Bienvenido a la clase del Padre Cinfuegos
Parte 1: Primer día en el Colegio Santa Cruz (1972)
Recuerdo haber entrado al aula aquella mañana, recién cumplidos los doce, con el corazón acelerado y los ojos muy abiertos, sintiendo sobre los hombros todo el peso de las expectativas de mis padres. Era mi primer día en ese colegio religioso, y todo me parecía enorme: el olor a la madera recién encerada del piso, el chirrido seco de la tiza sobre el pizarrón, y treinta compañeros que me observaban en silencio.
Entonces apareció el Padre Cienfuegos. Sereno, severo, con una voz que llenaba el salón. Me observó unos segundos — seguramente reconociendo al nuevo — antes de ordenarme que pasara al pizarrón.
La instrucción era sencilla: escribir mi nombre completo con letra impecable. Fácil, pensé, con el pulso firme y la mano segura. La tiza fue trazando cada letra con cuidado, cada curva bien marcada. Cuando terminé, sentí algo de orgullo.
Ya estaba volviendo a mi asiento cuando el Padre Cienfuegos me detuvo en seco.
— ¿Quién te dio permiso para sentarte? — preguntó con dureza.
Una ola de pánico me recorrió.
Su siguiente orden fue tan extraña como exacta:
— Escribe el nombre de tu padre y el de tu madre sobre el tuyo en el pizarrón.
Obedecí despacio, escribiendo «Raúl» y «Judit», más dibujando que escribiendo, cuidando cada trazo para no causar problemas.
Cuando terminé, le pregunté en voz baja si ya podía sentarme. Él miró el pizarrón unos segundos y dijo:
— Solo si tú crees que has terminado.
Volví a mirar lo escrito, luego a los rostros de mis treinta compañeros. Para mí, la tarea estaba completa. Regresé a mi asiento.
Entonces ocurrió. El Padre Cienfuegos se acercó, y pensé que me daría otra orden. Pero, sin aviso, comenzó a golpearme fuertemente con ambas manos, en la cabeza, el rostro, los oídos, donde cayera, una y otra vez, mientras la clase miraba. Aguanté en silencio, con la cara ardiendo y los oídos zumbándome.
Cuando finalmente se detuvo, me preguntó:
— Espero que al menos entiendas, Roberto, por qué te he castigado hoy.
La verdad, no tenía idea. Miré a mis compañeros buscando alguna pista, pero todos bajaron rápidamente la cabeza. Sin mirarlo, respondí:
— No, Padre, no lo sé.
Él replicó frío:
— Soy el Padre Cienfuegos. A ver si esta vez lo dices correctamente.
Tragué saliva y obedecí:
— No, Padre Cienfuegos, no lo sé.
Su sentencia fue tajante:
— Para que nunca, jamás olvides que el nombre de tu madre termina con H. Es Judith.
Miré el pizarrón… y ahí estaba. Lo había escrito como se pronuncia en español: «Judit», sin la H final.
Al llegar a casa, mi padre — militar retirado, estricto pero buen hombre — me preguntó cómo había sido mi primer día. Le respondí, sin dramatismo, que me habían castigado a golpes por no poner la H al final del nombre de mamá.
Se quedó pensativo unos segundos, luego se encogió de hombros con su lógica de cuartel:
— Seguramente el castigo fue más duro porque Judith es un nombre bíblico. Del Antiguo Testamento, sí, pero igual importa. Ahora anda a la esquina y tráeme una cajetilla de Marlboro sin filtro. Si sobra algo, cómprate un chicle. Apúrate, hijo, que el tiempo es oro.
Parte 2: Camarín del Colegio Santa Cruz: La venganza del humor
Esa misma tarde, después de la práctica deportiva.
El vapor de la ducha aún flotaba en el aire, mezclado con olor a jabón barato y pelos en el piso. Los cabros se secaban, tiraban tallas y golpeaban los lockers, en la típica anarquía del camarín. Yo, todavía con cara de «me pegó por una H», me senté en la banca, tratando de no mostrarme débil.
Pereira fue el primero en atacarme:
— Oye, hueón nuevo… ¿y te cagó de lo lindo Cienfuegos por la H de tu vieja, o qué?
Los demás tanteaban mis reacciones; todavía no sabían cómo iba a responder el nuevo.
Me puse la toalla sobre los hombros como un manto de sacerdote y, con voz grave, imité a Cienfuegos:
— ¡Roberto! ¡La H final es sagrada! ¡Quien la omita será castigado sin misericordia!
Soto se dobló de la risa y Rodríguez empezó a golpear los lockers.
Animado por la reacción, cambié a la voz chillona del Padre Felipe:
— ¡Hijo, ni al purgatorio entras hasta que aprendas!
Pereira cayó de rodillas, fingiendo temblar.
— ¡Chucha, al loco nuevo ya lo tiene atravesado el viejo jodido de Felipe también!
Rodríguez levantó la toalla como escudo.
— ¡Corre, pecador, que la banca mojada viene a pegarte por hereje y por hueón!
Entonces las tallas subieron de tono.
— ¡Cienfuegos, viejo pajero, deja de mirarme como si fuera a robarte la sotana!
— ¡Felipe, deja de ser tan aweonao, nadie te cree tan santo!
Me enderecé y saqué pecho, con aire solemne:
— ¡Cabros, hoy hacemos justicia histórica! ¡Llegó la hora de devolverles la mano!
Rodríguez adoptó la voz grave y cortante de Cienfuegos:
— ¡Roberto, cómo te atreves! ¡Mi autoridad es divina y tu alma será castigada eternamente!
Pereira no se quedó atrás:
— ¡Deja de mirar los calzones de los cabros como si fueran hostias!
Yo puse cara de cura enfurecido:
— ¡Si te vuelves a comer otra H, te arrastro del pescuezo por todo el colegio hasta que aprendas!
Rodríguez extendió un brazo para cortarnos el paso.
— ¡Alto ahí, pecador, o te expulso del camarín hasta que le pidas perdón a mi Santa Toalla!
Los que iban llegando se sumaban al espectáculo, imitando a los curas, exagerando sus gestos e inventando castigos cada vez más absurdos.
— ¡Felipe, pajero, deja de hablar como si fueras el Santo Padre!
— ¡Estos curas se creen la gran hueá, pero nosotros los hacemos pebre a pura chacota!
Cuando nos calmamos un poco, todos respirábamos agitadamente, secándonos las lágrimas y dándonos palmadas en la espalda. El miedo seguía afuera, en las aulas y los pasillos, pero ahí dentro habíamos recuperado algo de nuestra dignidad. Aunque fuera por un rato, los curas ya no parecían tan poderosos.
Parte 3: Epílogo — El verdugo maltrecho. Reencuentro con Cienfuegos.
Era 1981. Yo ya tenía veintiún años y estudiaba periodismo. Trabajaba algunas tardes en una librería para ganarme unos pesos extras entre bolígrafos, papelería y engrapadoras. Esa tarde entró un hombre flaco, avejentado, con la cara surcada de cicatrices y un aire frágil. Me bastó un instante para reconocerlo: era el Padre Cienfuegos, el mismo que a mis doce años me había recibido con una fiera golpiza de «bienvenida» y que luego seguiría maltratándome en esas interminables clases de latín por los siguientes dos años.
Entró sin sotana, sin capucha, sin nada que le diera autoridad… y yo, alto, fornido y seguro, ya no era el niño asustado y tímido que él conoció. Nunca habría podido reconocerme, ni por un instante, ni en un millón de años.
Había pasado por cosas terribles tras el golpe de Estado de 1973 y su detención en el Estadio Nacional, y eso se reflejaba en su rostro y en su cuerpo maltrecho. Ahora su presencia se veía cargada de humildad, casi vulnerable.
Se acercó al mostrador con paso inseguro, con la intención de comprar un repuesto para su lapicera Parker. Antes de pagar, me pidió, de la manera más humilde imaginable, que le ayudara a colocarlo.
Sonriendo, medio avergonzado, me explicó, casi disculpándose por su torpeza:
— Mis manos están tan descoordinadas y rígidas últimamente… simplemente no logro hacer nada bien. Además, tengo muy mala suerte con estos resortes; siempre terminan saltándome en la cara o en los ojos cuando intento reemplazarlos yo mismo.
Tomé la lapicera con calma y lo ayudé. Mientras lo hacía, sentí una mezcla de regocijo interno y profundo deleite al ver al monstruo de mi infancia tan maltrecho, tan humilde y tan dispuesto a reconocer y admitir su torpeza ante mí. Su necesidad de darme tantas excusas — por qué no podía hacer él mismo este reemplazo — solo reforzaba mi sensación de satisfacción.
Se fue sin saber nunca quién era yo. Yo me quedé con la memoria de aquel hombre que había aterrorizado mi niñez, reducido a algo humano, torpe, humilde y sorprendentemente vulnerable ante el mismo chico que había maltratado años atrás, cuando el poder era suyo y mi infancia su presa.








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