Capítulo 1
ALLISON
—¡Buh!
El alma me volvió al cuerpo de un salto, haciendo que la mitad de mis palomitas recién hechas acabaran en el suelo.
Mi mejor amigo, Savior Millers, que estaba detrás de la puerta, apareció en mi campo de visión mientras se agarraba el estómago, muerto de risa.
—¡Eres insoportable! —le grité, lanzándole un puñado de palomitas por haberme dado ese susto.
—Es... que es... muy gracioso —dijo jadeando, mientras se limpiaba las lágrimas de los ojos—. Y sabías que iba a venir.
Puse los ojos en blanco ante las payasadas de mi mejor amigo. Solo a Savior Millers se le ocurre asustarme hasta dejarme sin sentido nada más aparecer por mi casa.
—Sí —dije, recogiendo lo que quedaba de mis palomitas—. Pero no recuerdo haberte dejado entrar. —Caminé hacia el sofá haciendo un puchero—. Hoy no hay palomitas para ti.
—¡Anda, no te pongas así! Llamé un par de veces antes de entrar —dijo Savior, saltando sobre el sofá y sentándose a mi lado—. Además, solo era una broma. ¡Tú también me las haces a mí!
—Bueno, pues ahora te toca ver la película sin palomitas. —Chasqueé la lengua, cogí el mando y puse mi película favorita de todos los tiempos.
El diario de Noa.
—Oh, no, eso ni hablar —dijo Savior, quitándome el mando de la mano—. La última vez elegiste tú. Ahora me toca a mí.
Arrugué la cara ante su audacia. —Estás loco si crees que te voy a dejar poner otra peli de terror, Sav. ¡Devuélvemelo!
Durante los siguientes dos minutos, nos quedamos tirando del mando como si fuéramos niños pequeños hasta que la puerta principal se abrió y entró mi madre.
Savior soltó el mando y se levantó para ayudar a mi madre con las bolsas de la compra que llevaba en las manos.
—¡Hola, señora Parker! —saludó con entusiasmo, llevando las bolsas a la cocina.
—¡Hola, Sav! —respondió mamá con energía—. ¿Noche de cine?
—Sí, señora —respondió él, desplegando todo su encanto—. Allie no me deja comer palomitas ni elegir la película.
—Allistair —dijo mi madre, alargando la entonación de mi nombre.
—¿Qué tal tu día, mamá? —dije con una sonrisa gigante. Ella me dio un beso en la frente mientras yo le lanzaba una mirada asesina a Sav, que tenía una sonrisa de satisfacción de lo más cínica.
—Increíble —dijo ella, yendo hacia la cocina—. Dale al chico unas palomitas y deja de ser tan mandona, ¿vale?
Abrí mucho los ojos e intenté defenderme. —Yo no...
—¡Sí, que lo hiciste! —gritó Savior desde la puerta de la cocina, y por milésima vez desde que conozco a mi mejor amigo, me dieron ganas de estrangularlo.
Tras rebuscar un poco en la cocina, oí a mamá darle las gracias a Savior antes de que ella saliera.
—Estaré en mi habitación, cariño —dijo—. Pasadlo bien.
Dicho esto, mi madre desapareció y subió las escaleras, dejándome a solas con Sav, que seguía apoyado en el marco de la cocina con esa sonrisa cínica.
No era la primera vez que mi madre nos dejaba solos. De hecho, Savior y yo veíamos películas todos los viernes.
Era un ritual que empezamos de pequeños, cuando sus padres salían a cenar y nos dejaban con una niñera, mientras mi madre trabajaba horas extra en su despacho.
La familia de Savior vivía a unas manzanas de la nuestra y, según mi madre, mi padre y el suyo eran mejores amigos antes de que él muriera en un accidente cuando yo tenía dos años.
Después de la muerte de mi padre, mi madre quiso estar más cerca de casa y nos mudamos de vuelta al pueblo.
Por otro lado, los padres de Savior eran médicos, lo que significaba que apenas estaban en casa, pero lo que no podían compensar en tiempo, lo suplían con calidad.
—Entonces, ¿cómo quieres morir? —pregunté nada más oír el ruido seco de la puerta de mamá cerrándose—. Porque estoy a punto de matarte.
—Puedes intentarlo —dijo Savior, desplomándose en el sofá—. Venga, que ya empieza —añadió, dando palmaditas en el espacio a su lado.
Puse los ojos en blanco y solo me moví cuando escuché la voz familiar de Noah en El diario de Noa.
Me senté al lado de Savior, reprimiendo una sonrisa mientras veía la película en la tele por milésima vez.
—Eso no significa que vayas a tener palomitas —dije con un puchero, sabiendo perfectamente que, de hecho, sí que comería. Siempre lo hacía.
—Lo que digas —dijo Savior, poniendo el brazo sobre el respaldo del sofá y poniéndose cómodo—. Terminemos con esto y veamos alguna película de verdad.
El resto de la tarde transcurrió con Savior metiendo la mano en mi cuenco de palomitas mientras veíamos un par de películas antes de dar por terminada la noche.
Como siempre, fue otra noche de cine preciosa con Savior, mi mejor amigo: pesado, presumido y adorable.
*****
—¡Date prisa, Alle! ¡Vamos a llegar tarde! —gritó Maya desde su monovolumen negro en la puerta de casa.
Tenía la cara contraída mientras esperaba a que me subiera al coche antes de encenderlo.
—Lo siento muchísimo, me he levantado tarde —dije mientras me acercaba y me sentaba en el asiento del copiloto.
Maya era mi mejor amiga. Crecimos aquí en Everwood, pero nos hicimos inseparables en secundaria cuando me defendió de unos abusones.
Desde entonces no nos hemos separado.
—Último año de instituto —suspiró Maya al apagar el motor en el aparcamiento del centro—. Un año más en el infierno.
Me reí ante su comentario. —No seas tan negativa —dije mientras bajaba del monovolumen—. Disfruta del momento.
—Ya, claro —dijo Maya, y juntas entramos en el instituto hombro con hombro.
El centro estaba a reventar cuando llegamos. Tuvimos unos minutos para ir a nuestras taquillas antes de que empezaran las clases.
—¿Sabes qué es lo más fuerte? —dijo Maya, enseñándome un anuncio en su móvil—. ¡Que Leslie Carter dé una clase de cocina en Brookville justo después del verano! —se quejó.
—Si lo hubiera programado solo una semana antes, habría vaciado mis ahorros para ir a aprender con ella.
Leslie Carter era una chef de renombre a la que Maya admiraba profundamente. Llevaba queriendo recibir clases suyas desde que tengo memoria.
—No te desanimes —dije, deteniéndome en mi taquilla—. Seguro que la conoces algún día. Quién sabe, igual hasta te conviertes en la próxima Leslie Carter o, mejor aún, en la única e inigualable Maya Collins.
—Deja de adularme —se quejó ella, guardando su mochila. No me rendí.
—Para mí, eres la mejor chef que he tenido el privilegio de conocer en mis dieciocho años de vida —saqué mi libro.
—Y solo vas a mejorar. Es cuestión de tiempo que te conviertas en una chef famosa.
—Dices eso porque te toca —dijo Maya con una sonrisa, apartándose un mechón de pelo de la oreja—. Eres mi mejor amiga, Alle.
—¿"Mi mejor amiga"? —bromeé, y ella puso los ojos en blanco.
—Bueno, yo no soy la que tiene noches de citas con un deportista estrella, ¿o sí?
—¡Noche de cine! —corregí con las mejillas ardiendo—. Solo es un amigo. Ya lo sabes.
—Un amigo del que puede que estés enamorada o puede que no —dijo ella con tono burlón, y mis ojos se abrieron como platos.
—¡Maya! —susurré gritando, mirando a nuestro alrededor—. No digas eso tan alto.
—¿El qué? —dijo una voz desde atrás, una que reconocía muy bien.
—Oh, hola, Sav —dijo Maya con una sonrisita pícara—. No te había visto. ¿Qué tal la cita... ejem, la noche de cine?
—No es asunto tuyo, Maya —dijo Hunter, amigo y mano derecha de Savior, desde atrás—. Veo que todavía no has aprendido a no meter las narices donde no te llaman.
—Y aquí llega mi señal —dijo Maya, fulminando a Hunter con la mirada antes de marcharse. No me sorprendió; nunca se llevaron bien.
Savior me llevó hacia un rincón, caminando a mi lado por el pasillo lleno de gente mientras nos dirigíamos a clase.
—Estás guapa —dijo, observando mi conjunto. El corazón me dio un vuelco al oír sus palabras.
—Apuesto a que mis lecciones finalmente han servido de algo —susurró, y puse los ojos en blanco, sabiendo exactamente a qué se refería.
—Tú tampoco estás nada mal —respondí—. Aunque ojalá te tomaras un tiempo para peinarte esos rizos. Ya han visto días mejores.
—Zas, en toda la boca —dijo Hunter, y nos echamos a reír.
—¡Aquí estás, cariño! —dijo una voz chillona frente a nosotros, perteneciente a la chica más insoportable del instituto Everwood.
Clara Winslow.
Fruncí el ceño mientras se acercaba con una sonrisa tan radiante que hasta yo tuve que admitir lo guapa que estaba.
—Te estaba buscando —dijo, apartándome a un lado y saludándolo con un morreo de película.
Justo en medio del pasillo.
Parpadeé, sintiendo un nudo en el estómago mientras me preguntaba qué demonios estaba pasando delante de mis narices.
Después de lo que pareció un año de besos —y algunos aplausos después—, rompieron el beso y Clara se volvió hacia mí, sin soltarle la mano a él.
—Eres la mejor amiga, ¿verdad? —dijo nada más ponerse delante de mí.
Abrí la boca para hablar, pero no me salió ni una palabra. Por suerte, sonó el timbre, salvándome de quedar como una tonta.
Salí corriendo a clase, con la imagen de él besándola aún grabada en mi cabeza.