Capitulo 1: ¡Luces, cámara, acción!
—Tres, dos, uno... y fuera de aire.
La luz roja de la cámara se apagó y Adrián sintió que podía respirar por primera vez en dos horas. Sus dedos, con las uñas pintadas de rosa pastel, temblaban ligeramente mientras guardaba el celular en el bolsillo de su camisa de seda. Había estado sonriendo tanto que los músculos de su mandíbula le dolían. Pero la sonrisa valía la pena: el live había recaudado casi tres millones de pesos para el comedor comunitario de la villa 31, se sentía orgulloso, sobre todo en estas época de ajustes. Sus seguidores y no seguidores la estaban pasando mal.
Valía la pena, se repitió como un mantra mientras el equipo técnico comenzaba a desmontar los aros de luz LED. Cada maldito peso vale la pena.
—¿Estás bien, Adri? —preguntó Sofía, su asistente y prima hermana de esposo, acercándose con una botella de agua. Tenía los ojos azules cansados de una noche de producción, pero su sonrisa era genuina.
—Perfecta, Sofi. —Adrián tomó el agua y bebió un sorbo largo. Sintió el frescor recorrer su garganta seca. —¿Cuánta gente conectada?
—Pico de veinte mil. Los comentarios se dispararon cuando hablaste de tu abuela. —Sofía titubeó. —Y... también hubo algunos haters, como siempre. Los bloqueé.
Adrián asintió, pero algo en su pecho se apretó. La mención de su abuela siempre lo desarmaba. Ella había sido la única en su familia que jamás lo miró con desprecio, la única que le permitió lavar pisos en su casa a cambio de un plato de comida y un techo cuando su padre lo echó. Llorar por ella en vivo, frente a veinte mil personas, no había sido una estrategia. Había sido real.
Lo real no vende tanto como la estrategia, pero duele igual.
—¿Qué sigue? —preguntó Sofía mientras revisaba su tablet.
—Tengo la entrevista en "Tarde de Mates". —Adrián frunció el ceño. —¿No te avisé?
—Sí, pero pensé que la habías cancelado. —Sofía levantó una ceja. —Marcelo es un pelotudo, Adri. La última vez que fue tendencia fue por decir que las lesbianas "no existen, solo son mujeres confundidas". No es buena idea.
—Ya sé. —Adrián suspiró y pasó una mano por su cabello castaño, recién lavado y peinado por el estilista. —Pero el productor es amigo de Pedro. Dijo que sería buena exposición.
Y Pedro dijo que fuera.
No lo añadió en voz alta. Nunca lo hacía. Pero la presión en su pecho se intensificó con el recuerdo de la conversación de la semana pasada:
—Adri, no seas boludo, es una oportunidad. Estás muy cómodo en tu burbuja. Salí un poco, mostrate. Yo voy a estar mirando desde casa, ¿eh? Te voy a aplaudir.
Pedro había dicho eso con su sonrisa perfecta, la que usaba en las pocas fotos que Adrián lograba subir a Instagram. La sonrisa del novio perfecto, del médico en formación, del hombre alto y musculoso que se había fijado en un chico de Formosa que lavaba pisos para sobrevivir.
¿Quién iba a querer a un mariconcito del interior?
Adrián apartó el pensamiento con un movimiento brusco de cabeza.
—Voy a ir —dijo, más para sí mismo que para Sofía.—Son veinte minutos. Después vuelvo a casa y descanso.
—¿Seguro que Pedro no puede llevarte?
—Está en su guarida. —La mentira salió con fluidez. — Estudiando. Como siempre.
Sofía lo miró con una mezcla de duda y afecto que Adrián aprendió a ignorar. Llevaba tres años con Pedro, y sus amigos más cercanos habían dejado de preguntar por qué nunca lo veían. Por qué nunca aceptaba salir. Por qué siempre estaba "cansado" o "con trabajo".
El amor es así, se decía. A veces tenés que elegir.

—Sí, así, seguí, dale. —murmura Pedro mientras está parado desnudo, su mano se dirige a la cabeza de una persona que está arrodillada frente a él. El contraste de su piel blanca contra la luz tenue resalta cada músculo de su torso velludo. Puede sentir como su pene es envuelto por una húmeda boca, su pene está erecto y palpitante, los vellos de su zona íntima se encuentran húmedos por la saliva y el sudor corporal. —Aguantá, así. —es lo que ordena Pedro mientras oye al extraño tener arcadas, su respiración se vuelve más agitada. Pedro hace más presión, buscando obtener mas placer, mientras el sujeto parece le aprieta la pierna con la mano para que lo suelte.
El vago que está arrodillado tiene los ojos llorosos pero no se detiene, sus manos se aferran a los muslos peludos de Pedro mientras lucha por mantener el ritmo. El sonido húmedo llena la habitación junto con los gemidos contenidos de ambos.
—Date vuelta. —ordena Pedro con voz ronca y el sujeto que está ahí, también desnudo, lo hace sin dudar. Su piel contrasta con las sábanas blancas arrugadas. —Ponete en cuatro. —Pedro se posiciona detrás de él, sus manos grandes y velludas acarician la espalda sudorosa del otro hombre antes de comenzar a introducir su pene erecto, largo y venoso sin protección en el cuerpo de aquel sujeto con el que había quedado para tener relaciones sexuales a través de una aplicación.
El extraño gime y se arquea, sus músculos se tensan al recibir a Pedro. El sonido de respiraciones entrecortadas llena la habitación junto con el crujir de la cama.
—Más fuerte, papi —susurra, y Pedro responde con una embestida más profunda que los hace gemir a ambos.
—¿Te gusta puta? Mostrame como me abris tu orto para mí.
Y el sujeto poso sus manos en sus nalgas y las abrió. Pedro siguió. Aquello lo excitaba más.
—Dale puta movete. —Ordena Pedro con una voz gruesa, y gurutal, como si fuera un jugador de basquetbol profesional.
El sonido de pieles chocando se intensificaba en el apartamento. Pedro había encontrado su ritmo, sus manos se aferraban a las caderas del otro hombre mientras sus embestidas se volvían más intensas y desesperadas.
—Así, así, no pares —gemía el extraño, su voz entrecortada por el placer y el esfuerzo.
Pedro sentía cómo el sudor le corría por la espalda y el pecho. El calor del cuerpo del otro, la fricción, los sonidos... Todo lo transportaba lejos de su vida cotidiana, lejos de las responsabilidades y las expectativas de estar casado.
Mientras tanto, en el apartamento, Pedro estaba llegando a su límite.
—Estoy por correrme —murmura contra el cuello sudoroso del extraño, su respiración caliente contra la piel morena.
—Ah, sí papi, dale, correte dentro mío, soy tu perrita —dijo el sujeto con voz entrecortada, y Pedro lo hizo. Se corrió dentro de él mientras liberaba su ser con un gutural sonido de placer, arrastrando palabras roncas consigo. Su cuerpo se tensó y luego se relajó completamente, cayendo sobre la espalda del otro hombre.
Se quedaron así unos minutos, respirando agitadamente, el olor a sexo llenando la habitación.
En el apartamento, después de unos minutos de silencio post-coital, Pedro se separó del extraño y comenzó a buscar su ropa.
—Eu... —empezó Pedro mientras se ponía los boxers, evitando el contacto visual. —No le digas a nadie de esto. Yo estoy en una especie de relación, mejor si nadie se entera.
—Tranqui rey, sí a vos no te importa tu relación, a mí menos.
Pedro se quedó callado, sorprendido por la reacción.
— ¿Sabés qué? Sos un forro —continuó Pedro enojadisimo, mientras se vestía rápidamente. ¿Como se atrevía a decir eso? A él, sí le importaba su relación.
Sin decir más, el extraño se vistió y se fue, dejando a Pedro parado en el medio de la habitación, semi desnudo y confundido.

Ya en el apartamento de Palermo, que olía a algo que Adrián no podía identificar. Algo entre sudor y perfume barato, mezclado con el aroma del incienso de sándalo que siempre quemaba antes de las transmisiones.
Adrián dejó las llaves en la mesita de la entrada y caminó hacia la sala. Las cortinas semi-abiertas dejaban pasar una luz dorada y extraña, como si el atardecer hubiera decidido instalarse en el departamento y negarse a irse. El ambiente era íntimo, casi clandestino.
Por un momento, Adrián sintió que había entrado a otro lugar. A su departamento, pero no su departamento.
La cama estaba deshecha. Las sábanas blancas que él mismo había tendido por la mañana estaban arrugadas, como si alguien hubiera dormido en ellas.
Adrián se quedó quieto, escuchando. El silencio era absoluto, pero no era un silencio vacío. Era un silencio que esperaba algo.
Se acercó a la cama y pasó la mano sobre las sábanas. Estaban frías. No, frías no. Húmedas. Casi pegajosas.
Sudor, pensó. O...
—¿Adri?
La voz de Pedro lo sobresaltó. Apareció en el umbral de la puerta del baño, con el torso desnudo y una toalla alrededor de la cintura. Su piel blanca aún estaba ligeramente rosada por el agua caliente, y el vello de su pecho brillaba con gotas que no se había secado del todo.
—¿Ya terminaste? —preguntó Pedro con una sonrisa que no llegó del todo a sus ojos verdes. —Pensé que volvías más tarde.
—La producción se adelantó. —Adrián sintió que su voz sonaba extraña. —¿El departamento huele raro?
—Ah, sí, es que estaba haciendo ejercicio. —Pedro se secó el cabello con la toalla, sin apartar la mirada de él. —Abrí la ventana para que entre aire, pero la contaminación de Palermo... Vos ya sabes.
Adrián asintió.
Pero las sábanas seguían ahí, arrugadas. Y húmedas.
—¿Hiciste ejercicio en la cama? —preguntó, intentando que su tono sonara ligero, juguetón. Como en las redes sociales. —¿Y no me esperaste?
Pedro se rió, pero fue una risa corta. Casi seca.
—Me agarró un calambre en la espalda, me tuve que acostar un rato. —Se acercó a Adrián y lo besó en la frente. Sus labios estaban fríos. —¿Cómo fue el live? ¿Mucha gente?
—Veinte mil. Recaudamos casi tres palos para el comedor.
—Qué bien. —Pedro se giró y comenzó a buscar una remera en el armario. —Mi chico generoso. Siempre pensando en los demás.
Adrián se quedó mirando la espalda de su esposo. Los músculos se movían bajo la piel con una precisión que había visto mil veces, pero que seguía admirando. Pedro era hermoso. Había conocido a Adrián en un momento en que Adrián no era nadie, y lo había elegido.
—Tengo la entrevista en un rato —dijo Adrián, en voz baja. —En "Tarde de Mates".
Pedro se giró, con la remera a medio poner. Su expresión cambió por un segundo, tan rápido que Adrián casi lo pierde. Algo entre sorpresa y... ¿alivio?
—Ah, sí, la entrevista. —Pedro terminó de ponerse la remera y caminó hacia él. —Es una buena oportunidad. Marcelo es un buen tipo, y su programa te va a dar mucha llegada a un publico diferente.
—Sofía dice que es un pelotudo.
—Sofía no sabe nada de marketing. Debería agradecer que le conseguí un laburo, no le hagas caso a la boluda de mi prima —Pedro lo abrazó, y Adrián sintió el aroma a jabón de su cuerpo. —Vos andá, brillá, que yo te voy a estar mirando desde acá. ¿Okey?
Adrián asintió contra su pecho. Quería quedarse ahí, en ese abrazo que siempre lo tranquilizaba. Quería olvidar las sábanas arrugadas, el perfume barato y la violencia del mundo.
—¿Y si mejor nos quedamos? —murmuró. —Podemos pedir comida, ver una película...
—No, amor, no seas boludo. —Pedro lo separó suavemente y le tomó la cara entre sus manos. —Es tu carrera. Yo estoy orgulloso de vos. Andá.
Adrián sonrió, y la sonrisa le dolió en los pómulos. Llevaba todo el día sonriendo. Debería estar acostumbrado. Esperaba que Pedro se acordara del aniversario, tal vez, le tenía una sorpresa.
—Bueno. —Se separó y fue al baño a retocar su maquillaje. Cuando pasó frente al espejo, notó que sus ojos estaban ligeramente empañados. Se limpió con la punta de los dedos, con cuidado de no arruinar el delineado. —Es el cansancio, Adrian. Solo eso. Vos podes, como siempre, vos podes.

El estudio de "Tarde de Mates" era pequeño pero profesional. Luces LED que creaban un ambiente cálido, dos sillones azules, y una mesa baja con mates y facturas. Marcelo, el conductor, era un hombre de unos treinta y picos de años con el pelo teñido de un rubio dudoso y una sonrisa que no podía decidir si era amable o depredadora.
Adrián se sentó en el sillón y cruzó las piernas. Su camisa de seda rosa pastel contrastaba con el azul del mueble.
—¡Bienvenido, Adrián! —exclamó Marcelo con una voz grave que intentaba sonar carismática. —¿Cómo estás? ¿Nervioso?
—Un poquito, Marce. —Adrián hizo una pausa. Sintió su cuerpo temblar ligeramente, y sus manos perfectamente manicuradas se aferraron al borde del sillón. —Pero me alegro de estar acá.
—Mirá, antes que nada tengo que decir que sos mucho más lindo en persona —comentó Marcelo, y su sonrisa se extendió. —En los videos se te ve más... ¿cómo decirlo?
—¿Más qué, Marce?
—No sé, más artificial. Acá se te ve más natural.
Adrián arqueó una ceja perfectamente depilada, pero su sonrisa se mantuvo. Podía sentir a Sofía, detrás de cámaras, tensarse.
—Bueno, supongo que la cámara muestra a los demás las percepciones que tiene cada uno, aunque sean arcaicas —respondió, con el tono juguetón que usaba para calmar a sus seguidores. —Pero no te preocupes, el maquillaje es solo eso, maquillaje.
—¡Ah, sí, maquillaje! ¿Te trasformas en otra persona cuando te maquillas, un alter ego? —Marcelo rió, como si hubiera hecho un chiste inteligente. —Porque vos sos un personaje, ¿no? El chico de Formosa que se hizo famoso maquillándose...
—¿Es difícil la carrera de influencer?—pregunta Lujan mientras Marcelo hace chistes por lo bajo que irritaban a Adrian.
—Cuando empecé se decía youtuber, ahora los tiempos cambian y constantemente tengo que adaptarme —Adrian respiro profundo. —Hay nuevas personas todo el tiempo y es difícil por ahí mantenerse... Pero lo intento. ¿Sabés? Yo no pude estudiar una carrera universitaria, apenas terminé el colegio, lo hice de noche. La primera vez que vine a Buenos Aires, apenas tenía plata porque había empezado a monetizar, conseguí una pensión, dónde quedarme, había recibido un email de Youtube que me invitaba a aparecer en uno de esos videos promocionales. ¿Puedes creerlo? Ni siquiera empezaba a monetizar por completo, tampoco sabía cómo hacerlo... Por suerte el resto es historia.
—Sos bastante simpático, Adri. Pensé que eras una diva, como dicen por ahí.
—Y lo soy, Lu, lo soy. —Adrián rió, y esta vez fue genuino.
—¿Y cómo es eso de ser diva pero del interior? Porque vos sos de Misiones, ¿no? —preguntó Marcelo, tomando un mate.
—Del Formosa, en realidad. Y mirá, ser diva en el interior es todo un arte. —Adrián se acomodó. —Tenés que brillar donde nadie espera que brilles. Yo empecé haciendo videos en el patio de la casa de mi abuela, con la cámara del celular y un espejo roto como aro de luz.
—¿Y tu familia qué decía?
La sonrisa de Adrián se desvaneció por un segundo, pero volvió a aparecer, más radiante que nunca.
—Bueno, digamos que no era fan de mi contenido. —Hizo una pausa. —Pero acá estamos, ¿no?
Lujan captó la incomodidad y cambió el tema con una habilidad que Adrián agradeció en silencio.
—¿Qué se siente estar casado? —preguntó Lujan, suavizando la voz. —Me imagino que entre hombres es más fácil, ¿no? Ya sabes, no hay que pasar por el cambio de humor de las mujeres y eso.
Adrián sintió un escalofrío. La pregunta no estaba en el guion que le habían enviado. Pero antes de que pudiera responder, Marcelo se adelantó.
—Dale, boludo, somos todos amigos acá. Yo estuve a punto de casarme, pero no funcionó. Ella era una loca celosa que no me dejaba trabajar.
Adrián miró a Marcelo. El hombre se reía de su propia historia, pero sus ojos estaban fríos.
—Es hermoso —respondió finalmente, su voz más suave. —Estoy casado con un hombre que amo, y creo que él me ama.
—Aww —dijo Lujan, genuinamente conmovida. —¿Cuántos años llevan juntos?
—Tres años de casados, pero lo conozco desde hace más.
Adrián jugó con su anillo de casamiento, un simple aro de oro rosa. Había elegido ese anillo porque era discreto, porque no llamaba la atención. Como Pedro. Como su relación, que casi nunca aparecía en redes.
—¿Y cómo es él? —preguntó Lujan. —Porque nunca lo mostrás.
—Es atento, un caballero, alto, musculoso y totalmente activo. —Adrián rió, y esta vez su risa sonó más alta de lo que pretendía. —¿Sabés lo difícil que es encontrar eso en la comunidad gay? Además, cuida su cuerpo y cuida el mío. Es médico, bueno, estudiante de medicina. Es más reservado que yo, prefiere mantenerse alejado de las redes aunque al principio me ayudo bastante.
—¿Y no le jode que vos seas tan público? —preguntó Marcelo, con una sonrisa que Adrián comenzaba a odiar. —Sí mi chica fuera influencer, yo no le dejaría usar sus redes sociales. Jajajaja.
—No, él me entiende. Sabe que esto es mi trabajo, mi pasión.
La entrevista duró veinte minutos. Veinte minutos de preguntas incómodas, de comentarios pasivo-agresivos, de sonrisas que le hacían doler los pómulos a cualquiera. Marcelo no dejó de provocarlo, mencionando a su familia, mencionando sus inicios, insinuando que su éxito era pura suerte.
Adrián respondió con gracia. Porque era lo que hacía. Porque había aprendido que la mejor defensa era una sonrisa.
—Gracias por el amor y el apoyo siempre, familia virtual 💕 —escribió en X mientras el Uber lo llevaba de vuelta a Palermo. —Algunos no entienden que detrás de la cámara hay una persona real con sentimientos reales. Los amodoro.
Los comentarios llegaron rápido. Sus fans lo defendían, criticaban a Marcelo. Algunos pedían que Pedro apareciera. Otros preguntaban por qué nunca lo mostraba.
Adrián bloqueó a los más agresivos y guardó el teléfono.
Cuando llegó al departamento, sintió un nudo en el estómago. No sabía por qué. Había estado aquí miles de veces. Pero hoy, el edificio parecía más oscuro, el ascensor más lento, el pasillo más largo.
Abrió la puerta y el silencio lo golpeó.
—¿Pedro? —llamó, mientras dejaba las llaves.
Nadie respondió.
E









la traición es una elección y Pedro ya decidió