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✧ PLAYLIST ✧
Canciones para Noah y Cara
NIGHTS LIKE THESE — Benson Boone
feel like shit — Tate McRae
stupid — Tate McRae
drunk text me — Lexi Jayde
would’ve been you — sombr
i wish i knew how to quit you — sombr
Close To You — Gracie Abrams
Fallin’ (Adrenaline) — Why Don’t We
Slow Down — Chase Atlantic
A Little Death — The Neighbourhood
Someone To You — BANNERS
Let’s Fall in Love for the Night — FINNEAS
Us — James Bay
Dress — Taylor Swift
You Are In Love (Taylor’s Version) — Taylor Swift
Do I Wanna Know? — Arctic Monkeys
So Hot You’re Hurting My Feelings — Caroline Polachek
Kiss Me Slowly — Parachute
Feels Like — Gracie Abrams
Complicated — Olivia O’Brien
Free Animal — Foreign Air
Sex — The 1975
The Wave — Colouring
ILYSB — LANY
Where do we go now? — Gracie Abrams
I miss you, I’m sorry - Gracie Abrams
Break My Heart Again - FINNEAS
Heaven — FINNEAS
Forbidden Love — Maxchalant & Maiah Manser
https://open.spotify.com/playlist/0JcgGuRWtIioOEroBsFy77?si=-v_Lf_nJSjG9rk-O5k6aqA&pi=twgY3FeIRfekC
NOAH
La habitación está en silencio, pero no de una forma pacífica.
Es ese silencio denso y zumbante que siempre queda después de que llevo a alguien al límite. Es esa bruma eléctrica y embriagadora que se pega al ambiente, como el vapor tras una ducha hirviendo.
La chica —¿Ashley? ¿Ashlyn? Estoy al noventa por ciento seguro de que empezaba por A— está desparramada en mi colchón. Se nota que no solo se vino abajo, sino que detonó. Su pecho sube y baja con respiraciones desesperadas e irregulares; sus pulmones intentan recuperarse de todo lo que acabo de sacarle. Sus muslos todavía tiemblan, con pequeñas réplicas que llegan hasta sus dedos encogidos.
Y sí, mentiría si dijera que eso no alimenta esa parte engreída de mi cerebro a la que le gusta ser bueno en esto.
Claro que soy bueno en mi trabajo en el campo, pero soy mejor en esto. Es esa cosa de la que la gente susurra como si fuera una leyenda. Esa cosa que siempre hace honor a los rumores.
Me alejo de ella y dejo que el aire más fresco del ático bañe mi piel, cortando el calor que todavía deja mi pecho sudoroso. Mi pulso ya está bajando, encontrando ese ritmo estable y familiar que siempre aparece después de conquistar algo o a alguien. Ya sea después de un partido o después de follar, el bajón es el mismo: adrenalina, visión de túnel, victoria y silencio.
«Joder», susurra ella con la voz rota y fina.
Miro por encima del hombro. Tiene las pupilas dilatadas y una expresión aturdida, como si no estuviera segura de si esta noche se ha acostado con Dios o con el diablo. Sinceramente, según a quién le preguntes en esta ciudad, podría pasar por cualquiera de los dos.
«¿Estás bien?», pregunto con la voz todavía áspera, con las cuerdas vocales raspadas por el esfuerzo.
«¿Que si estoy bien?». Se ríe una vez, sin aliento y temblorosa. Se aparta el pelo rubio enredado de la cara y me mira parpadeando, como si no supiera si quiere adorarme o denunciarme. «Noah, eso fue... quiero decir, había oído los rumores, pero...»
Le dedico la sonrisa.
Esa con la que vendo camisetas.
La que distrae del hecho de que, mentalmente, ya he salido de esta habitación y estoy en otra cosa totalmente distinta.
«Me alegra haber estado a la altura de las expectativas».
Me levanto y estiro los brazos sobre la cabeza hasta que me cruje la espalda. No me molesto en taparme; aquí no hay nada que ella no haya visto ya, y la modestia no es un rasgo de mi personalidad. Mido uno noventa, peso cien kilos, puro músculo y potencia. El tipo de cuerpo que la gente estudia en los vídeos igual que estudia a sus rivales.
Agarro mis calzoncillos de la silla.
Detrás de mí, el ambiente cambia; las sábanas se agitan, la energía se inclina y el momento pasa del placer postcoital a la expectativa. Esa es la parte en la que nunca me quedo.
«Entonces...», dice ella en voz baja. Con ese tono esperanzado, intentando sonar casual. Odio ese tono. «¿Quieres... quizás pedir algo de comer? ¿O ver algo?»
Me pongo los calzoncillos y luego una camiseta gris que me cubre las costillas y la tinta tallada en ellas. Cuando me doy la vuelta, ella está apoyada en los codos, con la sábana recogida en la cintura y los ojos dulces, de una forma que me dice que se está montando una historia en su cabeza.
Una en la que yo no pienso participar.
«La verdad es que estoy agotado», miento con facilidad. No estoy cansado. Nunca lo estoy. Solo he terminado. «Mañana tengo un día largo en las instalaciones. Los entrenadores me darán caña si llego tarde».
La decepción le golpea la cara rápido, como una grieta en un cristal. «Oh. Vale. Fútbol americano».
«Exacto. Fútbol americano».
«Solo pensé que, como es viernes...» Se interrumpe y se muerde el labio mientras busca su vestido. «No sabía que esto era un polvo y a otra cosa».
Me apoyo contra los ventanales que van del suelo al techo y me cruzo de brazos. El cristal está frío contra mi piel, me ayuda a centrarme. Fuera, Atlanta se extiende bajo mis pies: una expansión brillante de luces ámbar y movimiento incesante. Me he ganado estas vistas. He sangrado por ellas. He sacrificado mi intimidad, mi cordura y más conmociones cerebrales de las que mi madre debería saber para llegar hasta aquí.
«No es un polvo y a otra cosa», digo, manteniendo el tono ligero. Distante. «Lo pasamos bien. Ahora el tiempo se ha acabado. Es simple».
Ella resopla y forcejea con la cremallera de su vestido, con movimientos bruscos por la frustración. «Eres un poco capullo, ¿lo sabes?»
Sonrío con suficiencia. Con hoyuelos y todo. Es un reflejo, como respirar. «Me han llamado cosas peores».
Ella se queda paralizada mirándome.
Buscando esa suavidad que jura haber visto hace un rato.
Buscando la versión de mí que sonríe para las cámaras, firma autógrafos y besa a bebés en actos benéficos.
Ese tipo es solo un cheque de pago.
Este es la realidad.
«De verdad que no te van las relaciones, ¿eh?», pregunta ella con voz suave.
«Ni siquiera me van los encuentros casuales, nena».
Ella hace una mueca. «No me llames nena».
«Lo siento. Es la costumbre».
Agarra su bolso y sus tacones, y sale hacia la puerta irradiando molestia. Pero algo la detiene: ese deseo de tener la última palabra. Así que se gira, con la mano en el pomo, y me dedica una última mirada prolongada: el pelo revuelto, la barba de un par de días, la postura relajada como si nada me afectara.
«Sabes», dice con la voz temblorosa por una emoción que no esperaba, «un día conocerás a alguien a quien no le importen tus estadísticas, ni tu dinero, ni nada de... esto. Y cuando la trates así, te va a destruir».
Dejo escapar una risa baja y sin humor. No es de burla. Es solo... honesta.
«No, no lo hará».
«¿Por qué? ¿Porque eres Noah Beckett?»
«Porque», digo mirándola directamente a los ojos, «no dejo que nadie se acerque lo suficiente como para hacerme daño».
Ella murmura algo que suena a "increíble" y da un portazo al salir. El sonido resuena por el largo pasillo, rebotando contra el mármol y el espacio vacío.
Entonces todo se calma, tal y como me gusta.
Silencio.
Me paso la mano por la mandíbula para soltar la tensión y entro en el baño. Las luces se encienden y revelan un reflejo que conozco demasiado bien: unos ojos verdes demasiado intensos para ocultar nada, un pelo que parece haber pasado por un túnel de viento, una boca que ha besado a tantas chicas que no podría enumerarlas por orden alfabético ni aunque me pusieran una pistola en la cabeza.
Y nada de eso ha significado una mierda.
Abro el grifo y me salpico la cara con agua fría. Las gotas resbalan por mi barbilla y golpean la porcelana del lavabo, pequeños ecos en la tranquilidad.
La gente piensa que mi vida es un caos: las fiestas, los titulares, los pases temerarios, los coches rápidos. Ven el torbellino. Asumen que refleja lo que hay dentro.
Se equivocan.
El caos es externo.
¿Aquí dentro? ¿En mi cabeza? Todo está congelado. Controlado. Silencioso.
Saco una botella de agua del minibar, rompo el precinto, bebo un trago largo y salgo al balcón. La puerta corredera se desliza y la humedad de Georgia me golpea como una vieja amiga: espesa, cálida, familiar.
Apoyo los antebrazos en la barandilla y observo la ciudad. Atlanta zumbando bajo mis pies, viva y hambrienta.
Tengo veintiséis años.
Solo mi brazo vale nueve cifras.
Tengo la ciudad a mis pies.
Tengo una cama que rara vez está vacía, a menos que yo quiera.
No estoy solo.
Soy libre.
Y pienso seguir siéndolo.
