa no imaginaba que esa sería su pregunta. Pero no se dejó intimidar. Se irguió con determinación y replicó:
—No. Y más te vale que no lo haga. Porque si llega a hacerlo, quien va a pagar las consecuencias vas a ser tú. Y créeme, será mucho peor.
Tomó su libro de la mesa y, justo cuando Lorena pasaba por allí —la misma que había sido testigo del incidente—, se despidió con frialdad y salió apresurada hacia la universidad. Iba a tomar sus clases, pero su mente estaba lejos de las aulas. Le temblaban las manos y sentía que el corazón se le rompía en silencio. A pesar de su dureza, pronto entendería que la venganza no solucionaba nada.