Capítulo 1
Construir la máquina del tiempo había sido, como diría Senku, un problema al 10 mil millones porciento. Pero después de mucho tiempo de trabajo en equipo, pruebas fallidas y cálculos ajustados hasta el milímetro, allí estaba: una esfera metálica brillante con puertas de cristal líquido y paneles de control que parecían sacados de una película de ciencia ficción.
—¡Funcionó! —gritó Chrome, saltando de emoción mientras los números en la pantalla confirmaban que el viaje temporal era posible. –¡Que malote!
—Por supuesto que funcionó —dijo Senku con una sonrisa de orgullo—. Los cálculos eran perfectos al 10 mil millones porciento. Solo tuvimos que ajustar la energía de petrificación y convertirla en un campo de distorsión temporal.
Gen, con su sonrisa característica, se acercó a Senku y susurró—: ¿Seguro que no vamos a causar una paradoja temporal, cariño?
—No si seguimos las reglas —respondió Senku—. Solo observación, sin interferir. Casi sin interferir.

El zumbido de la máquina del tiempo era un tono bajo y constante, como el latido de un corazón metálico. La energía distorsionaba el aire alrededor, haciendo titilar las luces del laboratorio. El viaje era inminente.
Fue entonces cuando Yuzuriha dio un paso al frente, cargando con dificultad un gran baúl de madera que Taiju corrió a ayudarle a sostener.
—Esperen —dijo con su voz suave pero firme—. Hay un último cálculo que no hemos considerado.
Todos la miraron, curiosos. Senku arqueó una ceja, intrigado.
—¿Otro cálculo, Yuzuriha? El de la paradoja temporal ya lo tiene Ukyo controlado.
—No es un cálculo de física, Senku —respondió ella, abriendo el baúl con un suave crujido—. Es un cálculo de moda.
Dentro, dobladas con esmero, había pilas de ropa. No eran las pieles o sedas rústicas a las que estaban acostumbrados. Eran kimonos de algodón, yukatas ligeros, jimbei, hakamas y zōri.
—Si llegamos al Tokio de 201 con estas ropas de pieles de león, armaduras de hueso y túnicas de lino burdo —explicó Yuzuriha, sosteniendo el yukata de Chrome como ejemplo—, no nos tomarán por personas normales que están de vacaciones por japón. Nos tomarán por… bueno, por un extraño grupo de cosplayers muy intensos o por fugitivos de un rodaje. Llamaremos la atención al 10 mil millones porciento.
Ryusui se rió, abriendo los brazos.
—¡¿Y eso es malo?! ¡La atención es sinónimo de fama, y la fama es sinónimo de riqueza!
—Justamente —intervino Gen, tocándose la barbilla con complicidad—. Llamar demasiado la atención en un viaje al pasado donde se supone que debemos ser discretos… es un problema al 10 mil millones porciento, ¿no es así, Senku-chan? Podríamos alterar la línea temporal de maneras impredecibles solo por un paseo en patrulla.
Senku esbozó su sonrisa característica.
—Tienen razón. Es un vector de variables incontrolables. Buen trabajo, Yuzuriha. Tu pensamiento es 10 mil millones de veces más meticuloso que el mío en este aspecto.

Kohaku examinó un yukata azul cielo con desconfianza, acostumbrada a la libertad de movimiento que su ropa le proporcionaba.
—¿Y puedo pelear con esto? —preguntó, moviendo los brazos con restricción.
—En ese tiempo, Kohaku-chan —dijo Gen con una sonrisa—, la gente suele luchar con palabras y miradas. Te va a encantar.
Chrome se puso un jimbei azul oscuro y se maravilló de la tela suave.
—¡Es tan cómodo! ¡Y tiene bolsillos! ¡Puedo guardar rocas interesantes que encuentre!
—Creo que el objetivo es no llamar la atención, Chrome —dijo Kaseki riendo—. ¡Gritar sobre rocas en medio de la calle probablemente lo haga!
Suika, emocionada, por fin pudo quitarse el casco de sandía. Yuzuriha le ayudó a ponerse un pequeño yukata rosa con estampado de flores que combinaba con sus gafas. Su cara brillaba de felicidad.
—¡Nunca me había sentido tan ligera! —exclamó, girando sobre sí misma—. ¡Y puedo ver todo sin obstáculos!
Tsukasa aceptó un conjunto de hakama y un haori oscuro. La tela simple y elegante le sentaba bien, manteniendo su aura de autoridad pero camuflándolo como un moderno artista marcial.
—Es funcional —admitió con una leve inclinación de cabeza—. No restringe mis movimientos.
Gen, por supuesto, eligió el outfit más elegante: un kimono de seda fina en tonos lavanda, que casi parecía moderno y minimalista.
—Hay que mantener las apariencias, incluso a través de los milenios —susurró, ajustándose la manga.
—Siempre tan presumido, Gen —comentó Chrome, mirándolo con curiosidad.
—Pero, querido Chrome, la elegancia es otra forma de ciencia: la ciencia de la estética —respondió Gen con un guiño.
Senku optó por la practicidad. Unos pantalones holgados y una chaqueta happi sobre su propia camiseta negra.
—La movilidad es clave —dijo, probándose la chaqueta—. Además, estos bolsillos son perfectos para herramientas.
—¿Llevas herramientas al pasado, Senku? —preguntó Kohaku, arqueando una ceja.
—10 mil millones de por ciento —respondió él con una sonrisa—. Nunca se sabe cuándo un destornillador puede salvar el mundo.
El grupo, ahora transformado, se miró con una mezcla de nerviosismo y emoción, listo para sumergirse en un mundo que solo unos pocos recordaban.
—Bien —anunció Senku, colocándose sus gafas de protección en la frente—. Ahora estamos listos para pasar desapercibidos. O al menos, lo suficiente. ¿Listos para ver el mundo que perdimos?
Un coro de afirmaciones llenas de emoción y nerviosismo le respondió. La máquina del tiempo cobró vida, un zumbido agudo llenó el aire y la luz que emanaba de su núcleo bañó sus caras, ahora vestidas con la elegancia sencilla de un pasado que para la mayoría era solo un sueño.
Justo antes de que Senku activara la secuencia final, alzó la voz, clara y precisa sobre el rugido de la energía acumulada:
—¡Atención! Coordenadas temporales bloqueadas: Tokio, año 201. En concreto, un día antes de que todo cambiara. —Su dedo se cernía sobre un botón grande y rojo—. El retorno está programado para ese mismo punto exactamente a medianoche. No hay margen de error. Si alguien se pierde o se separa, Ukyo tendrá un localizador. Su oído es nuestra mejor red de seguridad.
Ukyo asintió con seriedad, ajustándose el receptor en la oreja y escaneando al grupo con una mirada alerta, ya en modo de operativo.
—¡Que empiece la cuenta atrás! —gritó Ryusui, incapaz de contener su éxtasis—. ¡Rumbo a la era de la abundancia!
Senku apretó el botón.
—¡Allá vamos! ¡Agarraos fuerte!
—¡Vamos! —gritó Ryusui—. ¡Hay que ver cómo era el mundo de verdad!
El mundo se estiró y comprimió a su alrededor. La luz los engullo, arrastrándolos en un torbellino de colores y sensaciones que desafiaban toda lógica. El grupo, vestido para la ocasión más grande de la historia, se preparó para dar el salto, sintiendo cómo el tiempo mismo se desgarraba a su alrededor para darles la bienvenida al ayer.

—¡Increíble! —murmuró Kohaku, mirando hacia arriba—. ¡Las luces! ¡El sonido! ¡El olor!
—Huele a… fritura —dijo Chrome, olfateando el aire—. ¡Y a dulce!
—Es el mundo de antes —explicó Yuzuriha con nostalgia—. Así era todo antes de la petrificación.
—¡Miren! ¡Un lugar que vende takoyaki! —gritó Taiju, señalando un puesto callejero con su entusiasmo característico—. ¡Tenemos que probarlo! ¡Huele 10 mil millones de veces delicioso!
Senku sonrió, con su confianza habitual.
—Un experimento gastronómico es necesario. La nutrición del pasado es un dato vital —extendió la mano vacía hacia su bolsillo y de repente se detuvo, su expresión de seguridad se quebró por una fracción de segundo—. Un problema... no calculamos la variable del intercambio monetario inmediato.
—¿Dinero? —preguntó Chrome, confundido—. ¿No podemos intercambiarlo por algo? ¡Tengo una roca volcánica muy interesante!
El vendedor del puesto los miró con creciente escepticismo y desconfianza.
Fue entonces cuando François se adelantó con una serenidad imperturbable. Con un movimiento elegante y discreto, sacó una elegante cartera de cuero que parecía surgir de la nada.
—Disculpe las molestias, señor —dijo François con una voz suave y educada, haciendo una leve reverencia hacia el vendedor antes de pagar con billetes perfectamente ordenados—. Por favor, sirva una porción para cada uno. Quédese con el cambio.
El grupo quedó en completo silencio, boquiabierto. Ryusui rompió la tensión con una carcajada orgullosa.
—¡JA! ¡Eso es! ¡Esa es la clase de previsión que espero de mi mayordomo! ¡François siempre está tres pasos adelante! ¿Cuándo y cómo conseguiste eso?
François ajustó impecablemente sus guantes blancos.
—Tomé la libertad de canjear una pequeña cantidad de oro que el Maestro Ryusui había recuperado en nuestro último viaje. Era lógico asumir que el capital líquido sería una necesidad primordial para la movilidad y el camuflaje en este entorno. La tasa de cambio era bastante favorable, por cierto.
—¡François es lo máximo! —gritó Suika, saltando de emoción.
—¡Increíble! —exclamó Chrome—. ¡No solo piensas en la comida, sino también en el trueque!
Mientras devoraban las bolitas de pulpo con expresión de éxtasis -Kaseki casi llora de emoción al probar la salsa-, Suika quedó fascinada por una máquina expendedora de bebidas.
—¡Brilla! ¡Y tiene dibujos de frutas! —dijo, pegando la nariz al vidrio.
Gen se acercó dispuesto a conseguirle la bebida a Suika, pero antes de que pudiera mover un dedo, François ya había deslizado una moneda en la ranura y presionaba un botón. Una lata fría cayó con un golpe seco. La abrió y se la ofreció a Suika con una toallita húmeda para sus manos.
El cruce de Shibuya los envolvió en un torbellino de luces, sonidos y movimiento constante. Kohaku se quedó paralizada en la acera, sus instintos de guerrera en alerta máxima ante la abrumadora marea humana que cruzaba en perfecta sincronía.
—Es el milagro de la civilización, leona —dijo Senku, observando el espectáculo con una sonrisa científica—. Flujo peatonal optimizado por semáforos y normas sociales tácitas. ¡Es 10 mil millones de veces más eficiente que cualquier manada!
Kohaku frunció el ceño, girándose hacia él con las manos en las caderas, haciendo que el suave yukata azul se moviera con un susurro de protesta.
—¡Que no soy una leona! —protestó kohaku—. ¡Soy una cazadora moderna ahora! ¡Y no voy a perseguir a ningún antílope por estas calles!
Senku cruzó los brazos, disfrutando del debate.
—¿Ah no? Tus pupilas se están dilatando, tu postura está alerta y estás escaneando el entorno en busca de amenazas.
—¡Eso es ser observadora! —replicó Kohaku, señalando con el dedo—. ¡Algo que tú, deberías apreciar! Además, en este mundo, parece que la presa a cazar son... esas bolitas calientes de pulpo —añadió, olfateando el aire hacia el puesto de takoyaki.
Gen se rió suavemente, abanicándose.
—Kohaku-chan tiene razón, Senku-chan. Aquí la cacería es diferente. Se cazan experiencias, gangas en las tiendas y, lo más importante... —bajó la voz a un susurro dramático— ...¡fotos perfectas para el ‘Instagram’!
Kohaku asintió con entusiasmo, aunque no entendía del todo la última palabra.
—¡Sí! ¡Eso! ¡Cazaremos... experiencias! Y no necesito garras para eso, solo... —dudó un momento, buscando la palabra— ¡...este papel brillante que nos dio François!
—Se llama ‘dinero’, Kohaku —aclaró Chrome, orgulloso de su nuevo conocimiento—. ¡Y es mejor que las piedras para intercambiar!
—Exacto —concluyó Kohaku, lanzando una mirada triunfante a Senku—. Así que deja de llamarme leona. ¡Hoy soy una cazadora de... de... gangas!
Senku se rindió, alzando las manos en son de paz, aunque su sonrisa no desapareció.
—De acuerdo, de acuerdo. Cazadora de gangas. Pero tus reflejos felinos son 10 mil millones de veces útiles para cruzar esta calle. Así que lidera la manada, leona.
Antes de que Kohaku pudiera protestar de nuevo, él le dio un suave empujón hacia el cruce peatonal, sumergiéndola de lleno en el milagro de la civilización que tanto ansiaba mostrarles.
Finalmente, después de maravillarse con todo, llegó el momento de la despedida. Un silencio incómodo cayó sobre el grupo. Todos sabían lo que sucedería al día siguiente.
Ryusui miró los rascacielos del distrito financiero con una expresión inusualmente sombría, muy diferente a su usual ambición desbordante.
—No voy allí por dinero —dijo, su voz perdiendo por un momento su tono exuberante—. El Nanami Group... el edificio donde mi familia construyó su imperio... está ahí. Quiero verlo una última vez. . —se interrumpió, apretando el puño.
François se coloco al lado de Ryusui
—Mi lugar está a su lado, Maestro Ryusui. Siempre.
Ukyo, con su rostro serio, asintió con comprensión.
—Yo iré con ustedes.
Tsukasa partió con determinación silenciosa, e Hyoga se desvaneció entre la multitud como una sombra, cada uno con sus propios recuerdos que visitar. El resto—Senku, Gen, Yuzuriha, Taiju, Kaseki, Suika, Kohaku y Chrome— se quedaron juntos, con un objetivo claro en mente.
—Vamos —dijo Senku, ajustándose el pañuelo rojo, con una nueva apreciación por el planning logístico—. Tenemos a alguien importante que ver. Y gracias a François, no tendremos que pagar el tren con conchas.
—Vamos a ver a Byakuya —propuso Senku—. Él debería estar en su apartamento en este tiempo.

El grupo se detuvo frente a un edificio discreto con un letrero de neón que decía “Ciber Café Orbita”.
—Aquí es —anunció Senku—. La conexión satelital aquí es 10 mil millones de veces más estable. Es nuestro mejor shot para contactar la ISS.
Dentro, alquilaron una cabina privada. Senku tecleó con velocidad furiosa. Finalmente, la pantalla se conectó a una señal de video algo pixelada. La imagen mostraba el interior de la ISS y, flotando en ingravidez, apareció la cara sonriente y cansada de Byakuya Ishigami.
—¿Senku? —preguntó, confundido al ver a su hijo mayor—. ¿Qué... qué pasó? ¿Es alguna broma con un filtro? ¡Te ves más viejo que yo!
—Hola, padre —dijo Senku con calma—. No es un filtro. Es... complicado.
Byakuya los miró a través de la cámara, su mirada se posó en el grupo apiñado detrás de Senku. Vio la determinación en sus ojos, las cicatrices sutiles, la ropa un poco extraña. Su sonrisa se desvaneció, y se reemplazó por una expresión de asombro y comprensión instantánea. Él, un astronauta y científico, vio lo imposible frente a sus ojos y lo entendió al instante.
—No eres mi Senku —murmuró, su voz era un hilo de incredulidad y pena—. Eres... de mucho más adelante, ¿verdad?
—Sí —asintió Senku.
Byakuya les “sirvió” té virtualmente mientras le contaban una versión cuidadosamente editada de su historia: le hablaron de la ciencia, de construir un nuevo mundo, de la amistad y la cooperación. Pero omitieron los detalles oscuros: la petrificación, la guerra, la muerte, el viaje en el tiempo. Senku solo dijo:
—Tuvimos que superar... un problema al 10 mil millones porciento. Pero lo logramos, gracias a tus historias y a la herencia que dejaste.
Byakuya los escuchó. Y mientras lo hacía, sus ojos recorrieron cada detalle. Lo vio todo. Y lo entendió todo. Comprendió que el “problema” había sido apocalíptico. Comprendió que su hijo había liderado no solo una reconstrucción, sino una guerra. Y comprendió el amor silencioso y profundo que había entre su hijo y el mentalista.
Una parte de él quería gritar, preguntar, advertir. Pero otra parte, más grande y sabia, supo que no podía. Cualquier palabra de más podría alterar el futuro que estos sobrevivientes, que estos vencedores, habían construido con tanto esfuerzo. Su deber como padre era asegurarse de que ese futuro existiera.
—Estoy... tan orgulloso de ti —dijo, y sus palabras eran un océano de emociones contenidas—. Sé que lo lograste. Sé que fuiste increíble. —Su mirada se encontró con la de Gen por un segundo, y asintió levemente, un mensaje silencioso de gratitud y aceptación que solo el mentalista podría decodificar: “Cuida de él”.
La llamada fue corta. Sabían que no podían arriesgarse más.
—Cuídate, padre —dijo Senku, y por primera vez, su voz tuvo un dejo de vulnerabilidad.
—Siempre, hijo —respondió Byakuya, sonriendo a través de las lágrimas que flotaban como diamantes en gravedad cero—. Ahora, vayan. Disfruten del... del día de hoy. ¡Véanlo todo!
La pantalla se apagó.
Senku se quedó mirando la pantalla negra por un momento en silencio. Gen colocó suavemente una mano en su hombro.
—Lo hizo, Senku-chan. Él lo supo. Y eligió no preguntar, para proteger nuestro mañana.
Salieron del ciber café, con el corazón un poco más pesado pero infinitamente más lleno, listos para vivir el último día de la era moderna.

El plan era simple: una breve visita, una confirmación científica, y luego irse. Nada que pudiera alterar más la línea temporal. Senku, Gen y Chrome -este último insistió en que no se podía perder un experimento tan crucial- se dirigieron solos a la casa de Senku. El resto del grupo -Kohaku, Taiju, Yuzuriha, Kaseki y Suika- se quedó en el punto de reunión con Ryusui, François, Ukyo, Tsukasa e Hyoga, quienes ya habían regresado.
Al llegar a la casa, el Senku del futuro se acercó a la puerta y, sin dudarlo, marcó el código de acceso en el teclado numérico. Un clic suave sonó y la puerta se abrió.
—¿Cómo supiste el código? —preguntó Chrome, impresionado.
—Porque es mi cumpleaños —respondió Senku con naturalidad—. Y algo mucho más importante, está es mi casa.
Dentro, la casa estaba en silencio. Se adentraron en la casa hasta que se detuvieron frente a la puerta de su antiguo cuarto. Desde dentro, se escuchaba el leve crepitar de un mechero Bunsen y el sonido de vidrio sobre metal. El Senku del futuro abrió la puerta sin llamar.
El Senku del pasado estaba inmerso en su habitación, que servía de laboratorio casero. Tenía puestas sus gafas de protección y estaba calentando un matraz con un líquido verde burbujeante sobre un trípode. El sonido de la puerta abriéndose lo hizo fruncir el ceño sin apartar los ojos del matraz.
—¿Quién diablos es? ¡Estoy en medio de un experimento! —gritó, irritado.
—El ratio de evaporación indica que la temperatura es demasiado alta para ese compuesto —dijo una voz que le resultó inquietantemente familiar, pero más grave y segura.
El joven Senku se giró, listo para replicar con ira.
—¡¿Y tú quién eres para...?!
La pregunta murió en sus labios. Allí, frente a él, estaba... él. Pero mayor. Con la postura más relajada, cicatrices en las manos, una mirada que había visto cosas que él ni siquiera podía imaginar, y vistiendo una chaqueta happi sobre su clásica camiseta negra.
—¿¡...Yo!? —logró balbucear, dejando el matraz sobre la mesa con un temblor inusual en sus manos.
—En efecto —confirmó el Senku del futuro con una sonrisa ladeada—. Al 10 mil millones de por ciento sí. Soy tú, del futuro.
—¡Eso es imposible! ¡Las paradojas temporales, la conservación de la masa-energía, la...!
—Ya lo resolvimos —lo interrumpió su yo futuro con calma—. No es magia, es ciencia. Solo vinimos a... confirmar una hipótesis. Y de paso, darte un vistazo al futuro.
El joven Senku estaba palideciendo, su cerebro hervía a mil por hora. Empezó a hacer preguntas técnicas, y su yo futuro le respondió con datos y conceptos que eran a la vez familiares y revolucionarios. Chrome añadía comentarios entusiastas sobre “las piedras de la verdad del futuro”. Era el sueño de cualquier científico.
Pero entonces, su aguda percepción comenzó a notar detalles incongruentes.
Notó cómo el hombre del cabello mitad blanco y mitad negro —Gen—, aunque claramente no conocía el lugar -mirando alrededor con curiosidad-, mantenía una proximidad constante con su yo futuro. No era una familiaridad con el espacio, sino una familiaridad con la persona.
Vio el momento exacto en que su yo futuro hizo un leve gesto de incomodidad secándose las manos en los pantalones, y Gen le ofreció un pañuelo de papel antes de que él mismo pudiera siquiera pensar en buscar uno.
Observó cómo, mientras su yo futuro explicaba un concepto complejo, Gen le alcanzó un lápiz y un cuaderno justo cuando iba a pedirlos, como si pudiera leer sus microexpresiones.
Y luego, lo vio. El anillo. Un aro de metal con un destello verde en un diseño molecular, en el dedo anular de su yo futuro. Y otro idéntico en la mano de Gen.
Su cerebro, que podía calcular la trayectoria de un cohete, se bloqueó. La variable “amor” nunca había sido factorizada en sus ecuaciones.
—Esperen... —dijo el joven Senku, perdiendo su tono seguro—. Los cálculos no cuadran. Tú... —señaló a su yo futuro— y él... —señaló a Gen—. La coordinación no verbal, la eficiencia en la anticipación de necesidades... los anillos idénticos de composición metálica... ¡¿Esos son anillos de matrimonio?! ¡¿TÚ y ÉL?! ¡¡ESO NO PUEDE ESTAR PASANDO!! ¡¡NO AL 10 MIL MILLONES POR CIENTO!!
Gen rió suavemente. Tomó la mano de su Senku con naturalidad.
—Ah, querido Senku-chan del pasado. Los cálculos del corazón son la variable más impredecible del universo.
El Senku del futuro miró su anillo.
—Los datos son los datos —dijo con un encogimiento de hombros—. La evidencia empírica es abrumadora. Así que, sí. Estamos casados.
—Bueno —dijo Gen con una sonrisa picara—, la ciencia te dio las ecuaciones, pero yo te recuerdo que comas y duermas. Somos un equipo. Yo manejo los imponderables humanos. Como decir “por favor” y “gracias”, algo que tu yo actual claramente aún no domina. —Le lanzó una mirada burlona al joven Senku.
—¡¿Qué se supone que significa eso?! —replicó el adolescente, ofendido.
—Significa —intervino el Senku futuro— que el universo es caótico y lleno de variables irracionales. Y a veces, la variable más irracional resulta ser la más valiosa. No lo entenderás ahora. Pero un día, este dato —señaló a Gen— será el componente más crucial en el experimento más importante de todos: reconstruir la civilización. Y la felicidad.
Antes de que el joven Senku pudiera responder, la alarma del dispositivo sonó.
—Tiempo de partida. —anunció el Senku futuro—. El experimento ha concluido. Gracias por los datos.
—¡Espera! ¡¿Qué civilización?! ¡¿Qué felicidad?! —gritó el joven Senku, pero era demasiado tarde.
Con un último guiño de Gen y un “¡Fue increíble conocer tu laboratorio!” de Chrome, los tres visitantes salieron, dejando atrás a un Senku adolescente completamente solo, con un experimento abandonado, un cerebro humeante y la perturbadora, imposible e ilógica semilla de un futuro lleno de amor plantada en su mente perfectamente lógica.

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