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MEFIBOSET Un Príncipe Olvidado

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Sinopsis

Herido por la guerra y marcado por la desgracia, Mefiboset carga con un destino que nunca eligió. Nieto del rey Saúl, arrastrado entre intrigas, promesas rotas y el peso de un nombre maldito, su vida se convierte en un campo de batalla silencioso. En un reino donde la ambición devora familias y Dios parece guardar silencio, ¿podrá un hombre quebrado hallar redención… o quedará sepultado bajo la sombra de su sangre real?

Estado:
Completado
Capítulos:
59
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Amenaza

Cuando la sombra de la guerra se alza, no siempre avisa con estruendo: a veces irrumpe en medio de la risa.

La celebración del quinto aniversario de Merib-baal convocó a la corte entera bajo la mirada del rey Saúl. El aire olía a incienso y vino dulce; las risas de los niños jugando entre las columnas se mezclaban con el tañido de las liras. Saúl observaba, una sonrisa frágil en los labios, mientras su nieto, el pequeño príncipe, montaba con sorprendente soltura el espléndido corcel traído del norte. La risa cristalina de Merib-baal se elevaba sobre el bullicio, un desafío inocente a las sombras que ya acechaban.

En un rincón, apartado del júbilo como una roca en medio de un río desbordado, el general Abner contemplaba en silencio. El bullicio del festín se derramaba en carcajadas, copas que chocaban y niños corriendo entre los hombres armados, ajenos al peso de la guerra. Pero en su semblante curtido no había espacio para sonrisas. El ardor del vino no lograba relajar los músculos de su mandíbula. Sabía que la paz, como el cristal, podía quebrarse sin estrépito, con un simple roce invisible.

El eco de un tambor distante, confundido entre la música del banquete, le hizo alzar la mirada. No era tambor, sino el galope de un caballo agotado. Abner lo comprendió incluso antes de que la figura se dejara ver entre las antorchas de la entrada.

Un centurión apareció, cubierto de polvo y sudor, como si hubiera atravesado el desierto en un solo aliento. Caminó directo hacia el general, con el sigilo de una sombra que rompe la calma. Se inclinó apenas, y el murmullo de sus palabras rozó el aire entre ambos, como un filo helado. —Vienen. No un ejército… una marea. Y al frente, gigantes.

Abner no inmutó su expresión, pero su mente ya galopaba hacia las murallas, contando lanzas, midiendo piedras, calculando hombres, levantando defensas posibles. La música le sonó hueca de pronto. Solo existía la estrategia. Avanzó entre la multitud, invisible para quienes reían y brindaban, pero con cada paso desentonaba más con el júbilo circundante. Saúl, apartado en un extremo del patio, seguía con los ojos a su nieto. Había orgullo en su mirada, pero también una vulnerabilidad que nunca mostraba en público.

—Su majestad —dijo Abner, deteniéndose a la distancia precisa. Saúl giró. La sonrisa se desvaneció, borrada por la comprensión instantánea en los ojos del veterano.

—¿Qué oscuridad traes ahora, Abner? —preguntó el rey, su voz más baja que el rumor de las fuentes.

—Los filisteos. Se acercan rápido. Con una fuerza nunca vista. Llegarán en tres días. Al frente… gigantes. Muchos más de los que hemos visto antes.

Una leve palidez recorrió el rostro de Saúl. Su mirada buscó, como un náufrago, a los niños jugando, a las mujeres danzando, a sus propios hijos riendo. Se detuvo en Merib-baal, aún sobre el corcel, ajeno, radiante. El aire se volvió denso, como si cada respiración pesara más que la corona sobre su frente.

—No esperaremos a que llamen a nuestras puertas —declaró Saúl, enderezando la espalda con un esfuerzo visible—. Saldremos a su encuentro antes de que el miedo cruce nuestros muros.

En ese momento, Jonatán, padre de Merib-baal, llegó junto a sus hermanos. Había visto la tensión súbita, la palidez, la postura rígida de su padre.

—Padre —dijo Jonatán, su voz cargada de una preocupación que no disimuló—, tu rostro… ¿Qué sucede?

—La guerra se acerca. Pero aún no ha llegado —respondió Saúl, forzando una calma que resonó hueca en el aire—. La celebración continuará.

Era una orden nacida del orgullo, no de la alegría. Un acto de desafío público ante el caos que avanzaba. Un intento desesperado por mantener el control.

Abner comprendió el mensaje, el peso detrás de las palabras. Asintió con una leve reverencia, una promesa de acero en sus ojos, y se volvió para marcharse. No eran necesarias más palabras. La guerra ya había comenzado en el corazón de los hombres antes de que una sola espada chocara en el campo.

Saúl, sin embargo, sintió como si el suelo cediera bajo sus pies. Una opresión invisible, fría y húmeda, se cerró alrededor de su pecho, ahogándolo. Buscó apoyo, su mirada instintivamente hacia Merib-baal, un ancla en la tormenta que sentía rugir dentro. «Traigan a mi nieto», quiso ordenar, pero las palabras se ahogaron en un jadeo. Sus piernas, de repente hechas de fango, se negaron a sostenerlo. Se tambaleó, un árbol viejo herido por el hacha. Jonatán y sus hermanos lo sostuvieron con rapidez, disimulando el pánico con urgencia.

—El rey necesita descanso —anunció Jonatán a la corte más cercana, su voz firme pero el rastro del miedo en los ojos—. La celebración ha terminado.

Fue un final abrupto, ahogado. La música cesó, las risas se apagaron como velas sopladas. Un falso silencio, pesado y lleno de ecos, cayó sobre el jardín. Los rumores, sin embargo, no conocen el silencio. Brotaron como hongos venenosos en la humedad de la incertidumbre. Unos murmuraban de agotamiento, de la carga del reino. Otros, con miradas furtivas y voz baja, recordaban el espíritu maligno que ya antes había atormentado al rey, haciéndolo desvanecerse en plena calma, como si manos invisibles le arrancaran el alma. Los más devotos, los que aún recordaban las palabras como fuego del profeta Samuel, cruzaban miradas significativas. El reinado de Saúl está rechazado. Otro ha sido ungido.

David, el yerno exiliado, vivía oculto, perseguido por los celos de un rey que sentía no solo el trono, sino su propia descendencia, resbalándosele de las manos.

Días después, el estruendo llegó. No como un trueno lejano, sino como un muro derrumbándose a las puertas. Gritos desgarradores, el choque metálico de las armas, el crepitar de las llamas devorando los barrios cercanos al palacio. El olor a humo y miedo penetró hasta los jardines más íntimos.

Zilpa, la nodriza de Merib-baal, no necesitó órdenes. Un grito demasiado cerca, el reflejo de una antorcha en una ventana alta, el olor acre del incendio que el viento trajo de repente… y supo. La certeza fue un puñal de hielo en el corazón. El niño. Salvar al niño. Abandonó toda duda, todo pensamiento que no fuera huir.

Embargada por un terror primario, más fuerte que cualquier otro instinto, agarró a Merib-baal, arrancándolo brutalmente de su rincón de juego. No hubo tiempo para palabras, para consuelos. Solo correr. Bajar los escalones de piedra que llevaban a los jardines inferiores, a las puertas traseras, hacia las montañas lejanas. Sus pies, calzados con sandalias gastadas, buscaron el escalón húmedo, pero el miedo la traicionó. Pisó el musgo, el pie se resbaló, y el peso del niño en sus brazos se convirtió en un lastre catastrófico. Perdió el equilibrio.

Un grito ahogado, suyo o del niño, no lo supo. Merib-baal salió despedido de sus brazos. El pequeño cuerpo describió un arco breve, terrible, contra el cielo plomizo. El impacto contra los escalones de piedra fue un crujido seco, espantoso, que cortó el aire como un látigo. Crac... Un sonido que a Zilpa le resonó en los huesos, en el alma. El niño quedó tendido, como un muñeco roto. Sus pequeños tobillos, sangraban.

Zilpa no gritó. El horror la había vaciado de voz. Solo un sollozo ronco, como un animal herido, escapó de su garganta. Las lágrimas, mezcla de sudor salado, polvo y desesperación infinita, le cegaron por un instante. Pero no dudó. No podía dudar. Con una fuerza que le brotó de las entrañas, de ese lugar donde solo queda el instinto de proteger lo que se ama incluso cuando ya está perdido, se arrastró hacia él. Lo recogió con infinita precaución y una ferocidad salvaje, envolviendo su pequeño cuerpo inerte y quebrado contra su pecho. El peso era el de un mundo derrumbado.

Sin mirar atrás, sin pensar en el dolor de su propio cuerpo, sin ver nada más que el perfil lejano y brumoso de las montañas, Zilpa corrió. Corrió hacia un refugio que ni ella misma podía ver, con el eco de las carcajadas de Merib-baal, ahora silenciadas para siempre, persiguiéndola en el viento cargado de ceniza.

Y con los tobillos quebrados del niño... se quebraba también la casa de Saúl.

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Bien escrito

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author

Ok, interesante.
Una pregunta: ¿aquí afecta el tema del poder divino? o ¿es una reinterpretación que deja el tema de la religión como algo supersticioso?
Espero se entienda mi pregunta.

10 meses
author

Es una historia lgtb?

10 meses
author

No.

10 meses

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