Destinados
La mañana comenzó como cualquier otra. La luz del sol se filtraba suavemente entre las cortinas, y el canto de los pájaros llenaba el aire con su melodía habitual. Pero para mí, esa mañana no era igual. Algo en el ambiente se sentía distinto, y lo confirmé al mirar el reloj: eran las 7:00 a. m.
-¡Dios mío! -exclamé al darme cuenta de que me había quedado dormida. Iba a llegar tarde al trabajo.
Me levanté de un salto, aún con la mente nublada por el sueño. Me cepillé los dientes y me vestí lo más rápido que pude. No hubo tiempo para una ducha ni para desayunar. Salí corriendo de la casa con las pantuflas aún puestas.
Iba tan distraída que no noté el auto que se acercaba a gran velocidad. Fue entonces cuando alguien me tomó del brazo y me jaló con fuerza, evitando que fuera atropellada. Aturdida, me giré para ver quién había sido.
Era un hombre alto, de complexión delgada y rostro imponente. Me quedé observándolo, sin palabras, mientras él me miraba con calma.
-¿Estás bien? -me preguntó con una voz suave, casi hipnotizante.
Asentí rápidamente, aún en shock. Le expliqué que iba tarde al trabajo. Entonces, sin más, me ofreció un café.
-Te vendrá bien para el susto -dijo con una media sonrisa.
Mi estómago rugía de hambre, así que acepté. Me llevó a una cafetería cercana y allí, entre sorbo y sorbo, se presentó.
-Ethan Mateo Lombardo -dijo, tendiéndome la mano.
El nombre me sonaba... pero no logré ubicarlo de inmediato.
Mientras conversábamos, su actitud cambió de amable a seria. Sacó un sobre de su chaqueta y lo puso frente a mí.
-Quiero hacerte una propuesta -dijo-. Necesito que finjas ser mi pareja durante seis meses. Vivirías conmigo y mi familia. También trabajarías como mi asistente personal. A cambio, recibirás una suma considerable de dinero... y cumpliré cualquier deseo que tengas.
Me quedé en silencio. No supe qué decir. ¿Era real lo que me estaba proponiendo?
-Tómate tu tiempo para pensarlo -añadió-. Si decides aceptar, ven a este mismo lugar el día 21 a las 7:00 p. m.
Me despedí de él con la cabeza hecha un nudo de pensamientos. Al llegar a casa, lo primero que hice fue buscar su nombre en Internet. Lo que encontré me dejó helada: era un empresario influyente, dueño de múltiples compañías, y salía constantemente en revistas de negocios.
Tentadora era poco para describir su propuesta. Pero algo dentro de mí dudaba... ¿Estaba dispuesta a aceptar esas condiciones?
Esa noche me acosté con más preguntas que respuestas, sabiendo que tarde o temprano tendría que tomar una decisión que cambiaría mi vida.