CapÃtulo 1
La música golpeaba como latidos sordos contra las paredes del local. Las luces cálidas, casi doradas, caÃan sobre los rostros ajenos, entre copas de vino, miradas cómplices y conversaciones frÃvolas. El aire olÃa a éxito, a perfumes caros, a champán sin fondo.
Almudena se detuvo en la entrada, con los labios pintados de rojo sangre y los ojos más frÃos de lo que permitÃa su vestido. Un evento más, otra noche entre rostros que no le importaban. Su vestido negro, de seda ajustada, no dejaba mucho a la imaginación, pero tampoco necesitaba ocultarse. Si algo habÃa aprendido, era a usar la armadura correcta: sonrisa sutil, distancia emocional, y un poco de desprecio bien dosificado.
Se movió entre la multitud como una sombra elegante, saludando con la cabeza a quienes la reconocÃan, ignorando a quienes no valÃan su tiempo. Iba a dirigirse a la barra cuando su cuerpo se tensó al sentir una presencia a su espalda. No necesitaba girarse para saber quién era.
La voz llegó como un susurro envuelto en veneno:
—¿Vienes sola o solo viniste a buscar problemas, como siempre?
Almudena se giró lentamente. Ahà estaba él: Damián Rivas, traje oscuro, mirada oscura, sonrisa aún más oscura. El hombre que podÃa arruinarte con una sola frase o encenderte con una sola mirada, aunque ella preferÃa pensar que era más lo primero.
—Qué lástima —respondió ella sin emoción—. Pensé que este lugar tenÃa cierto nivel, pero si tú entraste, me equivoqué.
Él rio. No era una risa auténtica, sino esa carcajada breve y controlada que usaba como arma.
—Y yo pensé que habÃas aprendido a comportarte desde la última vez que hiciste una escena.
—¿La escena que hiciste tú? Vaya, qué memoria selectiva tienes. ¿Ya se te olvidó que tú me provocaste?
—Tú provocas sola. Naciste para molestar, Alma.
—Y tú para destruir todo lo que tocas, Damián. Incluidos los nervios de quien tiene la mala suerte de oÃrte hablar.
Durante unos segundos, solo se miraron. La tensión era casi tangible, como electricidad entre dos polos opuestos a punto de estallar. Ella dio un paso más cerca. Él no se movió. El mundo a su alrededor parecÃa apagarse mientras se enfrentaban en silencio.
—¿Qué haces aqu� —preguntó ella al fin.
—Lo mismo que tú. Fingir que pertenezco. SonreÃr cuando quiero golpear. Buscar a alguien que me entretenga.
La chica ladeó la cabeza con los ojos entornados.
—Pues sigue buscando. Yo no estoy en alquiler.
—¿Quién dijo que quiero comprarte? —replicó él, con un destello arrogante—. No tengo estómago para causas perdidas.
Ella sonrió. Y esa sonrisa fue una daga envuelta en terciopelo.
—Tú no tienes estómago para nada que implique algo real. Por eso saltas de cama en cama como un cobarde con miedo al vacÃo.
Damián frunció el ceño. Por un momento, la máscara se le quebró.
—¿Eso crees? ¿Que soy un cobarde?
—Lo sé. Porque yo también lo he sido. Y a diferencia de ti, ya no huyo.
Silencio.
El DJ subió el volumen y la gente gritó celebrando algo. Un brindis, un beso, una fortuna hecha. A ellos no les importaba. Porque Almudena y Damián estaban en otro plano, donde solo existÃa ese odio feroz que ardÃa justo debajo de la piel.
—PodrÃas besarme ahora —dijo él de pronto, con voz baja, casi retándola—. Solo para probar que me odias.
Ella se echó a reÃr, pero fue un sonido seco, sin alegrÃa.
—¿Y tú podrÃas soportarlo? —inquirió con el filo de una cuchilla—. Porque después de besarme, no podrÃas dejar de pensar en mÃ. Y eso... eso serÃa insoportable para alguien como tú.
El chico se acercó aún más. Ella sentÃa su aliento, el calor de su cuerpo, la maldita atracción que odiaba con todas sus fuerzas. Su mirada descendió por un segundo a sus labios. Fue apenas un instante, pero lo suficiente para encender una alarma interna.
—Cuidado, Almudena —murmuró él, con una media sonrisa peligrosa—. Juegas con fuego y ni siquiera llevas protección.
—¿Y tú qué eres, el incendio? Por favor. Eres solo humo, y ni siquiera del bueno.
—Pero tú igual vuelves. Siempre vuelves.
—No me conoces —escupió ella, dando un paso atrás—. No intentes adivinarme.
—Te leo como un libro abierto, nena.
—Entonces tu nivel de lectura es penoso.
Ambos respiraban con fuerza. Demasiado cerca, demasiado expuestos, demasiado tentados.
Y en ese cruce de miradas, donde el odio chocaba con el deseo como una ola contra la roca, algo se rompió y algo se formó al mismo tiempo. Una lÃnea invisible que ninguno iba a poder cruzar sin consecuencias.
—¿Quieres saber la verdad? —preguntó él, con la voz ronca por la rabia contenida.
—Sorpréndeme.
—No sé si quiero besarte o estrangularte.
Ella sonrió.
—Yo tampoco sé si quiero abofetearte... o que me arranques el vestido.
Silencio. Un silencio distinto. Un silencio que temblaba.
Ella fue la primera en romperlo, girando sobre sus tacones con elegancia afilada.
—Suerte con tu entretenimiento, Damián. Tal vez esta vez consigas a alguien que te aguante más de cinco minutos sin vomitar.
—Y tú, Almudena... No te enamores, ¿vale? No hay nadie que te salve de ti misma.
Ella no respondió. Ya caminaba lejos. Pero su espalda recta y su paso firme no podÃan esconder lo que hervÃa por dentro. Tampoco los ojos de él, clavados en su figura, podÃan disimular el deseo amargo que le cruzaba el cuerpo como un latigazo.
El juego habÃa comenzado. Y ninguno estaba dispuesto a perder.