Capítulo 1: Miel
Un delicioso aroma a miel, que se desplaza con suavidad, capta la atención de Giyuu Tomioka: El pilar del agua. Los pasos se detienen, y su mirada vacía, semejante a la de un agujero, se desliza para el lado opuesto de su camino. Había salido a caminar, sin rumbo aparente.
Tomioka se había adentrado a un bosque de Bambúes, altos y verdes, hermosos para contemplar un cielo pálido, con nubes puras que se deslizan sin prisa.
Habia tomado esa decisión, para poder olvidar los recuerdos caóticos de una noche llena de penumbra.
El olor, cada vez mas fuerte, no solo poseía la miel como dominante: Cerezas y al parecer, una hierva.
El olor fue agradable, sin embargo, Giyuu Tomioka no cedio a la seducción. Se mantuvo indiferente al exquisito olor.
No era la primera vez que se negaba a ceder a algún ofrecimiento, pero sabía que no todos seguían conscientes cuando el celo los golpeaba. No solo le bastaba entrenar arduamente día y noche. Se propuso a si mismo, que su entrenamiento tenía que ser más ambicioso: Aprendió a controlar su instinto, a mantener la calma y ayudar a los que lo necesitaban; aún si eso significaba obtener daños internos.
Era un sacrificio digno de un hombre que pudo controlar lo incontrolable.
Suspira, caminando sin prisa. No era la primera vez que le sucedía lo mismo, en sus misiones le era de lo más normal encontrar a alguna mujer Omega en celo. Corrió hacia la fuente del olor y cuando llegó, se detuvo a contemplar el paisaje cálido de un día prolongado.
Un lago, tan claro que las nubes se reflejan en sus aguas, donde los peces podían saltar tan alto, como si fueran aves libres del cautiverio. Algas verdes que se podían ver desde la orilla, rocas inválidas por el musgo y pecesillos. El sol ardiente que hacia brillar cada turbulencia en la superficie.
Aunque no hubo ningún cambio en su rostro, se sintió curioso.
Sus ojos azules se desviaron hacia un lugar, no muy lejos de él encontró a la causante de su deslizamiento.
La mujer le daba la espalda, y su cabello era tan negro como espeso. Dedujo que el cuerpo era pequeño, como el de cualquier mujer Omega. Se fue acercando con calma, sin pretender asustarla, y cuando estuvo cerca, lo suficiente como para verla mejor, vio el tan exagerado parecido del Haori con el de Iguro Obanai.
«¿Será que sus feromonas me han causado alguna alucinación?»
Aquella idea emifera desapareció cuando observó el rostro oculto por el cabello.
Giyuu miró los ojos inconfundibles, las vendas qué ocultan la mitad de su rostro, y luego, la serpiente qué se desliza por el cuello.
«Si es el.»
Sin pensarlo tanto, Giyuu levanta con rapidez el cuerpo débil y ardiente, que se estremece con la frialdad de su piel. Poco después de acomodarlo en su hombro, como un costal de arroz, Iguro Obanai recobro un poco de su conciencia perdida. No perdió el tiempo y empezó a golpearlo, gritando y exigiendo sin parar que lo bajara.
La fuerza ejercida en los puños, solo se le hicieron lamentables. Era como tener un gato encima.
Mientras Giyuu caminaba entre el bosque, aun llevándolo en el hombro, Iguro se percató de que estaba siendo ignorado, y no hay cosa más irritante para el que ser ignorado.
—¡¡SUELTAME!! —Tomioka hizo oído sordo y empezó a correr, ya teniendo el camino frente a el. La acción, que se repitió dos veces más, hacen que Obanai se frustre más—. ¡¿Acaso no escuchas?! ¡¡Te estoy diciendo que me bajes!! ¡¡NO NECESITO DE TU MALDITA AYUDA!! ¡¡Bájame ahora mismo!!
Giyuu Tomioka no ayudaba a los Omegas en celo, siempre había encontrado mujeres en medio de bosques, temblando e hirviendo en fiebre. El hecho de que ayude a la mayoría, no significaba que lo deseara. La corporación tenia reglas, y una de ellas era ayudar. Si aquellas reglas no existieran, no se detendría en ayudar a nadie, no todas las veces que se encontrara a alguien.
—Silencio, odio el ruido. —Su voz, calmada y suave, hicieron que la firmeza de las palabras cayeran como agua fría en el cuerpo ardiente de Iguro. En definitiva, había mas efecto en aquellas palabras suaves disfrazadas de amabilidad—. No es como si quisiera ayudar. Cállate y no molestes.
—Yo... —Su voz, palabras y hasta voluntad retrocedieron a la demanda. Iguro Obanai guarda silencio, tal y como Giyuu lo pidió.
En su pecho, se formó una sensación extraña y caótica para él. La molestia de aquella sensación era lo equivalente a tener una piedra presionada en su pecho, que solo lo hacía sentir asfixiado.
¿Acaso el celo lo había puesto sensible a cualquier regaño?
En el trayecto, Iguro recordó la salida junto con su fiel amigo. Ambos estaban disfrutando de una buena tarde, observando los árboles, sintiendo las ráfagas modestas qué los acariciaban. Luego, ya estando en el lago, una oleada de calor, acompañado de una fuerza aguda: semejante a la penetración de la carne, lo hicieran caer de rodillas, temblando como si el sol fuera la luna.
Solo fue cuestión de segundos para que se diera cuenta de su situación.
Estaba asustado.
Hay una diferencia abismal entre el celo y la sobriedad. Mientras que su celo no aparecía, Iguro podía hacerle frente a cualquier ser que ozara tocarlo, o tan solo fastidiarle, pero en su celo, era tan indefenso; sería fácil ser tomado, marcado y abandonado a su suerte, y cuando su conciencia había regresado de la lucidez, percatandose del hombre que lo cargaba, su colora aumentó.
Su ira creciente se debía a una sala idea. No le importaba si Giyuu Tomioka sabía de su género secundario, para nada, sino, porqué su odio era más dominante qué la ética qué debería de regirlo.
Gritó y exigió que lo bajara, pero en ningún momento Giyuu le obedeció, al contrario, cuando saltó para llegar a la finca mariposa, pronunció tan poco, que fue suficiente para hacerlo sentir inferior.
Luego de la advertencia, guardó un silencio cortante y profundo.
Ya al llegar a la finca mariposa, Tomioka, aun cargandole como un costal, llamaba a Shinobu Kocho: una mujer Alfa. Ella corrió a auxiliar a Iguro, mirando de reojo a Tomioka.
Shinobu cargó a Obanai, notando la respiración agitada, casi agobiante, con los espasmos y temblores, la fiebre más alta y el olor desprendiendose de su cuerpo.
Se dio cuenta que Iguro estaba en celo.
Mientras lo acomodaba en una de las camas, y retiraba el Haori, Shinobu volteó a ver con una sonrisa genuina a Giyuu. El hombre aun seguía observando desde la entrada, y no sabía que hacer, aparte de traerlo al lugar donde estaría más seguro.
Su acción repentina, había hecho que Shinobu se confundiera.
Sin decir palabras, porque las considera irrelevantes para una acción obvia, Giyuu Tomioka se desprendió de su Haori, entregandolo en las manas de la mujer perpleja.
Salió de la finca, suspirando.
«Sólo quería caminar —Se limitó a decir, caminando a su finca—. Pero saber que es Omega y no Beta, es más interesante.»
(...)
Shinobu le entregó dos supresores a Obania. Una medicina qué solo funcionaba en el y en su cuerpo.
DATO IRRELEVANTE: Los omegas no pueden tomar cualquier inhalador, en este mundo, deben de ser analizados, para asi crear la medicina correcta, para que sus cuerpos la acepten sin tener problemas internos. Si el cuerpos no lo llega a aceptar, deben de probar con otros y así sucesivamente, hasta dar con la medicina adecuada.
Shinobu observa el haori, y sin otra opción, se lo dio a su compañero, que lo toma tan rápido como siente el olor. Luego de su apresurada colocación, Iguro Obanai se acurruca, dejando sus pies al aire.
—Iguro-San, ¿ahora que podemos hacer?
(...)
Luego de comprobar que la medicina había hecho su efecto esperado, Shinobu kocho se vio obligada a llamar a Mitsuri Kanroji, para que cuidara del Omega. No le dijo el por qué, solo espero a que la bella mujer apareciera para poder tomar camino.
La pilar del amor no se negó, considerando que una de sus cualidades más respetables era su amabilidad.
Shinobu salió de su finca y corrió a la de Tomioka. Ahora que el sabía el secreto de Iguro, tenía que encontrar una solución lo más rápido posible, o al menos, persuadirlo.
Aunque si lo pensaba bien, podría hacer algo por el Alfa, considerando su condición extremista.
Al llagar, toca la puerta de la finca, y segundos después, Tomioka aparece. No sé sorprendió al verla, pues ya había deducido que Shinobu lo buscaria.
Se hizo a un lado y le hizo un gesto para que entrara.
Ambos pilares se adentraron a la casa, y al entrar, Giyuu no perdió el tiempo en formalidades.
—No diré nada, puedes estar tranquila. —Afirmó de inmediato, sentándose en uno de los cojines—. Sabes muy bien que los Omegas hombres no me son atractivos, y menos uno con una personalidad tan altanera.
—¿Debo de creerlo? —Interrogó, mirandolo con una desconfianza común—. No eres tonto, sabes bien lo que viste, y también lo que sentiste al olerlo, ¿qué quieres para guardar el secreto? —Irritada, Shinobu buscó la manera de sobornalo.
Giyuu solo suspira y, abriendo sus ojos, observa a la mujer frente a él.
—No quiero nada. Si no recuerda quién lo ayudo, inventa algo lo suficientemente creíble, sabes que no es fácil de engañar. —Hizo una pausa, agregando—. Y por cierto, quítale mi haori antes de que se despierte, no quiero que haga un alboroto y me busque.
Shinobu Kocho todavía no estaba convencida del todo, habían dudas en ella, pero decidió dejar las cosas así y no alargar un problema diminuto a una gigante: ya había tenido suficiente con Tengen.
Se vio obligada a tomar las palabras. Tenía que volver a la finca, y hacer nueva medicina. Shinobu asintió, agradeciendo a los dioses el resultado. Se puso de pie, acomodando su uniforme.
—Solo por esta vez, confiare en ti, hasta mañana Tomioka-San.
Salió de la finca, y Giyuu Tomioka por fin puso respirar con libertad. En cierta parte había dicho la verdad, no tenía ni la más mínima intención de chantajearlo, pero saber que su compañero más arisco en realidad es Omega, le parece irreal, y no conforme con ese descubrimiento, una curiosidad palpable ya había subido a la superficie.
¿Qué clase de Omega debe de ser?
Débil no es, eso le quedó claro con el incidente de la fiesta sorpresa, ese día casi muere, y también casi mata a Rengoku.
Tomioka dejó de pensar y en cambio, se dispuso a ir a la cocina. En los últimos tres días había sentido un hambre insaciable, teme en engordar, pero su estómago se parte en cuatro, así que, no podía dejar pasar la tarde sin comer un bocado.
Es mejor disfrutar cada comida, saboreando los sabores, pues jamás se sabe cuando será la última.
(...)
—¿Cómo se dio cuenta? —Mitsuri llevó una de sus manos a su boca. Sus ojos desprenden preocupación—. ¿Qué te dijo Shinobu-San?
—Estamos bien, dijo que no diría nada. No hay peligro. —Afirmó, sonriente—. Al parecer a Tomioka-San no le interesan los omegas hombres, y eso es bueno, tanto como para Iguro–San, como para nosotras. —Sus manos tomaron el haori de dos patrones.
Mitsuri emboscó una risa de alivio.
—Que bueno~ ya me había preocupado mucho.
—Yo igual.
«Al parecer, las feromonas de Iguro-San a tenido un efecto estable en el..., aunque lo quiera negar, su naturaleza esta perdiendo la paciencia.»
El alivio se desprende a ambas.
Iguro Obanai todavía seguia en su profundo sueño, y su fiebre ya había bajado considerablemente, aunque su sonrojo todavía estaba en sus pálidas mejillas, le daban un toque muy encantador.
El chico siguió durmiendo hasta el día siguiente.
CONTINUARÁ...