「𝗣𝗘𝗦𝗔𝗗𝗜𝗟𝗟𝗔」
El cielo era rojo.
Las nubes fueron remplazadas por las columnas de humo que se alzaban de los edificios destrozados, los autos en llamas. Gente muerta siendo carroña de criaturas despreciables, demonios menores.
Dos figuras se encontraban en el medio de la calle. Una de ellas, de cabello blanco, se arrastraba por el suelo dejando detrás de sí un camino de sangre y plumas blancas que desparecían en una llamarada dorada al tocar el suelo. Aziraphale levantó la cabeza. Los ojos azules buscaban un lugar donde refugiarse. Sus alas se movieron, necesitaba volar, pero un dolor punzante lo detuvo.
Miró sobre su hombro viendo su ala derecha torcida en un ángulo antinatural.
Intentó levantarse cuando vio una figura caminando entre el humo y las llama. El aroma azufre le quemaba la nariz. A ese aroma se le sumaba el olor a muerte y destrucción. Sus ojos que llenaron de lágrimas. Intentó moverse. Aziraphale gritó cuando se arrastró sobre las astillas de unos vidrios rotos.
La figura vestida de negro no tardó mucho en acercarse.
Aziraphale meneó la cabeza. Lo sabía, pero aun así no dejaba de doler.
La mano lo tomó y lo hizo girar.
Crowley posó sus ojos amarillos en el rostro de Aziraphale. Los iris rasgados se achicaron el notar la sangre que brotaba de la nariz del ángel.
Ángel...
—Crowley...—susurró.
Los ojos de Aziraphale se encontraban turbios con las lágrimas que se prendían a sus pestañas. Crowley sentía como su pecho se apretaba. Quería abrazar a Aziraphale, tomarlo en sus brazos y decirle que todo estaría bien, que esto terminaría.
El demonio sintió sus labios moverse, pero las palabras no eran aquellas que quería decir.
—Esto es como debería ser ángel—respondió.
Su voz estaba llena de veneno, odio, ligeramente siseante.
Por primera vez vio el miedo en los ojos de su ángel.
No, no, no, no.
—No eres así—insistió Aziraphale—tú eres bueno Crowley...tú no eres como ellos.
Una ira que no era suya le hizo soltar a Aziraphale que se desplomó en el suelo, su cabeza rebotando contra el pavimiento.
—Ese fue tu error, ángel. Siempre veías el lado bueno de todos...
Crowley levantó su mano y de su espalda sacó una espada. El ligero viento movía el fuego con el que estaba flameando la hoja. La sostuvo sobre Aziraphale.
Suéltala bastardo ¿Qué carajos estás haciendo?¡Suéltala!
Aziraphale miró la espada y sonrió.
—Adán y Eva—dijo el ángel en un tono suave— ¿Recuerdas ese día?
Crowley tenía ganas de gritar, de llorar, romper todo. Quería llevar la espada a su propio estómago, dejar de lastimar a su ángel. No podía. El cuerpo ya no era suyo.
—Crowley...—Aziraphale parecía que había perdido el miedo. Aceptó su destino.
¿Por qué no luchas? ¡Ángel! ¡Lucha por favor!
—Me alegro que seas tú quien lo haga.
Antes que Crowley pudiera detenerse, la espada atravesó el pecho de Aziraphale.
¡NO!
—Te perdono—suspiró el ángel, perdiendo poco a poco aquél brillo en los ojos.
¡NO!
—Crowley...
Crowley quiso soltar la espada, pero su mano solo presionó a un más el arma y la removió.
—Crowley...
Ángel no. Ángel.
—Crowley...
Era un monstruo. Siempre lo fue...y ahora su ángel...
—¡Crowley!
Crowley despertó sobresaltado. El cabello estaba húmedo. Su pijama, un regalo de Aziraphale, se pegaba a su cuerpo. Se sentía ahogado. Giró su atención a la figura a su lado.
La habitación estaba iluminada por un velador, amarillenta y tenue, la necesaria para que Aziraphale pudiera leer. El libro,Las mil y una noches, descansaba a los pies de la cama donde había volado el libro ante el movimiento bruto del demonio.
—Ángel—murmuró Crowley. Apresurado el demonio se sienta en la cama y abraza a su pareja—Estás aquí.
—¿Querido? —La voz de Aziraphale era por encima de un susurro— Claro que estoy aquí. Tú me dijiste que leyera en la cama...
Aziraphale se aleja un poco. Crowley se negaba a dejarlo ir, por lo que lo tomo del rostro con ambas manos. Los pulgares acariciaban las mejillas del ángel.
—¿Tuviste una pesadilla, cariño? —preguntó. Los ojos azules tenían un deje triste.
Como un flash, Crowley recordó aquellos mismos ojos viéndolo con miedo, tristeza y finalmente aceptación.
—No quiero hablar de eso—fue la respuesta del demonio.
Aziraphale posó sus manos en las del contrario que aún sostenían su rostro y se inclinó para robarle un beso, casto y dulce.
—Querido, realmente te veías muy perturbado. Por un momento me asuste de verte así. Me gustaría saber para poder asegurarte que todo está bien. —retrucó— ¿Recuerdas esa película que vimos? La comunicación es la clave...
Crowley suspiró. Aziraphale alejó las manos de su propio rostro, pero nunca las soltó.
Crowley procedió a relatar su pesadilla. Los ojos amarillos se alejaron del rostro de Aziraphale, pero el ángel podía sentir la angustia que Crowley emanaba. Su arrogante demonio se estaba mostrando vulnerable. No iba a negar que si era difícil de escuchar. Pensar en estar en bandos diferentes a tal punto de enfrentarse hasta la muerte...dolía, especialmente luego de haber luchado tanto para poder aceptar los sentimientos tan humanos en los que estaban sumergidos.
El silencio reinó cuando Crowley terminó de hablar. El demonio cerró los ojos y meneó la cabeza.
—Mi mayor miedo es lastimarte, ángel. No poder controlar—hace una pausa y pasa saliva. Aquello era sumamente difícil de decir— No poder controlar el monstruo que-
Aziraphale lo interrumpió.
—Crowley—Aziraphale necesitaba que entendiera que estaba hablando en serio— mírame.
No podía decirle que no a su ángel, por lo que levantó la cabeza y lo miró.
—No eres un monstruo Crowley. Tú, Crowley el demonio, no eres un monstruo—le aseguró su amante— incluso en el sueño luchabas para no lastimarme...
—Pero aun así no pude...
—Crowley, lo hiciste. Era una pesadilla. Un mal, mal sueño—el ángel se acercó y puso su frente en la de su amante. Los ojos azules lo miraban de cerca y fijo. Crowley dejo que su ángel hiciera lo que quisiese— No sucederá. Nunca.
Crowley arrugó la nariz cuando Aziraphale le dejó un beso en ella.
—Todavía quedan unas horas para el amanecer ¿Quieres seguir durmiendo? —preguntó Aziraphale.
Con un chasqueo de dedos Crowley estaba libre de sudor y con un pijama nuevo. Se acostó en la cama. Le tomó la mano a su pareja y la llevó a sus labios. Dejó un beso en el dorso de ella y dejó en su pecho. Aziraphale lo miró con aquellos ojos suaves que a Crowley lo derretían, aquella mirada que lograba que Crowley hiciera lo que el ángel deseara sin decir nada.
Aziraphale se giró y apagó el velador con su mano libre.
—¿Ángel? —preguntó el pelirrojo.
—¿Si querido? —fue la respuesta que recibió. Aziraphale levantó el brazo de Crowley para poder hacer espacio y recostar su cabeza en su pecho.
—¿Qué haces?
Aziraphale levantó la mirada.
—¿Esto está mal? Es que en las películas los humanos suelen dormir así...
Aziraphale hizo un leve movimiento de levantarse, pero la mano del demonio fue a parar en su cabeza. Los dedos largos acariciaban su cabello.
—No, está bien. Solo que pensé que no te gustaba dormir.
Crowley sintió a su ángel sonreír. Maldito sean todos los demonios, cuanto amaba a ese ángel.
—Prefiero leer, pero...también prefiero estar así contigo.
Crowley lo tomó del mentón y levantó su cabeza. Se inclinó para besar los labios del ángel.
—Te amo querido. Descansa.
—Te amo ángel.