PROLOGUE
Desde hacía cuatro años, aquel lugar solía ser su refugio. Ruinas que, en otra época, ofrecían un paseo tranquilo entre sus piedras antiguas y el susurro del viento. Ahora, ensangrentado y sucio, conservaba solo ecos de memorias que dolían más que cualquier herida reciente. Han Jisung—o Peter, como lo llamaban algunos—se encontraba de pie, con la mirada perdida en el cielo del atardecer, mientras el sol se filtraba entre nubes teñidas de rojo y oro, como si también el cielo llorara.
Recordaba con nitidez todo lo que había sucedido antes del incendio en la mansión de su padre, a unos kilómetros de allí. El fuego no solo había consumido paredes y muebles; sino que también había arrasado con la ilusión de seguridad que creía tener. Y, una vez más, la comunidad había desatado su furia contra aquellos que consideraban “diferentes” y “enfermos”. La injusticia le revolvía el estómago, pero lo que más le dolía era la ignorancia. ¿Cuándo entenderían esos hombres y mujeres cegados por la tradición que amar a otro hombre no era enfermedad ni pecado, sino el mismo amor que se entregaba incluso a una dama?
El silencio de las ruinas lo envolvía, pesado y absoluto, como si el mundo entero guardara la respiración junto a él. Han Jisung cerró los ojos por un instante, y en ese fugaz parpadeo, un extraño presentimiento lo recorrió: algo estaba a punto de cambiar. Algo que, quizás, le devolvería la esperanza que había perdido entre cenizas y sangre.