Antes del primer día de clases: la Rubia Thrasher del Barrio Yungay.
En tres casas diferentes suenan tres relojes exactamente a las 7:00 hrs, el día lunes 12 de marzo de 1990.
En una casa de dos pisos de concreto color azul claro, que en vez de tener un garaje o estacionamiento como las otras casas, había un minimarket, cuyo pendón impreso decía “ Don Mario”. En el segundo piso, justo al fondo, se ve una puerta de madera, la que al abrirla muestra la habitación de Verónica Cifuentes de 16 años. La alcoba tenía paredes color verde pistacho, las cuales estaban graciosamente decoradas con poster, donde salían con poses rudas y ropas oscuras los integrantes de bandas como Slayer, Megadeth, Testament y Anthrax, destacando uno estampado con la carátula de “Kill Em All”, de Metallica. Además, llamaba increíblemente la atención un imponente dibujo hecho a mano, pero con una técnica impecable, donde aparecía el Xenomorfo de la icónica película “Alien”. En un costado del dibujo, con letra pequeña y desordenada, decía el nombre de la dueña de la pieza.

Apenas suena la alarma, Verónica empieza a despertarse resignada, mientras estira su cuerpo como un gato, para luego apagar el reloj despertador mientras refunfuña:
— ¡Cállate, mierda! — dijo Verónica, entre hastiada y molesta.
Se para de la cama y vemos a una joven de baja estatura, cabello rizado y abundante color oro que es largo hasta las caderas. Su piel es pálida y está tiernamente decorada con pecas que se distribuyen como un cielo estrellado en su respingada nariz y redondeados pómulos. Sus ojos, como esmeraldas, eran grandes y verdes. Lleva puesto una polera negra que le quedaba al menos dos tallas más grande, short negros que se asomaban cuando estiraba sus brazos y calcetas negras.
Va a la ducha, después a su habitación y empieza a vestirse sin ánimo con el clásico jumper chileno, cuyo costado se ve el logo perfectamente bordado del “Colegio Santa María de Santiago”. Después de ponerse su uniforme, calza unas zapatillas negras con caña alta, y arruga sus calcetas para que le lleguen a mitad de canilla. Al mirarse al espejo, ve su busto incómoda.
— ¡Ay, me carga tener tanta teta!, ¡parezco una maraca! — piensa insegura, poniendo rostro de rechazo — Ojalá me las pudiera quitar — murmura frunciendo el ceño.
Encima del jumper, se coloca un polerón ancho tipo canguro y con capucha, que tiene estampado en el pecho la carátula del disco “Ride the Lightning” de Metallica, la banda favorita de la joven. Al terminar de vestirse, toma su mochila de jeans celeste decorado de forma vistosa con parches de logos de bandas Thrash.

Ella baja rápido la escalera y en el comedor rectangular de madera robusta y algo envejecida, desayuna y comparte su familia. En la cabecera izquierda se sienta su padre, Mario Cifuentes, de 45 años, dueño del Minimarket que lleva egocentricamente su nombre; a su costado derecho su mujer desde hace ya casi 25 años y madre de sus tres hijos, Elisa, de 42 años, quién además de ser una enamorada esposa y cariñosa madre, también vende productos por catálogo de Tupperware; Al frente de su madre, se ubicaba Martín, que cumplió 20 años el 2 de marzo y es estudiante de Medicina en la Universidad de Chile; y, al lado de Martín, estaba Juan Pablo, de 13 años, niño que su hermana Verónica le decía “Chupete e’ Fierro”. La muchacha, como siempre, se sentó al lado de su madre, a quien respeta y ama.
— ¡Buenos Días! — dijo Verónica, haciendo un saludo general.
— ¡Buenos Días, Verito! — le saludan al unísono sus padres, con evidente amor paternal.
— ¡Buenos días, Chucky! — le saluda Juan Pablo, mientras hace una morisqueta burlona.
— ¡Buenos días, muñeca del Diablo! — le saluda Martín, irónico y molestoso.
Verónica, acostumbrada a las bromas de sus hermanos, se sienta resignada mientras suspira. En la mesa, que tiene encima un lindo mantel estampado con cuadrillé rojo con blanco, está servido el desayuno: Pan marraqueta recién tostado sobre una panera de mimbre, mantequilla de campo, un pote de vidrio con mermelada de membrillo casera y queso fresco. La muchacha empieza a poner dos cucharadas de café y coloca agua recién hervida a su tazón, que estaba estampado con el logo del equipo profesional de fútbol de la Universidad de Chile. Mientras ella, como siempre, come con bastante apetito, su padre, que está leyendo el diario mientras sorbe su café, comenta molesto lo siguiente:
— ¡De nuevo este Aylwin! ¡Es un vendío’! jamás confié en él.
— ¡Ay mi amor!, siempre tan exagerado. - replica su esposa Elisa, conociendo bien a su marido.
— Mamá — increpó Martín, con su habitual aplomo y diplomacia — El papá tiene razón, pero papá — dice Martín, mirando a su padre con rostro preocupado — no te tenís que tensionar, te medí la presión ayer y tay’ pal’ gato.
— ¡Ah, ya basta!, después leo el diario, que me amargo. — resopla Mario, algo hastiado.
— Mejor hablemos que hoy es el primer día de clases de la Verito en 3° medio. — dice Elisa, tierna y orgullosa.
— ¡Ay Mamá!. — responde Verónica, un tanto avergonzada.
— Oye si, hermanita, pero sigues siendo un demonio. — dice Martín, irónico y molestoso.
— Mejor anda a estudiar con tus amigos fomes — responde Verónica, burlona y molesta.
— Yo estoy de acuerdo con el Martín — interviene Juan Pablo, entre divertido e insidioso — Eres Chucky, el Muñeco Diabólico que escucha tarros - diciendo esta última frase mientras pone sus dedos índice sobre la cabeza, simulando cachos de Diablo.
— Al menos no parezco Tony con el pelo rojo — le dice Verónica, burlándose de su colorina cabellera mientras esta le saca la lengua.
— ¡Basta niños! — interrumpe Mario — Verito, debe apurarse para no llegar tarde.
— Ya papá, me tomo el café y voy — concluye Verónica, sabiendo que su padre tiene la razón.
Verónica se toma el café ya tibio de un golpe y se levanta rápidamente.
— Permiso, y muchas gracias mamita por el desayuno — Le dice Verónica a Elisa, sinceramente agradecida mientras le lanza un beso.
Luego de esto, Verónica va al lavaplatos, de su mochila saca un cepillo de dientes color morado y un pomo de pasta dental, para así poder lavar sus dientes con energía y obsesión. Al terminar, vuelve al comedor y se despide de su familia.
— ¡Chao papá, chao mamá! — dice Verónica a sus padres.
— ¡Chao, Verito! — responden al mismo tiempo.
— ¡Y ustedes dos!, la venganza es un plato que se sirve frío — concluye Verónica con voz desafiante, mientras apunta con su dedo índice a sus dos hermanos.
Inmediatamente después de ese amenazante discurso, sus hermanos, entre divertidos y exageradamente dramáticos, hacen gestos fingiendo tener miedo.
Verónica sale rumbo al paradero, para así tomar la micro. Al llegar ahí, abre su mochila, sacando de adentro un personal stereo color negro, que le regaló su padre para su cumpleaños número 14, un 10 de noviembre de 1987. Toma el aparato y aprieta el botón de “retroceder” hasta el principio, se pone los audífonos y aprieta el botón de “play”, luego de unos segundos, empiezan a sonar los primeros acordes de “Beneath the Remains”, de la banda brasileña Sepultura. Casi al mismo tiempo que empieza la canción, llega el autobús color amarillo, el cual se encuentra atiborrado de gente. Ella espera que la micro se detenga y empieza a subir.