Capítulo 1 𝐀𝐠𝐮𝐚𝐧𝐭𝐚𝐫 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐧𝐨 𝐜𝐚𝐞𝐫
Akari Haitani| 2005
Mi hermano estaba devastado. Lo vi tirado en el sillón, los hombros encorvados, la mirada fija en la nada, y su respiración irregular hacía que el silencio fuera aún más pesado. Cada gota de lluvia que golpeaba la ventana parecía un recordatorio cruel de la ausencia de Ran. Nadie dijo nada. Yo tampoco podía permitirme romperme; no ahora, no frente a él. Si me dejaba llevar por la emoción, sería un peso más, y Rindou ya llevaba demasiado. Tenía que mantenerme firme, racional, calcular cada palabra, cada gesto. Mi cabeza no paraba: ¿cómo contenerlo sin sofocarlo? ¿Cómo dejar que su dolor se exprese sin que destruya todo a su alrededor?
Cuando finalmente nos vestimos y bajamos al funeral, sentí el frío de la mañana rozando mi piel, mezclado con la humedad de la lluvia. Las calles estaban vacías; solo los cercanos habían venido. Los rostros conocidos, algunos enmascarando la tristeza detrás de mascarillas y gafas oscuras, otros apenas sosteniéndose en pie. Nos sentamos cerca del cajón, como si la proximidad nos diera un hilo de fuerza que nadie más podría proporcionarnos. Nadie parecía querer hablar. Nadie quería ser el primero en poner palabras a un dolor tan absoluto.
El cajón comenzó a descender al compás de la música fúnebre, un ritmo lento que parecía marcar cada segundo de nuestra desesperación. Y entonces Rindou se rompió. La máscara de control que había mantenido hasta ese momento se deshizo en segundos. Sollozos incontrolables, lágrimas cayendo sin pausa, y yo lo abracé sin vacilar. Mis manos se posaron en su cabeza, acariciando con firmeza, mientras mi mente corría a mil por hora. Calculaba cada movimiento, cada respiración, cada reacción de su cuerpo: tenía que sostenerlo, absorber parte de su dolor, pero sin desbordarme yo misma.
Podía sentir su culpa, su miedo, su impotencia. Su rabia contenida por la injusticia de que Ran se fuera, mezclada con el peso de tener que proteger a la familia que quedaba. Yo, por mi parte, mantenía el pensamiento frío: si él se rompe, yo también caigo, y entonces no quedaría nadie capaz de sostener lo que Ran dejó atrás. Así que apreté los labios, respiré profundo y me hice la fuerte, aunque por dentro cada célula de mi cuerpo gritaba que estaba devastada también.
Finalmente, lo dejé soltar todo. Lo abracé más fuerte, notando cómo su cuerpo temblaba. No dije nada; no hacía falta. El silencio hablaba por nosotros. Y en ese silencio, mientras el cajón bajaba lentamente, entendí algo: no había manera de evitar el dolor, pero sí había manera de controlarlo. Si yo podía mantenerme intacta, si podía pensar con claridad cuando todo alrededor se derrumbaba, entonces quizá podríamos sobrevivir a esto.
Ran se había ido, y con él, un pedazo de nosotros también. Pero mientras mi hermano lloraba en mis brazos, supe que todavía quedaba alguien para proteger. Y ese alguien era Rindou. Porque si él se rompía, yo también lo haría. Y no me lo permitiría
⁺‧₊˚ ཐི⋆❀⋆ཋྀ ˚₊‧⁺
Había pasado una semana desde lo sucedido. Mi hermano y yo no volvimos a hablar del tema, pero ambos intentamos seguir como si nada… aunque se notaba. Se sentía ese vacío incómodo en la casa, esa presencia que faltaba y que ninguno podía ignorar.
Era viernes, así que después del colegio saldría de fiesta con mi amigo. Al principio no quería ir, pero él insistió tanto con eso de “te va a hacer bien despejarte” que al final acepté.
Las materias del colegio nunca me habían parecido tan aburridas. Desde ese día, mi mente estaba en cualquier parte menos en clase. Me costaba un mundo concentrarme, pero tenía que mantener la imagen de la alumna ejemplar de siempre. Aunque me estuviera desmoronando por dentro.
Al llegar a mi casa saludé a Rindou con una sonrisa. Bueno… o lo que intentó ser una sonrisa. Lo vi quedarse medio sorprendido, como si hubiera notado al tiro que era una sonrisa forzada. Me acerqué y lo miré, preparándome para avisarle que saldría con mi amigo.
—Oye, Rindou… —lo miré y él me devolvió una expresión como si ya supiera lo que venía—. Voy a salir con Ryusei en la noche.
Él soltó una sonrisa, esa típica de “lo sabía”.
—Bueno. Te cuidas, ¿ya? Y ojo con quién te juntas —dijo con ese tono entre protector y molestoso.
—Yaya, si tú conoces a Ryusei —respondí, rodando los ojos. Él me revolvió el pelo y yo sólo le sonreí antes de irme a arreglar.
Sabía perfectamente que no lo decía por Ryusei. Lo más seguro es que le preocupaba que me encontrara con cualquiera si salía.
Pasaron las horas y ya estaba lista cuando escuché el timbre. Salí a abrir y, efectivamente, era Ryusei.
—¡Holaaa! ¿Cómo estás? —dije mientras lo dejaba pasar y lo abrazaba. Hacía harto que no salíamos juntos, y siempre se me olvidaba lo mucho que valoro su amistad.
—Holaaa, bien. ¿Ya estás lista? —preguntó sentándose en el sillón y sacando su celular.
—Déjame ponerme perfume, agarrar mi cartera y listo —dije mientras iba a mi pieza. Él ya sabía que “listo” significaba otros diez minutos mínimo.
⁺‧₊˚ ཐི⋆❀⋆ཋྀ ˚₊‧⁺
Al llegar a la fiesta, Ryusei y yo acordamos mantenernos en contacto por cualquier cosa, aunque nos separáramos para no parecer pareja.
Después de despedirme de él, fui directo a la barra. No veía ninguna cara realmente conocida cerca.
Me pedí una bebida sin alcohol; necesitaba mantenerme consciente de todo. Mientras observaba a mi alrededor, reconocía a la mayoría de los presentes y sus antecedentes, pero ninguno era realmente cercano a mí.
De pronto, mientras estaba distraída mirando a la gente, alguien se acercó a mi lado y pidió también una bebida sin alcohol. No parecía interesado en mí, pero me resultó extraño que lo pidiera justo al lado. Lo único que alcancé a ver de reojo fue una melena negra cayendo sobre los hombros.
Seguí escaneando la fiesta, pero la curiosidad terminó ganándome. Me giré, supuestamente para pedir otra bebida, aunque la verdad era que quería ver quién era. Lo vi… demasiado directamente. Fue cero discreto. Él me sostuvo la mirada como si no le molestara en absoluto, y yo desvié la vista de inmediato.
—Una bebida sin alcohol, por favor —le dije al bartender, fingiendo que no estaba incómoda por la mirada clavada en mí.
Aun así, podía sentir a ese chico observándome, analizándome. Como si me conociera. Como si estuviera intentando descifrar algo. Pero yo no lograba recordar quién demonios era.
De repente, escuché una voz familiar hablarle al chico de al lado, una voz tan característica como ebria.
—¡Baji! ¿Qué te pediste? —preguntó, arrastrando las palabras.
Me di vuelta de inmediato. Conocía perfectamente esa voz.
—¡Akari! ¿Estabas aquí! —exclamó Ryusei, emocionado… y claramente borracho, aunque apenas acabábamos de llegar.
—Sí —respondí, sonriéndole con un esfuerzo casi doloroso, pero intentando parecer normal.
Ryusei apenas notó mi expresión; ya estaba demasiado contento con su descubrimiento. Mientras tanto, el chico a mi lado seguía observándome con la misma calma inquietante. No apartaba la mirada ni cuando Ryusei hablaba. Tenía los ojos puestos en mí como si llevara rato intentando encajar piezas.
Y entonces, finalmente, lo supe.
Ese nombre. Ryusei lo acababa de llamar “Baji”.
La melena negra.
La mirada intensa.
La postura tranquila pero afilada.
Keisuke Baji.
Líder de la Primera División de la Toman.
Cuando Ryusei terminó de saludar, se alejó tambaleándose, dejándonos a ambos solos en la barra. Baji no dijo nada; sólo tomó un sorbo de su bebida sin alcohol, mirándome por el borde del vaso. Yo me quedé quieta, incómoda, sin decidir si debía mirarlo de vuelta o fingir que no existía.
El silencio entre nosotros era pesado, pero no incómodo del todo… más bien, lleno de algo que todavía no sabía definir.
Pasaron unos minutos en los que ya tenía ganas de irme. Me levanté y sentí su mirada clavada en mí; lo miré de vuelta, sin decir nada.
Salí del bar y recién ahí me di cuenta de que no tenía idea de dónde estaba. ¿Qué onda? ¿Pensaban que tenía el Google Maps instalado en el cerebro?
Empecé a caminar por un callejón lateral. No sabía si era peligroso o qué, pero ya estaba dentro. El ambiente se sentía denso, como si el aire pesara.
Intenté ubicarme, recordar el camino, pero nada. Mi mente estaba en blanco. A medida que avanzaba, el callejón se hacía más oscuro, y de un momento a otro escuché risas y pasos detrás de mí.
—Mira lo que tenemos aquí… Una Haitani —dijo uno, acercándose como si me conociera de toda la vida.
Otro, con una voz más burlona, agregó:
—Parece que quieren que extingamos a los Haitani. Ya van quedando pocos.
Extendió su mano hacia mi cara, y yo la aparté de un manotazo, sin pensarlo.
—¿Qué quieren? —pregunté, tratando de sonar firme, aunque el miedo ya me respiraba en la nuca. No dejaba de pensar en mi hermano.
De pronto, escuché golpes. Cortos, secos. Para cuando parpadeé, los tipos ya estaban en el suelo, retorciéndose.
—¿Estás bien? —preguntó alguien, acercándose.
Esa voz. La reconocí al instante.
—Sí —respondí con tono serio, manteniendo la postura. Era Baji Keisuke.
Salí del callejón sin mirarlo, con él siguiéndome de cerca. No sabía qué quería y no estaba dispuesta a preguntarle.
—¿Quieres que te lleve? —ofreció con una voz sorpresivamente amable.
—No. Estoy bien —mentí con la misma frialdad, aunque ni siquiera sabía dónde demonios estaba.
—¿Y cómo te vas a ir, entonces? —preguntó, como si ya supiera que todo lo que decía era pura terquedad.
—Voy a arreglármelas —seguí caminando. La calle era un pozo sin luces.
De repente me tomó de la muñeca. Su agarre era firme… pero no dolía. Era extraño. Cálido.
—Déjame llevarte. Es peligroso —dijo mirándome directo a los ojos. Sus ojos cafés. Me quedé pegada un segundo, como si mi cerebro se hubiera congelado.
Lo miré con cara de enojo para disimular y seguí caminando hasta que él terminó llevándome hacia su moto.
Si quieren ver videos de este fanfic mi cuenta de tiktok es:
👤:shiinywon