Capítulo 1
¡Pinche despertador! Por culpa de ese maldito cacharro es que uno no puede dormir en paz un lunes por la mañana.
Me meto al baño con la música a todo dar mientras canto, o mejor dicho, se me salen los gallos bajo la ducha. Me visto con unos pantalones negros, camisa manga corta blanca y mis tenis. Agarro mi bolso junto con mi teléfono y mis llaves, y bajo a desayunar, donde encuentro a los cerdos que tengo por hermanos en boxers.
—¡Serán maricos! ¡Ni que fueran Gustavo Elis o Christian Grey para andar así! ¡Dios! ¡Para eso existe algo llamado ropa, malditos becerritos! —digo, sentándome en la silla.
—¿Me ves cara de marico o qué? Mi jefa y mi viejo me vieron como Dios manda, no como un marico, y mi nombre es Manuel, no becerro —dice.
Ruedo los ojos. Ni que fuera el Rey de Roma el que se asoma cuando quiere.
—Me vale. Para mí son mis lindos becerritos, ahora alimenten a su linda hermana.
Estos becerros, en vez de darme de comer, se hacen los locos como si no estuviera. Okay, ellos se lo buscaron. Me levanto de mi lugar y les quito el plato y las arepas.
—¡Becerra maldita! ¡Devuélveme mi arepa! —dice el mal nacido de William.
—¿La quieres? —Él asiente. —Compra —digo, mientras me la como delante de ellos.
Me causa gracia que ellos se la quieren tirar de hombres, pero se comportan como carajitos.
Terminé el segundo semestre de la universidad, mejor dicho, la cárcel, lo que significa que tengo que conseguir otro trabajo, ya que el otro semestre va a costar 90 $. Ni que fuéramos griegos, pero por culpa del idiota burro de Maduro y su séquito estamos así, y yo tengo que conseguir trabajo.
...
—¡Y ya vas a empezar! Creí que te habías ido a China, estúpida.
Se preguntarán dónde estoy. Bueno, pues les voy a decir para que no sean tan curiosos: estoy caminando, ya que los pasajes de autobús están demasiado caros y encima no se encuentran casi autobuses. Yo en las perreras no me monto ni amarrada ni muerta. Sí, seré exquisita, pero ¿y qué?
¡Y es la verdad! No voy a ir aguantando olores ni viejos verdes que me estén diciendo cochinadas.
Entro a la panadería y me pongo a hacer la fila. Agarro el ticket y busco mi pan.
—Chica, hoy no ha llegado nada de jugo o leche por casualidad? —pregunto a la morena que se encuentra en el mostrador, que muestra una “cara de culo.” Argh, ya me cae mal.
—No, niña. Y si no estás de acuerdo, ahí tienes la puerta —dice.
Yo ruedo los ojos.
—¡Oh! ¿En serio? No sabía. Pues, disculpe, reina del universo —sarcasmo—: ¡Becerra mal parida! ¿Usted quién se cree? ¿Dueña? No, pues claro que no. Y mejor deje de estar con esa “cara de culo,” que aquí nadie tiene la culpa de lo que le esté pasando. ¡Trabaje! Que parada ahí no se produce —sonrío lo más falsa que se me puede notar.
Salgo de ahí con mis dos canillas, mientras voy comiéndolas y mirando mi teléfono, obviamente mi Nokia más viejo, ya que el Android no lo saco ni muerta de la casa. ¿A quién engaño? Mi otro teléfono se me dañó y todo por culpa de la luz y sus bajones.
—Dame el teléfono o te mueres ahorita mismo —dicen detrás de mí.
¡Ja! Ni amarrada me separo de él. Bruscamente, lo miro con todo y mi “cara de culo.”
—Aja, ¿y pretendes que me cague y te lo dé y salgas corriendo? ¿O, mejor dicho, que me pegues un tiro con esa arma que ni balas tiene y es más falsa que la viagra de mi abuela? —digo.
El pinche malandro me arrebata mi teléfono y se va corriendo.
—¡Oh no, eso sí que no! —Corro detrás de él.
Todas las personas que se me atraviesan las empujo y me dicen un poco de mariqueras. Pues me vale, porque ese teléfono depende de que me dé uno nuevo. Cuando veo al ladrón cerca, este frena y cae a causa de una camioneta que se le cruza, así que no lo pienso dos veces y corro más duro, hasta jalarlo de la camisa y lo comienzo a golpear.
—Escúchame bien, pinche becerro de mierda, mamagüevo, malparido, tronco maldito. Vuelves a tratar de joderme mi día y juro que hago que Firulais te muerda los huevos —agarro mi teléfono.
—¡Estás más que loca, maldita! No sé cómo tus padres te soportan, pero conmigo no te metes —dice.
Aww, pobrecito, me da risa.
—Lo sé, pero —me encojo de hombros—, me vale. De todas formas, no te tengo miedo, maldito —digo y me voy por donde se supone que él iba a cruzar, pero la camioneta de millonarios sigue ahí. Cruzo la calle y llego a mi casita.
—¡¡¡Llegué, becerros malparidos!!! —grito.
—¡No grites, por Dios! —dice William.
—¿Trajiste el pan? —dice Manuel.
¿Cómo digo que me lo comí? Pongo mi mejor cara de ángel.
—¡Emily del Valle González, te comiste el pan!
Asiento y corro hasta mi cuarto. Tranco con seguro.
—¡Becerra mamagüeva, vas a hacer las arepas, ya que te comiste el pan! ¡Así que vas a hacer la maldita cola en los chinos! —grita William mientras me río.
—Bueno, si quieres comer algo quemado, con gusto, pero la cola la van a hacer ustedes, par de conejos —digo.
Enciendo la TV y me dispongo a ver los chismes y noticias que pasan.
Argh, ni están dando nada interesante. Todo son idioteces de Maduro y sus secuaces y del lindo de Guaidó. Ese sí es un presidente, ¡pero nada de mi famoso ni un coño! Mientras estoy hablando paja, me pongo a limpiar mi cuarto con la TV a todo lo que da.
—¡Noticias de última hora! Ahora sí estamos en la misma sintonía. Alex James, el mafioso más temido, se encuentra en territorio venezolano gracias a que contactos de este estará protegido por el gobierno venezolano y la ONU. Fuentes informan que Alex James y el Gobierno de los Estados Unidos han tenido un desacuerdo, llevando a que este no podrá estar seis meses en el mencionado país.
Actualmente se está residenciando en el estado Anzoátegui, por lo cual se les advierte que tengan cuidado si se lo llegan a cruzar. [Fin de la noticia] Buenas tardes y que tenga buen provecho.
¡A la verga! ¡Él está aquí en Anzoátegui! ¡Ay, Dios mío! ¿Será que llega a cruzarse conmigo y puedo conocer a ese papasito malote?
Argh, Emily, ni que fueras la única aquí. Además, como dicen los carajitos hormonales: “Eres chata, ¿cómo piensas que se fijará en ti?”
Tienes razón, subconsciente, pero no quiero empezar a discutir. Así que adiós, me voy a dormir.
—Aja, como quieras, monja.
Me acuesto en el amor de mi vida, mi cama, y me dispongo a dormir con los audífonos y la música en mis orejas.